Una fotografía impresa con notorios pixeles delata haber sido ampliada de un original tomado con una cámara digital antigua. El registro está en papel carta, al interior de un marco de madera que Arturo Aylwin Azócar (90) –abogado especialista en derecho administrativo, Contralor General de la República entre 1997 y 2002 y hermano del primer presidente de la transición– sostiene mientras lo fotografiamos para esta edición de aniversario de CARAS.

“Fue nuestro último paseo, hace dos años… un viaje que hicimos a Algarrobo con Patricio. ¡A la playa! Ahí estamos sentados en una banquita, a fines de febrero”, evoca el cuarto de los cinco hermanos Aylwin –Patricio, Carmen, Andrés, Arturo y Tomás– en el comedor de su casa ubicada en la calle Goethe, en La Reina. Han pasado algunos días desde la jornada de homenajes que la familia Aylwin Oyarzún y la DC organizaron en conmemoración del segundo aniversario de muerte de Patricio Aylwin. Un día antes, el Senado inauguraba una placa con su nombre en la sala de la comisión de gobierno interior.

“Ahí estuvimos con gente de todos los sectores”, apunta el abogado, al tiempo que ofrece una taza de café, jugo de naranja y medialunas. Nueve años de diferencia hacían que Arturo Aylwin lo viera como a un segundo padre: “Patricio era incluso más severo que mi papá”. Pero también forjaron un vínculo de mutuo cuidado, de discusiones políticas sobre la causa aliada tras la Segunda Guerra Mundial y de ingenuos recuerdos de la niñez común en San Bernardo, donde el matrimonio entre el ex presidente de la Corte Suprema Miguel Aylwin Gajardo y Laura Azócar Alvarez decidieron establecerse. Siempre aclanados, como sus descendientes hasta el día de hoy. Y como siempre recuerdan, todos fueron juntos al Liceo de San Bernardo: “Convivíamos con los hijos de campesinos, de suboficiales… crecimos sin diferencias sociales. De niño supe que Patricio siempre había sido buen alumno, lo señalaban como ejemplo y daba charlas en el liceo: de hermandad, de justicia social”.

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Arturo seguía en el colegio cuando su hermano mayor ya estudiaba leyes en la Universidad de Chile. “Ahí se consolidó como un devoto del derecho, esa idea la tenía adentro. Por eso defendía sus posiciones con mucha vehemencia. ‘Nada se puede hacer sin entusiasmo’, decía y Patricio era eso: un entusiasta”. No obstante, afirma que en 1973 su hermano quedó totalmente consternado: “La frustración más grande de su vida fue el rompimiento de la democracia. Quedó destruido, se sentía derrotado en el más amplio sentido de la palabra. Tanto así, que una vez dijo: ‘Yo pertenezco a una generación perdida’”.

Ya en 1977, el ex mandatario recobraría las fuerzas y un año después, junto a un grupo de abogados constitucionalistas, creaba el Grupo de los 24, opositor al régimen de Augusto Pinochet. También sería parte de la Alianza Democrática y del Acuerdo Nacional para la Transición a la Plena Democracia, firmado en 1985 con el patrocinio de la Iglesia Católica. Arturo Aylwin recuerda así las dificultades de su hermano, como presidente del partido, para aglutinar a la DC frente a Pinochet:

“Fue dramático. Se estaba dando una lucha por la democracia y en ese momento había dos posiciones: los que se jugaban por la vía violenta y los que, dentro de la Concertación, impusieron la tesis de la vía pacifica. Costó bastante, no fue de la noche a la mañana. Había quienes consideraban que participar era una ingenuidad. ‘Son ideas utópicas’, decían. Algunos no querían registrarse para votar y lograr la inscripción. Patricio y otros dirigentes hicieron un trabajo de joyería: poco a poco, fue como una oleada que empezó a vencer cualquier tipo de obstáculos y, al final, todo el mundo estuvo de acuerdo en que el camino inteligente era el de restablecer la democracia. Sin traumas, sin muertos, sin heridos. Dejar de lado la violencia, eso fue lo que siempre quiso Patricio”.

La mañana del jueves 14 de diciembre de 1989, Patricio Aylwin esperó desde temprano que su hermano Arturo lo pasara a buscar a la casa de calle Arturo Medina, en Providencia: “Estuvimos todo el día juntos. Cuando lllegué había como tres carabineros afuera de la reja. Yo lo acompañé a votar y después lo ayudé a escaparse de los periodistas… ¡que son una plaga en este tipo de cosas! (ríe). Nos fuimos a San Bernardo”. Ahí visitaron la tumba de sus padres y después llegaron al fundo “El Peñón”, de una familiar, cerca de Puente Alto. “Mi hermano mostraba una tranquilidad pasmosa que ni se imagina. Se bañó en la piscina, salió a caminar (el abogado recuerda aquí que la caminata es un ‘gen’ que todos los hermanos heredaron de su padre) y después durmió siesta. ¿Qué le parece?”. Por la tarde, Patricio le pidió a sus dos hermanos menores, Arturo y Tomás, que estuvieran a cargo de su casa y esperaran allá el resultado de los comicios, que esa noche lo declararían presidente electo con el 55.2% de los votos. Cerca de las 20 horas, a la casa de Arturo Medina llegaron unos 50 policías y varios medios de prensa. Entre ellos, CARAS.

“Tengo un gran recuerdo gracias a la revista CARAS. Mi hermano ganó por goleada las elecciones y ese día llegaron muchos invitados. Patricio apareció recién después de la medianoche. Entre todos los presentes había un amigo de la familia, de apellido Hohlberg, que llegó con su hija Isabel… Y bueno, ya sabrá usted que ella publicó todos los entretelones de esa noche en una edición especial de la revista…”.

CRISIS DC: “SE HABRÍA JUGADO TODO”

En marzo de 1990, cuando Patricio Aylwin asumió como primer presidente del Chile post-dictadura, su hermano Arturo se desempeñaba como fiscal de la Contraloría General de la República. En 1995 fue nombrado subcontralor y en 1997, Contralor General de la República. Por entonces volvió a ver la cara más severa de su hermano mayor: “No quería que nadie se aprovechara de su posición”. Dicho esto recuerda una anécdota posterior al triunfo de 1989: “Más de cien parientes nos reunimos en la casa de una sobrina y ahí Patricio fue categórico: ‘Quiero contarles la firme a todos, yo no gobernaré para la familia, así que les doy la advertencia. No voy a aceptar influencias indebidas de los parientes’, dijo ahí mi hermano”.

Sobre los aliados políticos más cercanos que encontró durante su gobierno, Arturo Aylwin fue testigo de primera fila: “Asistí a reuniones de Patricio y bueno, me daba cuenta de que los hombres clave eran (Edgardo) Boeninger, un genio muy pragmático; también Enrique Correa, que era un táctico político, Enrique Krauss y (Alejandro) Foxley. En muchas ocasiones, el presidente quería algo y Foxley le demostraba que no era económicamente factible, que se podían producir efectos adversos. Por eso se buscó un justo equilibrio. Casi no se ha recalcado que los ministros de Patricio duraron prácticamente los cuatro años de su gobierno. Hubo dos cambios nada más. Algunos se retiraron por cosas políticas, pero existió una continuidad absoluta y un trabajo en equipo fundamental. Patricio sabía que un hombre solo no podía hacerlo, había que confiar en la gente”.

Para Arturo Aylwin, el gran legado del gobierno de su hermano es, sin duda, haber conducido un retorno pacífico a la democracia: “Muy poca gente creía que pudiera producirse este traspaso de un régimen dictatorial a uno democrático sin grandes trastornos. Se produjo casi un milagro, que Patricio logró con el apoyo de sus equipos. De aquellos años recuerda un eslogan ­—yo no tengo la culpa, yo voté por Büchi— que leía pegado en algunos autos: “Había gente convencida de que el gobierno de mi hermano iba a ser un desastre, que habría inflación, que se producirían peleas dentro de la Concertación y mucha efervescencia social. Sin embargo, tuvieron que sacar las calcomanías porque no se produjo ninguna de las cosas terribles que hablaban. Mi hermano se jugó por lo que fue primordial para él: los derechos humanos. Con mucha fuerza y convicción, construyó la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación con Raúl Rettig, un trabajo muy serio, objetivo y responsable. En ese sentido, hizo un aporte inédito en el mundo”.

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De los últimos años en la vida de su hermano, Arturo recuerda que “Patricio tenía esperanza en los jóvenes, pero quería prepararlos, porque a su juicio estaban dedicados al relajo. Fue una gran amargura para él, pero tenía la fe de que con capacitaciones se podría salir a flote”. Sobre la crisis por la que atraviesa hoy el partido que su hermano mayor presidió en distintos períodos de su carrera política, Arturo Aylwin no tiene dudas: “Patricio estaría muy desolado, porque tenía un amor infinito por la Democracia Cristiana. Ver este rompimiento de la DC lo habría atormentado tremendamente… Yo creo que mi hermano se habría jugado todo por buscar una salida, pero hay que reconocer que es un momento difícil. Está claro que cierta gente no va por el camino de la concordia precisamente. ¿Cómo se puede superar esto? Yo no me atrevo a darle receta”.

“Si pudiera enviarle un mensaje, le diría que puede estar tranquilo por la obra realizada. Que todos lo admiramos por la labor desarrollada. Patricio tuvo un lema muy criticado: ‘En la medida de lo posible’. Y es ineludible. No sacamos nada con repartir riqueza si es falsa, si no hay un respaldo. Tampoco realizar acciones que pueden parecer muy buenas, pero que política o económicamente no son viables. Tenemos que vivir con la realidad. Así lo piensan los padres de familia. Y Patricio fue un padre de familia para Chile”. Después de hacer una pausa, completa: “También le diría que entre los mismos hijos se han producido distintos caminos. La Mariana se salió de la DC, Patricio también. Aunque Isabel y José están ahí. Si bien José está en una postura más de izquierda, sigue una línea democrática. En lo sustancial, todos sus descendientes, toda su familia sigue en la misma causa. En ese sentido, puede estar tranquilo”.