El resultado es uno que nos cuesta reconocer: más de 600 referencias cinematográficas nos ubican en el extremo, en la puerta del infierno y como el paraíso de los fugitivos.

Hace cuatro años, los periodistas Ascanio Cavallo y Antonio Martínez —dos de los críticos de cine más respetados del país— estaban discutiendo sobre un curso que debían impartir en un magister. El tema, obviamente, era el cine. Y luego de darle varias vueltas decidieron partir con una investigación tan amplia como delirante y obsesiva. Chile en el cine, la imagen país en las películas del mundo (Uqbar editores) se terminó llamando este desafío a la paciencia en el que la dupla, que se conoció en España a mediados de los ochenta, intenta exorcizar toda su cinefilia para descifrar cómo nos ha visto cinematográficamente el mundo hasta hoy.
Una tarea que no podrían haber hecho sin una mezcla de erudición, locura y amistad. “Mientras más lejos estemos, mejor. De hecho, Antonio vive en Buin y eso nos mantiene bien…”, dice Ascanio. “Con distancia y categoría”, le retruca Martínez. Ambos se acomodan en una sala del departamento de Cavallo, que más parece un cine privado, con butacas y proyector incluidos. Toman café y Cavallo prepara una maleta para tomar un avión en unas horas, les preguntamos cómo se conocieron.
—Antonio Martínez (AM): Yo lo invité a un restorán en Madrid, en la Plaza España.
—Ascanio Cavallo (AC): ¡No por Dios! ¡Un restorán es mucho decir!
—AM: En ese tiempo éramos pobres… Un sucucho entonces.
—AC: Eso fue para el golpe del coronel Tejero, el ’81. Antonio era corresponsal de la revista Hoy.
—AM: Y Ascanio era redactor internacional. El ’85 empezamos a escribir la crítica de cine juntos. Se lo tuvimos que pedir a Emilio Phillipi, que no estaba muy convencido.
—¿Cuánto tiempo pueden conversar de cine de corrido?
—AC: Poco, porque aparecen rápidamente los desacuerdos. Unos diez minutos…
—AM: Uno es cinéfilo y ya está. Hay puntos en que no quieres convencer a nadie y en que cada uno está en su cielo o infierno. Nosotros tuvimos mucho tiempo un grupo que se juntaba a hablar frente al Normandie: Oscar Sepúlveda, Marco Antonio Cumsille, Alex Doll, Sergio Salinas, todos muy cinéfilos y ahí estábamos horas, pero eran otros tiempos. Algún siútico dirá que eso era un ejercicio de resistencia contra la dictadura, cuando en realidad era excusa para chupar y hablar de películas.

ESE DIÁLOGO TERMINÓ EN UNA OBSESIÓN que demoraron cuatro años en terminar y de la cual ya preparan una continuación. “Todo esto no se podría haber hecho sin internet. Nos dimos cuenta de que no servía una palabra, sino que había que armar un diccionario con términos como Valparaíso, Cabo de Hornos, Neruda, Pinochet y ahí llegamos a lo que estamos ahora: cerca de 600 referencias para el segundo tomo, que ya empezamos a preparar”, explica Cavallo.
—AM: Es natural que vayan apareciendo más películas. Si no haces esto con ese afán exhaustivo, de pensar que lo vas a conseguir absolutamente todo, no funciona. Eso es la esencia de la cinefilia, tratar de verlo todo. Buscamos hasta el final. Nos pasó con El informante de Al Pacino y Rusell Crowe, que en muchas partes nos dijeron que había una mención a la uva envenenada chilena. La vimos varias veces por separado, revisamos subtítulos, pero finalmente era una mala información.
—AC: ¡Uyyy! Y hace un tiempo Bazuca sacó un concurso sobre menciones de Chile en el cine… ¡Pfff! ¡Y no falta el típico huevón que dice que se acuerda de tal cosa, pero no de la película… y ya sembró la duda!
—AM: Muchas veces nos encontramos en callejones ciegos, sin salida.
—¿Cómo armaron la investigación? El libro parece más el trabajo de un detective que el de un periodista.
­—AM: Fuimos tratando de asociar. Por ejemplo, sabíamos que la película Cabo de Hornos tenía varias versiones, entonces había que verlas todas. Nos metimos al archivo del American Film Institute, cinetecas, etc. Siempre tratando de cruzar los resultados… Esto de que Chile es frío, Child, ají. Eso es muy perturbador. Además, tengo amigos crueles que me hacían perder mucho tiempo con pistas falsas.
—¿Por qué la obsesión por saber cómo somos observados por el mundo?
—AC: Difícil. Supongo que tiene que ver con el complejo de país chico, lejano. Hay que acordarse que aquí llegó la escoria de la Colonia y este país nació olvidado. Parece ser que la obsesión por cómo nos ven es histórica, eso dice Raúl Ruiz.
—AM: No sabemos lo que somos, pero si logramos averiguar cómo nos ven de afuera, vamos a encontrar nuestra identidad, siempre tan discutida. Quizás esa distancia, frialdad incluso caricaturesca con que se nos mira, es algo con lo que hay que contar.
—¿Qué elementos fundamentales lograron visualizar de esa esquiva ‘imagen país’?
—AM: La tierra que está al final del mundo, que está en descomposición y armándose, que no es permanente y que tiene un sustrato geológico… Para todos somos minería: cobre, nitrato. Por eso una tragedia como la de los mineros prende de inmediato en todo el planeta, porque hace fuerza con la idea preconcebida del país. A veces somos isla o santuario. Otras, un lugar protegido o uno del que quieres irte. Después de ver todas las películas en que aparece Chile, si quieres una frase país, sería: Chile, el fin del mundo. Esa es la frase que mejor nos identifica… Además, crea una mitología, un imaginario que es mucho más potente que decir “Chile, siempre sorprendente”… que no es nada.
—AC: La rareza de esto es que no nos concebimos como un lugar extremo, de hecho, valoramos nuestra moderación, pero estamos al final de todo. Lo que nos enseñaron es diferente: éramos parte del centro… ¡Lo que estaba lejos era Tombuctú! ¡Pero esa huevada está más cerca!
—Ustedes plantean que en el cine queremos ser reconocidos como austeros, sobrios, civilizados y serios. ¿Tenemos aversión a que nos tomen por livianos?
—AC: Es la base de nuestra diferencia. Una cosa que no logró el cine del mundo, partiendo por Disney, fue construir el personaje chileno. El argentino era un gaucho, el brasileño un papagayo, el mexicano un burro, pero con Chile tuvo que optar por un avión (Saludos amigos, 1942) y después un pingüino (Los tres caballeros, 1944), que no tiene nacionalidad. En ambos casos Disney no pudo. El propio pingüino, que resiente tanto el frío, es una especie de desclasado que sueña con playas tropicales… una de ellas Viña del Mar, que no tiene nada de tropical.
—¿Y de dónde viene el afán de querer parecer austeros?
—AM: Es una aspiración que nos hace pensar que de esa manera vamos a progresar… ¡Pero un país donde hay 33 mineros atrapados a 700 metros bajo tierra durante dos meses… no hay nada más extremo! Eso es imposible de  mezclar con la mesura.
—Entonces esa imagen de país tranquilo que siempre hemos querido proyectar, en el cine mundial no funcionó.
—AC: No resultó completamente, pero las películas recogen cierta aspiración de ser un lugar serio.
—AM: Por eso uno puede ver la Unidad Popular como un último refugio de un experimento político para un sector de la izquierda, donde este sueño podía concretarse en un país lejano.
—AC: Es probable que el segundo tomo del libro acoja una especie de tesis respecto de la centralidad del caso chileno en el fin de la guerra fría. Hay un par de cineastas que plantean eso. Fílmicamente es relevante, hay mucha gente que tiene una interpretación del golpe de Estado, la dictadura, hay gente que quedó marcada con referencias oscuras del golpe… es un acontecimiento más central de lo que percibimos.

NERUDA, ALLENDE Y PINOCHET SON PERSONAJES CLAVE para la imagen país. “Neruda es muy importante, por cantidad de menciones, está en el primer lugar sin duda”, dice Cavallo.
—AM: El cine recoge su doble vertiente: la política y la amorosa. Y es fuerte en ambas.
—AC: Y las junta. Il postino hace eso: el activista político puede ser un agente del amor. Neruda transmite una idea de que Chile es raro. Un Nobel de esa magnitud en un país perdido… y esa rareza contagia vagamente a Allende y Pinochet, como símbolos de las fuerzas predominantes en el siglo XX. Con Pinochet pasa que las películas no buscan al actor más parecido, sino al con más cara de malo. Y la búsqueda de Allende no es menos ridícula…
—AM: Mucho parecido con él y cierta solemnidad permanente, subrayando su discurso y su fulgor final.
—AC: Desde el punto de vista del imaginario mundial, en lo político Chile está absolutamente sobredimensionado. O sea, ¿quién se acuerda de los líderes de Letonia?
—Ustedes describen este trabajo como una “pesadilla adictiva”…
—AM: Uno vive del cine…
—AC: Yo acabo de tener una experiencia dramática: tuve que ver una película de Eliseo Subiela, que es como estar en la silla eléctrica… y efectivamente hay una frase sobre Chile… Jajaja.
—¿Dónde encontraron las mejores referencias cinematográficas sobre el país, las mejor logradas?
—AM: A Ascanio le encanta La cruz de Lorena, de Tay Garnett.
—AC: Es notable, es de 1943. Presenta a ocho o nueve protagonistas, que son soldados franceses rendidos ante Alemania y uno de ellos es Antonio Rodríguez, chileno, preso en los campos de concentración de la Guerra Civil Española y hombre que, donde el pueblo se levantara, estaba allí. ¡Es un héroe comunista! ¡Y además es el duro de la trama!
—AM: A mí también me gusta la secuencia del musical Bailando nace el amor con Fred Astaire y Rita Hayworth (1942) donde al final cantan Chiu Chiu, de Nicanor Molinare y la secuencia, de dos minutos y medio, es esplendorosa. Estuvo nominada al Oscar. Otra que me hace mucha gracia es Solo en la madrugada, con José Sacristán. En la película avisan que hay que ser de derecha y dice: Sea usted de derecha, como la reina Isabel de Inglaterra, como la princesa Grace de Mónaco, como Julio Iglesias, como Santiago Bernabéu y como el general Pinochet. ¡Sea usted de derecha! ¡Sea usted como Dios manda! Jajaja.
—¿Y las referencias más ordinarias?
—AM: Ultraman… tenían una base extraterrestre bajo la Isla de Pascua y un moai azul…
—AC: ¡Y King Kong vs. Godzilla también poh! La versión japonesa tenía un periodista muy ignorante que informaba que hace cuatro horas se había sentido un terremoto en Chile y dice: ¡Esperemos que sea el último!…
—Ustedes afirman que Chile es una abstracción y una estación terminal para el cine.
—AC: Claro, aquí vienes a quedarte nomás. No venís de pasada.
—AM: Quizá por eso una de las compañías más importantes del país es una línea aérea. Si nosotros no saliéramos, no vendría nadie.

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