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‘Pije’ mala leche

El curioso ADN del Primer Ministro británico

Por: Roberto Schiattino

Así lo describen ex compañeros de su empingorotado college, aunque David Cameron retruca que las bromas ‘‘no eran para tanto’’. Flexible con inmigrantes, ecológico y tolerante, Cam dio vuelta la anticuada imagen de los tories, pero los ingleses no terminan de creer en él. ¿Hombre de convicciones o excelentes libretos?

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Es cruel, pero no menos cierto: la muerte de su hijo Iván de 6 años, a inicios de 2009, empujó a David William Cameron a Downing street 10. Hasta entonces considerado por parte de su pueblo como un cuico de sangre azul, el trágico final de su vástago —por una parálisis cerebral— terminó por acercarlo al corazón de los ingleses. La debacle de los laboristas, la crisis económica del Viejo Continente (es acérrimo antieuropeísta), la falta de carisma y el carácter arrebatado de Gordon Brown, sumaron los puntos que faltaban…

Cameron, con apenas 43 años, trajo de vuelta al poder a los conservadores tories, después de una década laborista. Un gran triunfo personal, aunque insuficiente para gobernar. Como su partido no obtuvo la mayoría en el Congreso (requisito obligatorio en un sistema parlamentario), se vio obligado a pactar con los liberales de Nick Clegg, conformando una alianza pegada con chicle. Pero sus dotes de malabarista político pueden hacerlo revertir la situación a favor. ‘‘La personalidad de un político importa más que su ideología’’, asegura… A él, carácter y tenacidad le sobran.

Como Sebastián Piñera, buscó pacientemente su cargo desde el 2000; trabajó para conseguirlo y lo logró alejándose, al menos en apariencia, del vetusto conservadurismo inglés. Lo suyo es la moderación y el centrismo, aunque piensa que los altos impuestos impiden la creación de nuevos empleos y propone una rebaja tributaria (doctrina típicamente derechista).

Desciende de reyes y Samantha Sheffield, su elegante mujer, gerenta de una empresa de papelería de lujo, tiene sangre noble. Juntos simbolizan a la pareja de padres jóvenes que se las arregla para llevar a sus hijos al colegio antes de lanzarse a su vida de ejecutivos. En su currículum, Cam apunta que le gusta cocinar y cultivar vegetales. En septiembre será padre por cuarta vez.

Amor por la familia, astucia política y fortuna: la santísima trinidad de su Decamerón.

Admitiendo que fumó marihuana y probó cocaína en su época de estudiante, flexibilizando su postura con los inmigrantes y defendiendo en principio los derechos de los homosexuales (después cambió de idea), se desprendió del traje de un típico torie. David representa a una generación rápida, liberal y más abierta en lo valórico, lejos de una rígida y pasada de moda Margaret Thatcher. Dice que lo suyo tiene forma de un conservadurismo “compasivo y verde”.

ministro300No es de los que se golpean el pecho. Una periodista le preguntó en plena campaña si la muerte de su hijo afectó sus convicciones religiosas, y contestó: ‘‘Soy anglicano de toda la vida pero, a la vez, tengo mis dudas e inquietudes… ¡No soy de los que piensan que tienen línea directa con Dios!’’.

Jamás alardea de su riqueza. Según el Sunday Times, “cuando en 2005 se empezó a hablar del Grupo de Cam, el círculo de nuevos y jóvenes dirigentes del Partido Conservador, todos ellos residían en el barrio de moda de Notting Hill (donde se filmó la película con Julia Roberts). Eso los asociaba inmediatamente a la vida sofisticada de ciertos vástagos de familias adineradas, lo que no los situaba en un ángulo político favorecedor. Pero la casa de los Cameron no es uno de esos maravillosos caserones de muros estucados, sino de estilo eduardiano que en poco se diferencia de cualquier otra de clase media-alta”.

Descendiente político de la reina Victoria, David nació en una familia acomodada de Londres. Su padre, Ian Donald Cameron, es un acaudalado corredor de bolsa y su madre, Mary Fleur Mont, hija de un Sir y descendiente de varios nobles. Por sus antepasados, se estima que está emparentado en quinto grado con la reina Isabel II. Grandes escritores, diplomáticos y expertos en finanzas incluye también su árbol genealógico.

Lo matricularon en la Heatherdown preparatory school, escuela privada por donde pasaron los príncipes Carlos y Andrés. En su adolescencia ingresó a Eton, la secundaria más refinada del Reino Unido. Se interesó en el arte y tuvo su primer y único coqueteo con la vida bohemia: le descubrieron un pito. El ‘incidente’ no le impidió continuar sus estudios hasta llegar a la universidad más importante: Oxford.

No se hizo fama de simpático. Ex compañeros de Eton lo han descrito como “el clásico pije mala leche, un tipo que encontraba divertido apagar el cigarrillo en el brazo del hermano menor de un amigo”. ¿Cierto o una descripción envidiosa? El niega esos hechos: ‘‘A veces se hacían bromas que podían resultar crueles, pero yo tenía que sufrirlas también. No era para tanto aunque en ocasiones las cosas se salían un poco de madre’’. Nada de eso evitó que se titulara con honores en 1988.

Para sacarse ese estigma de cuico, echa mano a su muletilla: ‘‘Lo que importa no es de dónde procedes sino adónde vas’’. Sin embargo, se enredó cuando el Times le preguntó si en su infancia conoció a gente pobre. No supo explicar cómo ni cuándo. Terminó mandándole una carta al periodista para precisar: ‘‘Siempre fui a colegios de alto nivel, pero tampoco es que viviéramos aislados del resto del mundo’’.

Su carrera política fue relámpago. Apenas graduado de Oxford, trabajó en el departamento de Investigación del Partido Conservador. En 1991 —apenas tres años después de egresado— lo mandaron a la residencia del primer ministro en Downing street 10 para integrar el equipo de John Mayor, sucesor de Margaret Thatcher. Trabajó como investigador y redactó discursos.

Diez años después —cuando dejó su cargo como director de comunicaciones en la empresa Carlton— enfiló a la cima. Porque en su segundo intento fue electo diputado y se sumó al gabinete opositor en 2003, una extraña figura que existe en Inglaterra, donde los que están fuera del gobierno organizan ministerios paralelos para fiscalizar cada tema.

A fines de 2005 lo eligieron líder de los tories. En los cinco años que se demoró en convertirse en primer ministro tuvo que dar varias vueltas políticas. En el congreso conservador de 2006 defendió a los padres solteros; en campaña, llegó a decir que ‘‘la pareja puede estar formada por un hombre y una mujer, una mujer y una mujer o un hombre y un hombre’’, pero ahora sólo a la familia tradicional le promete ayuda estatal de 20 libras (15 mil pesos) a la semana.

Su liderazgo antieuropeo llegó en buen momento: la caída de Grecia y el vaivén de España, Irlanda, Portugal e Italia, le dan la razón, mientras franceses y alemanes acuden a regañadientes al salvataje. “Eliminemos beneficios a los que no trabajan”, puso en un eslogan de campaña; apelando a una de las razones que tienen a Europa al borde de la quiebra.

Pero cuenta con una alianza de gobierno endeble y el Reino Unido está también con serios problemas de finanzas: una deuda equivalente al 62 por ciento del Producto Interno Bruto y un déficit de 12.6 por ciento del PIB. Difícil primer tiempo. Alvaro Vargas Llosa es casi lapidario: “Para que un torie pase a tener una imagen icónica entre los conservadores del mundo, tiene que presidir un renacimiento económico. Es lo que hicieron Thatcher y Reagan en los ’80. Pero eso está descartado en el corto y acaso mediano plazo…”.

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