Fue en el restorán Valle de Oro de Alameda con Portugal, pocos días antes del Plebiscito del 5 de octubre de 1988. Un hombre y una mujer, los dos militantes de la Izquierda Cristiana, estaban sentados en una de las mesas. Se conocían hace mucho y habían realizado juntos labores clandestinas y de alta peligrosidad contra la dictadura desde comienzos de los ochenta. A él todos lo llamaban Francisco “Pancho” García, su chapa. Ella era Nivia Palma, abogada, y hasta ese entonces no sabía el verdadero nombre de su compañero de partido.

La oposición a Pinochet temía un autogolpe de Estado el día del referéndum y, por si había caídos, era el minuto de dar vuelta las cartas e informar, por primera vez, la identificación de los que iban a cumplir papeles clave.
Pancho García, en medio del restorán, tendió la mano y le pasó un papel a la mujer que decía: “Mahmud Aleuy”.
Ella se echó a reír: “¿Mahmud Aleuy? ¿Ese es tu nombre? ¿Es una broma?”.
—No —contestó él—. Así me llamo: Mahmud Aleuy.
Ella lo memorizó, con bastante dificultad, y luego rompió el mensaje.
Casi veintiséis años después, la mayoría de la gente lo sigue llamando “Pancho”. Creen que es su segundo nombre. Entre ellos Michelle Bachelet, que lo considera parte de su anillo de extrema confianza y lo instaló en el círculo de poder más relevante de su segunda administración, como subsecretario de Interior. Desde ese cargo, a partir del 11 de marzo arropará al ministro Rodrigo Peñailillo en La Moneda y desplegará su talento político que, hasta ahora, ha ejercido con extrema reserva como experto electoral e influyente negociador del PS. Con cautela, como en los tiempos de clandestinidad en que este hombre de origen libanés caminaba por Santiago con el apellido García.

En lo público es de carácter fuerte, de aspecto duro —mirada oscura y penetrante— y casi siempre enseña un rictus serio. Era común verle con un cigarrillo en la boca —fumaba varias cajetillas Kent 1 diariamente—, pero con esfuerzo ha tenido que abandonar el tabaco.

Prefiere no estar en la primera fila. En el cónclave que organizó Bachelet en Jahuel junto a sus ministros y subsecretarios a fines de enero, Aleuy se instaló casi donde terminaba la sala, junto a los asesores como Róbinson Pérez. En marzo de 2012 sucedió algo parecido cuando Camilo Escalona, uno de sus principales aliados políticos, asumió la presidencia del Senado. En las galerías estaba Rodrigo Peñailillo representando a Bachelet, que figuraba en Nueva York. En la otra punta se encontraba Alberto Arenas, el futuro ministro de Hacienda. Fuera del hemiciclo, sin nadie a su lado, Aleuy caminaba lento como queriendo que sus pasos no se escucharan. Era uno de los tres asistentes de ese acto que, casi dos años después, conformaron la trenza de acero de la Presidenta.

Es deslenguado y lo sabe bien la subdirectora del Servicio Electoral, Elizabeth Cabrera. En la inscripción de las candidaturas para las municipales de 2012, solicitó a Aleuy agilizar la entrega de la documentación, que estaba atrasada y sobre los plazos. De lo contrario, el PS iba a quedar fuera del proceso. El socialista reaccionó en duros términos frente a un grupo de funcionarios del organismo y a sus propios colaboradores. Parte de la oposición después tuvo que pedir disculpas formales ante el Servel por el tono inadecuado del ingeniero.

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Pero Mahmud Aleuy tiene un lado amable y correcto, sobre todo en la esfera privada: es de los que corre la silla a las mujeres que se sientan en una mesa, de los que jamás acepta que ellas paguen la cuenta y es un señor formal que siempre acude a las reuniones con puntualidad, una especie en extinción en Chile. El acostumbra a decir que no conserva ninguna tradición de su tierra de origen, el Líbano, y que se siente más bien lejos de la colonia local. No piensa lo mismo su esposa de hace casi 18 años, la periodista Alejandra Jorquera, que habitualmente intenta hacerle reconocer que la sangre árabe marca su personalidad, estilo y forma de ver el mundo.
Su abuelo paterno llegó a Chile desde el Líbano y se instaló en Valdivia, como muchos extranjeros a comienzos del siglo XX. Partió como un comerciante pobre y, con mucho esfuerzo, logró un estatus acomodado. Su propio padre, que Mahmud admira profundamente, se dedicó toda su vida a la construcción. El protagonista de esta historia nació en una familia de clase media alta en 1959, vivió buena parte de su infancia y adolescencia en Concepción y estudió en el Seminario de Chillán. Con 13 años, comenzó a militar en la Izquierda Cristiana, básicamente por la relación que este partido establecía entre el socialismo y el cristianismo. Mahmud daba sus primeros pasos en política, influido por su padre de izquierda, cuando se produjo el Golpe.

Luego se trasladó a Santiago y terminó sus estudios en el colegio San Ignacio de El Bosque y, aunque fue educado por los jesuitas, no se considera católico. A fines de los 70 entró a estudiar Ingeniería Civil a la Universidad de Chile, y fue un alumno brillante. Pero dedicaba más tiempo a la militancia que a las clases.  Reconocido como un dirigente de tremenda capacidad política y valiente —controlaba perfectamente el miedo propio de la época— asumió cargos de responsabilidad entre los jóvenes y universitarios de la Izquierda Cristiana. Eran los años de las primeras protestas contra el régimen y el partido, aunque no estaba a favor de la lucha armada, proponía desestabilizar Chile mediante el movimiento social y las paralizaciones generales. En esa época, Francisco García preparaba las manifestaciones, pensaba en los sistemas de seguridad y hacía el control de daños de sus compañeros víctimas de represalias.
Siempre mostró —como hasta ahora— pragmatismo y cabeza fría ante los conflictos. En quinto año de la carrera, cuando se dio cuenta de que tenía problemas de seguridad, se retiró de la Chile. Recién en el siglo XXI, a los cuarenta y tanto, retomó sus estudios en la Uniacc y sacó el título de ingeniero comercial.
Después de aquella comida en el restorán Valle de Oro, pasado el Plebiscito y antes de la llegada de la democracia, Aleuy recorrió el norte y sur de Chile en bus. Como miembro del equipo de organización de la Izquierda Cristiana, conversó con cada uno de los militantes de la colectividad para convencerlos de sumarse al Partido Socialista. La unión se produjo a fines de 1990 y, desde entonces, formó parte de la corriente de la Nueva Izquierda, como Escalona y la propia Bachelet, que en esos años ejercía una militancia discreta. De esos tiempos conserva una admiración profunda hacia el extinto dirigente socialista Clodomiro Almeyda, líder de la fracción izquierdista del PS. Aleuy suele repetir una frase suya: “Para hacer política se necesita una escalera larga y otra cortita”. La larga, los proyectos profundos, las políticas de Estado y el cuidado de la República. La cortita, la operación partidaria.

Mahmud es un experto: pocos dirigentes de la actual Nueva Mayoría realizan maniobras políticas con la destreza Aleuy. Pocos operadores, reconocen incluso sus detractores, tienen tanto instinto político como el libanés.

En el gobierno de Aylwin fue asesor del Ministerio de Obras Públicas y luego, en la administración de Frei, trabajó en Mideplan con Luis Maira, gran amigo desde la época de la Izquierda Cristiana. Paralelamente, con su formación de ingeniero, fue ganando terreno en su partido como experto electoral. Conoce con precisión esa realidad, también la política, de cada una de las 346 comunas de Chile. Lo probó entre 2008 y 2009, cuando Bachelet lo puso a cargo de la Subsecretaría de Desarrollo Regional (Subdere), un organismo estratégico encargado de repartir recursos a las distintas localidades del país en plena crisis.

Lo niega en las pocas entrevistas que ofrece —es esquivo con la prensa y crítico de los dos principales grupos—, pero Aleuy está en cada una de las operaciones de riesgo de la centroizquierda. En las municipales de octubre de 2012, estuvo en medio del incendio de la fallida elección de Maya Fernández por Ñuñoa, que tuvo que reconocer el triunfo de Pedro Sabat por un número mínimo de votos. Era parte del comité de crisis y, según los presentes en la casona de Guardia Vieja, de la senadora Isabel Allende, actuó como siempre con frialdad total: “El PS perderá una alcaldesa, pero ganará una candidata a diputada”.
Un año después, en octubre de 2013, la historia le dio la razón.

Es un tipo divertido, de un humor fenomenal, y tiene una cautivadora vida privada. Fue uno de los pocos invitados al matrimonio entre Escalona y Ximena Tricallota en agosto de 2009 —junto a Máximo Pacheco y Alberto Arenas—, pero su verdadero círculo cercano no son los dirigentes de primera línea de los partidos. Cuida su vida íntima, cuya protagonista es su esposa Alejandra. La venera y no lo oculta. En una entrevista concedida a La Segunda en agosto de 2012 reconoció: “Mi pasión es mi señora”. Periodista de profesión, tiene participación en una farmacia mapuche del centro de Santiago. Atractiva y con mucha opinión política, escribía una columna en el extinto medio electrónico El post y usaba mucho Twitter. En esa red social alguna vez colgó una fotografía de las manos de su marido y las catalogaba como las más lindas del mundo.

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Ella se maneja bien con las tecnologías. El no. Jorquera le escribe por Whatsapp y él le contesta por SMS.
Es el segundo matrimonio de Aleuy, que estuvo casado apenas seis meses y es padre de un joven de 24 años. Con su actual mujer no tienen hijos, pero cuidan como a una niña a su perra Jo, una Yorkshire que es parte fundamental de la familia Aleuy Jorquera. El matrimonio vive en un departamento de Providencia y es adicto a la pintura chilena, a las rancheras y los boleros. Comparten el gusto por la lectura, que el socialista heredó de sus padres: adora las novelas de McCarthy, Conrad, Coetzee, Kawabata y Kertesz. Es fanático empedernido de la Fórmula 1 y, además de ser un experto asador, uno de sus hobbys favoritos es cocinar platos exóticos para su mujer y sus amigos. Lo catalogan como un hombre tremendamente dulce y moderno en lo privado, un gozador de la vida.

Pero en la arena pública el libanés actúa como un pragmático entre los pragmáticos. En mayo pasado, la comisión política del PS definía la repostulación de Escalona, que se negaba a realizar primarias internas en Los Lagos. El ingeniero, pese a la cercanía con el senador, siguió las directrices públicas de Bachelet y apoyó la realización del mecanismo. Siempre señala que a la Presidenta se le obedece: “Soy un militante disciplinado de un partido. Si ella dice que se debe hacer algo, hay que hacerlo”, explicó en 2009 a La Nación, donde ejerció como presidente del directorio entre 1998 y 2008.
La relación con Escalona, sin embargo, no está quebrada: comparten una forma de hacer política que poco y nada tiene que ver con los afectos y las sensibilidades. Los dos coinciden en que los partidos y sus estructuras son básicos para el funcionamiento de un gobierno, sobre todo en tiempos de crisis, y no creen en la genuflexión ante los movimientos sociales.

Mahmud Aleuy Peña y Lillo trabaja con disciplina, discreción y lealtad y esas características —según quienes lo conocen— lo han instalado en el círculo de confianza de Bachelet desde la época de la primera campaña electoral en 2005. Tampoco tiene agenda propia ni nunca ha aspirado a cargos de demasiada visibilidad, lo que es funcional a la médico socialista.

En los últimos meses ha estado junto a la Presidenta electa en momentos decisivos. El domingo 17 de noviembre lideró desde la sede del PS un centro de cómputos alternativos a los del gobierno. Manejaba información directa de cada una de las mesas y, a partir de esos datos, logró hacer un promedio de las estimaciones. Fue como se enteró rápidamente de que Bachelet no iba a ganar en primera vuelta. Caminó desde calle París hasta el hotel Plaza San Francisco y le comunicó en persona la mala noticia.

De mayor tonelaje que Peñailillo y que el resto del equipo político de La Moneda, desde este 11 de marzo será un subsecretario con rango de ministro, señalan en la Nueva Mayoría. Porque Aleuy —repiten quienes lo conocen— no es solamente un buen operador. Es el lobo que velará por controlar los conflictos y que tendrá la misión de desactivar las crisis de La Moneda de Bachelet.