Denic Catalán vendió su restorán “Pomaire”, del corazón de Manhattan, en enero pasado. Lo tuvo once años y atravesaron sus puertas muchísimos chilenos; artistas, empresarios, sindicalistas, hombres y mujeres de la comunidad residente. Mal que mal, era el único local de Nueva York que ofrecía comida chilena, referencia obligada para saborear una empanada caldúa o pan amasado con pebre. A partir de 2010 hubo, claro, una cliente VIP, que todos reconocían al entrar: Michele Bachelet.




La ex Presidenta —aficionada a la cazuela y las humitas— iba “a comer con gente de Naciones Unidas o personas que venían de Chile”, recuerda Catalán. A veces se dejaba caer; otras, hacía reservas. De muy bajo perfil, la saludaban y ella era muy cariñosa con todos. Yo le preguntaba por la familia, su mamá, hijos… en gran medida volvió a su país por ellos”, nos cuenta.




Recuerda que estaba muy involucrada con la comunidad chilena. “Aceptaba las invitaciones, llegaba como una más, sin ínfulas. Muy carismática y aterrizada, hablaba de su compromiso con Chile y cuando había que juntar dinero para causas sociales siempre se sumaba, muy generosa. El periodo que estuvo acá le sirvió para tomar aire, ser anónima, acá nadie te molesta”.
Por eso, entre otras cosas, Michelle loves NY.




Los amigos o conocidos allá la vieron contenta, empoderada, trabajólica, como siempre. Tomaba el Metro; a veces la recogían en auto, de acuerdo con la agenda. Salía temprano, volvía tarde. Dio la vuelta al mundo casi 80 veces. Vivía con la maleta lista. Hizo amistades en la ONU, principalmente. No tenía tiempo para mucho más. Iba al supermercado con buzo y zapatillas y nadie se enteraba que era la primera directora de la agencia ONU Mujer. Si hubiesen sabido, daba igual. Una colaboradora suya comenta: “Eso no tiene precio. ¡En Chile no puede salir a la esquina! Extraña ese privilegio”.




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Acá la prensa no le da respiro, en vez de recorrer el mundo, va por Chile de norte a sur. Sigue consultando poco y guiándose por su instinto, muy vital y con una memoria envidiable. Quienes la conocen dicen que su formato emocional no ha cambiado. Como si no se hubiese ido nunca.




El ex ministro del Trabajo, Ricardo Solari (PS), se reunió con ella en su oficina de la avenida Madison y “la vi bien, súper enfocada en su trabajo. No sentí que viviera conectada a Chile. Nueva York te aporta una visión cosmopolita y a ella le permitió insertarse en un tema que le apasiona, el del género. Conoció modelos exitosos y otros que no lo son; eso sirve a la hora de mirar tu país”.




En julio de 2011, Gillian Tett, del Financial Times, la entrevistó mientras almorzaban en Cibo, en la 2ª. Avenida, local elegido por Bachelet. Ella pidió ensalada de rúcula y choritos al vapor. Michelle dijo que “ser presidenta puede ser algo muy solitario porque, pese a tener un montón de asesores, al final tú tomas la decisión”. También admitió que extrañaba a su familia pero que le gustaba ser Miss Nobody y “tener privacidad”.




—¿Fue torturada?— inquirió la periodista, en un tono que no pretendía ser de pregunta.
–Hay un montón de gente que lo pasó mucho peor que yo— contestó. Y cambió de tema.
Cuando hablaron de sus hobbies, dijo que se la pasa trabajando, leyendo, viajando, preparando reuniones, que quisiera ver a sus amigos, ir a los museos, al teatro. Agregó que le gusta bailar, sí, le encanta el merengue y la salsa.




—¿Hace algo más acá?— preguntó Tett.
—Sí, los fines de semana, las cosas normales: limpio la casa, hago el lavado.




Recién instalada, vivía en el East Side de Manhattan, en el mismo edificio de Heraldo Muñoz, ex embajador de la ONU y subdirector del PNUD para A. Latina. Después arrendó un departamento en Roosevelt Island, pequeña isla entre Manhattan y Queens, un sector apacible y aislado. No tuvo pareja en NY. Tampoco mientras fue presidenta, aseguró a CARAS un cercano. “No está cerrada a la opción, pero tampoco anda obsesionada. Su principal gracia es ser una mujer normal, sencilla”.




Bachelet ha reconocido que aceptar el cargo “fue una decisión difícil, lo pensé muy largo tiempo”. Ernesto Ottone, quien la conoció como ministra de Salud, afirma que esa experiencia “fue preciosa para ella, estuvo muy cómoda. Lo hizo bien. Salió con gran prestigio, la echan mucho de menos, me lo dicen directores de servicios. Su despedida fue excepcional; dejó una impronta, pese a que estuvo un lapso corto”.




¿Cuánto cambió entre la primera y la segunda candidatura? ¿Por qué se repite el plato?
Averiguarlo no fue fácil. La llamada “discreción” de algunos y la “lealtad” de otros fue lisa y llanamente hermetismo. Nadie discute que se trata de una mujer que defiende su intimidad como leona, desconfiada porque siente que le han quebrado las confianzas y roto el corazón. De ahí que valore la lealtad más que cualquier otro bien. En eso no hay matices. Se protege y la protegen. Al menos como candidata, la vimos blindada, más cauta, con un libreto fijo, de mensajes unívocos y reiterados.




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Su entorno la ayuda. Muchas veces los correos a miembros de su comando no se contestan, las llamadas, tampoco. Hacia el final de la campaña, una periodista advirtió: “Son más mudos que faraón”.
Mauricio Weibel, periodista, jefe de los corresponsales del Cono sur, cree que “una democracia fuerte y ciudadana requiere además que los gobiernos protejan el trabajo de la prensa. En el gobierno de Bachelet, a varios extranjeros se nos prohibió ingresar a sus conferencias de prensa. En otra oportunidad, se enviaron cartas de reclamo a nuestras jefaturas, las que obviamente fueron desechadas. Esperamos que la nueva relación mejore, aunque por ahora todas las señales son negativas”.




La desconfianza de Bachelet nace en los tiempos de la clandestinidad, según el cientista político Patricio Navia, quien apoyó a MEO en estas presidenciales. “Tiene que ver con su historia”, dice, y alude a la relación que sostuvo con el dirigente socialista Jaime López, que vivió clandestino en Chile, fue detenido y obligado a colaborar con la Dina. Se le pierde el rastro para siempre, pero no figura en ninguna lista de detenidos-desaparecidos. En el libro de los periodistas Andrea Insunza y Javier Ortega Bachelet: la historia no oficial, se relata el caso en detalle. “Esta es la historia de la traición que la marcó para siempre”, sostienen los autores. “Desde entonces, el tema de las lealtades y el no filtrar información es un rasgo que se ha exacerbado”, dice Navia.




Rewind. El traje de dos piezas blanco impecable. La melena rubia, lisa, sonrisa legendaria. Parada, altiva, espalda recta, brazos a los costados, como se paran los militares. Su voz clara cuando el presidente del Senado Eduardo Frei le pregunta si promete desempeñar fielmente el cargo: “sí, prometo”, responde. Tiene los ojos húmedos, hay cierta timidez en sus ademanes breves. Es el 11 de marzo de 2006. Verónica Michelle Bachelet Jeria, con 54 años, asume como la primera presidenta de Chile. En su discurso acuñaría una frase del ex gobernador de NY, Mario Cuomo: “Las campañas se hacen en poesía, pero el gobierno en prosa”.




Fast forward. El 11 de marzo de 2014, en el mismo salón plenario del Congreso Nacional, en Valparaíso, lo más probable es que la misma mujer diga sí nuevamente ante la pregunta del nuevo presidente del Senado. Imposible no tener una cierta sensación de dejá vú… Pero su voz será más firme. Algo es cierto: comienza la prosa.




Una semana antes de las elecciones, el rector de la UDP Carlos Peña recogió la frase célebre en su columna de El Mercurio y dijo: “La verdadera estatura de un político o política (y Bachelet lo es) no se prueba en su capacidad para inflamar a la gente de poesía, sino para navegar, y avanzar, casi siempre poco a poco, en la dura prosa de la vida”.




No son pocos los que advierten que en esta segunda vuelta tiene más confianza en sí misma, está más “empoderada”, con la certeza de que quiere mandar porque, como dijo una fuente, “sabe que si no lo hace, los partidos pasarán por encima suyo”. Aunque no buscó el poder, dicen. “Ahora tampoco”, según una estrecha colaboradora. “Ser Presidenta nunca estuvo en sus planes. Menos dos veces. Aceptó porque cayó en la cuenta que era el camino para ganar a la derecha. Posee una formación de compromiso con el país, militante, republicana. Cree que la vida tiene sentido en la medida en que pueda aportar. Le es imposible negarse a eso”. Adicta al servicio público, le han dicho sus hijas, en semiserio. Lo comentó en su primer discurso como mandataria, en 2006: “Ustedes lo saben: nunca tuve ambición de poder. Sólo voluntad de servir”.




Ahora existe consenso en que enfrentará un país distinto, con nuevas demandas sociales y exigencias profundas de cambio. Según el ex ministro Franscisco Vidal (PPD), el probable gobierno será “potente, intenso. El más difícil desde Allende, y su programa, el más transformador desde entonces”.
–¿Más ‘izquierdizado’ que lo que fue la Concertación?




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–Sí, porque la sociedad cambió. El 86 por ciento, según la encuesta CEP, cree que hay que proteger al consumidor; más del 70 por ciento está por la reforma educacional, más igualdad, menos abuso. Son los cambios que Bachelet ha querido hacer siempre. Es la última esperanza de la mayoría.




Vidal la conoció como “un cuadro político” en la campaña territorial de Ricardo Lagos, en 1999. Debía coordinar la agitación en una subzona de Santiago. Un cargo no irrelevante para un militante de base como ella. “Me impresionó su disciplina. Llegaba a la hora a las reuniones, cumplía las tareas, anotaba en un cuaderno. Era de perfil bajo, bajo, como militante clandestina”. Ya en La Moneda recuerda, nunca la vio alterada, aunque le irritaba “la indisciplina, el incumplimiento. Es alumna de siete, con enorme resistencia”.




La escena como titular de Defensa arriba de un carro blindado del Regimiento Buin durante una inundación en Conchalí es ya legendaria. “Ahí irrumpe”, dice Vidal. “En una de las últimas coordinaciones que hacíamos en 2004 llegó a La Moneda para evaluar cómo responder un feroz ataque de la revista Qué Pasa. Me dijo: ‘Pancho, en vez de estar en esto, me gustaría andar caminando por la playa con un pololo’. Ahora será presidenta con más entusiasmo porque los contenidos están más en sintonía con lo que ella es”.




Durante ocho meses Bachelet recorrió el país de norte a sur, en avión o a bordo del “bachemóvil”, explicando sus propuestas, llamando a votar y a no confiarse en el triunfo. Una maratón que mostró su resistencia, buena salud (aparte de unas afonías transitorias) y ganas de enmendar errores. El 11 de noviembre, por ejemplo, a sus adherentes de Temuco expresó su deseo de establecer una nueva relación entre el Estado y los pueblos indígenas. Y dijo que “no se volverá a aplicar la ley antiterrorista contra representantes de esos pueblos”.




Pero no basta, coinciden todos, con la alta adhesión. De la mano van también las altas expectativas acumuladas. Según Navia, éstas “llevarán a protestas callejeras, a que la acusen de traidora. Y a Camila Vallejo le escupirán en la cara”.




Navia cree que se equivocó al volver. “Cuando estaba en la ONU, la Concertación pedía desesperada que regresara y ella pudo exigirlo todo. No pidió nada. Volvió por un sentido de deber; es más probable que la amen los empresarios a que la amen los estudiantes”.




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La relación con el mundo empresarial está por verse. Durante la campaña restringió sus contactos por una decisión del comando, “para no generar ruidos”. Oscar Guillermo Garretón sostiene que Bachelet no constituye una amenaza para ellos, pero admite que “están inquietos, vigilantes y preparados para trabajar en las nuevas condiciones; quieren tener la mejor relación posible con ella. Preocupa el tema tributario y laboral”.




Hoy, el hermetismo de la candidata también cunde entre hombres de negocios cercanos a ella.
Cuando se han hecho reuniones con representantes de la Sofofa o la CPC, entre otras entidades, el delegado clave ha sido Rodrigo Peñailillo y, en segundo lugar, Alberto Arenas (carta para Hacienda). En otras ocasiones asistieron Andrea Repetto y Ricardo Lagos Weber. José de Gregorio, también del equipo, ha ido a seminarios económicos.
Pero algunos puentes ya se han tendido. En diciembre pasado, Bachelet participó en una comida con Alberto Kassis, reconocido pinochetista —según El Mostrador— dueño de Cecinas San Jorge, La Preferida, Winter, JK y director de Copesa, y René Abumohor, socio del Parque Arauco, CorpBanca, Factoring Coval y la Hacienda Rupanco. Hubo un tercer comensal, también de la colectividad árabe. Kassis y Bachelet son vecinos en Caburgua, ella ha almorzado en su casa.




El presidente de la Asociación de Exportadores de Frutas, Ronald Bown, dice que no se han reunido con ella. “Nos limitamos a enviar un documento con nuestras inquietudes a cada candidatura. Hemos tenido una buena recepción”.




Bown (fue integrante frecuente de las delegaciones empresariales que acompañaban a la Presidenta en sus viajes al exterior, tal como César Barros, Bruno Philippi, Luis Schmidt y Rafael Guilisasti) recuerda que las relaciones de los empresarios con ella fueron “buenas, en general. En lo particular tuvimos un trato muy deferente”.
Otro nombre del elenco estable de esos viajes era René Merino, ex dirigente de la industria del vino, presidente de Viña Tamaya, quien aclara que no votó por ella en el 2005 pero que “es encantadora, muy inteligente, receptiva. Quien diga que Michelle Bachelet no resuelve, no la conoce. Siempre escuchó con atención nuestros planteamientos”.
Sin embargo se comenta que, al minuto de decidir, Bachelet consulta poco y a pocos. Y “sólo cuando se trata de grandes asuntos”, aclara un cercano. “Es muy intuitiva, un scanner humano. Ve a una persona y le toma el peso. No ha cambiado en su formato emocional. Muy asertiva, le cuesta cambiar de opinión y sólo lo hace frente a fundamentos sólidos. De memoria impresionante, a veces raya en el rencor. Rechaza la crítica sin base y valora la que viene con propuestas”.




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Desde 2006 a la fecha ha endurecido el cuero.
“Pero con mucha gracia”, advierte Ottone. En ella destaca “la discreción, la seriedad, la distancia de la política como cotilleo. Es vital, con gran capacidad de trabajo y diálogo. Nada de eso ha cambiado. Aprecia la corrección , no teme afrontar desafíos enormes. No se trata de una almita temblorosa. Tiene carácter, no mal carácter, que no es lo mismo”.




La relación con su madre, Angela Jeria es la más permanente de su vida. Entre muchas cosas comparten el dolor de haber sido recluidas en Villa Grimaldi y Cuatro Alamos y sufrierib la muerte del esposo y padre, el general de la Fuerza Aérea Alberto Bachelet. Ambas partieron al exilio. Angela le presentó en Leipzig, al socialista exiliado Jorge Dávalos, que estudiaba arquitectura en la Universidad de Weimar, con quien Michelle se casó en 1977.




De vuelta en Chile (1979), se separan y dos años más tarde inicia una relación con Alex Vojkovic Trier, ingeniero civil eléctrico, ex vocero del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, que declinó una entrevista ahora porque, dijo, está retirado de la política. No habla con ella desde el 2000. A CARAS, en 2009, había comentado: “Era muy atractiva, simpática, divertida, ingeniosa, inteligente… Estuvimos muy enamorados”.
Ad portas de entrar a La Moneda nuevamente, la hija escucha poco a su madre, pero se cuidan.




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