El próximo 22 de agosto, Angela Margarita Jeria Gómez ingresará al reducido círculo de chilenas que llega a los 90 años con lucidez y energía vital.La madre de la presidenta Michelle Bachelet —en un discreto segundo plano casi siempre, pero desde hace una década rozando la primera línea del poder presidencial— no parece tener la edad que cumple. Ni por su apariencia física ni por la cargada agenda de actividades que realiza diariamente.

 Gelo —como la llaman—, todos los lunes temprano organiza sola su calendario semanal en un cuaderno. Aunque se piense que es una especie de representante de la jefa de Estado, sus rutinas no tienen nada que ver con las actividades del gobierno. Por la relación que tuvo con las misiones diplomáticas en dictadura, la invitan a recepciones protocolares —ceremonias en embajadas, presentaciones de libros, premiaciones—, pero ni su hija ni La Moneda se enteran. Sobre todo en esta segunda administración, prácticamente no tiene relación con el Palacio ni sus asesores.

Es totalmente autónoma. Apenas cuenta con la ayuda de una señora que le colabora por algunas horas en las labores domésticas, dos veces a la semana. Cuando camina —totalmente derecha, probablemente por su pasado deportista—, nadie la sostiene ni la ayuda del brazo.

Su centro de operaciones sigue siendo el departamento del barrio de Escuela Militar que compró junto a su marido a comienzos de los ’70 y que la familia empezó a utilizar luego del Golpe de Estado. Pese a la cantidad de gente que transita por la zona a toda hora, sigue llevando una vida de barrio como una de las vecinas históricas que visitan la misma peluquería hace 40 años.

Llega fuerte a los 90. En tiempos difíciles en lo personal, con casos judiciales golpeando su anillo íntimo, increíblemente la mujer no ha decaído. Por el contrario: acostumbrada a resistir dolores profundos en diferentes etapas de su vida, Angela Jeria ha sido el tronco de su familia desde la explosión del Caso Caval.

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Debe ocurrir algo excepcional para que algún día se quede en su casa y no reciba alguna visita por la tarde, porque su living parece una salita de audiencias. A veces se reúne con viejos conocidos y, en otras ocasiones, con personas que logran concertar con ella alguna cita para hablarle sobre diferentes asuntos. Pero su día comienza temprano: de los tiempos en que trabajaba —porque trabajó toda su vida— tiene la costumbre de madrugar. El ritual de primera hora, la lectura completa de la prensa que a lo largo de la jornada complementa con los noticiarios de televisión.

No tiene email ni utiliza computador, aunque aprendió a usarlo. Pero al margen de la avalancha noticiosa de las web y las redes sociales, se las arregla para mantenerse informada de todo lo que ocurre en Chile, sobre todo de política.

Su interés por lo público no comenzó con la carrera de su hija, que en 2000 fue nombrada ministra de Salud en el primer gabinete de Ricardo Lagos, sino bastantes décadas antes. Nacida en Talca, proviene de una familia con una fuerte tradición progresista. Tanto su madre como su padre le inculcaron desde pequeña el compromiso social. Pertenecían a la escasa clase media chilena de la primera mitad del siglo XX, y la política y la cultura siempre fueron temas de conversación en la mesa de los Jeria Gómez.

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Casada con Alberto Bachelet —cuya familia no era especialmente politizada—,  de adulta no fue la clásica esposa de militar: siempre trabajó fuera de la casa, a diferencia de las mujeres de los compañeros de su marido en la Fuerza Aérea. En los años ’50 y ’60 estuvo en la primera línea de los mejores tiempos de la Editorial Universitaria y luego comenzó una carrera ascendente como funcionaria en la Universidad de Chile, que la llevó a ocupar el cargo de jefa del departamento de Presupuesto y Finanzas de la universidad. En la época en que la carrera militar era medianamente remunerada, Jeria era la que aportaba mayores ingresos al hogar.

En la Unidad Popular, a los 43 años, fue estudiante de arqueología de la Universidad de Chile, con sede en la efervescente sede del Pedagógico. Desde su papel de esposa, observó en primera línea la agitada coyuntura, sobre todo desde el verano de 1973 cuando su marido asumió como secretario de la Dirección Nacional de Abastecimiento y Comercialización (Dinac), un cargo político del gobierno. Pronto vino el Golpe, la muerte del general Bachelet, la prisión en Villa Grimaldi junto a su hija y el exilio. Desde la RDA y Estados Unidos trabajó intensamente contra la dictadura. En aquellos tiempos, la viuda era un personaje conocido entre los expatriados, a diferencia de su hija. Aunque nunca ha militado en ningún partido político, llegó a conocer a los principales dirigentes de la izquierda chilena que organizaban la resistencia desde diferentes países.

Al regresar a Chile en 1979 se vinculó de inmediato con los grupos de oposición, mientras su hija Michelle se dedicaba a terminar su carrera de Medicina con su primogénito Sebastián Dávalos de apenas algunos meses. Angela Jeria fue una activista comprometida del mundo de los derechos humanos. En aquella época en que el tejido social chileno comenzaba poco a poco a reconstituirse, con las primeras protestas que se masificaron con la crisis económica de 1982, desde la Comisión Chilena de Derechos Humanos trabajó contra el régimen y específicamente por el derecho de los exiliados a vivir en la patria. Participó de las manifestaciones callejeras y en acciones de protestas con el atrevimiento que siempre la ha caracterizado. Su cumpleaños 54 lo festejó en una comisaría de Santiago centro, donde permaneció cinco días detenida luego de intentar desplegar un lienzo con la leyenda: “Fin al exilio”. En la celda, sus compañeras del Comité Pro Retorno —que Angela Jeria integraba— le cantaron el cumpleaños feliz.

Algunos la instalan cerca del Partido Comunista, pero nunca se ha encasillado: esencialmente es una mujer de izquierda. Entiende perfectamente de política, conoce de cerca las complejidades del poder y ha sido testigo privilegiada del último siglo chileno. Para comprender en toda su dimensión a Angela Jeria no se le puede observar sencillamente como la madre de la presidenta. Su biografía explica posiblemente buena parte de la vida política de su hija, incluso en mayor proporción que la del general Bachelet.

Edith Pascual de Ominami, madre del exsenador Carlos Ominami y abuela de ME-O, es una de sus amigas históricas. Viudas de militares antigolpistas de la Fuerza Aérea, en los ’80 vivieron juntas las luchas contra el régimen. Desde hace algunos años, adicionalmente son vecinas. Sus puertas, en el mismo piso, están separadas por apenas algunos metros. Siendo pública su cercanía, en mayo de 2015 Pascual concedió una entrevista en la que se refería al estado anímico de su amiga luego de la explosión del Caso Caval en febrero de ese año. “Angela está destrozada”, señaló.

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Los negocios de Natalia Compagnon, mujer de Sebastián Dávalos y madre de los dos nietos de la presidenta, no solo causaron serios problemas políticos al gobierno, sino que impactaron de lleno en la familia Bachelet. Fue un golpe fuerte, como reconoció en enero pasado la propia presidenta: “Han sido tiempos difíciles para mí y mi familia, muy dolorosos”, señaló la mandataria luego de que la fiscalía formalizara la acusación por delitos tributarios en contra de su nuera. Cuando estalló el caso, Gelo venía saliendo de un complicado herpes zóster. Pese a la debilidad física que enfrentó y que la hizo bajar varios kilos de peso, sin embargo, en estos 19 meses Angela Jeria sorprendentemente nunca ha estado derrumbada. Sigue con su rutina diaria y su cargada agenda de actividades, como poniendo en práctica la racionalidad y educación integral que siempre le intentó inculcar su padre.

Ha vivido tragedias en su vida. Quedó viuda a los 47, vivió la prisión política y el exilio y a los 74, quizás el mayor dolor que puede enfrentar una madre: la muerte de su hijo Betito, en Estados Unidos a los 54 años. El Caso Caval ha sido motivo de preocupación evidente —una nueva desgracia en el destino—, pero no la ha destrozado. Tampoco la ha enfrentado con su hija presidenta. Corrieron rumores en Santiago: que Jeria había tomado partido por el nieto y que se había distanciado de Bachelet por la espera de un apoyo público irrestricto, pero no es efectivo.

Como abuela, simplemente, ha repetido que está tranquila: que conoce a Sebastián desde pequeño, que no es culpable de nada y que se le juzgó antes de que la Justicia se pronunciara. Para Jeria, ha habido un linchamiento público durante más de un año que, en el fondo, busca perjudicar a su hija Michelle. Estaría destrozada —suele comentar— si su nieto fuese un delincuente y un criminal, pero está convencida de que no es el caso. Jeria se siente con el deber de permanecer fuerte para apoyarlo.

Como muchas chilenas, Gelo se pospuso por su hija y sus nietos. Con la llegada de la democracia en 1990 quiso titularse de arqueóloga, uno de los sueños que quedaron truncados con el golpe. No fue posible: decidió ayudar a Bachelet en la crianza de sus tres niños, Sebastián, Francisca y Sofía, que nació en 1992. Pero es una caricatura que el mayor, que tiene un carácter parecido al de su propio padre, siempre haya sido el nieto consentido y protegido de la abuela. Con Sebastián tiene una relación estrecha y sostienen largas conversaciones, pero la que realmente se le perece es Panchita, la antropóloga que vive en Buenos Aires, tanto por intereses como por personalidad.

 Las relaciones de los Bachelet no responden a los cánones clásicos. Se quieren y están disponibles para los momentos difíciles, como cualquier familia, pero son autónomos. Jeria, por ejemplo, apenas se ve con su hija una vez al mes. Pero independientemente de la relación entre la presidenta y Dávalos, ha seguido cumpliendo el papel de madre y de abuela. En la Navidad, por ejemplo, fue ella quien pasó la noche en la casa de los Dávalos Compagnon con los niños de la familia. A sus bisnietos Damián y Lucas —que le dicen Nani— los ve con bastante frecuencia.

Sobre el Caso Caval decidió desde el comienzo no hablar públicamente, por petición de su nieto que no quiere que su abuela se exponga innecesariamente. Jeria espera el dictamen de la Justicia, en la que confía.

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Aunque está informada sobre todo lo que ocurre en política y con el Ejecutivo, no tiene mayor relación con La Moneda, salvo para que le envíen las cartas y las invitaciones que le llegan al Palacio. A diferencia del primer periodo y de las campañas parlamentarias y presidenciales, apenas participa en algunas ceremonias importantes, como los discursos del 21 de mayo en el Congreso. Pensar que está controlada por el gobierno que lidera su hija, sería no comprender al personaje con ciertos aires de rebeldía que esconde Angela Jeria. Evidentemente apoya fuertemente la administración de Bachelet, pero sigue conservando el carácter autónomo que la ha marcado durante sus 90 años: no parece ser obsecuente y, en ocasiones, tiene juicios críticos sobre algunos procesos y personajes del oficialismo.

Jeria lleva una vida austera que tiene mayor relación con el mundo de los derechos humanos que con las elites de la Nueva Mayoría. El pasado 12 de marzo en el Cementerio General, organizó personalmente como todos los años una ceremonia en la tumba de su marido y de su hijo para conmemorar el aniversario de la muerte del general. Entre las cerca de 40 personas asistentes a la ceremonia, a la que no fue invitada la prensa, prácticamente no había dirigentes de la centroizquierda. El senador Juan Pablo Letelier, la diputada Denise Pascal y el exministro de Justicia Isidro Solís asistieron, sobre todo, por las relaciones personales que los han unido a la familia. Durante esa mañana de verano, Jeria estuvo arropada fundamentalmente por algunos de sus familiares, dirigentes de la AFDD como Viviana Díaz, el rector Ennio Vivaldi y pobladores de organizaciones sociales que la estiman.

A raíz del Caso Caval y en un exceso de celo para que no pudieran atacar de ninguna forma al gobierno de su hija, decidió renunciar a los cargos directivos de dos instituciones en las que colaboraba hace tiempo: la Comisión Chilena de Derechos Humanos y la Fundación Escritor Manuel Rojas. Pero no ha dejado de participar en misiones que requieren cierta energía. En 2015, a sus 89 años, dada su trayectoria en derechos humanos fue parte de una comitiva que la Cancillería chilena envió a Colombia por algunos días para colaborar con el proceso de paz.

Sus amigas se han ido poco a poco y algunas se encuentran enfermas, como María Eugenia Rojas, hija del escritor y madre de Estela Ortiz, secretaria ejecutiva del Consejo Nacional de la Infancia. Pero Angela siempre está rodeada de gente, dado su carácter sociable y menos desconfiado que el de su hija. Para su cumpleaños, un grupo de dirigentes sociales de la comuna de La Cisterna le prepara un festejo íntimo con mariachis. Para el verano, pretende volver a tirarse los piqueros en el Caburga y llegar nadando hasta la mitad del lago, como acostumbra. Si la vida se lo permite —como seguro le gustaría— no desecha regresar a la universidad a actualizar sus conocimientos de arqueología.