Enemigo de la política ficción, admite que el silencio ha resultado una estrategia exitosa, aunque Bachelet tiene otras dos buenas razones para callar…

Aprendió a tocar la guitarra al revés. No por zurdo, sino porque su hermano mayor era músico profesional y él, a sus nueve años, lo miraba de frente. “Mientras ensayaba con su trío de boleros, yo imitaba cada uno de los movimientos como si estuviera frente a un espejo”, cuenta Juan Carvajal tomando otra vez el mango por el lado opuesto, sentado en su estudio-bar de su casa ñuñoína, mientras afina cuerdas y tararea un vals con su mujer, Ximena Aldana, ex asesora de Sergio Bitar.
Carvajal fue uno de los más influyentes asesores de la Presidenta Bachelet. Sus recomendaciones —cuando el mundo vivía los efectos de la crisis subprime—, probablemente aportaron mucho a que la mandataria terminara su gobierno con un 84 por ciento de popularidad. En esos tiempos era muy pero muy raro que él diera una entrevista, siempre con un aire enigmático, hermético.
Ahora son otras las reglas del juego y, también, otro el Juan Carvajal que recibe a CARAS en la intimidad de su hogar, donde la decoración da cuenta de cada una de sus partidas y viajes por el mundo: tejidos centroamericanos en los muros, fotos con sus amigos de la ex RDA, cuadros étnicos…

Político desde sus tiempos en el Liceo Miguel Luis Amunátegui, voló a la ex República Oriental Alemana como exiliado post golpe en 1973. En los ’80 volvió para participar en la configuración de los movimientos concertacionistas y, más tarde, como figura de la transición. Hasta que en 1991 enfrentó un hecho que lo marcó para siempre. El 14 de noviembre de 1990, Marcos Ariel Antonioletti, de 21 años, fue rescatado por un grupo de su comando armado desde el Hospital Sótero de Río, con una balacera que dejó a cuatro gendarmes y un carabinero muertos, y a la militante Marcela Rodríguez con proyectil en la columna, inválida de por vida. Antonioletti se refugió en la casa de Carvajal bajo identidad falsa y ahí lo encontró la policía. Esa muerte dejó sombras en la figura de  Carvajal, hubo descargos públicos e informaciones cruzadas. Pero la pesadilla no terminó y el retornado optó por salir nuevamente del país, esta vez a Costa Rica. “Ese episodio ha sido una tragedia en mi vida y también para la madre de la víctima. Pero es un tema del cual no quiero hablar más. Está superado, aunque ha sido duro, doloroso. Me afectó y me afectará para siempre”, dice ahora mirando a lo lejos en señal pensativa.

Volvió en 1993 y entró a la Secretaría de Comunicaciones de Frei, que después se transformó en el Departamento de Comunicación Intragubernamental de Lagos. De ahí saltó a los equipos de Michelle Bachelet. Su sello: interconectar redes y priorizar las tareas públicas de cada ministerio, como si se tratara de una eficiente máquina de noticias potentes y oportunas. Su liderazgo y palabra firme no entusiasmaron a todos en un principio. Se tejió una imagen de hombre duro y frío. “Casi me convirtieron en un monstruo”, recuerda mientras camina por su barrio, ahora más relajado como asesor en el mundo privado (gerente de Comunicaciones y Asuntos Corporativos de Constructora El Sauce; además de asesor en ImaginAcción, de Enrique Correa). “La derecha solía decir: Cuando tengan que salir al mundo privado, sabrán lo que es trabajar. Ahora ellos llegaron al Estado y les ha costado mucho salir adelante. No se nota tanta eficiencia como decían. En cambio yo no he tenido problemas”, comenta riéndose mientras toma café en su enorme comedor de fuerte tono verde.

LA PALABRA DE CARVAJAL SIGUE LEVANTANDO POLVO, como cuando hace un par de semanas instó a la oposición a ordenarse tras el nombre de Michelle Bachelet como candidata presidencial.
—¿Por qué esa declaración que encendió el escenario político?
—Es sencillo: me parece que claramente Bachelet es ‘la’ alternativa para las presidenciales. Pero el llamado fundamentalmente no estaba dirigido a eso, sino al carácter que deben tomar las primarias. Pienso que hay distintas maneras de enfrentar un periodo eleccionario, especialmente frente a lo que está pasando en la derecha. Me refiero a las campañas que están haciendo Allamand y Golborne —se golpean, se critican— y donde el gobierno a veces interviene. Entonces mi postura es que la oposición no puede entrar en una dinámica parecida. Las alternativas para transformar la Concertación en gobierno de nuevo son fuertes, por eso se debe deponer cualquier tipo de espíritu belicoso y acentuar lo que es en esencia una primaria: participación democrática.
—¿Lo dice pensando en el estilo de Andrés Velasco, como candidato?
—Cuando lanzó su campaña hubo elementos que apuntaban en esa dirección…  Ojalá que las cosas transiten por el camino de las ideas y no por otro que nos debilite.
—Si este 12 de enero el Partido Socialista proclama a Bachelet, ¿Velasco debiera bajarse?
—Responder es hacer política de ficción y nunca he sido partidario de eso. Tiendo a analizar los fenómenos desde la perspectiva de lo que son; por tanto, lo más probable, es que Bachelet gane la primaria. Es nuestra segura próxima candidata y si las cosas se siguen configurando de esta manera, será la próxima Presidenta de Chile. Obviamente, nada está garantizado. Es fundamental ser responsables en lo que digamos y hagamos.
—¿El silencio de la ex mandataria es, definitivamente, una estrategia exitosa?
—Bachelet guarda silencio y no se refiere a lo que pasa en Chile por dos razones. Primero, tiene un cargo que le impide hablar sobre la política interna y contingente; y, segundo, porque si ella hablara sobre cualquier tema, sería interpretado como un ataque del gobierno. La derecha respondería: ‘Qué habla ella si está en Nueva York, para hablar tiene que estar aquí y conocer de verdad los problemas’. No hay que olvidar que es muy fácil decir las cosas desde lejos.
—Igual recibe ataques.
—Si dijera cualquier cosa la atacarían más. Porque el problema de fondo no es si habla o no habla, sino que está bien posicionada. Parece tan claro que puede ser la próxima Presidenta que la tarea de la derecha es ver cómo la debilita. Pero esa estrategia siempre termina en rotundo fracaso porque la gente se da cuenta. Lo que ocurrió ese 27 de febrero, por ejemplo, fue un desastre que superó todas las expectativas: un terremoto y tsunami… Sacarle ventajas políticas a una tragedia, que le costó la vida a tantos, no es correcto.
—¿Usted y Bachelet son amigos desde cuando estaban exiliados en Alemania?
—La verdad es que de mucho antes, de cuando estábamos en la clandestinidad en Chile.
—¿Mantienen el contacto?
—No y creo que está bien. Que yo sepa, ella no tiene contacto con casi nadie. En la situación en la que está, hay que ser extremadamente responsable. Lo que se viene es mayúsculo.
—Al menos está consciente de que el PS y otros sectores la quieren como candidata.
—Está perfectamente informada y, por lo mismo, están los cuidados necesarios, los resguardos. Especialmente ahora: es increíble la cantidad de gente que quiere aparecer como su amigo.
—¿No cree que la oposición ve en ella una figura que frena otros liderazgos?
—En la política todo es un poquito al revés. No creo que algunos no dejen aparecer a otros. Cuando las generaciones irrumpen, lo hacen nomás… Un ejemplo: el movimiento estudiantil apareció en un momento preciso, con líderes potentes, claros y fuertes. No le pidieron permiso a nadie. Los espacios se ganan. Pasa en la vida privada, en la industria, en todo.
—Entonces, ¿por qué la campaña de Velasco ha sido vista como agresiva, como una deslealtad hacia Bachelet?
—No quiero entrar en ese plan. Sólo decir que, en el periodo  anterior, cuando terminó el mandato de Lagos, Nicolás Eyzaguirre era el ex ministro de Hacienda y, en ese momento, el mejor posicionado en las encuestas. Al punto que muchos pensaron que podía ser candidato a La Moneda. Pero él percibió que Lagos podía probablemente ir nuevamente, entonces se restó. Le pareció inconveniente porque había sido secretario de Estado.
—¿Una delicadeza que ahora no se produce?
—No quiero calificarlo: la experiencia histórica siempre nos entrega antecedentes. Eyzaguirre perdió su oportunidad, porque hace mucho tiempo que no lo veo con el interés de reformularse como candidato, pero hizo algo que le pareció sensato en su momento. Finalmente Lagos tampoco fue a la carrera. El tema tiene que ver con las evaluaciones personales que cada uno haga.
—Lagos ahora ¿podría apoyar a Velasco?
—Jamás me atrevería a hablar en nombre de nadie, menos de un ex Presidente de la República. Sencillamente, las cosas se van aclarando políticamente con claridad. Ahora, los apoyos a Bachelet provienen de lo más gravitante: la gente. No existe algo más fuerte.
—¿Y los partidos de la Concertación?
—Al final del día todos estarán detrás de ella. No me cabe la menor duda: el PPD y el PS ya han expresado su opinión y tengo certeza de que la DC, una vez que concluya su ejercicio de democracia interna, terminará ordenándose sin problemas. Un sector importante DC ya está con Bachelet.
—¿Cómo sería un segundo gobierno?
—Con acento en lo social y en lo político, obviamente debería terminar definitivamente con el binominal. Hay otras tareas en el tapete: educación, salud y el área laboral que requieren reformas clave.
—Mientras fue asesor de Bachelet, ¿cómo definiría su relación con los ministros?
—La relación que tiene el área de las comunicaciones de un gobierno siempre es crítica. Muchas veces tienes que jugar el rol del malo, llamar la atención, poner luces amarillas. Definir cosas tan sencillas como impedir que tres actividades, de distintos ministerios, se hagan un mismo día y a una misma hora: no sólo es inconveniente, sino que se anulan. Resulta fundamental que los secretarios de Estado entiendan que ellos pueden transformarse en líderes y representantes de grandes sectores, en la medida que trabajen cuidadosamente. Un ejemplo conocido de los problemas que surgen, fue el caso reciente del brote de meningitis, con un ministro que no organizó bien un operativo en un área tan sensible… Pero hablando de mi trabajo en La Moneda y fuera de los sinsabores, tengo una gran satisfacción: se hizo la pega, resultó y creo que soy —hasta el momento— el segundo de los directores de la Secretaría de Comunicaciones que hizo el trayecto completo.
—Pero no todos los ministros estaban contentos de ser pauteados…
—Puede ser. Pero el trabajo de las comunicaciones significa desarrollar estrategias y ordenar a los actores para que éstas cumplan. Aun así, no recuerdo que ninguno se haya rebelado.
—Con Bachelet en La Moneda, ¿aceptaría nuevamente el cargo?
—No.
—¿Por qué?
—Estoy dedicado a otras cosas y ya se cumplió un ciclo en esa área. Por lo demás, ésas son decisiones que toman los presidentes… Al César lo que es del César.