Dio miedo ser periodista en estas últimas semanas. En la fría noche del 18 de junio, 100 mil personas protestaban pacíficamente en el centro de San Pablo, frente a la alcaldía, una construcción imponente que parecía chica ante la multitud insatisfecha, hasta que un grupo empezó a lanzar objetos a los vidrios e intentó, en vano, invadirla. Otro conglomerado de manifestantes trató de contenerlos, formando un cordón de aislamiento y pidiendo paz, pero el sentimiento de brutalidad fue más grande, y comenzaron a perseguir a los reporteros que huyeron hacia un oscuro y antiguo edificio cercano. Algunos minutos después del escape, el auto de un canal de televisión fue incendiado.

Lo que partió como una modesta protesta contra el alza del pasaje del transporte público en 20 centavos de reales… se convirtió en una movilización nacional de insatisfechos.

Este fue tan sólo uno de los episodios de la ola que se tomó Brasil en junio y que no afloja. Lo que partió como una modesta protesta contra el alza del pasaje del transporte público en 20 centavos de reales (unos 45 pesos chilenos) movida por los estudiantes de izquierda Movimiento Pase Libre (MPL), se convirtió en una movilización nacional de insatisfechos que, sin líderes, partidos o sindicatos, exigen mejoras en servicios públicos, eficiencia fiscal con los impuestos, la no realización del mundial de 2014, y el fin de la corrupción, entre muchas otras demandas.

Pero detrás de esa ola no vimos a las favelas, sino juventud y una clase media que —interpretó Alvaro Vargas Llosa— no quiere ni por nada volver atrás. En gran parte, son los 20 millones de brasileños que salieron de la pobreza con el crecimiento del país y que en los últimos tres años ha sentido el frenazo. Ellos dejaron en claro, además, que están cansados del poder político tradicional y del poder de los medios de siempre que, de paso, ya no se necesitan.

Ahora la clave está en las redes sociales. Así lo resume el sociólogo Liráucio Girardi Junior, especialista en Comunicación y Media y profesor de la Facultad de Cásper Líbero. “El perfil del MPL llevó a la calle al público joven, altamente conectado a las redes sociales, que se moviliza de forma muy horizontal. Los jóvenes de MPL no vinieron a presentarse como portavoces de la población. Por una cuestión ideológica, rechazan religiosamente esta figura. Su determinación puso el poder en las manos de las personas. Ellas se sintieron las dueñas”, añade.

Ahora la clave está en las redes sociales.

Sin un líder a quien abordar, los políticos tuvieron dificultades en reprimir el movimiento. Todo se desencadenó el 4 de junio, el primer día de alza del pasaje. Los carteles decían:“R$ 3,20 es un robo” (unos 719,75 pesos chilenos). La verdad es que los pasajes aumentan cada año y que desde 2005, el Movimiento Pase Libre reclama por un transporte público gratuito y protesta. “Cuando supimos de esta última alza empezamos a prepararnos con debates en escuelas, universidades y ocupaciones de gente sin hogar. Nuestro objetivo era crear en San Pablo un estado de revuelta, por la intensidad  con que la población sufre el problema del transporte”, confesó Matheus Preis, uno de los integrantes de MPL. Sería contradictorio llamarlo de “líder”, pero él forma parte del núcleo que toma las decisiones del movimiento. Tiene 19 años, estudia Ciencia Social y durante las protestas se encargó de informar a la policía los trayectos de las manifestaciones. Argumentaba frente al comando de la policía con serenidad, madurez y firmeza.

Luego de otras jornadas de movilizaciones, llegó el jueves sangriento (13 de junio), cuando unos 15 periodistas fueron detenidos y varios, agredidos. Un fotógrafo arriesgó perder un ojo por una bala de goma. En ese momento, la opinión pública dio un giro y pasó de criticar el vandalismo a condenar los excesos de la acción policial.

La ola ya estaba nacionalizada, con protestas duramente reprimidas en Río de Janeiro y en Brasilia. Ahogadas por la violencia policial, millares de personas hicieron, entonces, una gran marcha pacífica, transformando las avenidas generalmente congestionadas en tacos opresores, en grandes paseos, de la manera más pública que se pueda imaginar. Muchas ciudades tomadas pacíficamente con papás, hijos, familias completas, gente que nunca había salido a las calles. Aunque fuera por un solo día, las avenidas no eran para los autos sino para la gente. Este día marcó un cambio porque si hasta ese instante el grito era contra el alza de pasajes, empezaron a verse carteles pidiendo de todo, desde el fin de proyectos de leyes específicas hasta de la homofobia. Por eso, el anuncio oficial de no reajustar los pasajes no consiguió aquietar el ambiente.

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Ya la pelota daba bote en otras canchas. El MPL anunció que se saldría de las manifestaciones. Habían conseguido parar el alza y más: abrieron la caja de Pandora. Y ahora con visibilidad internacional este movimiento estudia cómo continuar su lucha por la gratuidad del transporte.

Con o sin ellos, la ola sigue por todo Brasil.  “Durante las protestas había gente con otras demandas, pero lo que unificaba todo el mundo era el precio del pasaje. Cuando cayó, perdimos la unificación y empezó un proceso difuso”, admitió Preis. El cree que el resultado de las protestas está en la perseverancia del MPL y, sobre todo, en la propia demanda: “Las personas ven que hay gente en la calle por una pauta concreta, que no van a irse hasta solucionarlo, confían en este proceso. Hoy la movilidad urbana está restringida a quien puede pagar”.

Pasados algunos días, la Presidenta Rousseff convocó a MPL. Preis y sus compañeros no salieron muy satisfechos. “Ella no se comprometió”, dijo. MPL quiere acabar con los modelos de concesiones privadas, pretenden convertir el transporte colectivo en algo estatal, pagado por impuestos progresivos según los ingresos de los contribuyentes.

Y lo anterior va en sentido contrario a las determinaciones gubernamentales. Desde el año pasado, Rousseff ha tomado medidas de desgravación fiscal que auxilian a las empresas de transporte. “El gobierno invierte mucho en transporte privado y poco en el público. Tenemos una meta: la gratuidad del pasaje y la desgravación no camina en este sentido. Para solucionarlo se necesita invertir más. El transporte público tiene que ser de dominio público, no de empresarios, quien sabe lo que es mejor para el público es el público”.

Disparo a los pies

Pocas horas después de la conversación con los chicos de MPL, Rousseff rompió su silencio y en cadena nacional anunció cinco pactos para atender las voces de la calle y recuperar la popularidad que en pocos días fue en picada: de 57 por ciento a 30 por ciento.

Uno de estos puntos es la reforma política a través de un plebiscito, pero debió desestimarla horas después porque el Congreso y la Justicia consideraron que se trataba de una propuesta contra la Constitución.

Uno de estos puntos es la reforma política a través de un plebiscito, pero debió desestimarla horas después porque el Congreso y la Justicia consideraron que se trataba de una propuesta contra la Constitución. Luego propuso un plebiscito sobre la reforma política no constitucional que también fue rechazado. Los diputados y senadores piensan que Dilma quiso atropellar al Parlamento intentando salvarse de la crisis con medidas que dependían no del gobierno sino de los representantes del pueblo.

A Preis, del MPL, la idea tampoco le gustaba: “El plebiscito es puntual, no soluciona un tema de participación de la población en la política. Votamos cada cuatro años y después los gobiernos hacen lo que quieren y como determinan los intereses privados. Necesitamos crear espacios permanentes y regionales para que las cosas sean observadas y deliberadas”, dice. Este sentimiento de incongruencia entre las decisiones políticas y los sentimientos de la población es algo viejo entre brasileños. Y se ve acentuado por recientes sondeos que revelan: el 84 por ciento considera corruptos a todos los partidos.

¿Qué le pasa a Brasil?

Es la séptima economía mundial, tiene un desempleo de 5,8 por ciento (casi pleno empleo) y buena parte de su gente por años han podido comprar lo que nunca soñaron. Pero lo hicieron a crédito y ahora, cuando la economía se puso floja, pagar parece más difícil.

El ex presidente Luis Inácio Lula da Silva hizo grandes cambios en la realidad social en los últimos diez años, con programas sociales que favorecieron el consumo y el crédito, pero no la producción. Eso sirvió para sobrevivir ante la crisis, pero ahora la inflación comienza a sobrevolar acechante como buitre. En los últimos doce meses bordeó el 7 por ciento. Mientras, la carga tributaria representó en 2012 un 36 por ciento del PIB. El Banco Central cree que este año Brasil crecerá un 2,7 por ciento.
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El gigante no está en medio de una gran crisis, en las manifestaciones no se ven carteles sobre eso, pero sí una gran crítica a un Estado que recauda mucho, pero que devuelve a sus ciudadanos servicios públicos de calidad. Esto corre tanto para el transporte, la educación, salud y seguridad.

Lo evidente, según Renato Janine Ribeiro, profesor de Etica y Filosofía Política de la U. de San Pablo, es que el país vive una crisis de representatividad. “Desde mayo de 1968 existen estos movimientos que no tienes cómo predecir, no sabes de dónde viene y parecen un terremoto. Se producen cuando el mundo de la vida rompe el mundo de la política, que pasa a ser limitado, a cuenta de las demandas de la sociedad”. Ribeiro afirma que vivimos una segunda ola, al lado de la Primavera Arabe, del Occupy Wall Street, el 15-M de España, o los propios estudiantes chilenos. “Lo que sucede acá no tiene ninguna ligazón con estas otras situaciones, pero Brasil se hace parte de esta ola. Son personas que ya no se sienten representadas por los partidos tradicionales”.

Ribeiro piensa que aún es difícil decir si las manifestaciones tendrán un gran efecto en las presidenciales de 2014. Y la oposición, según él, marcada por el PSDB, tampoco da respuestas significativas a lo que está pasando. Hasta mediados de junio, las encuestas mostraban que Rousseff ganaría en primera vuelta, con 52 por ciento de los votos, pero eso ya no corre…

Para los periodistas, junio fue un mes difícil; más que para la gente común.

Para los periodistas, junio fue un mes difícil; más que para la gente común. A pesar de que en algunas protestas hubo mucha violencia, no se vive un clima de guerra. Tampoco se conoce aún el informe de algún instituto económico que revele el impacto de la ola en la economía. En los últimos días, además, las protestas han bajado en quórum y muestran un perfil más institucionalizado, promovidos por centrales sindicales. Su último reclamo fue contra los grandes grupos mediáticos.
Más que tensión, lo de hoy es perplejidad. Los brasileños no saben qué esperar. Los periodistas, mucho menos.