Ya no hay humo cuando se entrevista al historiador Alfredo Jocelyn-Holt. Mientras escribía su último libro dejó el tabaco que usaba como munición cada vez que lanzaba sus ideas originales; esas que sacan chispas. Las mismas que lo convirtieron en una suerte de coleccionista de enemigos, cuyas cabezas cuelgan entre los libros y apuntes de su casa en el casco antiguo de Providencia. La lista de presas es larga e incluye desde el ex Presidente Ricardo Lagos hasta ex amigos como el historiador Manuel Vicuña. 

Pues bien, en el próximo libro que lanzará con Taurus titulado La escuela tomada. Historia/Memoria 2009-2011, se agregan nuevas especies a su colección, todas de gran interés tanto histórico como zoológico. Lo mejor es que esta vez el autor de El peso de la noche y El Chile perplejo no tuvo que ir de safari demasiado lejos. Los cazó en el mismo lugar donde él estudió leyes en 1979 y donde hoy es profesor: la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile, escenario de la toma del 2009 que exigía la renuncia del entonces rector Roberto Nahum.

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Desde un comienzo que a este doctor en historia de la Universidad de Oxford el asunto del plagio que justificó las acciones contra Nahum le pareció una mera excusa. Aquí algo mayor se cocinaba  —pensó—, ya que esa facultad siempre ha funcionado como antesala de los movimientos sociales que luego afectan a todo el país. ¿Y cuál sería el plato que se cocinaba? Un complot a nivel nacional cuyas consecuencias se extienden hasta hoy con la crisis política y de confianza que afecta al país y al gobierno de Michelle Bachelet

Jocelyn-Holt se declara de derecha liberal, algo que puede sonar un tanto anacrónico, igual que su resistencia a usar celular o su titubeo propio de las clases altas inglesas con el que crea suspenso mientras habla, discute, resopla.

En La escuela tomada intuye una conspiración entre profesores y alumnos. Y por eso que algunas de las piezas de caza son animales viejos como el hoy rector de la Facultad, Davor Harasic o Enrique Barros. Pero el libro es también un ajuste de cuentas generacional y la cacería incluye animales jóvenes como el actual diputado Gabriel Boric —quien entonces era presidente del Centro de Alumnos y ayudante de su mujer, Sofía Correa— y otros como el dirigente estudiantil Sebastián Aylwin, quien fue su propio ayudante. Esto lo convierte en su obra más “difícil y dolorosa” porque hay un quiebre definitivo con los estudiantes, con quienes siempre mantuvo una excelente relación y algunos de los cuales eran muy cercanos. “(Pero) cuya intransigencia mostrada en la toma terminó por destruir las confianzas”, explica. 

 “Si ahora entiendo el tema de la revolución es porque he tenido que participar en este safari y le he visto la cara a la bestia, por tanto, ha valido la pena”, dice en una parte del prólogo en que se dirige al historiador Gabriel Salazar, quien en medio del fragor de la escritura, le sugirió continuar con su proyecto Historia general y dejar la toma a un lado.

“Este libro me ha sacado varias canas, me ha tomado un exceso de tiempo, he dejado de fumar cigarrillos (con el desgaste neurótico que ello conlleva)”, anota en las páginas preliminares.

Pero aún sin tabaco, Jocelyn-Holt se las ingenia para encender fuego cada vez que lanza una idea que lo entusiasma: baja la cabeza, levanta la mirada y la sangre comienza a subir por sus orejas hasta ponerlas coloradas, en llamas, como esos cigarrillos que consumía en ceniceros de plata acompañados de un té en un ritual que parecía sacado de algún capítulo de Downton Abbey. Eso sí, quien tutela el lugar no es un fantasma de la monarquía, sino uno republicano: un busto de yeso de José Manuel Balmaceda, su tatarabuelo, lo que otorga un  aire todavía más teatral a la escena.

—¿Para qué iniciar un complot en Derecho de la Universidad de Chile?

—Es que es una instancia muy poderosa, una tribuna de enorme importancia. ¡Y porque es un lugar de reclutamiento político! Si te fijas, muy rápidamente saltamos de la toma del 2009 a los movimientos sociales del 2011… Y algunos de los personajes que participaron en los hechos de Pío Nono vuelven a aparecer. Fue entonces cuando pensé que aquí había algo mucho más estratégico.

—¿Quiere decir que fue una maniobra que puso a quienes están hoy en el poder y representarían el ‘alma bacheletista’?

—Así es. Observo que ciertos liderazgos saltan del 2009 a un escenario ‘más nacional’ en 2011, entre ellos, Gabriel Boric y Fernando Atria. También otros que cultivan un bajo perfil, pero que resultan clave: Francisco Martínez , quien llevó las negociaciones entre los alumnos y rectoría para sacar a Nahum ¡y que hoy es el jefe de Educación Superior del Ministerio de Educación!

—¿Qué razones ve para una conspiración de largo aliento que alcanza el 2015?

—Varias. El 2011 teníamos el siguiente escenario: la derrota de la Concertación llevó a Sebastián Piñera a La Moneda y se hizo evidente que había que hacerle una oposición por fuera del sistema. Entonces, los movimientos sociales aparecieron como la solución que no proporcionaban los partidos de la Concertación. La otra razón es todavía más ambiciosa y dice relación con un juego audaz de parte de la izquierda —lo que antes llamábamos la izquierda extraconcertacionista— para sobrevivir porque, de lo contrario, quedaría aún más anulada. En ese escenario, la toma del 2009  no aparece como una experiencia insignificante.

—¿Tiene pruebas?

—Correos de alumnos, por ejemplo. Se trata de mails que circularon entre ellos y que fueron filtrados. En el libro trato de demostrar, como un perito forense, que existió una colusión de alumnos con profesores, con la Casa Central y con el apoyo de La Moneda.

—¿Cómo se involucró La Moneda?

—A través de la presión de funcionarios y personeros de La Moneda —Paulina Veloso y Carlos Carmona, por ejemplo— también profesores de la escuela.

—¿El anuncio del gobierno de “realismo sin renuncia” significa que el complot  fracasó?

—Cuando juegas estos juegos de poder duro, porque no son juegos de política, y cuando La Moneda aparece involucrada en casos de corrupción, Peñailillo, cualquier cosa puede pasar. También pueden perder, y efectivamente, yo creo que esto no va a terminar bien.

—¿No teme que lo llamen paranoico? Hoy la teoría conspirativa aparece muy desprestigiada.

—Cicerón también podría haber sido llamado paranoico cuando descubrió la conspiración de Catilina. ¿Y acaso lo estaba Shakespeare cuando escribió la tragedia de Julio César? ¿No fue esa una conspiración? ¡Lo interesante de las conspiraciones es que a veces existen!

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“Mi tesis es que la crisis universitaria que se retrata en el libro es síntoma de una degeneración y decadencia mayor, en concreto, de la institucionalidad, de la cual la universidad es una de sus máximas expresiones. En el siglo XIX se crearon dos grandes instituciones: el Congreso y la Universidad de Chile como paradigmas políticos y nacionales, ambos combatidos hoy día, desde adentro y desde afuera”.

—¿Cómo ve el anuncio de gratuidad para el 60 por ciento de los estudiantes más pobres de las universidades del Consejo de Rectores?

—Aquí observamos como culmina un proceso que partió con la toma del 2009, siguió con las movilizaciones del 2011 y termina con anuncios de este tipo. La gratuidad condicionada establece, por ejemplo, formas de admitir alumnos que de otra forma no habrían tenido los méritos académicos para ser aceptados. ¡Hoy enfrentamos un sistema de control estatocrático donde la ENU de la Unidad Popular, se queda corta!

 —¿Qué significa que las tomas lleguen a universidades privadas como la Diego Portales y la Alberto Hurtado?

—Cuando el Partido Comunista fue puesto fuera de la ley, durante el gobierno de González Videla, incluso se infiltró en los partidos de derecha. ¡Los historiadores no somos ingenuos! Hablar de una infiltración en esas universidades no me parece  algo disparatado. Es el mismo escenario de la toma de 2009.

—¿Es síntoma de algo que las tomas ocurran en las que se autodefinen como las ‘más públicas de las privadas’?

—¡Pero qué sorpresa! ¡Mira sus dos rectores! Carlos Peña es un ex marxista que estudió en la Universidad Católica. Yo siempre me he preguntado si Carlos, a quien conozco desde 1979, era un infiltrado porque se esperaría que fuera a la Universidad de Chile. ¿Y Fernando Montes? Es un jesuita y los jesuitas juegan para todos los bandos. A ellos les encanta decir que son las ‘más públicas de las privadas’ cuando en realidad son las más ‘pijecitas de las privadas en Santiago Centro’ y, por lo mismo, tienen más llegada a los medios. Esa es la verdad”, exclama mientras sus orejas se ponen en llamas.  

—Pero se han visto muy afectados por quedar fuera del anuncio de gratuidad…

—Aquí lo que veo son discursos políticos sin convicción. Las ideologías son falsas conciencias: cuando las personas dan un argumento ideológico, no están contando la firme, por lo tanto, no hay que tomarlos literalmente.

—¿Y qué quieren decir Montes y Peña?

—¡Ellos quieren poder! Platas fiscales. Los rectores Carlos Peña y Fernando Montes, y los que están avivando la cuecaen esas universidades, quieren poder.

—El magisterio lleva más de 50 días (al cierre de esta edición) en paro, ¿opera aquí la lógica de la toma?

—Hay similitudes. Se expresa en máquinas y agitación activista detrás de una movilización que se hace aparecer como espontánea y fruto de supuestas demandas compartidas por un universo mayor del que efectivamente existe.

“Una forma de descalificarme es mostrarme como un provocador, pero los francotiradores no escriben más de 600 páginas y le dedican a un libro seis años de trabajo. Además (se queda pensativo) este libro tiene más de desengaño que de provocación”…

—¿Por qué el desengaño?

—Yo tenía mucha afinidad con los alumnos porque siempre fui muy crítico de las instituciones  y en mi carrera como profesor siempre aposté por ellos. Soy un profesor de manga ancha que pone muchos siete, porque si me dicen algo muy inteligente, los premio con un siete. No trato de pillarlos para ‘rajarlos’.

—¿Qué pasa en este libro con sus ex alumnos que participaron en la toma y en el movimiento estudiantil?

—Fundamento por qué rajo, por qué repruebo a Boric y a otros de su generación en el libro. Cuando él fue mi alumno, mi ayudante me dijo que no se merecía el siete. Entonces yo insistí  hasta que Boric contestó inteligentemente y le puse el siete. Es un siete del que me arrepiento. Los profesores a veces nos equivocamos.

—¿A quiénes más les puso un siete y se arrepiente?, metafóricamente hablando.

—A Sebastián Aylwin. Era muy difícil que nombrara a un Aylwin como ayudante porque tengo una relación muy adversa con los democratacristianos. Pero con él intenté poner a prueba mi propia ortodoxia. Lo que ocurre es que convertirse en ayudantes permite a los alumnos tener cierto liderazgo en el patio. Ese fue su caso y, por lo tanto, creo que me usó. Hay un tercer ejemplo. Héctor Testa, una persona brillante, pero se metió en los Autónomos y se anuló académica e intelectualmente.

—¿Qué queda entonces de la ‘misión histórica’ de las nuevas generaciones?

—Hay una suerte de endiosamiento de la juventud muy propia de los años 20. Se supone que son puros y que nos van a liberar de nuestros propios pecados. Bueno, ese cuento no me lo creo porque a mí la juventud me parece tan corrupta como pueden serlo los adultos. A ellos hay que tratarlos como adultos, no como una ‘reserva de juventud’ porque en esas ideas también está la base de un fascismo colectivo.

—¿A las nuevas generaciones de políticos no se les trata como adultos?

—Lo que ocurre es que quienes gobiernan es la generación del ’60 y, por lo tanto, miran con cierto paternalismo benévolo a quienes les recuerdan cuando ellos eran jóvenes, como son los Autónomos y también los del G 90, de donde salió Peñailillo. ¡Esto a mí me parece patético! Todo esto ya generó el contragolpe más feroz que haya existido en la historia de Chile y que significó el arribo de la dictadura, de rectores delegados literalmente vestidos de militar. Por eso que esta gente me parece tan irresponsable.

—Al parecer, los del G 90 aparecen más operadores y con menos discurso que los Autónomos.

—No nos confundamos. De la Camila Vallejo no sé porque la miro y me parece como la Greta Garbo, un enigma, pero los Boric, los Jackson (Giorgio) ¡son operadores! Nunca les he oído ninguna idea lúcida. El diagnóstico que se manejaba en las movilizaciones del 2011 no tiene nada de diferente que lo que escribimos a fines de los ’90 un grupo de intelectuales y que hacía una crítica feroz a la Transición. Yo sé perfectamente quiénes le enseñan a Boric las pocas ideas que maneja frente al micrófono. Se llaman Giorgio Boccardo y Carlos Ruiz Encina. Es la Surda. Ellos son mucho más preparados que Boric que es incapaz de aprobar su examen de grado. Le dijeron léase a Antonio Negri, y allá fue y lo leyó; conozca a Gramsci y  seguro le hicieron clases particulares sobre Gramsci.

—¿Qué esperaba de sus ex alumnos?

—Esperaba que de llegar a presionar a favor de reformas, que siempre son necesarias, lo hicieran por vías institucionales, nunca por la fuerza, como corresponde a gente que supuestamente valora la razón y el derecho.