Rodrigo Rodríguez Otero (Santiago, 1960) sube y baja con rapidez y destreza los declives de la hermosa localidad de Tarifa, en el extremo más austral de Europa, desde donde es posible ver Africa.

La llaman la capital del viento, paraíso para los amantes de los deportes náuticos. La gente lo saluda en la calle, los conductores le tocan la bocina y en los restoranes lo tratan con cariño. Reside en el pueblo desde el 2000, se gana la vida como instructor de un gimnasio, profesor de surf y monitor de defensa personal.

En invierno y en verano, nada en las aguas del Mediterráneo, el Atlántico y el Estrecho de Gibraltar que se funden en playas espectaculares. “Me alegro que hayas encontrado un lugar donde te quieran y acepten”, le dijo la periodista Patricia Verdugo, amiga de su madre, en una de sus últimas visitas a Andalucía antes de morir. Porque aunque lo siguen llamando Hugo, el nombre que eligió cuando abandonó Chile en 1989, en Tarifa los vecinos conocen su historia.

Varios años antes, en el Frente Patriótico Manuel Rodríguez le decían Tarzán, por su físico y afición por los deportes. Rodríguez fue uno de los 21 fusileros que atentó contra Augusto Pinochet en el Cajón del Maipo el 7 de septiembre de 1986, hace justamente 30 años. “No hay nada que haya marcado más mi vida que el atentado”, señala el ex guerrillero que entonces tenía 25 años. No es un converso. Recuerda la Operación Siglo XX con orgullo: “Estábamos súper convencidos y, mirando a la distancia, no hay ningún elemento que haga que ese punto de vista cambie”.

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Luego participó en otras acciones militares —como el atentado al fiscal Torres Silva, donde fue herido a bala en un brazo—, aunque jamás lo llegaron a tomar preso. “Fue por una combinación de instinto y trabajo conspirativo, pero también de fortuna. Mis compañeros fueron leales y no me delataron”, explica.

Antes de que finalizara la dictadura, sin embargo, dejó las armas. Pero no por diferencias ideológicas: sin subordinados y con el Frente descabezado por la muerte de su líder, Raúl Pellegrín, a mediados de 1989 cruzó Los Andes y desde Argentina voló a Madrid, indocumentado. No regresaría a Chile hasta 2006, cuando su situación estuvo en regla. En diciembre del ’90, no pudo estar en el funeral de su madre, su adoración. “‘No vayas a hacer la mariconada de morirte antes que yo’, me dijo alguna vez mi mamá. Y le hice caso”.

En su casa de Tarifa, con una vista preciosa a los techos y balcones blancos que parecen no finalizar, cuelgan varias fotografías de la periodista de la revista Hoy, Marcela Otero Lanzarotti, su madre. Cuentan quienes la conocieron que en la segunda mitad de los ’80 apenas le hacía caso a su cáncer avanzado y, desde una habitación en su departamento de Macul, seguía informando clandestinamente sobre Chile para la agencia cubana Prensa Latina.

Guardaba en estricto secreto que el mayor de sus hijos se había enrolado en el FPMR y la noche del atentado a Pinochet no tuvo ni una duda de que había participado en la acción. Rodríguez Otero —que este 23 de septiembre cumple 56 años— por su energía no parece tener la edad que tiene y se ve un hombre feliz. Su madre le dio un segundo consejo: “Para triunfar en la vida debes saber bailar y cocinar”, y él también le hizo caso. Sin mujer y sin hijos, aunque de novio con una chilena radicada en España, en su piso todo está impecable. Se levanta de madrugada y lo primero que hace —como si nunca se hubiese ido de Chile— es leer toda la prensa local a través de internet: “Me gusta mucho Alberto Mayol, que debe ser la pesadilla de su padre”.

En su biblioteca tiene clásicos del periodismo político —como La historia oculta del régimen militar— y libros que recién han aparecido en Chile. Maneja la actualidad al dedillo y aunque hace 27 años no reside en el país, sigue festejando las Fiestas Patrias. El año pasado un grupo de exfrentistas que vive en Europa se reunió en su casa.

Hubo empanadas, vino y cueca. A la improvisada fonda la bautizaron ‘Los extremistas’. Sin embargo, antes de esta vida apacible, en España debió rebuscárselas para vivir: ejerció de guardia de seguridad en discotecas y alguna vez, en una feria de pueblo en Móstoles, vigiló el camarín de Isabel Pantoja, que le regaló muchas estampitas con su imagen.

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Durante el Caso Pinochet y el proceso de extradición que comenzó el juez Baltasar Garzón en 1998, el abogado español Joan Garcés lo fichó en su estudio de Madrid para encargarse de labores administrativas de cuidado. “Al comienzo dudé porque pensaba que mi historia les podía traer problemas, pero luego pensé: ‘Aunque en otras circunstancias, puede ser mi segunda oportunidad ante Pinochet”.

Hace 30 años, Rodríguez fue el jefe del grupo de contención, cuya misión era detener la comitiva. Radicado en Cuba luego del golpe —donde vivió su infancia, adolescencia y se tituló de ingeniero eléctrico—, el FPMR lo fichó en Nicaragua y en 1985 entró clandestino a Chile. Al comienzo no sabía que su misión era atentar contra Pinochet.

—¿Nunca se ha arrepentido?

—En ausencia del estado de derecho, en plena dictadura, sin posibilidad de disenso, con un panorama desolador por delante, la vía armada no solo fue una decisión acertada, sino que incluso tardía. El FPMR nació el ’83, 10 años después del golpe, cuando ya se habían cometido las atrocidades más brutales. Yo vivo súper orgulloso de la Operación Siglo XX. Hasta hoy agradezco haber podido poner en práctica el plan.

—Pero fracasó.

—Fracasó en el sentido de que no cumplió el objetivo principal que se trazó —matar a Pinochet—, pero los combatientes les dimos un buen correctivo a las fuerzas mejor preparadas de la dictadura. Aunque íbamos dispuestos a morir en la acción, nos retiramos sin bajas.

—¿Por qué falló?

—Sin duda por el tipo de armamento, nada más. Tanto el terreno como los combatientes estuvieron bien elegidos. Usamos el lanzacohetes antitanque desechable porque era lo que teníamos a disposición y porque había que hacerlo ya. Es falso cuando dicen que nos equivocamos de auto, porque el plan estaba diseñado para aniquilarlos a todos.

—¿Qué recuerda de ese día?

—Ibamos súper contentos y motivados. Todos los recuerdos que tengo de ese 7 de septiembre son bonitos. La forma en que se despidió de nosotros la comandante Tamara, Cecilia Magni. Con un beso a cada uno, como una hermana mayor. Me acuerdo cuando llegó el aviso de que estaba por pasar la comitiva y salimos de las piezas. Todo el camino estaba vigilado. Ahí se ubicaba el Guayacán —el servicio militar femenino—, El Melocotón, la guarnición y había un retén en Las Vizcachas. Me sorprende que algunos digan que el lugar no estaba vigilado, lo que demostraba el mal hacer del Ejército. Conseguir el efecto sorpresa fue fruto de una disciplina, planificación rigurosa, control de las emociones de la gente, cohesión.

—¿Se ha tejido mucha mitología?

—Desde el primer día empezaron las películas. La dictadura intentó establecer que la escolta había actuado con heroísmo —con premios y condecoraciones—, cuando fue absolutamente sorprendida. Es falso que hubo combate por una razón muy clara: nos retiramos, lo que habría sido imposible si hubiese habido un solo punto de resistencia. Además, la mitología se vio alimentada por el lado nuestro: el parte operativo que se entregó después del atentado es fruto de la imaginación de la comisión militar del PC.

—¿De la imaginación?

—El informe con el que el PC reivindica la acción es realmente surrealista y refleja los deseos más que la realidad: inventa a miembros del Ejército como instructores y a un frente femenino, aunque en el atentado en realidad participó solo una mujer, Fabiola.

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—¿A qué lo atribuye?

—Si bien es cierto el PC formó el FPMR, luego se desentendió. El Frente siempre fue el hijo bastardo del PC. “Esos chiquillos tienen que ver con nosotros, pero no son parte nuestra”, pensaban los comunistas mientras buscaban alianzas con otros sectores. Un ejemplo. El lugar concreto donde se emboscaría era perfecto. Tenía requisitos imposibles de superar, como los de las películas del Oeste. Pero durante todo el tiempo en que preparamos el atentado nos sentíamos remando contra la corriente. Más que ayuda, el PC ponía objeciones: ¿Por qué esto? ¿Por qué esto otro?

—¿Qué cree que ocurría? ­

—Estoy 100% seguro de que el PC no estaba convencido y que se subió al barco de la lucha armada, pero más o menos nomás. Cuando en octubre de 1986 cae el primer grupo de fusileros en el Parque O’Higgins, la actitud del partido es de indignación. “¿Cómo era posible que en el atentado hubiese participado Víctor Díaz, hijo del secretario general del PC, asesinado, con el que quedaba claro el nexo del Frente con el partido?”. Esas eran las preocupaciones, bastante surrealistas desde el punto de vista de los combatientes.

—Hace años Guillermo Teillier, alias Sebastián, dijo que como jefe militar del PC autorizó el atentado.

—No me acuerdo haber visto a Teillier en la Operación Siglo XX. La única persona que estaba al pie del cañón —cuando estábamos en la amasandería cavando el túnel, por ejemplo— era Raúl Pellegrín, el comandante José Miguel. Jamás Sebastián pasó por ahí. Puede ser verdad que haya dado el vamos, no tengo elementos para desmentirlo, pero eso es una palabra. Como mandar a escribir un libro que, finalmente, no escribiste tú. El PC se hace cargo de la parte que le conviene.

—¿A qué se refiere?

—Ante determinados reproches, siempre se yerguen de ese patrimonio moral, de haber combatido. Teillier ahora saca pecho, pero no está muy bien eso. Las cosas tienen que ser en el momento. Yo le preguntaría a Teillier: si el ’86 era el año decisivo, ¿qué habría pasado si el atentado hubiese sido exitoso? ¿Cuál era su plan? ¿No lo puede revelar 30 años después?

—¿Usted no lo sabe?

—No tengo idea y además, como no funcionó, no solo no nos explicaron, sino que 30 años después siguen con el secretismo. Por un tema de curiosidad histórica yo quisiera saber cómo tenían pensado seguir luego de que el FPMR hiciera su parte. Porque ya sabemos todos que el 11 de septiembre de 1973 no tenían plan b. ¿Tampoco tenían nada en el caso de que hubiese muerto Pinochet? Nos merecemos saber qué ibán a hacer. ¿O iban a estar al aguaite para ver qué pasaba?

—¿Tuvo algún contacto con líderes del PC mientras estuvo en el FPMR?

—En un momento en que estábamos haciendo el túnel para volar con explosivos a Pinochet, me llevaron a una casa en el barrio alto a una reunión. Pregunté si se contaba con medios o algún plan de defensa por si se producía un enfrentamiento en el lugar, algo básico cuando se está en la clandestinidad. Pero no tenían nada: las personas iban muy formales, desarmadas. El tema de la reunión era sobre la Perestroika y la Glasnost, que me parecían de otro planeta.

—Ahora están en el oficialismo y en alianza con la DC.

—Han sido llamados para darle legitimidad a una alianza que se desgastaba y eso les va a pasar factura. La gente de su órbita no puede entender el silencio. No basta con que la Camila Vallejo critique los saludos del PC a Corea del Norte, porque hay otras cosas que están pasando. Mantienen el mismo disciplinado silencio que los caracterizó siempre y que los hace un extraordinario aliado…

Este septiembre, Rodrigo Rodríguez Otero viajó a Chile de visita con motivo de los 30 años del atentado. El día 7 fue al Cajón del Maipo a las 11 de la mañana junto a un reducido grupo de personas, entre las que se hallaban otros tres fusileros que viven en Santiago, pero que guardan celosamente su identidad. Realizaron una ceremonia íntima: “Como el atentado marcó nuestras vidas, le celebramos ‘el cumpleaños’, por decirlo de alguna manera”, agrega.

Esa misma tarde, Rodríguez participó en una actividad en la UTEM, que animó el actor Daniel Alcaíno. El domingo 11, el excombatiente asistió a la marcha de conmemoración del Golpe de Estado. Como en dictadura estaba en la clandestinidad y en democracia fuera de Chile, nunca había participado en una manifestación de este tipo en Santiago.

Dice que le asombró la movilización de la gente y que le enrabió la actuación de los aislados grupos vandálicos. Cuando observó a un muchacho rompiendo un semáforo, se le acercó y lo enfrentó: “¿Qué te ha hecho el semáforo?”. “¿Qué te ‘metís’ tú viejo c….?”, le respondió el joven vestido de negro.

A Rodríguez le violentó la escena: “Se escondían entre la gente, con un comportamiento estúpido. Ni siquiera son anarquistas, porque no saben lo que es el anarquismo”, señala.

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—¿Por qué pelea hoy usted?

—Me tiene obsesionado la situación de Ramiro, exfrentista detenido en condiciones inhumanas en Brasil hace 14 años. Ha cumplido condena y no hay voluntad política para traerlo. Es lo mínimo que se puede hacer por una familia que cada vez que lo quiere visitar, debe viajar a un penal lejano, donde está aislado y solo tiene una hora de patio. Si hay un afán de investigación de verdad, puede aclarar muchas cosas. ¿Por qué tanto miedo? En Chile tiene una condena que cumplir.Un segundo tema que me preocupa: que compañeros como Víctor Díaz, que tienen negada la autorización de ingreso, puedan volver a Chile. Rodríguez observa con interés y entusiasmo algunas figuras políticas.

Sobre Gabriel Boric comenta: “Me parece consistente”. También analiza a Camila Vallejo y a Karol Cariola: “Me sorprende la disciplina que mantienen dentro de la Nueva Mayoría. ¿Dónde quedó la irreverencia? Si ya no estamos en la época de la URSS”.

Aunque ha pasado el tiempo, su visión de la lucha armada sigue intacta. “Habría que reivindicarla como algo que no solo estaba justificado, sino que era imprescindible como elemento de combate. Pero fue borrada de la narración oficial durante la Transición. No solo es un estorbo, sino que solo es mencionada como la terrible tormenta que precede el arco iris. Toda esa gente que en plena dictadura estaba haciendo doctorados, estudiando, posicionándose, llegó a Chile a cosechar. Y los grupos como el Frente no entran en el relato. Me da mucha risa lo abnegados y combativos que fueron para respetar los tratos que hicieron bajo cuerda y a espaldas de la gente”.

Mientras estaba de visita en Chile —hace unos días regresó a Europa—, la Cámara de Diputados realizó un minuto de silencio en honor a los cinco escoltas muertos en el atentado a Pinochet. “En ese momento estaban desempeñando un papel nefasto. Me llama mucho la atención que luego de 30 años no se comprenda que eran la guardia pretoriana de un asesino y un genocida”.

Rodrigo Rodríguez no tiene planes de volver a radicarse en Chile, aunque cuando viene lo disfruta al máximo. En las mañanas, antes de que amanezca sube a hacer deporte en el cerro San Cristóbal, su lugar favorito de Santiago. En una pequeña plaza de ejercicio —donde hay una barra, paralelas y camarines—, entrena durante horas. En los ’80, visitaba diariamente este parque, que apenas ha cambiado con los años. En esa época estaba clandestino y en el Frente le decían Tarzán.