¿Por qué llora la princesa?
Especial Mónaco
Por Mariola Montosa, Francia Fernández y Cristina Hadwa.
En su afán de ganar popularidad y devolverle el esplendor a Mónaco, Alberto tenía que casarse. Y aunque Charlene estuvo a punto de arrancar —según confirma a CARAS el editor de L’Express—, el príncipe lo consiguió. Tres días de fiesta y un desfile de royals para el novio más serio de la historia y una novia con lágrimas en los ojos.

Se suponía que la ceremonia religiosa iba a ser la más importante. Donde estarían los royals y veríamos el vestido de novia de Armani. La civil, el día anterior, iba a ser sólo un trámite. Sin embargo, la noticia de L’Express, cuatro días antes, sobre el intento de fuga de Charlene tras enterarse de un secreto que guardaría Alberto (se rumorea que podría tener hasta dos hijos más, y que él la habría obligado a permanecer casada mínimo cinco años) provocó mucha expectación el viernes 1 de julio. Ni el desmentido oficial, ni la sospechosa aparición de una sonriente y abrazada pareja el martes, a la misma hora del comunicado, ni el beso de Alberto en la mejilla de su novia durante el concierto de los Eagles el jueves, sirvieron para mitigar los recelos de un enlace ya cuestionado por quienes dudan de si estamos ante la unión legal de dos enamorados o si todo es una fachada para relanzar Mónaco.
Así que cuando el viernes, pasadas las 17.00 horas, Charlene miró a Alberto y respondió un leve ‘oui’ para tomarlo como marido, los invitados congregados en la plaza del palacio —que seguían la ceremonia a través de pantallas—aplaudieron aliviados: Mónaco tendrá finalmente una nueva Grace.
Hubo muchos detalles. Como la cara de asustada de Charlene a ratos, el guiño de Alberto como diciendo trato hecho cuando el presidente del Consejo de Estado, Philippe Narmino, los declaró marido y mujer. También el frío beso en el balcón, con ella aparentemente entregada, y él con los ojos abiertos, como distante. Además pareció forzado que Charlene reposara la cabeza sobre el hombro de su marido. El mismo gesto que hizo en su primera aparición, en 2006, y que según ha dicho el biógrafo francés Alain Perceval, ya entonces fue planificado. Alberto, por su parte, mantenía una sonrisa con los dientes apretados y una mirada que parecía decir se acabó lo bueno, ahora toca cumplir.
Tras el matrimonio se oyó el himno Princesa Charlene y el alcalde de Mónaco les regaló una escultura y una acuarela. En la plaza, cinco mil asistentes gozaron de un original buffet dispuesto en tiendas a modo de mercado.
Pero la sonrisa de Charlene durante el concierto pareció transformarse en una inconsolable tristeza el sábado, mientras caminaba hacia Alberto en la ceremonia religiosa. Sólo su sonrisa cuando trataba de colocar el anillo en el dedo de Alberto destacó en lo que pareció ser un trámite frío, con una pareja pensativa y distante en todo momento. La imagen de ella llorando al dejar su ramo de flores en la iglesia de Santa Detova hizo que el cronista español Jaime Peñafiel exclamara en su reporte: “¡Pobre Charlene!”.
Su desánimo era tan evidente que incluso eclipsó al vestido de novia que le había hecho Armani. Ajustado, con silueta de sirena, en seda color blanco, tenía un bordado de perlas y cristales Swarovski en la falda. Destacaba también el escote cruzado y la larga cola de gasa. Su única joya fue un broche de brillantes que adornaba el moño, en lugar de una tiara. Un vestido acorde a la mujer deportista que hemos conocido estos años, aunque diseñadores como el español Lorenzo Caprile lo tacharon de “aburrido”.
La maldición
Todo partió hace 800 años cuando una gitana despechada profetizó contra Rainiero I: “Ningún Grimaldi encontrará la felicidad en el matrimonio”. Una frase que ha perseguido a su descendencia por siglos. De hecho, Rainiero III no habría llegado al trono si no fuera porque su abuelo se vio obligado a reconocer a Carlota, la hija ilegítima que había tenido con una cabaretera y lavandera. Carlota se casó con Pierre de Polignac y de esa unión nació el padre de Alberto, Carolina y Estefanía.
Su gran amor, a diferencia de lo que todos creen, no fue Grace Kelly, sino la francesa Gisele Pascal. El quería convertirla en princesa, pero no funcionó. “De eso hay dos versiones: la primera dice que ella no quiso abandonar su carrera en el teatro y la otra, que no podía tener hijos”, cuenta Patrick Weber, autor de Mónaco, la saga Grimaldi. Luego apareció la actriz americana. “Fue una cita arreglada por Paris Match, que quería hacer un reportaje con la reina de Hollywood y el príncipe de Mónaco”. Después de varios viajes entre América y Europa, se casaron en abril de 1956. Pero en 1982, la tragedia llega al principado: Kelly muere en un dramático accidente automovilístico. Las versiones de que su hija menor, Estefanía, iba al volante, marcaron su vida para siempre.
Sin la actriz, los flashes internacionales se centraron en sus hijas y su desfile de matrimonios. Carolina, la mayor, vio fracasar su primer intento con el playboy Philippe Junot, y su segundo marido, Stefano Casiraghi, murió en un accidente en catamarán. Las imágenes de la princesa de luto y sus tres pequeños hijos dieron la vuelta al mundo. Weber tiene otra visión: “Stefano tenía negocios poco claros. Su muerte acalló todos esos dichos”.
En su tercer intento tampoco logró ser feliz. Se casó con Ernst de Hannover, que resultó ser un alcohólico. Juntos tuvieron a Alexandra, pero Carolina terminó abandonándolo.
A Estefanía no le fue mejor: luego de una fallida carrera de cantante, se casó con su guardaespaldas, Daniel Ducruet, a quien fotografiaron mientras era infiel. Siempre se dijo que Rainiero provocó el montaje, pero la pareja terminó. Su segundo gran amor fue un acróbata circense que dejó a su mujer por Estefanía, pero ella siguió la misma suerte.
Como los años pasaban y Rainiero veía que su heredero, Alberto, en lugar de casarse jugaba al playboy —a lo que se sumaban rumores de homosexualidad— tomó cartas en el asunto y cambió la Constitución para que Carolina y sus hijos asumieran el trono si el primogénito seguía soltero. Ahora que Alberto se casó, ¿volverá la maldición a rondar el principado?
Lea el artículo completo en CARAS del 8 de julio.
Envíe su opinión sobre este artículo a actualidadcaras@televisa.cl

