El 3 de septiembre Cristina Fernández de Kirchner batió su propio récord: hizo su cadena nacional Nº 17 de 2012, enterando ¡52 en tres años!
Ese día, la Presidenta eligió el prime time televisivo para salir al aire durante una hora por la conmemoración del Día de la industria. Cansados por las largas e injustificadas apariciones, en pocos minutos las redes sociales organizaron un espontáneo cacerolazo en algunos sectores de Buenos Aires… Y ese lunes, los argentinos se quedaron con las ganas de ver Graduados, la teleserie furor del año que transmite Telefé, mientras el popular Marcelo Tinelli, visiblemente molesto por la prolongada interrupción de su concurso de baile, aparecía 30 segundos en pantalla para decir: “Lamentablemente hay una extensión de la cadena nacional que no esperábamos, así que el programa del día de hoy no se va a emitir”.
Al día siguiente, ciudadanos anónimos descontentos por distintas medidas del gobierno llamaron vía Facebook y Twitter a cacerolazos y marchas en varias provincias del país para el jueves 13 de septiembre. A pesar del hastío generalizado, nadie se atrevía a pronosticar la adhesión que lograría la convocatoria… Y si lo hubieran hecho, de seguro se habrían quedado cortos. En Rosario, Córdoba, Mendoza, Salta, Neuquén, Mar del Plata, Posadas, Paraná y, por supuesto, Buenos Aires, miles y miles de indignados argentinos testimoniaron su malestar. Sólo en la capital 200 mil opositores llegaron hasta la Casa Rosada.

“No a la reforma de la Constitución”, “No te tenemos miedo” o “Soy del 46 por ciento que mantiene al 54 por ciento” fueron algunos de los lemas de las improvisadas pancartas. En paralelo, sonaba al unísono el “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura de los K”.
Interminables columnas colmaban de forma pacífica la 9 de Julio y el Obelisco hasta llegar a Plaza de Mayo frente al palacio de gobierno; en tanto, Cristina inauguraba obras en San Juan. Lejos del ruido, respondía en tono desafiante: “Siempre volvemos y volveremos una y otra vez, por más que algunos se pongan nerviosos. Yo nerviosa no me voy a poner, ni me van a poner. Que se queden tranquilos”.
“Es bueno que los ricos de la Recoleta marchen”, dijo provocador el líder piquetero Luis D’Elía y vinculó el cacerolazo “al odio de clases que perdieron privilegios”. Estela de Carlotto, titular de Abuelas de Plaza de Mayo, afirmó que fue una marcha “de gente bien vestida, de clase media-alta”. El jefe de gabinete, Abal Medina, comentó que “ni siquiera pisaban el pasto para no mancharse” y que “les preocupa más lo que pasa en Miami que en San Juan”.
Entonces el afamado periodista Jorge Lanata salió al paso en su programa Periodismo para todos —una de las principales tribunas que tiene el opositor grupo Clarín—, diciendo: “No puedo creer que éstos sean los cuadros políticos del gobierno. ¿Esa es la crítica que tienen? ¿Que era gente bien vestida? ¡Qué análisis de puta madre, no! Tipos que no pueden justificar su patrimonio en la declaración jurada, corren por izquierda a otros que apenas cambian 50 dólares. Dicen que los caceroleros no representan a un sector social bien definido. Se equivocan. Representan a los que tienen las bolas llenas”.
Una semana antes, en el mismo programa, Lanata había mostrado un reportaje hecho en Venezuela, con las similitudes entre el mandato de Hugo Chávez y el de su “compañera” Cristina.
Por eso ahora se habla de “Argenzuela”.
Vanesa es una joven venezolana que llegó hace 4 años para realizar un máster. Dejó Caracas cansada de la inseguridad y, sobre todo, disgustada por la inestabilidad político-económica. En ese entonces, podía acceder a 5 mil dólares anuales vía tarjeta de crédito. Los controles del Estado le impedían sacar más aunque lo necesitara. Hoy, esa suma se redujo a la mitad y las posibilidades de burlar el cerco chavista son cada vez menores.
Lo que Vanesa ayer vivió en Venezuela, hoy lo experimentan en carne propia los argentinos.
El 31 de octubre de 2011, días después de la reelección de Cristina, la Administración Federal de Ingresos Públicos (AFIP) —algo así como el SII chileno— puso en marcha el sistema de permisos para comprar moneda extranjera. Con él, cada persona debió justificar sus ganancias para acceder a la divisa norteamericana. En ese momento ya eran pocos los que se acercaban a bancos o casas de cambio y lograban con éxito la transacción. Los controles no le permitieron ni a la popular diva Susana Giménez cambiar sus pesos…

EN POCOS MESES YA NO SE PUDO COMPRAR DÓLARES NI PARA AHORRAR. Es que no se trataba de lo que se dijo al comienzo: evitar la fuga indiscriminada de divisas y la evasión tributaria. Así, hoy la única excepción permitida es en caso de viaje, aunque con trabas que rondan lo paradójico. La AFIP permite la transacción sólo si se trata de la primera salida en el año y si el solicitante posee cuenta bancaria y no compró dólares antes. En determinadas situaciones, el organismo estatal puede consultar a las agencias de viaje la veracidad de la información. De encontrar anomalías en lo declarado o en el cruce de datos con migraciones, el pasajero se expone a sanciones.
Si se viaja a una nación limítrofe, la AFIP hace la transacción en la moneda del país de destino o facilita unos cuantos dólares. Ejemplos hay varios. Por un viaje de tres meses a Puerto Rico autoriza 1.240 dólares, es decir unos 14 diarios. Para tres semanas en Europa, 940 euros, poco más de 40 por día.
Acorralados por no poder comprar libremente, apareció el “paralelo” o “blue”, que transan vendedores informales, llamados “arbolitos”.
En el mercado formal un dólar vale 4,7 pesos argentinos. En el informal, 6,3.

USAR TARJETAS DE CRÉDITO APARECIÓ COMO LA SOLUCIÓN, pero ahora recargan un 15 por cierto en todos los pagos que no se hagan en pesos. La medida obliga también a los bancos de informar exhaustivamente los detalles de cada una de las transacciones hechas por sus clientes.
En total, ya son 23 las medidas que ha implementado directa o indirectamente la Casa Rosada con tal de restringir el acceso a dólares.
Y Cristina busca contrarrestar los efectos de sus políticas con el arma comunicacional más potente: las cadenas televisivas. Las 18 que lleva en el año (la última fue después del cacerolazo) las justifica como el único medio para dar a conocer “lo que otros ocultan. Como no podemos estar haciendo cadena nacional todos los días, las reservamos para las cosas que no pueden ser desconocidas por la gente”, dijo a la vez que acusaba a Clarín de mantener una “cadena nacional del miedo y del desánimo”.
De esta manera, cada una de sus intervenciones se convierten en monólogos, por lo general de más de una hora en que la Presidenta no sólo da a conocer cifras de crecimiento, sino también fustiga a sus adversarios.
Pero el 7 de diciembre será una fecha clave en la pugna entre gobierno-prensa: entrará en vigencia la controvertida Ley de Medios impulsada por el oficialismo que busca desarticular los monopolios mediáticos y “democratizar” el acceso de la información.
Pocos se atreven a aventurar cómo podría quedar dibujado el panorama de los medios en una maniobra en que la mandataria busca ganar espacios de audiencia, quizás el único bastión en el que aún está en desventaja.
Chavismo con aroma de mujer.