Es un panorama típico en Estados Unidos: visitar el hogar de la infancia en algún lugar ahora remoto. Esta vez el viaje lo realiza Joe, un hombre de mediana edad. El destino es Canton, un pueblo ubicado en el corazón de Ohio, estado predictor por excelencia de quién será el nuevo presidente del país.

Lo que alguna vez fue una próspera ciudad industrial, hoy apenas sobrevive y su población —mayoritariamente blanca— parece incapaz de reinventarse en la era de la globalización. Fue en Canton donde un emprendedor llamado James M. Spangler inventó en 1908 la aspiradora y otros artilugios que revolucionaron la vida de las dueñas de casa del mundo entero. Cuando Joe era un adolescente, todo giraba en torno a la fábrica Hoover: los empleos, el colegio que ofrecía un futuro prometedor a sus habitantes y hasta el equipo de baseball. El auge se repetía en otros lugares del midwest y nada menos que con la industria automovilística, como en Detroit. Se podría decir que esta zona fue el Silicon Valley de su tiempo.

Pues bien, el reencuentro de Joe con su pasado es deprimente. Un poco más allá, en un Ford destartalado, un grupo de hombres que roza la adultez mata el tiempo consumiendo drogas, mientras muchas casas exhiben en sus jardines carteles pro Donald Trump y su eslogan Make America Great Again (Que América Sea Grande Otra Vez). De vez en cuando, aparece una pancarta por Hillary Clinton, probablemente instalada por una familia con mayor nivel educacional o de inmigrantes.

Los votantes de la clase blanca trabajadora sienten que la América en que ellos crecieron, donde podían acceder a un buen trabajo, darles a sus hijos movilidad social, jubilar a una edad razonable y disfrutar de la riqueza del país se les escapó de las manos. Para ellos, el país ha cambiado mucho y creen que los centros de poder en Washington y Nueva York perdieron la sintonía con ellos y ya no les importa”, explica a CARAS desde EE.UU. Daniel Lippman, coeditor del medio especializado Politico. “A este electorado le preocupa que sus perspectivas continúen empeorando”, agrega John J. Pitney, analista político de Claremont McKenna College.

Este es el escenario con el que se encontrará el nuevo inquilino de la Casa Blanca. Al menos, en la América más profunda. Un país con un cambio demográfico donde no existen suficientes votos de hombres blancos —como los que describe Lippman y Pitney— que garanticen el triunfo del candidato republicano. En efecto, Trump apostó por un segmento de la población que desde la Guerra Civil venía decidiendo quién gobernaría el país más poderoso del mundo. Pero todo indica que ya no más.

Al cierre de esta edición, The New York Times estimaba en un 91% las posibilidades de que la ex mujer de Bill Clinton gane la carrera presidencial, contra apenas un 9% de la ex estrella de El Aprendiz. 

Están muriendo. Esa es la cruda realidad del votante al que apuntó Trump. La primera alerta la dio un estudio publicado en 2015 por el Premio Nobel de Economía Angus Deaton, de la Universidad de Princeton, junto a su esposa Anne Case. Luego de analizar los datos proporcionados por The Center for Disease Control and Prevention, se encontraron con que las muertes de los estadounidenses blancos de mediana edad iban en aumento y no por ataques cardiacos o diabetes, sino que por una epidemia de suicidios y abuso de sustancias como alcohol, heroína y de opiáceos recetados por los médicos.

El dolor, el sufrimiento, fue la hebra que siguieron Deaton y Case. Este grupo reportaba mayores niveles de depresión y estrés financiero ya que la entrada para sus hogares había bajado un promedio de 19%. Muchos además sentían que eran incapaces de trabajar por enfermedades crónicas de espalda o articulaciones. Esta pandemia de dolor llevó a un consumo desmedido de analgésicos opiáceos altamente adictivos como la oxicodona —el painkiller favorito de Dr. House— o el fentanilo —la droga que mató a Prince—. Además, una vez que algunos estados restringieron su prescripción, sus consumidores se pasaron derechamente a la heroína.

La explicación de por qué esta epidemia afectaría principalmente a blancos se encontraría en un sesgo racial a la hora de recetar analgésicos fuertes y a la desesperanza frente a una nueva sociedad globalizada y multicultural. Sienten que sus líderes, ya sea en Washington, Wall Street o Silicon Valley, los bajaron del carro del sueño americano. Jugaron con sus expectativas, mientras que la mayoría de los afroamericanos nunca las tuvieron y los hispanos recién parten su propia carrera.

Lo primero que deberá evitar el nuevo presidente de EE.UU. es lo que Trump promete: “Enganchar en un proteccionismo comercial. Las barreras no fomentan el crecimiento económico y dañarían a las mismas personas que pretenden ayudar. No hay una solución sencilla para los blancos de clase trabajadora, pero una parcial es mejorar las oportunidades educacionales, así podrían obtener las habilidades que necesitan para ser más productivos y obtener mejores puestos de trabajo”, comenta el doctor Pitney.

¿Y qué ocurrirá con los hijos de los baby boomers, como Joe, y con sus nietos? ¿Es el fin de una época de esplendor?

Tendría cuidado con declarar el fin de la era dorada para ellos. Por su parte, los milenials son una generación muy optimista, tienen toda la vida por delante (…) y están bien posicionados para tomar ventajas del crecimiento económico, particularmente del sector tecnológico”, opina Lippman de Politico. Pitney es más cauto: “Para los universitarios el futuro es brillante. Para quienes no tienen educación, las perspectivas son inciertas”.