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Actualidad

Efecto Fukushima

Por: CARAS

Por Franco Fasola

Movimientos en Inglaterra, Alemania y Francia piden frenar el uso de energía nuclear, aunque se ve muy difícil… Y en Chile avivó la polémica: mientras se discute si la mejor opción es HidroAysén, termoeléctricas o fuentes atómicas, varios ya conocen de cerca los efectos de la radiación.

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Hibakusha les dicen en Japón a los sobrevivientes de las bombas de Hiroshima y Nagasaki en 1945. El término, despectivo y discriminador significa “persona bombardeada”. Aunque esa herida aún no termina de cerrarse en la sociedad nipona, el accidente en la central de Fukushima Daiichi puso de nuevo en la calle esa palabra. Los vecinos de la planta, que dejaron sus casas, granjas y animales, deambulan por centros de evacuación sin que los reciban por miedo a que estén radiactivos y contaminen gente sana. Son los nuevos hibakusha. Para que los acepten, necesitan un certificado oficial.

“A menos que se trate de empleados de la central Fukushima, las personas no son peligrosas. Sencillamente, la comunidad está muy inquieta, lo que por desgracia puede provocar discriminación”, comenta Kosuke Yamagishi, del departamento médico de la prefectura de Fukushima. Según el diario Mainichi, un hospital rechazó a una niña de ocho años de Minamisoma (a 20 kilómetros del desastre) por no tener un documento que certificara que no haría daño. Los encargados insisten en que todos los que vivían en un radio de 30 kilómetros de la central nuclear deben presentar ese documento. O someterse a detección.

Pero la aprensión se aleja bastante de la zona afectada: llega incluso al norte de Tokio donde una bloggera anónima contó que un hotel se negó a dar hospedaje a ella y su familia. “Cuando expliqué que ni siquiera veníamos del sector evacuado, el recepcionista dijo: ‘No pueden quedarse aquí sin tener la prueba de que no son hibakusha”.

El miedo es cosa viva. Ya pasaron veinticinco años del desastre de Chernobyl y la ciencia no tiene claro los efectos de la radiación en la salud. En su última edición, la reconocida revista médica inglesa ‘The Lancet’ comprobó que “el mayor riesgo a largo plazo después de la exposición es el cáncer”. Esto se sustenta en un informe de 2008 del Comité Científico de Naciones Unidas sobre los Efectos de la Radiación Atómica (Unscear). Ahí se determinaba que más de 6 mil casos de cáncer de tiroides en jóvenes ucranianos se vinculaban a Chernobyl, aunque sin pruebas concluyentes. En la otra esquina, la organización ecologista Greenpeace sostiene que 93 mil casos de cáncer fueron eventualmente causados por el accidente.

La tragedia que afectó a más de cinco millones de soviéticos—según la Organización Mundial de la Salud, OMS— y que sirve como referencia para hablar de Fukushima, esparció ese terrible 26 de abril de 1986, unas 200 toneladas de material radiactivo, equivalente a 500 bombas atómicas como la de Hiroshima. Y Pripyat, que fue ciudad modelo en el régimen comunista (donde se ubica Chernobyl) tenía 50 mil habitantes, principalmente familias jóvenes. Hoy a la zona sólo se entra con un permiso oficial. Quien se acerque puede recibir una cantidad 100 veces mayor a la radiación normal del ambiente. Un par de horas allí bastarían para aumentar considerablemente los riesgos de sufrir daños celulares o cáncer. Los médicos ucranianos indican que 25 años después todavía hay contaminación en alimentos como leche o carne.

Pero en el mundo el efecto Fukushina se hace sentir. Más del 60 por ciento de los alemanes pide abandonar este tipo de energía. La canciller Angela Merkel ha sufrido duras críticas por prorrogar la explotación de 17 reactores. Tras el incidente japonés, los británicos que prefieren los reactores bajaron de un 47 a un 35 por ciento. Y la ola incluso llegó a Francia, el país con el segundo mayor número de centrales nucleares en el mundo. Allí, ocho de cada 10 habitantes quiere que de aquí a 30 años baje la cantidad de reactores y se reemplacen por otras fuentes.

Así y todo, la Unión Europea todavía no logra un acuerdo para someter sus 143 reactores a pruebas de seguridad. En ese contexto, la situación no se ve esperanzadora. El secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon, advirtió la posibilidad de más accidentes. “Es una opción relativamente limpia y lógica en una era de creciente escasez de recursos, pero la verdad lamentable es que probablemente veremos más desastres parecidos”.

EN CHILE, A ESCALA MUY MENOR, LOS CASOS DE IRRADIADOS son realidad. En 2005 hubo un accidente en el Complejo Forestal e Industrial Nueva Aldea de Celco, mientras se manipulaba una fuente de Iridio-192. El doctor Alberto Hayden, director de la Mutual de Seguridad, está a cargo del caso más grave: el operario Miguel Angel Fuentes. “Se desprendió la cápsula y él la guardó en el bolsillo trasero de su pantalón por casi una hora. Como Chile tiene firmado un tratado con la Organización Internacional de Energía Atómica, se avisó inmediatamente. Vinieron expertos que midieron y evaluaron a los más expuestos. Ellos recomendaron enviar a Miguel Angel a un centro especializado, porque había sufrido un síndrome agudo de radiación. Lo llevamos al Hospital Militar Percy, en Francia”.

Según la experiencia del doctor, muchos pacientes que reciben una dosis considerable de radiación pierden algunas funciones en un principio, pero después de un año se recuperan. “En general, los tejidos más afectados son las células sanguíneas, la médula ósea, la piel, el aparato digestivo, los genitales y, en menor proporción, huesos, músculos y tejido nervioso. Cuando hay una exposición a una gran cantidad de energía, en pocas horas se pueden tener náuseas, vómitos, dolor de cabeza. En pocos días bajan las defensas y aparecen quemaduras… Afortunadamente el organismo tiene mecanismos de regeneración, aunque aumentan las probabilidades de alteraciones en los cromosomas y ADN y podría, probabilísticamente, tener más incidencia en cánceres y malformaciones”.

El paciente chileno ha ido tres veces a Francia donde está ahora para curar una lesión en sus manos. A raíz de su caso se estableció mayor control y fiscalización de las fuentes radiactivas.

Otro incidente se había producio veintidós años atrás, en el reactor de Lo Aguirre, donde un grupo de conscriptos tuvo contacto con material radiactivo. El saldo: tres muertos de leucemia y 12 de varios tipos de cáncer. La planta cerró en 1990.

EL ÚNICO REACTOR QUE OPERA EN EL PAÍS ES El DE LA REINA, al lado de la Villa Vital Apoquindo. Manuel Rodríguez, presidente de la junta de vecinos del sector, vive hace más de 3O años a menos de dos cuadras, junto a otras 750 familias que rodean el Centro. “Después de lo del terremoto en Japón, la gente acá está más preocupada porque, honestamente, no sabemos si esto es nocivo o no. Hemos planteado nuestra inquietud a la Municipalidad de Las Condes y ellos entregaron un estudio que dice que la central es súper segura. Los encargados del centro convocaron a charlas para darnos tranquilidad. Yo pienso que acá hay sicosis. Es cierto que muchos han muerto de cáncer y los familiares le echan la culpa a la central pero hasta ahora, nadie nos ha entregado un informe técnico. Ojalá algún día venga una eminencia que nos pueda decir si estamos irradiados. Creo que cualquiera de nosotros se prestaría como conejillo para que nos hagan exámenes… De todas maneras creo que debemos tener algo de contaminación”, dice Rodríguez.

“La preocupación es legítima en este caso”, admite Jaime Salas, director ejecutivo de la Comisión Chilena de Energía Nuclear. Permanentemente hemos interactuado con los municipios (Las Condes y La Reina) que rodean el Centro. Además de exponer sobre la seguridad y decir a la comunidad por qué no deben estar preocupados, llevamos un registro de la radiactividad ambiental desde 1968 y siempre ha estado bajo los mínimos. Nuestra planta no tiene ningún parecido con la de Japón, no producimos electricidad. Tanto las condiciones intrínsecas del reactor, unido al hecho que exista una zona de exclusión y otra de baja densidad poblacional, equivale a tenerlo fuera de la ciudad. No vemos ninguna necesidad de trasladar un centro como éste, porque es tan seguro a 500 metros como a 20 kilómetros”.

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