Debe ser el ancestro británico. Conserva su estilo mesurado, su voz queda. Cuesta imaginarlo fuera de control, con la vena hinchada o golpeando la mesa. Alejado de la primera fila, advierte que estuvo “20 años en el servicio público, en una experiencia muy enriquecedora y positiva, pero ya completé ese ciclo. No estoy en política contingente aunque desde aquí apoyaré para crear un clima de acuerdos que, para mí, es lo más importante. Un ejercicio permanente que requiere paciencia, persistencia y generosidad”.

Con 74 años a cuestas, casado con Gisela Tapia, dos hijos y cuatro nietos, Alejandro Foxley ha recorrido un largo camino, sembrado más que nada por la investigación y el estudio económico. Hasta que llegó la democracia y Aylwin lo nombró en Hacienda y Bachelet, como canciller. Además, fue senador ocho años y presidente de la Democracia Cristiana, ingeniero civil químico de la U. Católica de Valparaíso, economista, ha sido profesor invitado en la universidad de Oxford, de Sussex, en Inglaterra, y en el MIT en Massachusetts, y de California y Notre Dame, en EE.UU. Hoy está de regreso a la cabeza del centro de estudios Cieplán, donde escribe, lee, publica libros, discute y viaja.

—¿Cómo ve la evolución económico-política chilena en estos 25 años?

—En 1990 recuperamos un país que había perdido no sólo su democracia y el respeto a los  derechos humanos sino su sentido de nación. No existía una sensación de un ‘nosotros’, sino que de ‘ellos’ y el resto que no estábamos incorporados. Y cuando parecía que Chile no tenía ninguna salida viable durante Pinochet, hicimos el esfuerzo de crear un vínculo cercano con el sector sindical, que había estado muy perseguido. Siempre tuve en mente que si llegaba la democracia, ellos debían ser actores centrales. Trabajar en conjunto. Eso se había perdido.


—¿Cuánto de ese clima de confianza y diálogo persiste entre trabajadores y empresarios, a la luz de paros portuarios y del cobre? ¿Está en riesgo el camino al desarrollo?
—¡Claro! Eso pone en peligro la construcción de acuerdos básicos y de diálogo social. Una huelga en el cobre cuando recién se acordó un bono por 18 millones de pesos, que es como 90 sueldos mínimos… No hemos sido capaces de ponernos de acuerdo para aprobar los proyectos que debemos aprobar, desde luego en el sector hidroeléctrico, donde Chile tiene más ventaja. Se paralizan los puertos en el momento crítico en que están saliendo las exportaciones de frutas y productos perecibles. Lo que está en juego son miles de millones de dólares.

—Usted ha dicho que la trampa consiste en la dificultad de sostener por más de una década crecimientos mayores a 5 por ciento, con reducción de desigualdades y consolidación y perfeccionamiento de instituciones democráticas”. Chile no ha sorteado esa trampa…

—En la línea gruesa vamos en la dirección correcta. De hecho, si logramos sostener un crecimiento de 6 por ciento en la próxima década, ya estaríamos ahí; se nos podría considerar una economía avanzada aunque sostener esa tasa por diez años o más requiere un sistema político estable, legítimo y uno electoral donde de verdad participen todos. De otro modo, esa tasa no se mantendrá.
Foxley hace una pausa y se inclina, como si fuese a contar un secreto. “Cuando uno viaja, Chile aparece como un ejemplo exitoso. En muchos aspectos lo ha sido, en su democracia y economía. Sin embargo, el gran riesgo es caer en ‘la trampa de los países de ingreso medio’. Porque si uno toma 110 naciones que eran de ingreso medio en los últimos 50 años, resulta que sólo diez han pasado a ser países desarrollados. Entre ellos , ningún latinoamericano. Y existen múltiples síntomas de que estamos en riesgo de caer en esa trampa. Uno es la polarización política”.

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—El crecimiento, además, debe ir de la mano de la participación.

—Exacto. Y de reducción visible de desigualdades. Un proceso sistemático, garantizado por la clase política, de que se avanza en esa dirección.

—¿Se puede eliminar la desigualdad?
—En términos absolutos, no. Hay que igualar las oportunidades. Eso es posible, y parte desde los primeros meses de vida.
—¿Cómo explica el divorcio entre Chile exitoso afuera y descontento acá?
—Quiero responder con el caso de México, que después de serias dificultades por la crisis económica con Estados Unidos, hoy crece con fuerza. Pero tiene muchos problemas de convivencia política, de seguridad, de etnia. ¿Quién iba a imaginar que el Presidente Peña Nieto, del PRI, propondría a los partidos —con los que estaba prácticamente en guerra antes de su elección— lo que él llama ‘el pacto por México’? En una semana de negociación cambió radicalmente el clima al firmar ese trato en torno a temas tan claves y difíciles, como que en el campo de la energía, el petróleo, pudiera entrar capital privado para fortalecer la inversión de Pemex. Y se atrevió a enfrentar a una dirigente histórica de los profesores para una reforma educacional a fondo y lo apoyaron partidos de derecha, centro e izquierda.

—¿La conclusión?

—Suena voluntarista pero creo que esta campaña presidencial ofrece la oportunidad para que se instale el tema de un pacto por Chile. Debemos recuperar el impulso en lo económico y recuperar una convivencia razonable.

—¿A quién le cabe tomar la iniciativa?

—Tendría que existir complicidad —en el mejor sentido— entre los dirigentes más responsables. Entre ellos está la gente que sufrió mucho en dictadura, que tiene hoy una visión de Estado. Me encantaría que esa propuesta viniese de quien lidere la Concertación, donde he estado siempre.

—¿Cómo explica el bajo respaldo a Piñera?
—No cabe duda de que ha habido buenos resultados económicos en estos cuatro años. La economía ha crecido bien, el desempleo bajó significativamente y, sin embargo, persisten temas subyacentes fuertes: la profunda desigualdad y la gente que se cansó de esperar, aunque en el gobierno de Bachelet hubo una mejora significativa en abrir oportunidades a sectores marginados.

—¿Y cree que se perdió eso con el cambio de gobierno?

—La sensación de la gente es que cambió el eje. Ha habido un enfoque centrado mucho más en el crecimiento y en algunas medidas de impacto inmediato, como los bonos, que no modifican estructuralmente situaciones de desigualdad.

—Crecer fue casi una obsesión para la Concertación. Algunos admiten que fue prioridad que postergó resolver la inequidad.
—Hubo un acuerdo significativo en los 20 años concertacionistas de promover el crecimiento con equidad. Desde el primer día lo concordamos con Aylwin. En una primera fase logramos sacar a tres millones de personas de la pobreza y se ha avanzado en reducir la desigualdad, pero aún es insuficiente.

—El acento estuvo en combatir la pobreza más que en disminuir la inequidad.
—No estoy de acuerdo. Reducirla es más complejo con una economía de mercado abierta. Pero si uno mira la estructura social hoy tenemos 14 millones en la clase media… ésa no existía en 1990. Hay una clase media emergente con acceso a mejores servicios de educación y salud y a un consumo que nunca antes tuvo. Al mismo tiempo, vive situaciones de inseguridad que debemos corregir.

—Eso sin contar un endeudamiento feroz.
—A eso voy. El proceso de consolidación de una democracia y de desarrollo inclusivo en su economía es continuo. Aquí no hay milagros ni atajos. Lo que hizo la Concertación fue un avance gradual pero equilibrado entre ayudar al crecimiento, reducir la pobreza y abrir camino a la clase media. Muchos de esos sectores medios nuevos podrían volver a caer en la pobreza ante un choque externo. ¿Tenemos seguros razonables para evitarlo? No. El seguro de desempleo cubre un 20 por ciento. En un país del norte de Europa, 70 por ciento.

 

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—¿Qué hacer frente a eso?
—Una regulación más efectiva de los servicios sociales privatizados. En educación la deuda que acumulan las familias de esta nueva clase media, con uno o dos hijos, resulta imposible de sustentar. Debemos tener cuidado porque se abrió la expectativa y cuando en la mitad de la carrera eso se frustra brutalmente… Por eso apoyo lo que dijo Bachelet: es esencial una reforma ea fondo que dé cuenta de todas las deficiencias y que la haga más equitativa e inclusiva la educación a costos que puedan pagar los que pueden, y gratuita para los que no pueden. Buscar los recursos para eso debe ser el punto básico de un programa de gobierno y de ese pacto por Chile.

—Ella dijo: “No encuentro justo que el Estado pague la universidad de mi hija si yo puedo. Pero hay muchos que deben endeudarse y vivir incertidumbre, hasta miserias”.
—Una educación gratis y de calidad para todos es muy regresivo. Los que vivimos en el barrio alto y podemos pagar debemos hacerlo. La familia de La Pintana, que tiene un pasar muy duro para sobrevivir con dignidad, debe tener la posibilidad de educación superior gratis. Entre medio hay un sector que puede pagar pero tener también un aporte estatal. Ahí el crédito universitario con dos por ciento de interés constituye un avance.

—No pocos creen que cada peso recaudado de la reforma tributaria debe ir a educación.
—Para financiar la reforma hay que implementar cambios impositivos. Pero existen muchas otras necesidades que requieren recursos públicos. En salud, asegurar una extensión del Plan Auge y una mejor atención en salud primaria; en seguridad de las personas, en calidad de vida en las ciudades.

—En suma: reformas, no cambio de modelo.
—¿Qué quiere decir cambiar el modelo? El ‘modelo’ para mí es una entelequia, algo que inventó hace 30 años un grupo que escribió El ladrillo (Chicago Boys). No hay modelos. Los países encuentran su camino cuando comparten tareas.

—¿Chile sigue siendo “la casa bonita en el barrio feo de Latinoamérica”?
—Algunos chilenos medio presuntuosos dicen eso. Lo que cuesta hacer entender a la gente es por qué estamos tan críticos de nuestra realidad. Eso nos puede convertir en pesimistas crónicos, pero tiene un lado positivo: nos estamos exigiendo más para soluciones más ambiciosas.

—Si Bachelet llega a La Moneda enfrentará un Chile con menos paciencia que en 2006.

—Sin duda, pero con una clase dirigente que aprendió, que es más humilde…

—Más desacreditada, también.
—No sé. Un liderazgo adecuado, con un discurso que apele a lo mejor de la gente, encontrará un capital de buena voluntad sumergido, latente