El dueño de los pasaportes encontrados es conocido como “el chileno” e ingresó a las FARC en 2012. Indican que el entonces máximo comandante de las FARC, Alfonso Cano -abatido en noviembre de 2011- le había delegado las funciones de manejo de masas, informática y especialmente los cuidados médicos de los integrantes del comando central de la agrupación guerrillera.

Lo cierto es que hace algunos días, BBC Mundo pudo hablar con José Roberto Carrasco Pizarro. Y, tanto él como el ejército desmintieron parte de la información divulgada en agosto de 2015. Que era médico, entre otras cosas.

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El entrevistado comentó acerca de su cambio de nombre. Se llama Santiago porque le habían puesto Agustín, pero ese nombre le hacía acordar a Augusto Pinochet y por eso se lo cambió. Debido a eso escogió el nombre de su ciudad. Luego confirmó que el nombre divulgado, José Roberto Carrasco Pizarro, era el correcto. Su familia le confirmó a BBC Mundo que efectivamente Carrasco Pizarro y Santiago son la misma persona.

Santiago tiene 33 años y es de Valparaíso; estudió comunicación en Viña del Mar con el objetivo de ser publicista, formación que completó en Barcelona (de ahí la visa). Hoy reniega de su oficio: “El publicista es una especie de abogado del Diablo porque vende productos que no se necesitan”, declaró a la BBC.

 

“Me gustan las FARC porque siempre han estado al lado de los pobres”, sostuvo. En la entrevista aseguró también que : “No conocía mucho sobre las FARC cuando empecé mi viaje, simplemente iba hacia el norte desde Chile con la vaga idea de sumarme a alguna guerrilla”.

Pero, ¿qué hace un chileno peleando una guerra ajena, una guerra colombiana?: “Las grandes empresas no reconocen países, ¿por qué los revolucionarios no debemos unirnos para defendernos? Para mí las fronteras son en los mapas nomás”.

Aseguró que ya estuvo en dos combates en los que la asignaron el rol de enfermero, para el que había sido entrenado.

En una ocasión, de noche, el campamento en el que estaba fue bombardeado. Murieron tres guerrilleros. Dos directamente se desintegraron, las bombas les cayeron encima. El tercero -cuenta- murió en sus brazos, “le colgaba la pierna de un hilito”. Él se salvó, dice, porque armaba su caleta (lugar para dormir) siempre al lado de un árbol grande y el tronco lo protegió.

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En Colombia, Santiago no tiene familia, pero tiene a su compañera, Clara, una guerrillera colombiana de 30 años.