Su cuerpo de 87 años intentaba resistir la tercera pulmonía en menos de dos meses. Fue cuando, internado de extrema gravedad en el hospital clínico de la Universidad Católica, tuvo un encuentro nítido con la muerte. Pero Andrés Aylwin Azócar –exdiputado DC, abogado de Derechos Humanos en la dictadura y hermano combativo del primer presidente de la transición–, esa noche de octubre de 2012 no recurrió ni a los santos ni a la Virgen ni a Dios. “Vi a mi madre y a mi hermanito Andrés. Siempre he vivido un poco atado a él”.

Su hermanito Andrés era el segundo de los Aylwin Azócar, después del primogénito Patricio. Nació en 1920, pero murió a los ocho meses de vida. Cuando la señora Laura Azócar dio a luz al siguiente varón, en 1925, junto a su marido Miguel Aylwin decidieron llamarlo igual que al hijo muerto y la vida del recién nacido quedó para siempre marcada por la historia silenciada de su hermano fallecido. “Finalmente, para ellos, yo lo sustituí”, recuerda don Andrés, el segundo Andrés, que muchos años más tarde, en 1998, halló los restos de su antecesor en el cementerio de Viña del Mar. “Recién ahora –pensó– puedo descansar tranquilo”.

Cuando agonizaba en el hospital clínico de la UC, a los 87 años, se reencontró con su madre y con ese niño. Por primera vez, cuenta, observó su figura con nitidez.

–¿Sintió miedo a la muerte, don Andrés?
–No sentí miedo a la muerte sino, simplemente, tuve la evidencia de que estaba terminando mi existencia. Como sombra veía a toda mi familia, a mi mujer y a mis cuatro hijos. Los médicos y las enfermeras corriendo para todos lados y uno, que no es tonto, pensando: “Llegó el momento”. Pero estaba calmado, lo viví como un proceso natural. Curiosamente, no fue una tranquilidad religiosa. En ningún minuto dije: “Señor, en tus manos me entrego”.

–¿Tenía ganas de seguir viviendo?
–No tenía fuerza para querer prolongar la vida.

El tercero de los cinco hermanos Aylwin –Patricio, Carmen, Andrés, Arturo y Tomás– es un sobreviviente.
Desde pequeño tuvo una salud delicada porque se le diagnosticó prematuramente el bacilo de la tuberculosis. En San Bernardo, donde la familia vivió siempre, vio morir a amigos y compañeros de curso a causa de la enfermedad. Pensó que moriría cuando a él mismo se le declaró la patología en la juventud –terminaba la carrera de Derecho en la Universidad de Chile–, pero logró salvarse después de un año de reposo. Desde esa época, tuvo que enfrentar dos o tres bronconeumonías cada año. “A lo largo de mi vida debo haber tenido más de 80”.

Andrés Aylwin pudo superar la tuberculosis y también la prisión política, porque estuvo al borde de la muerte cuando la dictadura lo relegó en Guallatire, en la provincia de Putre, entre enero y marzo de 1978. Apunado y friolento, a cinco mil metros de altura, se salvó gracias a las gestiones humanitarias de un sargento de Carabineros que insistió en su traslado a un pueblito cercano, Molinos. Poco antes del Plebiscito de 1988 tuvo una nueva escapada: regresaba de noche de un acto de campaña en Melipilla, después de una jornada agotadora de trabajo por el No, cuando se quedó dormido manejando en la carretera. Perdió su ojo derecho y su rostro quedó surcado de cicatrices. Las crisis broncopulmonares de 2012, sin embargo, parecían ser el final definitivo después de esta cadena de milagros.
–“¿Lo conectamos a un respirador?”, le preguntó el médico de la UC, a solas.
–“Por ningún motivo”, respondió el enfermo, totalmente lúcido.
–“Entonces, tiene la unanimidad de toda su familia. Su mujer y sus hijos piensan lo mismo”.
Con su señora lo habían acordado hace tiempo: ninguno de los dos se merecía la prolongación artificial de la vida. En el recuerdo de don Andrés estaba la experiencia de su padre, presidente de la Corte Suprema, que en julio de 1976 revivió de su agonía gracias a las técnicas de un joven médico. Miguel Aylwin se dio cuenta de lo que estaba sucediendo y, angustiado, preguntó a sus hijos: “¿Cuántas veces les he pedido que me dejen morir tranquilo?”. En la decisión de don Andrés y su esposa Mónica también influyó la historia de sus amigos. “Resulta tremendo ver que algunos tienen vidas sin sentido y marcadas por el sufrimiento”, relata con tristeza.

–¿Cree que Chile debería debatir sobre este asunto?
–Algún día tendrá que plantearse en Chile el debate que se ha dado en países de Europa sobre la prolongación artificial de la vida y la posibilidad de practicar la eutanasia y que uno diga: “Yo llego hasta aquí”.

–¿Cuál es su relación actual con la religión?
–Soy poco practicante, pero me considero católico. A Dios lo veo muy cerca, en gestos de humanidad, aunque a veces se distancia. Los abusos sexuales cometidos por sacerdotes me han afectado. Pero Cristo siempre ha estado y está presente en mi vida.

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Las tardes son apacibles y cálidas en el departamento del matrimonio Aylwin Chiorrini en avenida Pocuro, Providencia. El silencio de las horas después de almuerzo, la puesta de sol en el ventanal que da al oriente, la plaza y los juegos de niños. Entre marzo y abril de 2015, don Andrés espera cada lunes para sentarnos a conversar en su living. Hace años que no recibe formalmente a la prensa y se mantiene cómodo, pero vigilante, en esta ausencia pública que ha elegido. Tiene una memoria privilegiada y una lucidez que, a quienquiera que lo escuche, le permite reconstruir una buena parte del siglo XX chileno, con sus aciertos y tragedias. En ocasiones se le observa melancólico –como atrapado en un cuerpo que no le hace justicia a su cabeza–, pero también con un estupendo sentido del humor. El próximo 30 de junio cumplirá 90 años y los piensa festejar, aunque con discreción.

Don Andrés y su señora pasaron el verano en la casa de su hija Cecilia, en Santo Domingo, donde aprovecharon de tomar aire fresco y caminar por la rambla. Este año él se dedicó a leer El umbral de la eternidad, de Ken Follet, y algunas novelas del italiano Alessandro Baricco. Comenzó también La democracia semisoberana, de Carlos Huneeus, que sigue leyendo de regreso en Santiago. Pero su vida social es austera y sus actividades se restringen a las visitas que recibe en su hogar. Al menos una vez por mes llegan los militantes de la DC en San Bernardo (cada vez que se refiere al partido habla de esta gente y no de las cúpulas) y algunos amigos. “De mi grupo generacional de la Falange quedan vivos Vicente Sota, Julio Montt, Mariano Ruiz-Esquide y Jacques Chonchol, y me veo con ellos. Perder a la gente que uno quiere es de los tránsitos traumáticos de la vejez”.

Por las tardes, antes de que refresque, sale a dar una vuelta calmada por el barrio junto a la señora Mónica y los paseos terminan en alguna de las cafeterías cercanas al club Providencia. A veces camina junto a su nieto Raimundo, de 15 años, sordomudo, que ha logrado memorizar cada bache de la ruta para evitar que su abuelo se caiga o se enrede con el bastón. Sus 10 nietos son su orgullo y entre ellos hay varios dirigentes estudiantiles, como el propio Raimundo que se transforma poco a poco en un activista de los derechos de las minorías. Andrés Aylwin Correa es vicepresidente del centro de alumnos de la Universidad Santo Tomás. Otro que sigue la ruta de don Andrés es Sebastián Aylwin, egresado de Derecho de la Universidad de Chile, que fue vicepresidente de la FECh y milita en la Izquierda Autónoma de Gabriel Boric.

–¿Qué le parece Izquierda Autómoma?
–Los partidos universitarios de alguna manera son parecidos a lo que fue la Falange de antes. De repente escucho a Sebastián, que habla de política con su padre, y pienso: “Pero si este cabro dice las mismas cosas que decía yo cuando estaba joven”.

–¿Cómo observa a la DC de hoy?
–Milagrosamente el partido se mantiene, pero sin la fuerza de antes. La DC está mellada, con menos gente, pero resulta sorprendente que la vieja cultura falangista se mantenga en las bases. A los parlamentarios los observo, en general, ausentes en el gran debate político. Me preocupa la falta de figuras.

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Cuando el otoño empieza a asomarse y las temperaturas bajan en Santiago, don Andrés comienza un período en que, por varios meses, no sale prácticamente de su hogar. Dice que desde 2012 le teme a los enfriamientos y que su rutina, entre mayo y septiembre, se restringe a leer diarios y libros, recibir a algunas amistades, a sus ejercicios diarios de bicicleta estática y a dos sesiones semanales de kinesiología. En el mundo político han interpretado su lejanía como una ausencia marcada por la enfermedad. Pero el 14 de enero pasado despejó las dudas cuando se sentó en el centro del hemiciclo de la Cámara de Diputados de Valparaíso para recibir un homenaje de todas las bancadas parlamentarias. La actividad solemne se inició con un aplauso cerrado –de los que erizan la piel– y con don Andrés levantándose de su silla para saludar con su mano en alto y temblorosa. En una hora y media de sesión, donde estuvo presente su hermano Patricio, hubo sentidos discursos, desde el PC a la UDI.

Aylwin quedó sorprendido y emocionado, y lo explica: “Siempre fui un dirigente de lucha por las causas que consideré justas. No fui un conciliador que facilitara los acuerdos ni de los parlamentarios que arreglaba los problemas tomando un café. Pude haber sido un hombre complicado, de principios inamovibles, y justamente por esa razón quedé profundamente conmovido con el reconocimiento del Congreso”.

Se refiere a los comienzos de la transición y a la época en que como diputado DC, con su hermano mayor en La Moneda, defendía férreamente algunas ideas que en esos años no parecían tan evidentes para toda la Concertación. “En Chile no habrá verdadera reconciliación mientras no pasemos por la verdad y la justicia”, señaló en una entrevista con Raquel Correa de julio de 1990, cuatro meses después de la llegada de la democracia. “No soy partidario de reconocer la Ley de Amnistía: significa una absoluta denegación de justicia”, agregó en El Mercurio. Su postura, que no era la de avanzar en la medida de lo posible, le costó dolores fuertes: el exdiputado PPD Jorge Schaulsohn, en presencia del Presidente Aylwin en La Moneda, lo acusó de estar “poniendo arsénico” al gobierno de su propio hermano.
Siempre fue un poco a contracorriente. Luego del 11 de septiembre estuvo entre los trece diputados DC que suscribieron el documento contra el Golpe de Estado, que lo distanció políticamente de la mayoría de su partido.

Don Andrés, sensible como lo ha sido siempre, desde un comienzo de la dictadura sufrió emocionalmente la represión ajena. Poco después del derrocamiento de Salvador Allende, en medio de un encuentro en la casona de los Aylwin en San Bernardo, se escuchó un ruido tremendo. “Una balacera en la Escuela de Infantería me produjo un ataque de nervios. Me fui al segundo piso por un largo tiempo, porque presentía que se estaba asesinando gente. Posteriormente, supe que este episodio coincidió con una matanza en el cerro Chena”, relata el abogado. “Siempre he tenido una sensibilidad especial para sentir la muerte”.

En ocasiones, en medio de la conversación, don Andrés guarda un silencio prolongado que no es un olvido de sus casi 90 años, sino emoción. Como cuando recuerda el alegato que realizó en 1973 en la Corte Suprema por la desaparición de unos cincuenta campesinos de Paine, a los que conocía de cerca. Aylwin, que había presentado recursos de amparo para intentar encontrar su paradero, en su intervención llegó a llorar de impotencia ante los jueces y el público presente.
Durante el receso lo mandó a llamar el presidente de la sala, un magistrado al que él conocía desde joven por el trabajo de su padre:
–Andrés, ¿qué sentido tiene este alegato suyo si todas estas personas deben estar muertas?–, le preguntó.
Para Aylwin fue una declaración brutal: “Los jueces se transformaron en unos energúmenos”, recuerda ahora. Comenzó de esa forma una historia de 17 años ligada a la lucha contra las violaciones a los Derechos Humanos y a la Vicaría de la Solidaridad. “Me involucré con el alma en la tragedia de la detención y desaparición de personas. Algunas amistades me insinuaron que me tratara con un psiquiatra, porque me veían angustiado”, rememora. Don Andrés y su familia vivieron en aquellos años situaciones límite, como esa tarde en que los amenazaron con el estallido de una bomba en su propia casa: “He tenido siempre la suerte de contar con el apoyo incondicional de mi mujer Mónica, que me ha acompañado invariablemente con una abnegación impresionante. Igual mis hijos”.

Los presos políticos y sus familias pasaron a formar parte de su vida y defendió sus derechos con ímpetu, incluso después de la llegada de la democracia en 1990. Consideraba inaceptable que la libertad de unos 600 hombres y mujeres se negociara a cambio de la impunidad de los agresores a los derechos humanos.
Había sido electo parlamentario por su distrito en 1965, 1969, 1973 y, después de la dictadura, en 1989 y 1993. En esos años de trabajo legislativo, como quedó reflejado en la ceremonia de enero pasado en la Cámara, se ganó el respeto transversal del mundo político y desde su desaparición pública se transformó en una especie de reserva moral. A esta imagen, probablemente, contribuyeron algunos gestos sencillos, pero significativos, que todavía se recuerdan de don Andrés. Rechazó en varias ocasiones transformarse en senador, jamás aceptó invitaciones de viajes al extranjero y, en muchas ocasiones, llegaba en transporte público al Congreso de Valparaíso. La marca austera de su familia, nuevamente, estaba demasiado presente: siendo presidente de la Corte Suprema, su padre regresaba en autobús a San Bernardo, porque consideraba que el Estado de Chile no tenía la culpa de que viviera fuera de Santiago y, por lo tanto, no tenía razones para subvencionar el chofer de un automóvil.

Justamente por esta forma de vivir y concebir el trabajo parlamentario, don Andrés observa los casos de financiamiento irregular de las campañas con tristeza, preocupación y frustración: “Pensaba que cuando cumpliera 90 años iba a vivir en un mundo más justo y feliz”.
El Aylwin combativo, desde la tranquilidad lúcida de su hogar, cree que el dinero ha demostrado su poder corruptor y ha trastocado el sentido profundo de la actividad pública: “Me he dado cuenta de que el mundo político ha perdido sus sueños”.

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Don Andrés, el segundo Andrés de la familia, es especialmente crítico con su propio sector: “Algunos de nuestros dirigentes tuvieron poca conciencia del imperativo moral que pesaba sobre nosotros después de 17 años de dictadura”. Y no comprende que políticos de la Nueva Mayoría y de su partido hayan recibido aportes de Soquimich: “Nunca habría aceptado que Ponce Lerou me hubiese pasado uno, cinco, diez millones. En ese caso, sinceramente, hubiese preferido perder la elección”.
Al hombre que esquivó la muerte cuatro veces, que tenía una sensibilidad especial para sentirla, le apena el Caso Caval y Bachelet: “A Michelle siempre la he querido mucho y me produce una tristeza enorme que haya tanto odio para juzgarla por los hechos cometidos por su nuera y su hijo, en circunstancias que tuvo tanta humanidad y capacidad de perdón con quienes mataron a su padre, torturaron a la madre y le arruinaron parte de la vida”. “Sinceramente –agrega triste– la sigo apoyando con las pocas fuerzas que me quedan”.

Pero Andrés Aylwin Azócar, el hermano de trinchera del primer presidente de la transición, desde su escondite de invierno sigue creyendo en la política y en su poder transformador: “Sin el prestigio de los partidos, del gobierno y de las instituciones, es imposible generar el cambio social por el que tantos hemos luchado durante toda la vida”.

–Si usted tuviera la posibilidad de volver atrás, ¿haría la misma ruta que siguió?

–Sin lugar a dudas.