Aquí da cuenta de sus fracturas, sus parejas ‘que no cumplen con ningún estándar social’ y cómo nunca imaginó que volvería a enamorarse.

Llega puntual a Le Flaubert, muerta de frío. Flaca, envidiablemente joven para sus 47 años que está muy lejos de representar, envuelta en un abrigo que da la impresión de que le queda grande, el cuello largo tapado con una bufanda. Se instala casi pegada a la estufa. Y de ahí no se moverá, aun cuando atraviese por temas intensos, candentes, como su historia personal, la muerte de su padre, la separación de Fulvio Rossi, su actual relación con el abogado Jaime Madariaga, su decisión de ser alcaldesa de Santiago… y la alternativa de convertirse alguna vez en presidenta.
Lo cierto es que Carolina Tohá es la suma de una historia que se quebró a los ocho años. Su mundo se rompió tras el Golpe de Estado y la detención de su padre, José, ex ministro del Interior y de Defensa de Salvador Allende, quien fue prisionero y muerto en el Hospital Militar el 15 de marzo de 1974. Ahí nació otra Carolina, de ideas firmes, mirada decidida, con vocación por la democracia, la justicia y la libertad.
Ex presidenta del PPD, ex diputada, también fue vocera de Bachelet con quien ahora espera retomar la dupla, ella en la alcaldía de Santiago y Michelle en La Moneda, respectivamente.

“No entré en política, la política entró en mi vida”, aclara mientras un chorro de té humeante inunda su taza. “Pasé el colegio y la universidad en dictadura; me resultaba imposible pensar en el futuro como ese clima oscuro y doloroso. Ahí me propuse buscar una vida distinta”.
El Golpe de Estado, el que arrasó con la vida de su padre y remeció a su paso a todo su entorno familiar; “los hermanos de mi papá, los amigos, prácticamente sin excepción, fueron presos, muertos, víctimas de atentados… Fue una marca inmensa estando yo muy chica. Tenía que impedirlo”.
Recuerda su vida antes de la gran fractura con ojos brillantes, llenos de emoción. Aún pegada a la estufa, con una tasa cubierta por sus dedos delgados, se ve cuando niña, a los siete años, mucho antes de que su mundo cambiara sin remedio.
“Fui hija única hasta los cuatro años, una infancia preciosa; vivíamos en el Parque Forestal, mi papá dirigía un diario y como yo era su regalona, me llevaba a su oficina, al Mercado Central, a todos lados. Después nació mi hermano, vino el gobierno de la Unidad Popular y las cosas cambiaron harto. Mi padre era parte del gabinete de Salvador Allende, pero seguíamos manteniendo una relación muy especial, aunque mi hermano ya había nacido y yo era bastante celosa; tuve cuatro años de reinado y no me gustó nada que llegara otro a meterse en el medio… No se me olvidó más. Siempre he querido volver a ese momento, pero no hubo caso…”, ríe.

‘LOS RECUERDOS DE MI PADRE LOS TENGO ATESORADOS COMO EN UNA CAJITA que constantemente estoy visitando’, reconoce. En su memoria aparecen en blanco y negro la llegada del hombre a la Luna en casa de su abuela paterna; las largas caminatas por el Parque Forestal, ella muy pequeña de la mano de ese hombre gigante. “Una vez lo acompañé al sur en helicóptero… y me hice pipí”. Y así se van sucediendo las imágenes hasta llegar a una de las últimas, con José Tohá ya preso por la Dina. “Tuvimos la oportunidad de verlo el día de su cumpleaños; no se permitían las visitas pero lo dejaron. Mi mamá nos había advertido que lo íbamos a encontrar muy distinto. Así fue; estaba extremadamente delgado: pesaba 46 kilos cuando medía un metro 95… En la pieza había militares armados. Pero cuando entré dejaron de existir los militares y tampoco lo encontré flaco: él era mi papá y mi felicidad era gigante; habían pasado muchos meses sin verlo, desde el Golpe de septiembre y estábamos en febrero. A los ocho años, ese tiempo, se había convertido en toda una vida”.
El día que su padre murió está grabado a fuego. Moy estaba agobiada por el dolor, no fue capaz de darle la trágica noticia a sus niños. Acostados en la cama de su papá, fue su tío Isidoro quien les contó que José Tohá sufría de un problema cardiaco y había muerto del corazón. José, a sus cinco años, no entendió mucho el significado de la palabra muerte y se quedó ensimismado, en silencio. Carolina, en cambio, dejó escapar un grito desgarrador: “Nunca más me voy a reír en mi vida”, dijo.

“Me acuerdo de toda esa escena, eso fue lo que pensé. Mi sensación en ese momento fue que el mundo se terminaba, era algo inconcebible lo que me estaban diciendo. Crees que debes tener a tus padres toda la vida, que no debes perderlos, menos en estas circunstancias”.
El frío no se le quita a Carolina Tohá, hay dolor en sus recuerdos. Reconoce: “Mi infancia nunca más volvió a ser la misma; el dolor, la pena fue inconmensurable, un trauma que duró en el tiempo. Después vinieron muchos episodios, muertes, pérdidas en nuestro entorno. Salí adelante gracias al mérito de mi mamá, quien tuvo la fuerza para recomponer nuestra escena familiar, nos dio seguridad en medio del desastre. Me encaminó para enfrentar la vida, no como víctima, sino que tratando de hacer de esta historia algo de lo cual uno aprendiera.Me tocó crecer antes de tiempo. Nunca más volví a ser la niñita que alguna vez fui”.
Afirmando una tasa de un té que hace rato dejó de humear, las manos enrojecidas y con sus recuerdos más dolorosos a la intemperie, busca entre sus imágenes algo de calor. Se traslada ahora a México, Ciudad de México, donde partieron con su madre al exilio. Hay una imagen que registra en blanco y negro ese momento: Moy de noche, corriendo, con José y Carola que llora desconsolada. Van hacia el avión que los llevará al exilio, lejos de ese Chile en el que crecieron.
“México fue un país maravilloso para los exiliados, agradable, generoso, lleno de cosas estimulantes. Y mi mamá se convirtió en nuestro pilar. Allá, creo que volví a ser feliz. En muchos sentidos pude recomponer mi vida de niña, aunque nunca abandoné la sensación de que había un mundo de mucho dolor cerca, pero sabiendo que también podía construir un espacio distinto a esta cosa oscura y negra que había visto”.
En Colonia Condesa, como se llamaba el sector donde se instalaron, Carolina se afirmó en su mamá: “Ella nos volvió a reencontrar con las cosas bonitas, a generar un sentido de familia y a no permitir que fuera la fragilidad lo que imperara. Gracias a ella nunca me sentí a la intemperie. Es un misterio para mí cómo logró generarnos esa confianza, aun cuando nuestro entorno nos recordaba una y otra vez lo vulnerables que éramos y que aún podían pasar cosas espantosas…”.
—Su mamá reconoció en una entrevista que nunca más la vio reír a carcajadas, como usted aseguró el día en que murió su padre.
—Después de algo así ya no eres más la misma persona y te conviertes en alguien marcado por esa historia, pero eso tampoco te impide reír o gozar. La vida tiene muchas heridas, hay trizaduras, partes que se rompen, que no se arreglen más y otras que hay que ver cómo parchar.
—¿Alguna vez tuvo rabia?
—No era rabia sino un dolor muy grande. Además, la rabia puede convertirte en víctima, no puedes dejar que ese sentimiento te posea.
—Usted conoció a Pinochet muy chica, cuando él iba a tomar los aperitivos a su casa y se mostraba como un ser amable y amigo de la familia.
—Mi padre y Salvador Allende decidieron nombrarlo comandante en Jefe porque confiaban en él. Mi papá lo había conocido como ministro de Defensa y también en una dimensión personal. Había estado en nuestra casa, aunque no era íntimo de la familia. Pero cuando se transformó en un golpista, más que sentirnos traicionados, entendimos que nunca fue lo que pareció ser.
—Conoció de niña la dimensión de la traición.
—Más que nosotros, nuestros padres; para ellos fue muy doloroso que el golpe fuera encabezado por personas en las que habían confiado.
—¿Se volvió recelosa tras la experiencia?
—Cero. La desconfianza construye más desconfianza y cuando miras a la gente desde este prisma, ellos también te ven así. Por eso, no creo que ese sea el camino para evitar las traiciones. Con las personas te puedes equivocar siempre.
—Le ha pasado.
—Sí, muchas veces, en política muchas veces…
—¿Y en lo personal?
—También. No es que vaya de lesa por la vida, pero pensar mal de todo el mundo no lleva a ninguna parte. Hay que aprender a evaluar mejor usando el juicio crítico, con una mirada más inteligente. Y desarrollar la intuición.
—Tarea nada fácil en política donde nada es como parece…
—La política está enferma de desconfianza, contaminada por la idea de que todas las conductas vengan de una agenda personal, pequeña. Cuando ves a sus actores así, ellos también actúan de ese modo.
—Usted se casó con alguien de su mismo mundo, lo que generó un conflicto de amplias dimensiones. ¿Ahí pecó de confiada al mezclar poder y política con su vida personal?
—No me referiré a temas personales, sólo voy a aclarar una cosa: mi separación de Fulvio no tiene que ver con política sino con la relación de pareja. No logramos sacar adelante esa relación, lo que en ningún caso se explica o tiene que ver con la política. Eso es todo: si algo aprendí es a no abrir mi vida personal.
—A él lo acusaron de no cuidarla como una futura carta presidencial, en momentos que ambos se presentaban como opciones para encabezar en sus respectivos partidos.
—La gente hace evaluaciones políticas de algo que no conoce. Los efectos políticos que haya tenido son otra cosa, pero esto fue un conflicto de pareja, no al revés. Nuestros problemas tenían que ver con otras cosas, pero no de desconfianza ni traiciones.
—¿Volvería a unir política con lo personal?
—No dejaría de tener una relación por eso. No descartaría algo que me importa porque la persona proviene de mi mismo sector.
—¿Cómo funciona cuando un hombre le gusta? Porque nunca está sola.
—Al contrario de lo que se puede pensar, soy bien tímida. Por más que me guste alguien, me da susto dar yo los pasos.
—¿Qué le complica?
—Meter la pata. A lo mejor hago el loco. Pero he aprendido que cuando te conectas de verdad con alguien pasan cosas en una dimensión que va más allá de la voluntad. Las relaciones significativas no salen de la conquista de uno sobre otro, son cosas que suceden a un nivel casi químico, donde la historia se encamina sola. Y cuando eso pasa es maravilloso, excepcional.
—¿Cuántas veces le ha ocurrido?
—Ja, ¡no voy a hacer un ranking de mis amores! Pero en varias oportunidades. No siempre con personas que es obvio que debiera pasar.
—¿A qué se refiere?
—Nuestra sociedad es muy convencional; la gente se relaciona en espacios muy parecidos, con personas de su mismo medio, códigos. Y en algunas oportunidades he tenido historias con personas que no cumplen ninguno de estos requisitos y he pensado bueno, mucha gente no lo entenderá pero para mí tiene sentido.
—¿Gente muy distinta a usted?
—Pololeos, pero no quiero entrar en eso, no me gusta. En resumen, nunca me he sentido cómoda con el convencionalismo y la manera tan encapsulada en que nos relacionamos. Pensar que la persona indicada para ti tiene que estar de acuerdo a un estándar definido no calza para nada con el amor. El amor puede estar en otra parte, tener otros atributos que no son los que socialmente se valoran pero que a ti te importan en tu intimidad. Sin embargo, las personas se conectan a partir de una serie de perjuicios que no te conducen a nada.
—¿Y se siente afortunada en el amor?
—He tenido suerte y también mala suerte.
—¿Cómo es eso?
—Suerte seguida de mala suerte. El amor no me ha sido fácil pero he tenido cosas muy bonitas y las agradezco. Haber terminado relaciones importantes no quiere decir que no hayan sido válidas: muchas son valiosas a pesar de que no haya sido posible proyectarte.
—¿Pensó que podría enamorarse tan luego?
—Fue una sorpresa maravillosa lo que me pasó con mi pareja, no pensé que podía sucederme y estoy muy contenta. No me lo esperaba en lo más mínimo.
Carolina habla del abogado Jaime Madariaga, especialista en el tema mapuche y defensor de varios comuneros. Lo conoció en un viaje a Arauco en 2010. Engancharon, aunque la relación comenzó después. Hoy viven juntos.
—Luego de su historia con Rossi podría haber dicho nunca más.
—Por eso te digo que fue una sorpresa. Aunque nunca dije nunca más.
—Resiliente total.
—¿Y qué más? (dice encogiéndose de hombros), lo otro sería que estuviera medicada todo el día y jamás pensé en eso. Al contrario, creo que se pueden construir relaciones, superar rupturas, que el final de una historia no es el final del mundo. Lo pasas mal pero nadie muere de amor.
—Es curioso escucharla. Públicamente da la impresión de ser no muy emocional.
—La política me apasiona, tengo sentimientos muy fuertes, pero no me gusta llevar a este plano mis estados de ánimo. A lo mejor por eso algunas personas me consideran seca.
Aun así tiene amigos en todos los sectores políticos y sociales. Hace poco se la vio, conmovida, en el velorio y también en el funeral de Blanca Vicuña Ardohaín, donde fue junto a su pareja. “Me ha tocado encontrarme con Benjamín a raíz de su compromiso social. Vi de cerca su trabajo con la Unicef cuando estuve en el gobierno de la Presidenta Bachelet, y también la fuerza con que participó en la película Dawson. Además, apoyó mi campaña y lo agradezco profundamente…”.
Y sobre la muerte de Blanquita, declara: “Es demasiado triste, injusto, inexplicable…”.

‘HAGO PILATES, BICICLETA Y ME COMPRO LAS CREMITAS CON POCA FE PERO ME LAS PONGO IGUAL’, revela ahora su lado coqueto.
—¿Qué hace para verse tan joven?
—Nada. No voy ni al centro de belleza ni al dermatólogo. No lo logro, mi vida no me da para eso.
—¿Y se gusta cuando se ve en el espejo?
—No cumplo con un canon de belleza, estoy bastante lejos del modelo. En Twitter hay gente que me dice que por qué estoy tan flaca, por qué tengo el pelo corto… Soy así. Me habría gustado medir diez centímetros más y tener pechugas, aunque igual tengo mis cositas a las que sacar partido.
Y sobre el rol de las mujeres en política, declara: “En el mundo están tomando un gran protagonismo; Michele Obama, Cristina Fernández, Angela Merkel… En Chile Camila Vallejo; y en el mundo sindical, que es machista, hay una presidenta de la CUT. Pero queda mucho. El lenguaje del poder es muy masculino y para abrirse espacio hay que tener un carácter especial. El umbral de participación tiene que crecer para cambiar la dinámica general”.

Convencida del poder femenino, apuesta a que a futuro Michelle Bachelet vuelva a ser Presidenta y que ella resulte electa alcaldesa por Santiago. “De esa colaboración saldrán cosas potentes”, asegura frente a un escenario que, más allá de la fantasía, resulta bastante probable: Michelle es la carta mejor evaluada según la última CEP, y sondeos de varios medios anticipan una estrecha pelea entre Tohá y Pablo Zalaquett.
Sobre el conflicto estudiantil y el manejo de Pablo Zalaquett, Tohá es crítica: “Ha faltado la capacidad de escuchar el trasfondo. Esto no se resolverá a punta de carabineros ni de lacrimógenas; al contrario, fortalecerán los grupos más radicalizados”.
Y aunque es un rostro emblemático de la oposición, no oculta sus críticas, en especial ante la falta de unidad con que se enfrentó la aprobación de la reforma tributaria: “No logramos generar una línea de acción conjunta y eso provoca desconcierto, desazón. Es lamentable que no haya podido actuar de manera ordenada”.
Dispara contra el gobierno ante el llamado Casengate: “Hay un retroceso grande; se pierde la confianza en la institucionalidad. Al final los únicos perdedores son los pobres: en vez de estar discutiendo sobre cómo disminuir este flagelo, se debate la credibilidad de los datos. Desde un primer momento ha sido un festín, en medio de una fanfarria poco discreta”.
—Como futura carta presidencial, se dice que la alcaldía por Santiago sería un peldaño a La Moneda.
—No conozco ningún alcalde de Santiago que haya salido presidente. Tampoco reniego, pero no es una opción ni veo esto como un trámite. Sinceramente, no me quita el sueño.
—¿Y si lo de la alcaldía no resulta?
—Bueno, ya hemos hablado harto de cómo soy. O sea, no hay ningún plan B…