Menos cuando está llevando al mundo (y a Chile) a adoptar posiciones que pueden comprometer intereses también enfrentados.

Siempre parece interesante “echarle pelos a la sopa” y dar algunas vueltas a la noticia, aun cuando sea para construir preguntas que bien podríamos formular a más de alguien, y someter a prueba nuestros propios juicios anticipados. Veamos algunas constataciones (o, al menos, algunos intentos de constatar ciertas cosas):

-Julian Assange no es una rata acorralada en una trampa; es una personalidad global que, a pesar de sufrir hoy severas restricciones a su libertad, está cubierta de gloria: Ha recibido innumerables premios por su lucha a favor del libre flujo de información en el mundo aun cuando ella ponga en graves aprietos a las potencias y líderes más poderosos del planeta. Lo ha premiado Amnistía Internacional, The Economist, fundaciones y organizaciones de medios y periodistas en Estados Unidos, Europa y su natal Australia; hay quienes quieren postularlo al Premio Nobel de la Paz (una iniciativa que sin duda ganaría fuerza si fuera extraditado y juzgado); y ha recibido el respaldo explícito de políticos de todas las latitudes: desde la vociferante protección de Rafael Correa a la más discreta pero también mucho más contundente de Lula da Silva. No es un perseguido inerme ni un obrero del periodismo acorralado y solo. Cinco de los periódicos más importantes de Occidente lo acompañaron en su última gran aventura informativa (la filtración de los documentos del Departamento de Estado) y es de suponer que no lo abandonarán a su suerte tan fácilmente. Son los mismos periódicos con los cuales muchos jerarcas mundiales no dejan de coquetear para salir favorecidos en sus páginas.

-Wikileaks es fascinante, pero no necesariamente es el paradigma del periodismo modelo. A pesar de los laureles, quienes trabajamos en periodismo a veces nos preguntamos sobre algunas de las maneras de trabajar de Assange y sus seguidores. Hay que admitir que Wikileaks sostiene buena parte de sus contenidos en investigación profunda y minuciosa; pero también lo hace por caminos menos nítidos en aras de objetivos que se suponen más importantes, lo que al menos hace de este sitio un interesantísimo objeto de análisis. El propio Assange se ha declarado culpable de delitos informáticos en tribunales australianos.

Wikileaks se lleva alabanzas de buenas a primeras desde muchos lugares; es difícil ignorar la “mina de oro” de información que difunde… pero al mismo tiempo carga con algunas oscuridades, y hay cuando menos algunos  argumentos para sostener que no cumple con las responsabilidades de domicilio conocido, director responsable, transparencia de métodos y sobre todo de financiamiento, a las que están normalmente obligados los medios de comunicación respetables en todas las democracias avanzadas. Los periodistas que funcionamos en estados de derecho tenemos que esforzarnos por seleccionar con criterio, jerarquizar con fundamento, verificar más de una vez y con más de una fuente los datos, obtener fuentes en lo posible citables con nombre y apellido… y también tenemos que estar disponibles para rendir cuentas, corregir errores, responder ante la justicia y enmendar caminos de acuerdo a la ley, todo lo cual cabe preguntarse si lo hace también Wikileaks, y dónde lo hace. Sin duda Wikileaks es un fenómeno fascinante, que ha alterado los parámetros que antes nos servían para calificar a los medios de comunicación social (o a “la prensa”) en todo el mundo. No está todo dicho ni todo estudiado sobre Wikileaks. Se dirá que no hay alternativa para denunciar crímenes o “pecados mortales” de los más poderosos de la Tierra, y es posible que sea cierto. Pero en estos temas las cosas son mucho más complejas como para quedarse con el fin como justificación de todos los medios.

-Wikileaks suele generar simpatías y antipatías extremas. Quizás sería mejor tomar alguna distancia y hacer algunas diferencias. Por ejemplo, frente al ruido que desencadenó la filtración de documentos del Departamento de Estado a fines de 2010 (más bien un conjunto de comunicaciones de índole chismográfica, sin mayor filtro y sin verdadera relevancia política, que no provocó ningún remezón político real, salvo un endurecimiento de protocolos diplomáticos que en adelante hará mucho más difícil acceder a cualquier información), este sitio se anota logros de un doloroso mayor peso específico, como las reconocidas revelaciones de ejecuciones extrajudiciales en Kenia o las masacres de civiles e incluso de periodistas por parte de las fuerzas aliadas o derechamente norteamericanas en Irak.

-No puede negarse que las acusaciones contra Assange por presuntos delitos sexuales son al menos sospechosas. ¿Dos mujeres que ni siquiera tenían en un comienzo la intención de acusarlo criminalmente, y que aparentemente fueron inducidas por la policía a hacerlo? Son dos casos de supuestos actos sexuales que se mueven entre el no consentimiento pleno y el no uso de condón pese a un dudoso consentimiento inicial, en que nadie ha podido acreditar violación como la entendemos en la mayor parte del mundo, a no ser por tecnicismos penales de difícil comprensión. Más sospechosas aún aparecen estas denuncias por su simultaneidad con las incomodidades que causó Wikileaks en los últimos dos años, particularmente con las filtraciones de documentos del Departamento de Estado, reproducidas por cinco de los más prestigiados diarios del mundo.

-Sin embargo, esas mujeres tienen derecho a presentar y sustentar sus acusaciones ante tribunales competentes, que para eso  están. Y todos tenemos que presumir la inocencia de Assange hasta que quienes lo acusan demuestren que sus denuncias son verdaderas. Más cuando tribunales en derecho y en democracias plenas así lo requieren, validando al menos los fundamentos preliminares de las denunciantes y llegando al punto de dar curso a una extradición con fundamentos jurídicos. Quien pretende eludir la acción de la justicia a pesar de autoerigirse en acusador de medio mundo arriesga parecer, él mismo, sospechoso. ¿Acaso Assange está por sobre la ley? ¿O sería juzgado de manera sumaria a puertas cerradas bajo siete llaves? No: su juicio podría convertirse en uno de los más difundidos (y transparentes) de la historia judicial de Occidente, con la prensa no de un país, sino de medio mundo, mirando cada detalle. Si es inocente, no debiera temer a la posibilidad de demostrarlo. Si ni siquiera lo intenta, empieza a parecer menos inocente. Recuérdese, a modo de ejemplo, para mal (en sus inicios) y para bien (en su desenlace) el caso Strauss-Kahn.

-Se dirá (y el propio Assange lo ha dicho) que todo ello sería una farsa, que sólo ocultaría el intento oculto de Suecia de arrodillarse frente a Washington, para terminar extraditando a Assange a Estados Unidos. Pero se olvida que la extradición desde Inglaterra a Suecia sólo permitiría juzgarlo por delitos sexuales; que si fuera absuelto por su inocencia quedaría en libertad; que bien podría asegurarse el asilo con el mismo Ecuador u otro país en Estocolmo en caso de que las cosas tomaran otro rumbo (con la diferencia de que habría demostrado su inocencia en los delitos sexuales de los que hoy está acusado, y su credibilidad y respetabilidad internacional se habrían elevado a niveles fuera de cuestión); y que, por último, es improbable que Suecia concediere una extradición a un país donde todavía rige la barbarie de la pena de muerte, como es Estados Unidos. Y hay que insistir: cada uno de estos eventuales pasos, muy probablemente atendido y cubierto con profusión por una prensa vigilante de todo el mundo. ¡Ojalá muchos inocentes imputados por los más diversos delitos en todas las latitudes tuvieran tantas garantías como Julian Assange! ¿Quién levanta la voz por ellos?

-Esta semana se inicia con cancillerías y organizaciones regionales tomando posiciones y expresando opiniones frente al asilo de Assange. En la inefable UNASUR el acuerdo es respaldar a Ecuador y defender la inviolabilidad de las embajadas. Compleja cuestión, cuando frente a ese incuestionable principio se levantan otros principios también difíciles de cuestionar, como el respeto a los estados de derecho y al derecho de los estados a juzgar a los imputados por delitos cometidos en sus territorios.

-En esta discusión la posición de Chile es sensible. Se ha dicho sin mayor reflexión que “debemos ponernos del lado de Ecuador”, nuestro “aliado estratégico” cuando estamos ad portas de las fases finales del litigio con Perú en la Corte de La Haya. Como si ponernos de otro lado permitiera a Ecuador “bajarse” en la hora final de su respaldo a los tratados de 1952 y 1954, en burda represalia por un eventual “no apoyo” al aliado estratégico. Y como si, aunque ese disparate ocurriera, ello pudiera a estas alturas debilitar la posición de Chile en La Haya. Por lo demás, ¿que no éramos “nosotros” los que clamábamos al mundo porque se respetara la territorialidad de la justicia, nuestra condición de democracia, nuestro estado de derecho y nuestro derecho a juzgar a Pinochet, desde el mismo día de octubre de 1998 en que el general fue detenido en Londres? (Dicho sea de paso, no deja de ser irónico que el mismo Baltasar Garzón que quería entonces extraditar a Pinochet a España, sea quien defiende hoy a Assange para que no sea extraditado a Suecia).

-De acuerdo: la condición de aliado estratégico de Ecuador trasciende La Haya y es histórica. Y se dirá también que esta alianza trasciende a Ecuador mismo y alcanza a la región, que toda junta se alineó con el presidente Correa. Pero, ¿no es tanto o más histórica y tanto o más relevante nuestra relación con el Reino Unido, con el que no sólo tenemos mucho más comercio que con Ecuador, sino (atención a esto, aunque suene sorprendente para algunos) mucha más historia compartida? ¿Que esa relación no trasciende también el Reino Unido y alcanza a Suecia, otro aliado fundamental en Europa del Norte, una de las naciones que más chilenos han acogido en la historia?

-No debiera estar resultando fácil para nuestra cancillería pararse con sonrisas “de oreja a oreja” junto a un gobierno como el de Quito, acusado de perseguir a la prensa y restringir gravemente la libertad de expresión, y que hoy desafía al país donde prácticamente se inventó la prensa y donde se acuñó, nada menos, la expresión “cuarto poder”. Tampoco debiera resultarle fácil hacer todo esto a sólo días de comparecer en otra instancia regional, esta vez solidarizando con Argentina en su reclamo de las islas Malvinas… ¡oh, casualidad!, también, precisamente contra el Reino Unido. En este caso, “a cambio” de una sucesión de desaires y decepciones que cada semana nos propina el gobierno de Cristina Fernández. ¡Hay que ver que sale cara la “realpolitik” en la diplomacia vecinal!

 

 

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