A fines de 1988, Chile era casi otro país. Uno de menos gente (12 millones de habitantes), con menores ingresos (1.710 dólares anuales per cápita) y casi aislado de una comunidad internacional que, a esas alturas, condenaba unánimemente las violaciones a los derechos humanos cometidas desde 1973 por la dictadura del general Augusto Pinochet.

Los chilenos habíamos iniciado el largo camino de la restauración democrática protestando en las calles, denunciando los múltiples abusos hasta entonces conocidos y perdiendo el miedo a representar públicamente el rechazo al régimen militar. Aglutinados políticamente en torno a la entonces llamada Concertación de Partidos por el No, aceptamos jugar con las reglas del juego impuestas por la Constitución de 1980 y seguir el camino pacífico para recuperar la democracia.
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La campaña electoral televisiva de la oposición optó por un discurso moderado, alegre y optimista, que desvaneciera los miedos de la gente. Y la noche del martes 4 de octubre, un sospechoso apagón eléctrico acrecentó la inquietud de los más pesimistas. Afortunadamente, al salir el sol, 7 millones y medio de votantes (casi el 98 % de los chilenos habilitados para votar) despertaron decididos a ejercer ese derecho.

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Tras una tensa jornada en la que los resultados oficiales eran entregados con cuentagotas, a las 2 de la madrugada del jueves 6 de octubre, el gobierno reconocía la tendencia definitiva: el No superaba el 54 por ciento de los votos, contra un 43 por ciento del Sí. A la mañana siguiente no hubo que esperar a que apareciera el sol para que los primeros opositores salieran a celebrar alborozados: “¡Y ya cayó, y ya cayó… la dictadura ya cayó”.

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De aquel 6 de octubre, curiosamente, los testimonios gráficos son relativamente escasos: los focos seguían puestos en los respectivos comandos y en La Moneda. Mientras tanto, el centro de Santiago comenzaba a recibir a miles de personas, principalmente jóvenes, ansiosos de respirar los aires de libertad reconquistada que parecían invadirlo todo. Después de dormir muy poco, el experimentado fotógrafo Luis Navarro Vega (80) volvió a la calle a capturar con su cámara las espontáneas manifestaciones de júbilo, un anticipo de lo que iba a ser la gran concentración celebratoria convocada para el viernes 7 de octubre en la elipse del Parque O’Higgins.

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LUIS NAVARRO VEGA (80)

El autor de estas imágenes fue fotógrafo de la Vicaría de la Solidaridad desde 1976 y colaborador de diversos medios opositores al régimen militar. Sus imágenes más conocidas son las del hallazgo, en 1978, de los restos humanos en los hornos de Lonquén: el primer caso que demostró la veracidad de las denuncias por detenidos desaparecidos. Ha retratado la vida urbana de Santiago, el mundo de los gitanos y la actividad cultural nacional. En 2011 recibió el Premio Altazor.

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