Guillier podrá no ser candidato, pero lo parece. Lleva meses recorriendo el país y en su discurso se adivina un tono de campaña, por más que él lo niegue: “Hoy los ciudadanos necesitan ser escuchados, demandan acciones concretas, se ha perdido la conexión entre la clase política y la gente”, afirma el senador independiente (con el cupo Radical) por la Región de Antofagasta, instalado en el restorán El Castillito del Parque Forestal.

De traje azul (varios kilos de más que revelan su alma sibarita), quien fuera por largo tiempo el periodista más creíble de la TV, conductor de noticias en CHV y TVN, editor, entrevistador y panelista de Tolerancia Cero, hoy remueve con fuerza la escena política tras dispararse en las encuestas como la figura mejor evaluada de la Nueva Mayoría de cara a las presidenciales de 2017. Nada de mal para quien entró en la carrera política hace exactamente dos años y cuatro meses sin haber militado jamás en un partido, aunque en el fondo él se define como un “socialdemócrata”.

“Los políticos me miran con desconfianza”, admite. Posiblemente algunos también sientan pica tras el ránking político T13-Cadem de junio donde Alejandro Guillier se alzó como la figura con más aprobación, el único (entre Boric y Jackson) que cumple con la edad constitucional para postular a la presidencia. Pero Guillier, más allá de sentirse honrado, prefiere bajarle el perfil. Razones tiene para la cautela. Elegido en febrero de 2013 con el 37 por ciento de los votos, su primer año en el Senado no fue en absoluto como lo imaginó: “Entré en shock. Yo venía entusiasmado por los movimientos estudiantiles y el llamado histórico a realizar transformaciones sociales. Pensaba que mi rol como legislador sería parte de un trabajo en equipo, más colectivo, para sacar adelante las reformas emblemáticas, pero me di cuenta de que aquí todo funciona de forma muy individualista. La mística que yo esperaba no existía”.

Del entusiasmo pasó a la perplejidad y de ahí a la decepción tras los escándalos de corrupción entre parlamentarios y el mundo privado que indignaron —y siguen indignando— a la opinión pública. “Me preguntaba ¿estoy en el lugar justo o no? ¿Es aquí donde quiero estar?”.

Ya en 2009 Alejandro Guillier venía desencantándose de la actividad política. Para esa fecha dio una entrevista a CARAS donde, entre otros comentarios, aseguraba que los partidos estaban en “una crisis salvaje”, que la Concertación estaba “desgastada”, y en un acto de sinceridad extrema reconoció que no había votado en las últimas dos elecciones presidenciales (de Lagos y Bachelet) porque no había “nadie interesante a quien apoyar”.

—¿Qué le pasó entonces que de pronto quiso entrar en política?

—Acuérdate que yo tuve un juicio (dice sobre el caso de la grabación oculta al juez Daniel Calvo en el marco del Caso Spiniak, donde finalmente fue absuelto en 2007). En ese tiempo cuando te sometían a proceso perdías todas tus garantías y derechos… Por Bachelet habría votado, pero no pude. Y a la elección siguiente, debí haberme inscrito, pero no lo hice.

—¿Entonces cómo pasó del desencanto a querer ser un protagonista?

—Por los movimientos sociales, eso fue lo que me reencantó. Entonces estaba en TVN y tenía un programa en Radio ADN donde entrevistaba a los protagonistas del movimiento estudiantil; me gustaba juntarme con ellos a conversar en un café que quedaba a un par de cuadras. Les decía que me parecía necesario que, como estaban terminando sus períodos como dirigentes estudiantiles, se mantuvieran como una fuerza de recambio, ahora desde el Parlamento; tras 40 años, el país enfrentaría debates apasionantes. Yo también me contagié y decidí que con mi experiencia podía convertirme en un aporte más concreto y participante.

—Pero llegó al Senado y del entusiasmo derivó al shock… Hoy, sin embargo, está arriba en las encuestas. ¿Cómo se explica este despegue?

—Maduré. La política es poder y, por lo mismo, es esencialmente dura. Aprendí a comunicar mis ideas, aceptar las invitaciones de otras regiones y empecé a recorrer el país, a escuchar a la gente, y a descubrir dónde estaban los ejes y las sensibilidades sociales. Fue ese esfuerzo lo que me puso más en sintonía con la ciudadanía. Lo que le falta a la política es calle, es volver a la gente.

—¿En el fondo dice que hay una brecha entre lo que imponen las elites y lo que quiere la sociedad civil? 

—Hay una desconexión… A la clase política le cuesta entender que su forma de ejercer el poder tiene que cambiar, gobernar con la gente y no sólo para la gente, pero se han encapsulado en el Congreso y en los ministerios. Asegura este periodista que la desconexión tuvo sus primeros atisbos tras el plebiscito del ’88. “La situación política era difícil, tensa, y los partidos de la Concertación llamaron a la gente a que confiaran en su rol: “Vayan a su casa, nosotros vamos a gobernar, crean en nuestro rol”. Ahí la clase política se separó del ciudadano para conducir un proceso cuyo balance fue positivo: dieron gobernabilidad, controlaron un mundo militar y se instaló la idea de que la toma de decisiones era exclusivamente desde el Estado, los partidos y el gobierno, donde el ciudadano era sólo un espectador”.

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—¿Pero de ahí a lo que estamos viviendo ahora?

—Las malas prácticas son producto de esto mismo, es el resultado de la falta de fiscalización por parte de los ciudadanos que prefirieron seguir como espectadores; en la medida que se alejaron de la política, ésta empezó a controlar el poder y se divorció de la ciudadanía.

—Sin embargo, Michelle Bachelet retomó el poder con una serie de reformas de cara a la ciudadanía pero el resultado fue altamente costosao: la gente no sintoniza con ellas, no han sido bien evaluadas…

—No es culpa de ella, aquí el problema es de interpretación. Michelle Bachelet leyó bien los tiempos: el país quería cambios. Pero los partidos de la Nueva Mayoría no hicieron su tarea porque sabían que ella iba a ganar y no se preocuparon del programa. Se nos abría la oportunidad de hacer una gran alianza por el cambio, lo que suponía ir a la ciudadanía. Pero eso no ocurrió. Se perdió la mística y el ejercicio del poder se transformó en alcanzar puestos y cargos para influir. Ya no hay una visión ideológica atractiva, un Chile posible. Son los sueños los que te dan la ética, no el ejercicio del poder.

Y sobre el caso del ‘Jubilazo’, como tituló The Clinic al caso de la ex mujer del presidente de la Cámara, Osvaldo Andrade, quien se acogió a retiro tras 10 años como directora en Gendarmería con una pensión en torno a los 5 millones, Guillier apunta: “Cuando la política se transforma en un fin en sí mismo, y no en un agente transformador de sociedad, surgen estas prácticas que son vergonzosas”.

Cuando Guillier todavía trabajaba en CHV y el canal fue puesto a la venta por el grupo Claxson Interactive Group (2005), fue donde Ricardo Lagos y le aconsejó comprar, pero el Presidente no se mostró interesado. La siguiente puerta que tocó fue la de Sebastián Piñera. “CHV estaba un precio súper bajo, 15 ó 16 millones de dólares. En el primero que pensé fue en Lagos porque creí que tenía la intención de generar medios de comunicación progresistas”.

—¿Había cercanía entre ustedes?

—Como Presidente, tenía la costumbre de invitar cada cierto tiempo a periodistas de todos los medios y contar lo que iba a hacer en los próximos dos o tres meses. Yo era jefe de prensa en Chilevisión y, claro, había empatía.

—¿Después se desilusionó?

—No, su gobierno fue bueno. El problema fue que no reconoció algunos de sus errores y luego los descargó en Bachelet, como el Transantiago. Ahí hubo un mal manejo y generó un ruido al gobierno que comenzaba.

—Por esas vueltas de la vida hoy su nombre suena como candidato a la presidencia, al igual que Lagos y Piñera.

—A ver (dice muy serio). Yo nunca me planteé ser abanderado. No estoy en ninguna campaña. Mi intención siempre ha sido colaborar con un proceso de cambio, trabajar en equipo, no necesariamente ser candidato presidencial.

—Algunos explican su actual lugar en las encuestas porque no responde a la imagen de político tradicional, muchos de ellos afectados por investigaciones judiciales o sospechosos de representar intereses corporativos.

—Aunque también hay que asumir algo. Cuando entras en estas lides aún tus mejores virtudes son vistas como defectos, entonces me miran con desconfianza. No saben a qué atenerse porque en la izquierda no hay tradición de políticos independientes; lo que se valora es el discurso tradicional, la militancia de décadas, estar con el partido en las duras y las maduras. Entonces que llegue un independiente que además les dice que hay que cambiar, produce desconcierto. Son muy sensibles a las cosas que digo.

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—Ser visto como una carta presidencial, ¿es un riesgo entonces?

—Me expone, genera animadversiones. Además este lugar en las encuestas me ha puesto en la mira de los grupos de interés. Desde que me convertí en senador siento que me rondan los tiburones… Una cantidad de personajes que nunca vi empezaron a buscarme. Por eso ahora todo aquel que ingresa a mi oficina debe registrar quién es, cuándo vino, a qué hora y de qué conversamos. Empezamos a hacer un control.

—Usted postuló al Senado motivado por el rol de entonces dirigentes estudiantiles como Vallejo, Boric y Jackson, ¿hoy cómo los ve?

—Vivimos en una cultura individualista y los de la bancada juvenil finalmente se alinearon por proyectos más individuales. No fueron el bloque que todos esperábamos; cada uno trabaja sus proyectos por separado porque son militantes de partido, otros porque tienen sus propios movimientos.

—Hace unos días Isabel Allende dijo estar dispuesta a ir en una primaria de la Nueva Mayoría como precandidata presidencial y Ricardo Lagos reconoció que estaba pensando en una candidatura…

—Me parece muy positivo que las personas que tienen capacidades se proyecten.

—¿Usted también lo estará pensando?

—Nunca me lo he planteado, en mi horizonte está conseguir un buen desempeño como senador. Y en lo general lo primero es terminar bien este gobierno, respetar los acuerdos, alinearnos en cuanto a las reformas pendientes, como previsión y salud, y después de eso buscar el perfil adecuado del candidato que mejor represente un acuerdo programático. Si no sería ridículo.

—Si todo eso se da y hay consenso en torno a su figura, ¿usted estaría dispuesto?

—Sería una respuesta previsible. Si fuera el único sería imposible decir que no, pero es una circunstancia que no existe.