Con Bernardo Fontaine Talavera hay que tener un dato en cuenta: a través de su sociedad de inversión es uno de los dueños de la óptica Place Vendôme y, por lo mismo,  tiene una nutrida colección de anteojos. De ahí que en su mirada de la economía y el actual escenario político no se le escape detalle, en especial sobre el segundo tiempo de Bachelet y, muy particularmente, el estado de las reformas. Si antes fue la tributaria y junto a su hermano Juan Andrés —ex ministro de Economía de Sebastián Piñera— participó de la llamada ‘cocina’ en el protocolo de acuerdo entre gobierno y oposición, hoy este economista tiene los ojos puestos en la reforma laboral. Y es aquí donde observa un espíritu “revanchista, originado en el exceso de cariño y adhesión emocional a los años ’60, al Chile industrializado, al Estado poderoso”.

Una mirada que pasa de lo diáfano a lo oscuro, como las gafas ahumadas con las que posa al momento de las fotos.

“Veo que hay realismo pero aquí no se ha hecho ninguna renuncia —dice diagnosticando la famosa frase acuñada por Bachelet—.  No creo que haya renunciado a hacer las reformas tal como estaban planteadas en el programa. Al contrario. Como la Presidenta ya no es un factor cohesionador, hoy lo único que mantiene unido al conglomerado precisamente es el programa, a pesar de que en la práctica éste sea impopular”.

— ¿Y dónde vislumbra el realismo?

—Existe conciencia de que los recursos del Estado son limitados, que no es posible entregar esa cantidad de derechos, de subsidios y de gratuidad, y lo valoro. Sin embargo, no hay ningún reconocimiento de los errores que se han cometido y menos ánimo de corregirlos o de cambiar la estructura de las reformas que se discuten. Simplemente es un problema de financiamiento. Un ejemplo, la gratuidad universitaria: no importa si se hace en cinco años o en veinte, sigue siendo una política equivocada. Lo mismo la propuesta laboral.

Para eso, junto a un grupo de profesionales, creó el sitio Reforma la reforma, hoy preocupados del futuro del pacto entre empresas y trabajadores, con la difusión de una serie de videos y audios que envían incluso a sus redes de contactos por medio del whatsapp.

“Hay un desequilibrio. Es bueno tener sindicatos fuertes, pero no se puede entregarles tanto poder. Hay que emparejar los derechos de los trabajadores sindicalizados, por cierto muy válidos, con los de los consumidores, los desempleados y aquellos que por propia voluntad no quieren sindicalizarse. Pero se trata de una reforma improvisada, que obedece más que nada a una causa política. Una transacción que se logró con la CUT y el Partido Comunista para conseguir los votos dentro de la campaña”, critica.

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Pero Fontaine se muestra tanto o más preocupado al ver que tampoco se han implementado políticas para reimpulsar la economía, lo que, advierte, sería una muestra más de un escaso sentido del realismo. Al contrario… “Chile venía creciendo como un tren, a toda velocidad, sobre el cinco por ciento anual, y debido a las reformas se produjo el frenazo. Sin embargo, Rodrigo Valdés —dice por el nuevo ministro de Hacienda—, rápidamente volvió a instalar al crecimiento como un tema importante dentro de la agenda, reconociendo que el Estado tiene limitaciones. Con esto puso un dique para impedir que se siguiera dañando a la economía. Tengo fe en él —reconoce—. Está en sus manos reencausar el camino del crecimiento, implementando también un control de calidad frente a las reformas, rol que no cumplió Arenas. Si logra corregir la tributaria y meterle cirugía a la laboral, la expectativa cambiará radicalmente y retomaremos el impulso”, observa.

—Eso suena como una nueva ‘cocina’.

—Puede haber o no una mesa técnica, no tengo idea. Pero es muy difícil desde el punto de vista de la imagen para el gobierno repetir la forma en que se hizo la propuesta tributaria. Sin embargo, no veo que el gobierno haya realizado un cambio de rumbo concreto. Estuve en la comisión de trabajo del Senado hace un par de semanas, y no vi ninguna voluntad real de corregir la reforma laboral.

—¿Cree que la Presidenta haya empoderado a sus ministros para que puedan intervenir?

—Tengo mis dudas. Por un lado hoy todo el mundo reconoce que las reformas han afectado el crecimiento. ¡Hasta el propio Valdés lo ha dicho! Sin embargo, la Presidenta no ha definido un camino muy claro. A veces quiere seguir por uno más moderado, similar a su anterior gobierno, que tampoco fue ninguna maravilla, uno de los más malos que hemos tenido. Y en otras, busca radicalizar las medidas. En el fondo, no ha definido un norte y, en consecuencia, tampoco ha empoderado a sus ministros para que puedan encabezar las reformas por un sendero más conservador. O sea, tener a Burgos y a Valdés por un lado, pero dejar al ministro Eyzaguirre en la Secretaría General de la Presidencia, me parece una contradicción absoluta. El encabezó una pésima reforma educacional, que era la columna vertebral del gobierno, por lo tanto está en la línea del programa original.

Según el economista, este ha sido un mandato “marcado por la contradicción”. De ahí todos sus problemas. “De partida, porque siendo heredero de la Concertación, con un estilo que imperó durante varios períodos, hoy se pretenda echar por la borda aquello que ellos mismos construyeron. Ha habido un contrasentido constante entre darle el gusto a la calle, a los grupos de presión, como los estudiantes, el PC y la CUT, gobernar pensando en las grandes mayorías, pero olvidando —o pasando por alto— que este país cambió. Como dijo Osvaldo Andrade, “mientras en una semana mil estudiantes fueron a manifestarse a La Moneda, 300 mil chilenos fueron a visitar el Costanera Center…”. O cuando se dice: “vamos a hacer una gran alianza público-privada”, pero al mismo tiempo se quiere sacar a los empresarios de las concesiones, de la educación, de la salud, y se amenaza con cambiar el sistema de pensiones. Eso produce una desconfianza enorme a la hora de invertir”.

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—¿Dónde estarían las raíces de esta paradoja?

—En el cariño o la adhesión emocional a los años sesenta, al Chile industrializado, al Estado poderoso, y el odio consciente a todo lo que haya sido generado durante el gobierno militar, en todo orden. La reforma laboral es un claro ejemplo. Hay un germen de revanchismo y, simultáneamente, la conciencia de que la misma macro institucionalidad desarrollada en los ’90, con las correcciones que hizo la Concertación, fue muy exitosa. Produjo una enorme mejora en el nivel de vida, reducción de la pobreza. Pero la Concertación tuvo estas dos almas y al principio triunfó la más moderada. Luego, tras el triunfo de Piñera, vino esta idea de que había que radicalizarlo todo, convencidos de que había sido la complacencia la causante de todos los males. Es lo que quedó plasmado en el programa, un paquete muy populista; la primera vez que un gobierno presentaba un proyecto tan ambicioso y prometedor, pero cambiando totalmente las reglas del juego. Para colmo, todo se concretó de forma débil, improvisada. Y este conjunto terminó generando desconfianza y afectando a la economía,  provocando que la inversión caiga enormemente y que el consumo deje de crecer al mismo ritmo. Hay un escalofrío que recorre los malls, es el susto a perder la pega. 

—Según Ricardo Ffrench-Davis, más que una crisis económica real, lo que aquí impera es un exceso de negatividad. ¿No estará pecando de lo mismo?

—No, yo no creo que estemos en crisis, tampoco que hayamos entrado en una recesión. A menos que el entorno internacional se vuelva adverso, que China tenga un problema grave, todavía estamos lejos. Pero nuestro crecimiento es bajo. De generar 250 mil empleos al año, hoy estamos en 70 mil. Esas son cosas concretas, no puro pesimismo…