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Actualidad

Yo, Jaime

Por: CARAS

Por Franco Fasola y Rodrigo Barría.

Hacía imitaciones de Alessandri y Pinochet. Fue árbitro barrero. Padrino de muchos, sibarita, apasionado y pésimo perdedor a tal punto que, al menos en ajedrez, botaba el tablero… A Jaime Guzmán, fundador de la UDI, senador, lo conocimos todos. Al ‘otro’, al que trajo de vuelta a exiliados y bromeaba con que Karin Ebensperger era su ideal de mujer, sólo unos pocos. Algunos de ellos hablan aquí, con mayor libertad, a veinte años de su asesinato.

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Roberto Bravo, pianista
Seguidor de Violeta Parra y Víctor Jara

¿Qué hacía el cerebro político del gobierno militar comiendo con el pianista Roberto Bravo, declarado opositor de Pinochet?

Bueno, el vínculo nació precisamente en la música. Guzmán era un amante de melodías clásicas —además de su sabido fanatismo por el Festival de Viña—, solía acudir a los conciertos de Bravo y terminaba conversando con él en su camarín. “Una vez apareció una señora muy empingorotada. Me saludó, pero me dijo que le gustaba más la interpretación que hacía Claudio Arrau de Beethoven. Le contesté que a mí también. Jaime se rió muchísimo”, recuerda el músico. Y dice que al ex senador le gustaban mucho los arreglos que hacía de música popular, especialmente de Violeta Parra y Víctor Jara.

Bravo comenzó a ser un asiduo a las comidas que Guzmán organizaba en su departamento. Ahí, con platos preparados por Violeta —su nana de toda la vida—, el concertista compartía con Pablo Longueira y Andrés Chadwick. “Era como un mosquetero solitario… Pero recuerdo que alguna vez logré convencer a todos de que no deberían existir los rectores militares”, rememora. “Eso sí, me iba muy mal cuando comparaba la política de Pinochet con la oposición con la que mantenía con sus disidentes la ex URSS”.

Guzmán sostenía a firme sus posturas. Una le quedó clara al pianista cuando, ante sus reclamos por los artistas exiliados, el ex senador habló en tono enérgico: ‘¡Déjate de dar la hora! Los Quilapayún, por su campaña contra el gobierno militar, no van a volver. Mejor concéntrate en otras veinte personas’. Así lo hizo. Y fue a través de él que Bravo se reunió primero con un juez que no lo trató de lo mejor. “Me dijo: Así es que usted es el pianista… En realidad, lo que me quería plantear era que yo era el terrorista…”. Como sea, el ideólogo del gremialismo consiguió que el músico se juntara con la entonces ministra de Justicia, Mónica Madariaga. “Ella se portó muy bien”, recuerda. Gracias a ese encuentro —que se materializó con el músico intentando pasar de incógnito por las reparticiones públicas—, finalmente una veintena de chilenos entraron a Chile. “Estoy seguro de que si a alguno de ellos le pidiera que me acompañara a la Fundación Jaime Guzmán, lo haría. Saben que él intervino y están agradecidos”, dice. Bravo aún recuerda una carta que el asesinado senador le envió desde un crucero en el Skorpios. “Analizaba la situación del país. Era muy interesante. Se la entregué a la familia. Me gustaría volver a leerla”, admite.

Y de los últimos años, recuerda: “Circulaba el rumor de que se había peleado con el general Contreras. Por eso estaba asustado”.

Hernán Larraín, senador

Árbitro muy barrero

A mediados de los ‘60, Hernán Larraín se topó con Guzmán, en Derecho de la UC, donde el líder UDI iba dos cursos más arriba. No demoraron en entablar conversaciones, “más que de temas políticos, de cuestiones religiosas”, recuerda el senador.

Entonces Jaime participaba en el grupo Fiducia y tuvieron varias divergencias debido a esa militancia. “Me parecía que se trataba de una religiosidad más bien cerrada, dogmática. Creo que tuvo una preocupación muy importante por la ortodoxia de la fe, pero fue evolucionando”, comenta. Larraín provenía del mundo DC y Guzmán tenía raíces más conservadoras. Sin embargo, no pesaron esas diferencias cuando se trató de enfrentar la política al interior de la UC. “Coincidíamos en que la universidad no era lugar para el desarrollo de lo partidista. Un acuerdo que en definitiva nos llevó a la conformación del gremialismo”.

Y la relación se fue profundizando, más que nada en el plano personal. Guzmán se convirtió en buen amigo de la hoy ministra de Vivienda y mujer de Larraín, Magdalena Matte. Fue su testigo de matrimonio. Con el tiempo, el asesinado líder fue padrino de María José, la hija veinteañera de Larraín. “Siempre se hacía presente con algún regalo para ella. La Coté lo recuerda mucho pese a que murió cuando ella tenía cinco o seis años”.

Los Larraín-Matte solían comer e, incluso, viajaban con el ex senador. Además, los amigos iban al estadio a los partidos de la Católica. El fútbol era pasión para ambos, aunque problemas a la vista impidieron a Guzmán saltar al campo de juego. De todas maneras se las arreglaba para arbitrar las pichangas de amigos, “iba de riguroso negro, conocía a la perfección las reglas de juego. El problema es que en ocasiones sus cobros eran muy barreros”, recuerda Larraín. “También jugábamos tenis. Pero cuando le comencé a ganar más seguido, entonces ya no lo hicimos tanto”.

Guzmán insistió largo tiempo para que Larraín entrara a la política activa. El, sin embargo, seguía en lo académico pero, finalmente, un par de meses antes del atentado, se decidió. “Jaime era un pescador de hombres”, dice el dirigente UDI.

Javier Leturia, secretario general U. Andrés Bello

Sibarita místico

Leturia cursaba cuarto medio en el San Ignacio de Alonso de Ovalle cuando Jaime Guzmán buscaba talento político precoz. “Habiendo sido presidente de los estudiantes en el colegio, fui contactado por él y me incorporé al gremialismo como secretario del centro de alumnos. Ahí surgió una amistad que se fue consolidando. Siempre se preocupaba mucho de la familia, fue padrino de uno de mis hijos”.

El abogado lo recuerda como un gran conversador. “Le gustaba hablar de cosas de peso, sobre el sentido de la vida. Hacía charlas de temas religiosos y análisis del evangelio en la universidad. El sentido de las obligaciones con el prójimo, el país y la Iglesia eran temas relevantes”.

Independiente de sus problemas a la vista, agrega, Guzmán fue un gran observador. “Y no obstante lo combativo en la política, era muy cercano a las personas que tenían ideas distintas”. Evoca el 11 de septiembre de 1973: “Fue un momento de aflicción pa él. Los amigos más cercano queríamos celebrar en su casa con champagne y no nos dejó porque dijo que había mucha gente que estaba sufriendo, que si bien era necesario, no había que tomarlo con alegría, sino con mucha responsabilidad”.

Otra faceta más terrena del líder gremialista: la buena mesa. “Era gran gourmet y aficionado a los restoranes, aunque se cuidaba mucho y comía prácticamente una vez al día. Le gustaba mucho la cocina francesa, iba al Chez Lui, Maison de France, Jacarandá, La Cascade. En su casa no pelaba una papa, pero dirigía, se preocupaba de la receta. Violeta cocinaba muy bien. Jaime se fijaba en las fórmulas de los restoranes y las anotaba en un cuaderno, donde también apuntaba a la gente que invitaba para no repetir el menú”. La noche antes del asesinato, comió con Leturia.

El abogado recuerda otra faceta de su amigo: los chistes y viajes. “Era bueno para los cuentos, le gustaba la cosa humorística fina. Gran imitador de Jorge Alessandri y del general Pinochet. Y los viajes los preparaba de tal forma que salir con él era prácticamente ir con un guía turístico”.

Respecto a su legado, Leturia lo resume en tres pilares: el gremialismo, la Constitución del ‘80 y la UDI. “En ese mismo orden. Y con la UDI procuró mantener esos principios de servicio público, de firmeza de principios. Ahí no sé cómo le habrá ido… regular parece”.

Roberto García, abogado
No siempre se portó bien

Compañero de curso en los Sagrados Corazones de Alameda y en Derecho UC, Roberto García lo conoció a los ocho años. Estudiaron juntos, se recibieron el mismo día e, incluso, vivieron en el mismo lugar. “Fuimos amigos desde tercero o cuarto básico y cuando Jaime se independizó, como a los 23 años, se fue a mi casa y estuvo ahí unos tres años. Me casé, pero él siguió viviendo con mi mamá; después fue el padrino de mi hijo. La amistad no estaba en el ámbito político, sino personal”, dice.

“En lo privado, Jaime era muy simpático, gracioso, con humor, amante de los deportes, el fútbol fue su gran pasión. De hecho, toda la época que vivió con su padre estaban muy cercanos a Fernando Riera, Prieto, el Sapo Livingstone”.

El otro lado era su vida religiosa, de mucha sobriedad. “Decía que su misión en la vida había sido ser político, aunque por él habría sido religioso”.

Guzmán, eso sí, no siempre se portó bien. “Cuando chicos nos arrancábamos del colegio. No tenía buena conducta, no era disciplinado, tampoco perno, pero sí muy estudioso, el primero del curso. Lo mejor de estar cerca de él era conversar”, revela García, quien lo recuerda como un hombre recto y transparente, algo “digno de imitar”. Hablaron por última vez, dos días antes del atentado.

Manuel Antonio Garretón, sociólogo, ex MAPU
Pésimo perdedor

Garretón, Premio Nacional de Humanidades 2007 y Guzmán transitaron por veredas opuestas, pero la vida los acercó en momentos clave. “Lo conocí en el colegio. Estaba dos cursos más abajo y teníamos actividades comunes, entre otras, jugar ajedrez. Ahí pude apreciar algunos rasgos de su personalidad: aparecía como muy tranquilo, pero era apasionado… cuando perdía ¡tiraba el tablero!”.

El siguiente recuerdo salta a la época de los movimientos universitarios. “Empezó a ser dirigente de Derecho y yo presidente de la Federación de Estudiantes (Feuc). Como líder del movimiento estudiantil de derecha quería impedir que yo participara en el Consejo Superior de la universidad. Ese mismo rol de opositor a las reformas y modernización democrática lo ejerció en la época de la toma universitaria”.

“Al margen de su inteligencia más bien formal, no sabía mucho de varias cosas… De economía, por ejemplo. Sin embargo, tenía un sistema dialéctico que llevaba al interlocutor a quedar encerrado en sus preguntas. Creo que era muy contrario al neoliberalismo materialista, pero lo abrazó sin estar convencido porque en el fondo era un conservador de lo más antiguo. Sostenía, sobre la base de un enorme fundamentalismo, que el mal estaba del lado del marxismo. Siempre se le va a reprochar que más allá de las ayudas que prestó a muchos, proveyó la ideología que justificó la represión brutal. Imperdonable”.

Ahora en las tablas

Ignacio Santa Cruz, gestor cultural y sobrino del ex senador preparó una conmemoración en grande de los 20 años de la muerte del líder UDI.Cumpliendo su anhelo, lo interpretará en Guzmán, una obra que mostrará la última clase de derecho constitucional que dictó el político ese 1 de abril de 1991. La producción ya repartió mil invitaciones, que incluyen al Presidente Piñera, su gabinete y la plana mayor de la UDI. Santa Cruz, hijo de la periodista Rosario Guzmán Errázuriz, abrió la temporada el 2 de abril, en el Teatro Bellavista.

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