La verdad bajo los escombros
Daños y Robos en el aeropuerto
Por Roberto Schiattino.
Lo que no botó el terremoto, se lo llevaron los ladrones. Valiosos collares con piedras preciosas y relojes de marca, sufrieron el embate. Ya totalmente operativo, el terminal apura las reparaciones y busca responsables.

El aeropuerto opera normalmente. Los daños de ingeniería y arquitectura que causó el sismo de 8.8 grados en el aeropuerto de Santiago no habrán sido técnicamente estructurales, pero tampoco fueron tan acotados como se quiso presentar. La pesadilla que vivieron 400 pasajeros y un número indeterminado de funcionarios que estaban a las 03:34 AM del 27 de febrero en el lugar, resulta difícil de dimensionar… Los cielos falsos —con elementos metálicos— y ductos de aire se convirtieron en proyectiles imposibles de esquivar como muestran las fotos tomadas un día después por personal del lugar. Y manos negras se encargaron de robar en las tiendas oscuras y desamparadas.
Bajo los escombros, sin embargo, hubo silenciosas escenas que las cámaras de vigilancia no pudieron registrar y que muchos prefieren ni comentar: reflejos de vandalismo. Pero los hechos son los hechos: esa penúltima madrugada de febrero estaba abierta una parte de las 87 tiendas y 23 locales de comida que se reparten en los 93 mil metros cuadrados del terminal, que fueron grave y doblemente afectados con daño físico y robos.
TODO EL EDIFICIO QUEDÓ A OSCURAS y los generadores eléctricos no partieron de inmediato, después del terremoto. Marianela Poo y su hija Macarena Franz se encontraban en una de las salidas del tercer nivel, justo sobre la pasarela que se desprendió y cayó como tobogán, mientras esperaban un vuelo a Punta Arenas. Marianela sufrió fractura expuesta de fémur, lesiones en la columna y pérdida de tejido rotuliano; su hija afirmó que estuvo más de una hora sin atención, desangrándose, aunque la concesionaria sostiene que a los diez minutos, paramédicos del IST que trabajan en el aeropuerto, la llevaron al Hospital del Profesor —pero no había traumatólogos— y luego a la Clínica Alemana, donde fue hospitalizada. Estará un año en reposo.
Valeria Rojas estaba en la misma pasarela con su madre, Liliana, y su hija Catalina. Todas cayeron. Valeria se fracturó el codo, un talón, dos vértebras y se hizo un esguince; Liliana se quebró la pelvis, el cóxis y tres vértebras, y Catalina, el codo.
Todas las víctimas demandaron a la concesionaria SCL (de capitales chilenos, españoles y canadienses), que ofreció pagar lo que no cubrieran los respectivos planes de salud, “sin asumir responsabilidades”. Las apoyaron el abogado Samuel Donoso y el senador PPD Guido Girardi.
SCL prepara su defensa legal: “Nos parece legítimo que las personas que se sientan vulneradas en sus derechos recurran a los Tribunales de Justicia, y desde ya les damos la tranquilidad de que no es política de la concesionaria eludir responsabilidades en el caso de comprobarse”.
Esa es una parte de la tragedia. Después del remezón, cuando comenzaron a evacuar a la gente, la desolación abrió el apetito a los manos negras…
DE GÜNDERT LAPISLÁZULI DESAPARECIERON LAS JOYAS MÁS CARAS. Los ladrones se dieron tiempo de elegirlas. “Robaron unos cinco collares de cinco millones de pesos cada uno; eso, más todas las piezas quebradas, va a costar por lo bajo 40 millones de pesos”, señala a CARAS la jefa de local, Cecilia Rojas. De ese lugar se llevaron hasta el microondas y el hervidor de agua de los funcionarios, agrega. Esta fue una de las tiendas más afectadas, como reconocen en SCL. Admiten que “hubo hurtos puntuales’’. Sin embargo, al no existir pruebas materiales de ello, la concesionaria ha querido ser cauta y no culpar a nadie; ahora recaban antecedentes para dilucidar los hechos.
La joyería Morita Gil también figura entre las más robadas. “Perdimos mucha mercadería y no teníamos seguros’’, reconoce Carolina Martínez, una de las dueñas. Ella, como todos los demás, en estas semanas se ha dedicado a reconstruir y reabrir los tres locales que tiene en el terminal. Aún no hay detalle del perjuicio.
En Roncaly, otra joyería del aeropuerto, se salvaron porque dejan la cortina metálica abajo, dice la jefa de tienda Norma Ramírez. Las pérdidas por joyas y piedras rotas son responsabilidad del temblor.
Esa madrugada, además desaparecieron perfumes y artículos de líneas como Mont Blanc, aunque según Aldeasa —operador del Duty Free—, nada fuera de ‘‘lo normal’’. El consorcio español se limitó a responder: “No tenemos constancia de que en Aldeasa se hayan producido pillajes. Desde el primer momento la compañía puso en marcha todas las medidas necesarias de seguridad para cerrar las tiendas”.
No es lo que dicen otros locales, a pesar de que quienes trabajan directa o indirectamente en el terminal, tratan de bajar el perfil al tema para no hacer mala fama y perjudicar sus propios negocios. Explica Leonardo Díaz, socio de Artesanías Licantay: “En el comercio suele haber mermas que son importantes… Después del terremoto, sufrimos hurtos, en el período de reconstrucción, cuando era más difícil cuidar las cosas como corresponde”. Rehacer una de sus dos tiendas cuesta 6 millones de pesos. La mayoría de las ópticas se salvaron del pillaje porque no trabajan de noche y sus cortinas metálicas estaban abajo.
La pregunta sin respuesta: ¿quiénes aprovecharon la emergencia para robar: pasajeros o funcionarios? No hay videos que lo muestren.
Donde sí parecen haber funcionado los controles y la seguridad es “en tierra” (llaman así a la zona que está afuera de policía internacional, que incluye al hall central y las tiendas). Las maletas extraviadas aquí durante la conmoción se guardaron y se han ido entregando de a poco. Al Sernac sólo llegó una denuncia por extravío de equipaje esa madrugada.
LA IMAGEN LO ES TODO. Quienes usaron el aeropuerto en las semanas siguientes al terremoto, se dieron cuenta de que la información oficial de los daños ‘‘no estructurales’’ del terminal, quedó corta. O fue muy escueta. Porque si canales, revistas y diarios mostraron una pasarela en el suelo, lo cierto es que no había ninguna en pie. La concesionaria afirma que sólo una se desplomó; las otras cinco se sacaron para reforzarlas.
“El edificio fue revisado a pocas horas de producido el terremoto por dos equipos de calculistas independientes —explica SCL—, quienes después de una observación minuciosa de la estructura, coincidieron en que no se observaba daño estructural relevante. Tanto su obra gruesa como sus losas, techos y muros, incluida la cortina de vidrio que rodea toda la estructura, resistieron. La excepción han sido los cielos falsos, luminarias, una parte del sistema de aire acondicionado y una pasarela que comunica el viaducto con el edificio. Si bien pueden parecer visualmente impactantes, son de efecto estructural nulo”.
Aunque así sea, “cayeron cosas que podrían haber dañado a personas —dijo a CARAS el gerente de ingeniería de la concesionaria, Waldo Castro, pocos días después del terremoto—. Tengo que entrar en un plan de conversaciones con el MOP para ver cómo vamos a restituir este edificio sin cometer los mismos fallos”.
Hoy, la mayoría de las tiendas reabrió, los vuelos operan como siempre y del terminal, casi todas las dependencias están usables, aunque todavía sin aire acondicionado porque hay que instalarlo de nuevo. La huella del descalabro sigue golpeando.

