Alvaro Vargas-Llosa (47 años, casado, dos hijos) tiene el aura de esos analistas que, con los años, se vuelven inmunes al jet-lag. Con domicilio en Washington, se pasea por el mundo hablando y escribiendo sobre política y economía con una soltura que le ha valido respeto transversal. Con el hijo del Nobel Mario Vargas-Llosa se puede estar de acuerdo o no, pero su opinión siempre capta atención.

Sentados en el bar del hotel que lo tuvo hace unos días en Chile para dialogar junto a Roberto Ampuero, Eugenio Tironi, Hernán Felipe Errázuriz, Héctor Soto y Genaro Arriagada sobre el futuro de la democracia en Latinoamérica, parece ir masticando sus ideas lentamente. Con esa impronta de serio analista, nos sorprende cuando cuenta con entusiasmo sobre su fanatismo por Condorito, el que incluso lo llevó a crear todo un mundo basado en Pelotillehue —mientras su padre era candidato presidencial en Perú—, sólo para zafar de la seguridad y enamorar a su esposa, Susana Abad. El era Coné y cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia…

Con el hijo del Nobel Mario Vargas-Llosa se puede estar de acuerdo o no, pero su opinión siempre capta atención.

Volviendo a la conversación en el bar, pero con agua, Vargas-Llosa, autodenominado liberal y con simpatías transversales en el espectro político, hace sentir que sabe tanto sobre lo que pasa acá como cualquier otro analista de la plaza.

—¿Cómo ve Latinoamérica y el mundo?

—Esta es una etapa realmente muy compleja. Para un observador eso es un gran privilegio, pero como miembro de la raza humana, un desastre. Vivimos una época llena de incertidumbre, una crisis cuyas secuelas se sentirán por muchos años. Equivoca el que crea que vamos a salir de esto rápido. Esto es algo semejante en trascendencia y perdurabilidad a la Gran Depresión de los ’30. Han pasado cosas muy graves, la gente piensa que fracasó la economía liberal cuando lo que falló fue una mezcla de incentivos perversos del Estado y, también, una gran irresponsabilidad de los grandes agentes del mundo capitalista. Pero, en general, el sistema como tal no es el que se hundió: el capitalismo sigue siendo el único capaz de crear riquezas. El problema es cómo juega ese partido. Llevamos cinco años de crisis en Europa, con recesión; Estados Unidos con crecimiento mínimo, desaceleración en el resto del globo por culpa de eso. Incertidumbre. Y por supuesto un remedio que terminará siendo peor que la enfermedad: los gobiernos están creando moneda como para mantener drogada a la economía sin percatarse de que tarde o temprano vamos a pagar eso con inflación.

—Chile ha sido laboratorio para ese modelo neoliberal hace ya 40 años. ¿Cómo analiza ese fenómeno?

—El peligro está en creer que lo que fracasó es el capitalismo y que, entonces, tenemos que volcarnos hacia un esquema esencialmente socialista. Sería un gran error. Chile tiene un modelo de economía abierta que desde luego ha tenido éxito, pero es un sistema cuyos excesos y limitaciones han provocado una reacción y eso no es malo, porque ayuda al sistema a autoanalizarse constantemente, a buscar formas para perfeccionarse… Cuando tienes un sistema que genera mucha riqueza pero los niveles de desigualdad todavía son importantes, vas a tener siempre deslegitimación social y política. Eso obliga a quienes defienden el modelo a usar lo mejor de su imaginación para tratar de moderar sus excesos. Ha sucedido en Chile y eso lo está mirando el resto de América Latina. Por otro lado, este sistema estaba muy asociado al régimen militar, lo que representaba una tremenda perversión moral y política; era muy importante desenganchar ambas cosas en el imaginario colectivo. Y el hecho de que la Concertación pasara por un largo periodo en el poder ayudó a hacer eso.
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“Ahora el peligro está en que el crecimiento de la clase media ha generado expectativas y demandas sobre el modelo que temo que el mismo sistema no esté en condiciones de satisfacer todo lo rápido que la gente quisiera”. Ante eso, agrega, pueden pasar dos cosas: “Que quienes estén en el gobierno, digamos la Concertación si regresa en las próximas elecciones, encuentre una manera de canalizarlo hacia una mejor relación entre él y las expectativas; o que esas demandas desborden al modelo y empiece a surgir una versión chilena del populismo latinoamericano y empiece a dañarse lo mejor del sistema”.

—Piensa que la derecha no ganará.

—No me atrevería a decirlo así todavía, va a depender de muchos factores, por lo pronto será reñido. Luego hay otra incógnita importante: el factor Enríquez-Ominami. Primero hay que ver si va o no a la elección, algo que no está ciento por ciento claro, aunque parezca. Ha dicho que sí, pero si se convence de que no va a sacar un mejor resultado que la elección anterior y logra negociar con la Concertación algo, de pronto le interesa mejor preservarse. No lo sé, pero si él va a la elección, puede generar muchas cosas. MEO no le quita votos a la derecha, sino que a la ex presidenta Bachelet, suponiendo que ella sea la candidata. Eso puede provocar trastornos. Si hay un sector lo suficientemente grande de la sociedad chilena que rechaza lo establecido —es un sentimiento que empieza a sentirse fuerte en Chile— y eso le da una votación inusitadamente alta, perjudicará a Bachelet y puede ganar la derecha. Por eso no me atrevo a descartar.

—¿Qué chance les ve a los precandidatos oficialistas Longueira y Allamand?

—Es evidente que la UDI tiene una mejor organización que RN, mayor maquinaria, eso parecería favorecer a Longueira. Al mismo tiempo, su posicionamiento en el espectro ideológico es una desventaja frente a la elección de noviembre. Allamand tiene mayor posibilidad de acercarse a un sector de centroderecha, pero al mismo tiempo en la primaria apela a una elite que puede resultar no suficiente para ganar la elección si tu rival tiene pueblo. Entonces se plantea una situación muy interesante, porque lo que te convenga en la primaria, puede no serlo en la general.

Es evidente que la UDI tiene una mejor organización que RN, mayor maquinaria, eso parecería favorecer a Longueira. Al mismo tiempo, su posicionamiento en el espectro ideológico es una desventaja frente a la elección de noviembre.

—¿Qué análisis hace del gobierno de Piñera, una de las excepciones en Latinoamérica de la derecha en el poder?

—Es muy interesante porque si sacaras a Piñera de su contexto chileno, lo trasplantaras a un país del continente y trajeras a un observador completamente imparcial, que no supiera nada y viera todo lo que ha hecho en su gobierno, te diría que ha sido un gobierno de centroizquierda. Sobre Piñera hay una carga muy fuerte personal y, sin embargo, exhibe resultados que pocos gobiernos en el continenete logran.

—En el supuesto de que Bachelet ganase, ¿tiene la obligación de convertirse en un referente para la izquierda en la región?

—Ella no hará eso porque tiene temor de alimentar corrientes dentro de Chile que el día de mañana puedan volverse en su contra. También imagino que siente que como Chile es percibido hace años como el ‘primero de la clase’, y visto por tanto con algo de recelo, eso alimentaría ese estereotipo de nación arrogante. A lo mejor podría ser un modelo en los hechos, pero no creo que Bachelet mueva un dedo para intentar ser un referente; ni siquiera se lo plantea como opción.

—¿Qué piensa de los movimientos que piden Asamblea Constituyente, reforma tributaria, gratuidad en la educación?

—Existe un nivel de demanda muy fuerte que puede canalizarse y absorberse o acabar desbordando al sistema. Si algunas de ellas llegan hasta las últimas consecuencias y un eventual gobierno de centroizquierda las hace suyas, puedes empezar a ver por primera vez en décadas una modificación del modelo chileno. Eso tendría repercusión mundial.

Vargas-Llosa ha sido uno de los más heridos en la previa a la entrega del fallo de La Haya —esperado para la primera quincena de julio—. En Perú incluso lo han tratado de traidor, pero se lo toma con soda. Creció escuchando a su bisabuela sobre la ocupación chilena en Tacna y vivió en Barranco, un barrio limeño incendiado por los chilenos en la guerra. “Entiendo muy bien que la historia está llena de ganadores y perdedores, de justicias e injusticias, y que tenemos dos opciones: quedarnos atrapados en ello o superarlo”.
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—¿Existe la posibilidad de que Chile o Perú incumplan el fallo?
—Ninguna. Sobre eso tengo certeza absoluta, lo que no significa que no haya, dependiendo del resultado, gente disconforme y que lo diga públicamente. Eso va a pasar, es muy normal.

—¿Hasta qué punto todo es normal?

—En ningún caso hasta un punto que lleve a cualquiera de los dos gobiernos a desconocer el fallo. El Perú, aunque quisiera, no podría, porque es imposible mandar aquí a su Armada para invadir aguas chilenas, no hay forma. Si a Perú le dicen que no a todo, se queda todo como está. La pregunta es si Chile desconocerá el resultado. Y éste es un país demasiado serio para una cosa así.

—¿Quién va a ganar el litigio?

—Creo que en mi país la tenemos sumamente difícil. Me gustaría mucho que ganemos algo, no solamente por razones nacionalistas, sino porque siento que los peruanos necesitamos quitarnos de encima este trauma de la guerra con Chile.

—¿Y sobre la tesis del triángulo exterior?

—Para compensar una decisión favorable a Chile podrían decir “bueno, entonces démosles el triángulo exterior”. Pero lo veo complicado. Los jueces van a ser conscientes de que hay varios triángulos exteriores… Se les puede venir una lluvia de demandas y para evitárselas, de pronto dicen no. Pero en fin, yo soy quizás el peruano menos esperanzado en ganar esto, he tratado de ponerme en la cabeza de los jueces y es muy difícil.