No es fácil entrar en el lado más personal de Andrés Velasco (55, casado con Consuelo Saavedra, tres hijos). Cuando se trata de hablar de lo que quiere para Chile o sobre las reformas que el actual gobierno busca implementar, lo hace distendido, resuelto y hasta explica con varios ejemplos sus fundamentos. Sin embargo, cuando se intenta llegar al hombre, al difícil momento que vivió tras el Caso Penta y los supuestos aportes irregulares a su campaña, se retrae y responde escueto. Fue un golpe duro a su campaña, imagen y credibilidad, por lo que el economista durante un tiempo prefirió replegarse, guardar silencio y dedicarse a su movimiento Fuerza Pública —que en enero pretende convertir en partido político— y a las clases de economía política que imparte a alumnos de posgrado en la Universidad de Columbia, EE.UU., donde pasa seis semanas al año.

—¿Cuánto le golpeó en credibilidad el episodio Penta y cómo pretende recuperarla?

—No es el momento para sacar cálculos ni nos hemos dedicado a ver cómo nos afecta. En lo personal, claro, fueron tiempos difíciles, ingratos, pero eso no lo aprendí ayer ni este año. Hay que entender que muchos momentos de crisis tienen que ver con los esfuerzos de otros por golpearte.

—¿A quiénes se refiere puntualmente?

—A dirigentes de todos los sectores que trataron de sacar beneficio político; sospecho que varios deben estar arrepentidos de sus dichos. Y aunque fue difícil, me hizo perseverar en el convencimiento de que esto vale la pena. Soy hijo de un hombre que por hacer lo que creía y levantar la voz en un momento, pasó 12 años exiliado, sin ver a sus nietos ni hijos mayores. Eso ayuda a mirar las cosas en perspectiva. Me da fuerzas también llegar a mi casa, hacer las tareas con los niños, estar con mi familia, salir en bicicleta con ellos…

—¿Por qué le golpeó más fuerte a usted el tema que a Piñera o Meo, por ejemplo, que también se vieron involucrados con SQM?

—No haré lo que hacen otros de comentar situaciones que aún siguen siendo investigadas y cuyos antecedentes no se conocen plenamente.

—¿Por qué si lo pasó mal, decidió volver a la política activa?

—Nunca me he ido. Es parte de mi vida, tengo vocación de ayudar, de liderar ciertos procesos que he desempeñado desde mi rol de académico, ministro, candidato a las primarias y trabajando en Fuerza Pública. Mi compromiso es que en Chile tengamos mejores políticas públicas, para eso estamos trabajando en un conjunto de ideas, de reformas bien hechas que solo se logran conversando y escuchando; no imponiendo. No es casualidad que en la última encuesta CEP muchos sientan que el país está estancado, incluso en retroceso. Eso tiene que ver con una convicción de que las cosas se pueden hacer mejor, de que hemos gastado demasiado tiempo en asuntos de segundo orden e ignorado temas trascendentales.

—¿Cuáles serían esos temas olvidados?

—Celebro que se haya instalado en el debate la desigualdad, pero resulta que las grandes causas como el desempleo de mujeres vulnerables jefas de hogar y de los jóvenes están ignorados. Por otro lado, Chile está en medio de una tremenda transición demográfica; en 20 años habrá más adultos mayores que menores de 18, lo que exigirá un cambio radical en la forma de habitar las ciudades y en la entrega de servicios públicos. Otro gran tema es que ya es hora de dejar de pensar en vivir a costa de la riqueza natural. Hay que evaluar nuestra inserción en el mundo. De La Serena al norte, más del 70 por ciento de los empleos están vinculados a la minería; si ésta en 25 años dejará de ser lo que es hoy, ¿alguien está pensando de dónde se generarán nuevos puestos de trabajo?

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“La clase política le ha estado poniendo el cascabel al gato equivocado, porque los incentivos pasan hoy por el aplauso fácil”, reflexiona el economista. Y agrega que dirigentes de la izquierda más tradicional hicieron una lectura errada de lo que estaba pasando en Chile. “Se basaron en estos grupos de la calle y ese es el diagnóstico detrás del programa. Las personas que marchaban tenían legítimas reivindicaciones, sentían que la calidad de la educación no era buena o que los costos de vida eran muy altos. Pero eso es muy distinto a suponer que querían echar la casa abajo y construirla de nuevo. Lo que pedían —como bien dijo Carlos Peña—, era que les abrieran la puerta y los dejaran entrar. Eso se tradujo en un conjunto de reformas centradas en temas de platas, con una carga ideológica excesiva, que si es con o sin lucro, con más o menos financiamiento público, descuidando asuntos relevantes para la calidad de vida de la gente y clave para lo que vamos a hacer en 25 años”, sostiene el ex ministro, y aquí repara en un punto que le parece trascendental. “En Chile casi el 60 por ciento de los jóvenes estudia en un colegio particular subvencionado y no porque los padres sean snobs ni porque quieren ‘patines’ para sus niños. Es una decisión que tomaron informados porque sentían que tenían mejores oportunidades para ellos. Y cuando hay un mundo político que les lleva la contra, que los ningunea, los trata de arribistas e intenta imponerle su diseño ideológico ideado desde una oficina en Santiago, es no sintonizar y faltarle el respeto al esfuerzo de las familias”.

—Varios miembros de la Nueva Mayoría, incluido el ministro Eyzaguirre coinciden con usted, por algo su mea culpa en El Mercurio, supuestamente, avalado por la Presidenta. Sin embargo, no se ve que rectifiquen el camino.

—Habiendo estado en el gobierno, no pongo mucha fe en las entrevistas del domingo. Con mis años en política he aprendido que más reveladores que los dichos, son los hechos, y un hecho importante es que en materia de financiamiento educacional hayan existido cinco planes en cinco meses, que demuestra que no había un norte claro hacia dónde conducir esa reforma y que no se dieron el tiempo para hacerla bien. Algo tan fundamental como cambiar el sistema de financiamiento de la educación superior en Chile no se hace por la Ley de presupuesto que dura un año. Hoy mismo se está discutiendo en la reforma laboral cómo negocian las personas sindicalizadas, que son apenas el 15 por ciento de los trabajadores, ¿por qué no discutimos mejor sobre el 85 por ciento restante que no pertenecen a sindicatos?

—¿Continúa primando la ideología?

—Obviamente el gobierno de hoy no es el de hace un año, hubo cambios de personas, de énfasis. Respeto el esfuerzo que han hecho los ministros Burgos y Valdés; éste último ha puesto una cuota de realismo en materia de política fiscal que es bienvenida. Ahora, ¿qué va a hacer La Moneda?, no me atrevo a predecirlo. 

—¿Qué debiera hacer La Moneda para aclarar su panorama?

—Mi consejo es que se dedique a gobernar, en cuanto a tomar decisiones, priorizar, fijar un rumbo, empujar con fuerza lo que se va a hacer quemando capital político y, a la vez, ser muy franco con respecto a lo que no se hará. Por ahí lo llamaba realismo con renuncia, porque es obvio que nadie quiere ni debe renunciar a sus principios, pero cuando los instrumentos para ponerlos en práctica no funcionan y si esas políticas son contraproducentes, hay que cambiarlos por otros. Muchos verían con buenos ojos que dijeran que no impulsarán nada que parezca un atado raro en materia constituyente.

En ese sentido Velasco estima que la Presidenta Bachelet debiera quemar capital político en la tercera causal del proyecto sobre el aborto que es la violación. “No hay nadie en Chile que pudiera hablar con tanta autoridad moral sobre el aborto que ella, por tratarse de la primera mujer elegida democráticamente Presidenta en Chile y Sudamérica”.

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—Tal vez no quiere arriesgar porque siente que le queda poco capital.

—Al contrario, cuando usas el capital político, éste se renueva. Los líderes políticos aumentan su capital cuando tienen la capacidad para persuadir y abordar ciertos temas.

—¿Usted descartó totalmente ir a una eventual primaria presidencial con la Nueva Mayoría como aseguró hace unos días su ex jefe de campaña Juan José Santa Cruz?

—Nosotros tenemos diferencias sustantivas importantes respecto de cómo se han hecho las cosas en este gobierno. Sin contradecir a Juan José, solo añado que aún no hemos tomado decisiones en materia electoral, ya sea municipal, parlamentaria y mucho menos presidencial.

—¿No le cierra las puertas entonces?

—Hoy estamos abocados a una labor política distinta que es tratar de recuperar el centro político en Chile y construir un movimiento que se transformará en partido que apoya ideas que en este gobierno han quedado relegadas. No tenemos una política de alianzas definida aún, pero hay muchos grupos, algunos tradicionales y otros más nuevos con los que tenemos en común la vocación de cambio bien hecho, de liberalismo progresista y moderno, de reformismo gradual.

—Muchos se preguntan que de llegar a La Moneda, ¿con quién gobernaría?

—Además de coincidir con personas que encarnan distintas tradiciones del centro político reformista, la constante en Chile en los últimos 20 años es el no voto partidista ni en bloque, donde las coaliciones se construyen en torno a ideas. Fue así como se sacaron leyes tan importantes como la reforma procesal penal, previsional y el Auge que contaron con votos oficialistas y de la oposición. Es la tendencia, y lo será aún más en el futuro sin el Binominal y nuevos partidos.

—Rafael Guilisasti, uno de los hombres fuertes de su campaña, asumió como presidente de las sociedades Cascada en SQM, ¿no le abre a usted un nuevo flanco?

—No actúo por políticas electorales, y al respecto no tengo más antecedentes que los que maneja la prensa. En una empresa como esa, que haya un proceso de renovación, en que salgan personas cuestionadas e ingresen otras con trayectoria impecable, al final es un aporte.

—¿Cómo piensa conquistar el voto popular? Lo comparan con Sebastián Piñera en cuanto a la eficiencia, pero sin corazón.

—Si uno mira la foto del primer gabinete de Piñera entiende lo que le faltaba a ese gobierno; era un grupo reclutado de tres comunas de Santiago, de dos colegios particulares pagados y de una universidad (Católica). Por eso muchos no se reconocían ni sentían que ese gobierno trabajaba para ellos. Los que estamos en la vida pública tenemos que demostrar que la política y las leyes son pensadas en las personas. Durante los 18 meses de campaña en las primarias, recorrí el país, estuve en cuanta plaza y feria hay, y comprobé que la gente sabe muy bien cuáles son sus necesidades y en quién deposita su confianza. Y si hay algo que no quiere, son promesas populistas que ellos tienen claro no se van a cumplir. 

—¿Vio la intervención de Ricardo Lagos como un golpe blanco a la Presidenta?

—No le presto atención a la rumorología…

—¿No cree entonces que Lagos haya iniciado su campaña presidencial?

—Cuando el país está con un tremendo remezón político, cuando hay gente que teme por su pega o no sabe qué pasará con el colegio de sus hijos, lo peor que puede hacer la clase política es decirle a la gente “estoy en campaña”. Ante estos problemas hay que contribuir con más política, esto implica opinar, tener presencia y poner temas en discusión.