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El horror de las viudas negras

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Por: Rodrigo Barría

Los terroristas se inmolan en el metro de Moscú —una tenía apenas 17 años— y matan a 40 personas. Otras 48, entrenadas para lo mismo, esperan su momento. Es la arremetida de las mujeres-suicidas, antes consideradas amenazas menores, pero ahora capaces de generar más destrucción y muerte que los hombres.

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Las diferencias islámicas entre hombres y mujeres mártires no sólo se dan en vida: cuando ellos se inmolan tienen garantizado acceso expedito al Paraíso y, también, la atención de 72 vírgenes que se esforzarán por entregarles placer.

¿Qué pasa con ellas?
Después de estallar, sus cuerpos igual van al Paraíso, pero para encontrarse… con sus maridos. Eso sí, con algunos detalles que las favorecen: en el más allá serán más hermosas y alegres. Según algunos religiosos, sus esposos no se cansarán de ellas ni las abandonarán.

La histórica y abismante diferencia de trato a ‘‘ellos” y ‘‘ellas’’ impuesta por el Islam explica, probablemente, la sorpresa de muchos ante el protagonismo femenino en el ataque al metro en Moscú a fines de marzo. Una acción perpetrada por las llamadas viudas negras, mujeres jóvenes decididas a hacerse explotar para así vengar a esposos y parientes.

Pero el atentado no fue una ‘‘nueva’’ táctica de horror con cara de mujer, sino una muestra más de lo que viene sucediendo hace décadas: las fuerzas rusas se enfrentan hoy a un ejército guerrillero compuesto por madres, hermanas o esposas de chechenios muertos en algunas de las tantas escaramuzas independentistas contra el gobierno ruso.

En Moscú actuaron dos viudas (una daguestana y la otra, chechena). Una de ellas, Dzhennet Abdurakhamanova, de 17 años, decidió vengar la muerte de su marido, un rebelde islámico aniquilado el 31 de diciembre. Y no es la única, ya que algunos analistas advierten que habría otras 48 como ella, escondidas en la capital, listas para hacerse estallar.

Si bien la mayoría de estas féminas tiene nexos directos con activistas, hay un número no menor de embarazadas, solteras y hasta deficientes mentales que son chantajeadas e, incluso, obligadas a inmolarse. De hecho, una de las pocas investigaciones que existen respecto de las suicidas plantea que un porcentaje menor está dispuesta a morir por una cuestión ideológica, mientras el resto lo hace por distintos tipos de presiones de una sociedad que las rechaza o mira con desprecio. Y hay usos dantescos, como el de Bagdad en 2008, cuando los insurgentes pusieron explosivos en los cuerpos de dos deficientes mentales y las hicieron explotar a control remoto, en medio de un atestado mercado.

viudas200En el otro extremo, según los estudios, las suicidas “convencidas” advierten que tienen las mismas motivaciones de sus contrapartes masculinas: profunda lealtad con sus comunidades y situaciones personales específicas que las llevan a enfrentar de la manera más radical imaginable a las fuerzas enemigas.

Como sea, en Rusia había antecedentes previos al atentado del metro. Uno fue en 2002, cuando medio centenar de militantes chechenos (22 de ellos mujeres) irrumpieron en el teatro Dubrovka de la capital. El ataque —que terminó con intervención militar y el uso de gases mortales— dejó un dantesco escenario de 117 muertos. Entre ellos, algunas terroristas islámicas con sus tenidas oscuras y cinturones de explosivos sin detonar…

Más espeluznante fue lo de 2004, con el secuestro de la escuela número 1 de Beslán, en Osetia del Norte. Entre los 35 integrantes de los Mártires de riyad us-saliheyn que tomaron el establecimiento había un significativo número de mujeres. Y dos de ellas, Roza Nogaeva y Mariam Tuburova, participaron activamente en la brutal matanza que dejó 335 muertos (de ellos, 156 niños).

LA LIBANESA KHYADALI SANA FUE PIONERA en una saga de terror femenino que se expande por Chechenia, Sri Lanka, Palestina, Líbano e Irak. En 1985, Sana —que tenía 16 años—, se puso al volante de un camión cargado con explosivos e hizo volar un convoy del Ejército israelí. Dos soldados judíos murieron en la acción que simplemente buscaba “vengarse del enemigo opresor”.

Poco a poco otras mujeres empezaron a usar variantes de inmolación. Y en 1991, Thenmuli Rajaratnam —militante de los independentistas tigres tamiles de Sri Lanka— se convirtió en la primera que usó un chaleco-bomba para asesinar al primer ministro indio Rajiv Gandhi.

Pero muchos consideran que la “madre” de las suicidas es Samira Ahmed Jassim, una iraquí de 51 años, militante de Ansar al sunna —grupo islamista suní ligado a Al qaeda— que fue detenida el año pasado y acusada de instigar decenas de asesinatos en su país. Su tarea incluyó el entrenamiento de más de 80 mujeres. De ellas, ya 28 cometieron atentados usando de preferencia explosivos adosados al cuerpo.

LO PRIMERO: PREPARAR MENTALMENTE PARA EL SACRIFICIO. Sólo una vez asegurada la decisión de inmolarse, Samira —que tiene el apodo de um al mamen (madre de los creyentes)—, les entregaba explosivos y las llevaba hasta los lugares elegidos para los ataques.

En los grupos terroristas, la participación femenina tiene sus pros y contras. Ellas, por ejemplo, tienen más facilidad para acceder a espacios usualmente limitados a los hombres —como hospitales o mercados— y a labores específicas —como personal de limpieza, intérpretes o camareras—. Y como aún se las asocia al “sexo débil”, son consideradas como amenazas “menores”. De alguna manera, se las supone no proclives a la violencia. A ello se agrega que los controles de seguridad suelen tener menos exigencias (contribuyen a esto el pudor y la imagen maternal).

Además existen otros ‘‘detalles’’, como que las ropas musulmanas son holgadas y permiten esconder con mayor facilidad las bombas.

Todo esto, en ocasiones, es criminalmente aprovechado, como el caso de tres turcas que en 1996 se hicieron pasar por inocentes embarazadas para cometer un ataque suicida.

Otra consideración: una mujer que se ata explosivos al cuerpo y vuela en mil pedazos junto a sus víctimas resulta ser un golpe mediático de gran repercusión, con cobertura periodística asegurada, que es, precisamente, uno de los objetivos del terrorismo.

Pero también puede jugar en contra: ese mismo impacto comunicacional, usado como contrapropaganda, ahuyentará el escaso apoyo de los que podrían simpatizar con estos grupos asesinos-suicidas.

Como sea, entre los grupos terroristas muchos siguen pensando que ‘‘ellas’’ son más útiles en labores de apoyo logístico que matándose por la ‘‘causa’’. Una causa que, en el mejor de los casos, las dejará en el Paraíso… al lado de sus maridos.

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