Han pasado cinco meses de aquel fatídico hecho que conmocionó a los argentinos. La madrugada del 19 de enero, la persona que horas más tarde denunciaría a la Presidenta Cristina Fernández como presunta encubridora de los responsables iraníes del atentado a la AMIA fue encontrado muerto de un disparo en la cabeza en el baño de su departamento.

En pocos minutos, llegaron hasta el exclusivo edificio Le Parc de Puerto Madero peritos, autoridades, la fiscal a cargo y varios curiosos. A esas alturas los ojos del mundo ya estaban puestos sobre Argentina.

¿Suicidio o magnicidio? Si bien la duda permanece, los trasandinos se debaten ante un misterio cuyo esclarecimiento podría traer impensadas consecuencias políticas. Los bandos están bien definidos.

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Por un lado los cercanos a la Casa Rosada buscan imponer la idea de que Alberto Nisman se quitó la vida agobiado por una investigación que carecía de fundamentos que probaran la responsabilidad de la Presidenta. Por otro, la oposición. Saben que de comprobarse un crimen, las miradas apuntarían inevitablemente al gobierno. Un duro golpe al kirchnerismo a pocos meses de unas reñidas elecciones presidenciales.

En la investigación propiamente tal, semana a semana aparecen nuevos elementos. A cuenta gotas, nada sustancial ni determinante. El popular periodista Jorge Lanata da a conocer videos desconocidos de los peritajes en la escena del crimen. Las imágenes llaman la atención por la desprolijidad con la que se actuó en el departamento del fiscal.

Días después sale a la luz el material de alguna cámara de seguridad, peritos determinan que aquella fatídica madrugada alguien introdujo tres pendrives en el notebook del fiscal y así, las dudas sobreviven y las autoridades prefieren especular con las consecuencias políticas que trae cada nuevo dato.

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“Señores, la verdad no tiene bandos. La verdad no necesita usar armas. Mi primo Alberto había asumido el compromiso de presentarse el día lunes en el Congreso para exponer el resultado de su investigación que implicaba a la Presidente y a funcionarios de este gobierno en una presunta maniobra de encubrimiento de ese atentado y que, paralelamente, fue presentado ante la Justicia para que sea finalmente ella la que dirimiera. Por eso lo mataron. Estaba amenazado. No de ahora, desde hace años. Tenía custodia. No de ahora, desde hace años. Aun así siguió, amparado solo en sus firmes convicciones e ideales. Porque no se doblegaba ante nadie ni se dejaba amedrentar. Porque tenía certeza plena. Porque el caso AMIA está resuelto —como tantos otros— hace tiempo. Mi primo luchó por sacarlo a la luz. Por eso lo mataron”. El extracto corresponde a ‘Mi primo Alberto’, el primer capítulo de In Memoriam, libro de Andrea Paula Garfunkel, prima de Nisman y primer familiar que saca la voz tras la muerte del fiscal.

Nos juntamos en un tranquilo restorán de Palermo en Buenos Aires. Ella misma lo eligió. Alejado del ruido y las miradas indiscretas. No quiere fotos. Prefiere el bajo perfil, valora la libertad de caminar por la calle sin ser la “prima de”.

De partida, deja en claro que no es la portavoz de la familia. In Memoriam responde a su vocación de escritora. “Reúne textos desde un lugar honesto que produce la tristeza. Tristeza personal frente a la tragedia. Tristeza cívica frente a una Argentina que se cae a pedazos. Otra vez”, reza el prólogo.

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Su palabra bien puede ser la de cualquiera de aquellos cientos de miles de argentinos que el 18 de febrero marcharon para homenajear y pedir justicia por el fallecido fiscal. Aquel día una multitud se manifestó convencida de que a Nisman lo habían matado.

Andrea y Alberto tenían la misma edad. Se conocían desde chicos aunque últimamente se cruzaban una o dos veces por año en alguna festividad judía. “Su personalidad no era la de un suicida. Para nada. Era un tipo con muchísima fuerza, ímpetu. Con mucha motivación para vivir. Adoraba a sus hijas. Nada cuadra con que tuviera ese perfil”, asegura Garfunkel con profunda convicción.

Entre aquellos que plantean la hipótesis de un magnicidio, también reina la incertidumbre sobre quién pudo haber dado la orden de terminar con la vida del fiscal. El racionamiento más inmediato de varios sectores, sobre todo los más acérrimos anti K, apunta su desconfianza hacia la Casa Rosada. Sin embargo, hay voces que plantean distintas líneas de investigación ligadas de una u otra forma al amplio espectro de la causa AMIA.

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“En esto está involucrado el poder. No sé si el poder del terrorismo islámico, el poder del Estado, el poder político, judicial, o el de los servicios de inteligencia. Tal vez todos a la vez”, dice Garfunkel.

Lo cierto es que durante las semanas posteriores a la muerte, Cristina Fernández fue la más perjudicada ante la opinión pública. Los niveles de aprobación al gobierno descendieron y sólo con el correr de los meses logró un repunte en las encuestas.

“Mi primo los molestaba. Era un obstáculo en el camino que ellos querían tomar en las negociaciones con Irán. Yo no sé si por eso lo mataron y lo sacaron del camino. La muerte de mi primo los afectó”, comenta Garfunkel intentando delinear una hipótesis.

Un 60 por ciento de los argentinos cree que nunca se sabrá la verdad, mientras un 8 por ciento mantiene la esperanza que sólo un eventual cambio de gobierno en diciembre pueda ser capaz de esclarecer los hechos.

Tras el retorno a la democracia varias muertes vinculadas al poder han sacudido al país y provocado las sospechas de los trasandinos, con casos como el de Carlitos Menem Junior, que pasaron a formar parte de una mitología popular rodeada de elucubraciones que jamás terminaron por comprobarse.

Garfunkel es reticente a creer en la justicia. “No me extrañaría que salga un fallo que diga que se suicidó. Es lo que le sirve a este gobierno. Y si llegara a ser así, en 5 o 10 años, durante otro gobierno, se va a reabrir la causa y se volverá a investigar. Se podrá determinar que no fue un suicidio, pero nunca sabremos quién mató a mi primo”.

Hoy la investigación sigue su rumbo. Viviana Fein, una fiscal al borde de la jubilación que recibió como último premio del azar esta simbólica causa, sobrevive en medio de la tormenta. Los peritos oficiales le dicen que fue un suicidio, mientras los expertos aportados por la ex mujer de Nisman, la jueza Sandra Arroyo Salgado, mantienen la hipótesis del crimen. Conciliar ambas teorías no ha sido fácil, por lo que aún no existe una versión que establezca jurídicamente cómo fueron los hechos. Cada nuevo antecedente o pista alejan la posibilidad de encontrar respuestas a corto plazo.