Cuando ocurrió el atentado en Niza el año pasado (ataque que involucró el uso de un camión que termina con la vida de 87 personas), el presidente Hollande declaró que Francia tendría que acostumbrarse a vivir con la amenaza del terrorismo. Esa expresión no era ajena a la realidad francesa, mal que mal, hacia fines de los setenta y comienzos de los ochenta, Francia experimentaba la amenaza producida por grupos como la OrganisationArmée Secrèt (OAS), organizaciones como Abu Nidal o los armenios de ASALA. Curiosamente, para los británicos la situación no es muy distinta, en particular al pensar en el conflicto de larga data en Irlanda del Norte y la violencia realizada por el Irish Republican Army (IRA).

Sin embargo, la violencia actual nos parece distinta y suponemos que atentados como los de Londres representan una transformación cualitativa respecto del comportamiento del terror. Si bien la evidencia para respaldar lo anterior es escasa y cuestionable, ya que requiere indagar en ‘percepciones’ y condiciones subjetivas de la realidad política; es posible argumentar que la evaluación de la amenaza terrorista para Europa se basa en la presencia de fenómenos complejos, contradictorios y disonantes, que genera como resultado una realidad sustantivamente distinta a la que Europa experimentaba entre los 70s y 80s, a pesar de que la corroboración empírica resulte ser paradójica.

Por un lado, es interesante observar que, si se toma como punto de orientación inicial el año 2006 y se lo extiende hasta 2015 (último año donde, de acuerdo al Consorcio Internacional del Estudio del Terrorismo, hay información regional completa sobre el fenómeno) se concluye que el 70% de los atentados que experimenta Europa en ese período son realizados por los llamados lobos solitarios. Esta expresión, que designa teóricamente a un sujeto que no tiene relaciones formales con una organización terrorista, pero que puede ser inspirado o influenciado por sus delineamientos ideológicos, ha pasado a formar parte de la nomenclatura contemporánea, pero es más compleja de lo que se piensa. Los sujetos no se encuentran realmente ‘solitarios’, sino que trasladan los procesos de interacción al mundo virtual o a las redes sociales. Esto ya marca una transformación significativa, y supone entender que los modelos organizacionales de grupos terroristas se asocian más bien a la realidad del s. XXI antes que las del siglo pasado.

Lo que puede resultar sorprendente, no obstante, es que de la totalidad de ataques por los llamados ‘lobos solitarios’, solamente un 20% de ellos se realizan por sujetos asociados a la religión del islam, siendo la mayoría de los ataques de lobos solitarios atentados cometidos por individuos ligados a grupos de extrema derecha, neo-nazis u organizaciones xenófobas. Desde el año 2000 en adelante, las víctimas de terrorismo en Europa Occidental representan sólo 0,5% del total de víctimas a nivel mundial. Y esto marca otra diferencia sustancial. Creemos que el terror es más importante de lo que realmente es. Esto no quiere minimizar la condena a atentados como los de Londres, París, o Bruselas. Pero sí enfatizar que la percepción subjetiva sobrepasa con creces la realidad objetiva de la violencia. Las hipótesis para entender esto son múltiples, pero la mayoría de ellas apuntan a la viralización de la información, la concentración de la noticia en espacios permanentes (24/7), y cierta tendencia a concentrarse en las agendas locales antes que en las internacionales. No es coincidencia que el mismo día en que ocurría el ataque en Londres, 30 civiles sirios morían por un bombardeo norteamericano realizado por error. Pero eso no se informó con el mismo detalle, atención y tiempo dedicado a la otra noticia.

En el mismo sentido, es innegable que el terrorismo asociado al ‘fundamentalismo islámico’ (otra expresión compleja), contempla objetivos distintos de otro tipo de organizaciones. Por una parte, la violencia tiene un componente reactivo, por cuanto la excusa dada para multiplicidad de atentados es aludir a la participación de un Estado particular en conflictos internacionales. Desde la perspectiva del terrorista, la violencia se entiende como una de justicia retributiva. Pero, por otra parte, hay ciertamente un ataque a lo que el modelo de organización social occidental simboliza: altos grados de secularización y de pluralismo, pero también de hedonismo y de materialismo. Ataques como los realizados contra la revista Charlie Hebdo sólo pueden explicarse en función de aceptar que algunas personas en Europa quieren imponer leyes contra la blasfemia religiosa. Y la predisposición a realizar un atentado utilizando el propio cuerpo (un atentado suicida), sólo cabe racionalizarse aceptando que el sujeto que lo realiza cree fehacientemente que ese acto le garantizará el acceso al Paraíso. Así vistas las cosas, la violencia también implica dos ideas de sociedad mutuamente excluyentes, haciendo entonces que la capacidad de resolución sea mucho menor a la que hubo con organizaciones como el IRA.

Este último punto se liga con dos condicionantes finales. El primero es la manifiesta erosión de la idea de lealtad nacional. El estado-nación, como entelequia que reúne una historia, tradición, cultura, valores y simbología, no asegura los cuestionamientos violentos a esa misma realidad. La erosión va acompañada de un traslado de los fundamentos identitarios del sujeto hacia otros ámbitos (la religión es el más evidente de ellos), lo que – en alguna medida – permite entender por qué ciudadanos de un determinado país cometen violencia contra sus propios conciudadanos. Esto no es sorprendente, especialmente cuando se recuerda que, en uno de los actos publicitarios más recordados por parte del Estado Islámico, se mostraba a ciudadanos europeos llegando a Siria y quemando sus pasaportes nacionales.

Finalmente, la violencia ocurrida en Londres es el resultante de un proceso de radicalización. Pero de acuerdo al mayor especialista de radicalización del mundo (Peter R. Neumann), hay una cierta invisibilidad de este trayecto dado que, la mayor parte de las veces, comienza de forma epistemológica. En otras palabras, se comienza teniendo ‘ideas’ radicales que luego se traducen en ‘acciones’ radicales. Y por eso, paradójicamente, existen cierto tipo de discursos que las mismas democracias deben evitar, precisamente porque alienta a que se asiente una idea radical que tiene probabilidad de expresarse, después de un tiempo, en una atrocidad.

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