En su amplio escritorio ubicado en el segundo piso de su casa en Vitacura, Sergio Bitar se mantiene atento al escenario político. Con más de 40 años de carrera, no se incomoda frente a la nueva generación de líderes que hoy se han instalado en el gobierno ni se siente amenazado frente al estilo de la Nueva Mayoría que algunos critican de “poco dialogante”. El mismo comenzó su carrera a temprana edad como ministro de Minería de Salvador Allende, aunque su rol terminó abruptamente con el golpe de Estado de 1973, cuando fue retenido en Isla Dawson y otros campos de detención, una dura experiencia de la cual escribió un libro. Tras una década exiliado en EE.UU. y Venezuela, en 1985 regresó al país y fue un activo opositor al régimen de Pinochet, como fundador del PPD y miembro del comando por el No.

Tampoco lo aterran la reforma tributaria o los cambios en educación, área de la que fue ministro durante el gobierno de Ricardo Lagos. Ahí tuvo la misión de implementar la Prueba de Selección Universitaria (PSU). Eso más la aprobación de la reforma constitucional que estableció la obligatoriedad y gratuidad de la educación media, la ley de evaluación docente, el sistema de Crédito con Aval del Estado para la educación superior y la puesta en marcha el programa especial de inglés desde el 5° año básico. “Me correspondió sacar esas leyes pero hubo ochocientas indicaciones de la derecha con el fin de que no se realizaran. Ellos defienden sus intereses y eso es lo mismo que están haciendo ahora con la reforma tributaria”, sostiene el ingeniero civil, ex presidente del PPD, advirtiendo que no hay que subestimar a la oposición, la que según él no se mide en términos parlamentarios o políticos sino de poder.

Considerado un cercano a Michelle Bachelet, trabajó con ella durante su primera campaña. En 2008 fue su ministro de Obras Públicas, mientras que su mujer, María Eugenia Hirmas, fue directora del Area Sociocultural de la Presidencia, cargo que hoy está a cargo de Sebastián Dávalos, el hijo mayor de la mandataria.

Con todo, a este ‘histórico’ de la ex Concertación se le atribuye la formación de una nueva generación de políticos y técnicos hoy repartidos en las distintas esferas de gobierno, comenzando por el ministro del Interior Rodrigo Peñailillo, aliado de Bitar y hombre de confianza de Bachelet. Una nueva generación a la que, sin embargo, se les apunta por su estilo ‘soberbio’. Hace unos meses un artículo publicado en la revista Sábado describía a los Bachelet boys; figuras de poco peso intelectual, con escasos o nulos estudios en el extranjero —con algunas contadas excepciones—, aunque más pragmáticos que sus predecesores. El propio Bitar, si bien estudió en el Instituto Nacional y siguió con ingeniería civil en la Universidad de Chile, realizó luego un posgrado de teoría económica en el Centre d’Etudes de Programmes Economiques en Francia, así como un master en Economía en Harvard. Se suma la publicación de varios libros, papers e informes, tarea en la que se mantiene activo hasta hoy.

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“En esta nueva generación hay de todo—declara—; algunos tienen experiencia y la vida les dio posibilidades de estudiar afuera por más tiempo, y otros que provienen de familias con menos recursos. Pero no hay que confundirse: hay muchos doctorados que son burros y otros que no tienen ningún doctorado y son más inteligentes. La inteligencia no se mide por los grados sacados en la universidad; por supuesto que es mejor tenerlos, pero cuando un joven viene de sectores muy modestos y con esfuerzo llega a un cargo público, sabe cómo piensa la gente y por lo tanto puede representar mejor sus intereses… Entienden lo que significa que una madre logre que su hijo termine sus estudios. Tiene muy claro lo difícil que es entrar a los sectores de poder, que son bastante cerrados, porque si su apellido no tiene varias erres, si tiene el pelo oscuro y si además es de origen mapuche, su desventaja es enorme… Y si viene de un liceo público de La Pintana, más difícil aún… En este gobierno muchos son meritócratas y eso es un tremendo orgullo”.

 —Sin embargo, son vistos con resistencia dado su estilo, lo que también corre para quienes hoy acaban de entrar al Parlamento. 

—La amenaza sería que siguieran los mismos, del mismo modo que hoy día el mayor riesgo de Chile no es apurar el tranco sino el status quo. El país no está en condiciones de seguir con un rumbo cansino que tuvo al final la Concertación y para eso necesita gente que acompañe este proceso. No olvidemos que esta es la coalición de gobierno más larga que ha tenido Occidente desde el siglo XX. No ha habido ninguna otra que haya gobernado 20 años. Pero las coaliciones se desgastan y esto se debe, entre otros, a la emergencia de nuevos sectores sociales, con más aspiraciones y mayor conciencia de sus derechos.

Estaríamos, según Bitar, ante una oportunidad histórica: “Como nunca hoy tenemos el control, con mayoría simple, pero control al fin, de ambas cámaras; como nunca hoy también tenemos a una presidenta electa con más del 60 por ciento de los votos y además reelecta; se suma un importante grado de movilización social que desde hacía mucho tiempo no veíamos. Es un privilegio. Así que creo que el rumbo es correcto y los temores de que esto se va a descarrilar, de que la gente que está es obtusa, que no sabe negociar ni hacer las cosas, es completamente infundado. Si no hacemos estos cambios desde el comienzo después será muy difícil, porque se irá perdiendo fuerza y se va a ampliar la oposición. Y si no avanzamos en la reforma tributaria y no hacemos un cambio educacional, en la salud pública, etc., en diez años los chilenos estaremos muy arrepentidos”.

—Pero hasta Camilo Escalona dice que ha echado de menos la política de los acuerdos que llevó en sus comienzos la Concertación. 

—Pero no nos olvidemos que también hubo momentos de gran dureza y tensión. De hecho, no hay muchas diferencias entre los argumentos en contra de la reforma tributaria de Aylwin y la de hoy; ya entonces se decía que la inflación se iba a disparar porque la democracia era incapaz de sostener las demandas sociales, que vendría una fuga de capitales y caería la inversión. Y cuando Lagos quiso discutir el royalty a la minería, la pelea fue enorme. Se olvida que en todo el proceso que hemos construido ha habido conflicto y también acuerdo, incluso dentro de nuestra coalición. Nuestro arte ha sido no rompernos y lograr pasar de la Concertación a la Nueva Mayoría, porque hay ahí una continuidad, no una ruptura.

Y advierte:

—Además que el problema más importante no es esta discusión al interior de la Nueva Mayoría, de los que tienen más trayectoria respecto de los nuevos; la discusión principal es que yo, francamente, nunca he visto un ataque tan brutal como el desatado por la derecha en torno a la reforma tributaria. Cometimos una falta de apreciación tremenda al subestimar su fuerza… ¡Si la potencia de la derecha no radica en los partidos sino en su enorme capacidad para movilizar recursos económicos y medios de comunicación! Por eso la confrontación ha sido tan intensa, con algunos que han tomado una posición absolutamente recalcitrante, como es el caso de la UDI. Por eso no me cabe duda de que llegará el momento en que tendremos que decidir la necesidad de ponernos de acuerdo con un sector de la derecha, porque si manejamos esto mal, los espacios de negociación con ellos se pueden perder y podría llevar a endurecer al sector completo. Hay que tener cuidado. Entonces, ¿qué hay que hacer con la reforma tributaria? Corrijamos lo que hay que corregir y que se discuta en el Senado, pero paralizarla sería un error estratégico. Chile podría entrar en un ciclo social muy adverso.

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—Pero cuando se dice tan categóricamente que “el corazón de la reforma no se toca”, ¿le parece una buena manera de plantear las cosas?

—Es que en lo tributario el corazón se mide en dólares y su objetivo es la igualdad. Necesitamos 8.000 millones de dólares y se deben obtener a través de una justicia tributaria. Algunos dirán que no es suficiente con esta reforma, que será lento, que necesitamos los recursos antes, que estamos entrando en una fase de declinación de los ingresos del cobre y que la economía puede crecer más lento. Pero es necesario dar el paso.

—Da la impresión de que en esta discusión tampoco se ha sabido incorporar a sus socios de la DC. Ignacio Walker se ha quejado  y dicho que cuando eran Concertación no se hablaban a través de los medios de comunicación, que había más complicidad y respeto.

—La Democracia Cristiana está en este programa y lo seguirá estando, no me cabe ninguna duda. Yo tampoco soy partidario de mandar mensajes por los diarios; cuando fui presidente del partido teníamos una regla que sería bueno reinstalar: que los presidentes de los partidos de la Nueva Mayoría deben tener una voz única y armoniosa, porque son el respaldo al programa de la Presidenta. De lo contrario le están trasladando la necesidad de coordinar al movimiento, que es una responsabilidad nuestra. Tenemos que valorar a la Presidenta; ella tiene liderazgo y la capacidad de interpretar y encauzar estos cambios. Su capital es muy alto y hay que cuidarlo, no podemos cargarle toda la tarea, que es lo que a veces veo cuando los partidos no estamos a la altura.

Según Bitar, “hay mucha gente de la derecha que entiende que esta reforma tributaria es necesaria, que la desigualdad es muy alta y que sí existe voluntad del gobierno. Pero el ministro Arenas ha sido objeto de ataques muy duros e injustificados”.

—¿Le parece? Porque lo han criticado por soberbio. Y generó gran molestia por el video que se habría realizado en conjunto con la Secom, algo que después ellos desmintieron. 

—Sí, yo escucho a las personas de derecha —a muchas de las cuales además conozco— con un grado de soberbia tremendo, que dicen que esto es la paralización de la economía, que esta gente no entiende nada y tratan de buscarle el ajuste por el lado de las divisiones dentro de la Nueva Mayoría que en realidad no existen. Pero detrás del ataque tan frontal están los intereses de siempre. Hay una frase muy buena de un escritor norteamericano a propósito de esto: No les pida que entiendan a aquellos cuyo sueldo depende de no entender. Hay mucha gente que sabe que su nivel de vida depende de esto e inventan cualquier cosa para frenarlo, por ejemplo, que las clases medias están afectadas. Se trata de un sector social que vive absolutamente despegado del resto del país.

—¿Qué sector sería ése?

—Buena parte de la gente que gobernó con Piñera, que creía que estaba haciendo un servicio al país al dejar de ganar diez millones de pesos para ir a ganar cuatro, pero sin mucha vocación de servicio; y se dieron cuenta de que esto era más complejo, que ser gerente de una fábrica de camisas no te permite manejar un país, y se produjo una disociación. Menos con Piñera, que por su formación democratacristiana tenía una visión un poco más articulada. Pero el resto no sabe lo que piensan los chilenos ni lo que pasa más abajo de Plaza Italia. Y esos sectores son los que ven al Estado como algo negativo y que pasarle más plata equivale a entregársela a una pila de tipos que se van a corromper. Por supuesto que también estos cuatro años de gobierno de derecha dejaron algo positivo: una generación joven que sabe que el sector público tiene que mejorar y que ser un buen administrador en una empresa no es lo mismo que ser un buen político y que es necesario hacer un esfuerzo por una mayor inclusión social.

También habría, según Bitar, un grupo de “empresarios lúcidos”, dispuestos a realizar reformas. “Algunos de ellos me han dicho ‘prefiero pagar más impuestos que andar con guardaespaldas’. Eso es lucidez. Entonces los más inteligentes, que son muchos, se dan cuenta de que es preferible un sistema más estable, que les permita invertir más en formación de técnicos y de trabajadores con una educación que les permita competir con los coreanos, con los peruanos, los europeos, en lugar de mantener esta situación que al final va a caer por su propio peso. Ellos tienen la responsabilidad política de ser más explícitos”.

—¿Y por qué no se atreven?

—Porque el griterío de los más cerrados puede terminar calificándolos de traidores, por eso se quedan callados.

—¿Sentirían temor entonces de expresarse públicamente?

—Pero el silencio de los lúcidos va a atentar contra el propio sector empresarial. Deben entender que lo que está haciendo la Nueva Mayoría y la Presidenta Bachelet no es irse contra la actividad empresarial, es irse contra una concentración que daña al mercado, a la inversión, a la igualdad, que daña a la estabilidad y la paz social. Hoy su misión es clave.