“Aquí nada malo te puede pasar”, repetía Holly Golightly en un pasaje de Desayuno en Tiffany’s. La protagonista de la novela creada por Truman Capote, después llevada al cine por Blake Edwards, dejaba en evidencia su indescriptible vulnerabilidad en medio del lujo. Una escena en que una linda e inolvidable Audrey Hepburn debatía su existencia entre diamantes, un gato escurridizo y las calles de NY.

Para Luciano Rodembusch, el vicepresidente para Latinoamérica y el Caribe de Tiffany & Co., ese momento es uno de los más significativos en la historia de la marca. Un instante en que una mujer decía sentirse completamente protegida en esa tienda que, desde 1940 y hasta hoy, mantiene intacta su digna fachada de granito pulido y pequeñas ventanas en la esquina de la Quinta Avenida y la calle 57 de Manhattan.

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“No es el único momento. Somos una etiqueta llena de historias y de sueños”, añade Rodembusch. Desde sus inicios, cuando Charles Tiffany y su amigo John Young abrieron en 1837 un elegante emporio al sur de Broadway para la venta de artículos de papelería, paraguas y vajillas, comienza a hilvanarse una seguidilla de acontecimientos que han marcado incluso el espíritu de la joyería mundial. Durante la Guerra de Secesión fueron los fabricantes de espadas ceremoniales y medallas hasta que se especializaron en la elaboración de piezas de oro, plata y piedras preciosas para una clientela refinada y poderosa.

El gran golpe, aunque siempre con recato, fue la compra de las joyas de la extinguida Corona francesa en 1887 para llevarlas a NY. Coronas, diademas, orbes, prendedores y anillos que habían sido parte del patrimonio imperial de María Antonieta, todos los Luises y también de Napoleón y Josefina, pasaron a ser propiedad del sueño americano. “Para todos fue un gesto que no pasó inadvertido. Era una suma de dos tradiciones”, dice Rodembusch.

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El estándar de pureza, para piedras, oro y platino, comenzó a ser autoridad de Tiffany. Un hito que se consolida en 1878 cuando Charles Lewis Tiffany contrata al gemólogo George Frederick Kunz para que tallara un diamante amarillo de 287 kilates que había sido descubierto en las minas de Kimberley, en Sudáfrica: el más grande en ese color del que se tenga noticia. Para lograr destellos de impacto hizo reducir la piedra a 128 kilates a través de precisos 82 cortes o facetas. Convertido luego en collar ha sido usado sólo dos veces. Una por la actriz Mary Whitehouse y la segunda por Audrey Hepburn para el afiche promocional de Desayuno en Tiffany.

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Entre nuevas piedras y composiciones de metales nobles, la historia de la marca siempre ha estado en manos de hombres en el rol de directores creativos, orfebres y gemólogos, salvo el trabajo de diseñadoras como Elsa Peretti y Paloma Picasso para líneas exclusivas. De ahí que otro momento significante para Rodembusch haya sido el arribo de Francesca Amfitheatrof en 2013 como responsable de todas las categorías de productos de la firma. “Queremos combinar nuestro diseñado legendario con la pasión orfebre de Francesca”, dijo Michael J. Kalski, presidente y consejero delegado de Tiffany. Hija de un periodista americano y de una publicista italiana, ella parece ser una mujer de todas partes. Con pelo tomado y un aire a Audrey es la encarnación de los nuevos rumbos de una marca fiel a su leyenda.