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Magnitud 8.8

Las olas después del sismo

Por: Rodrigo Barría

Por: Mónica Stipicic

Decisiones erradas. Falta de instrumentos. Científicos no escuchados. Un sistema de alerta de tsunami que falló. ¿Autoridades que velaban por la seguridad de los chilenos 
no sabían qué hacer? Expertos norteamericanos 
del NOAA plantean la duda.

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Hubo voces de alerta. Existían elementos que anticipaban lo que sucedería el 27 de febrero pasado. Lógico, no se puede predecir seria y científicamente una fecha exacta, pero las advertencias sí fueron claras sobre la zona en que se produjo y hasta la fuerza que liberó el sismo. Un ejemplo —aunque efectista— es el documental que el 2006 realizó la National Geographic, titulado The Ultimate Earthquake. Recreaba un megaterremoto 9.5 Richter en Valparaíso, seguido de un tsunami. Espeluznante. El programa fue ampliamente criticado por las autoridades chilenas, desde el alcalde de la ciudad virtualmente afectada, hasta la directora de la Onemi, Carmen Fernández: “Es absolutamente irresponsable el que se presente de este modo la investigación”, dijo. Calificó la producción como una “falacia científica” que no consideraba elementos importantísimos, como la calidad de la construcción en Chile ni los planes de emergencia desarrollados para tales circunstancias. Cuatro años después la experiencia parece indicar lo contrario.

Resulta imposible no ver las similitudes con la realidad que presentó el programa de Nat Geo. Destrucción, caída de puentes, maremoto, todo se cumplió fielmente, sólo cambia el escenario. Don Windeler, geólogo, protagonista del polémico documental y especialista en la creación de modelos a escala de catástrofes naturales, prefiere no hablar de predicciones: “Lo que hicimos no fue predecir un terremoto. Si no habríamos dicho día y lugar exactos. Recreamos un escenario pensando en que algo así podía ocurrir… nunca hemos tratado de anticipar cuándo sucederá un desastre natural”. El programa se basó en el paper sobre terremotos grandes y gigantes que Marco Cisternas, geógrafo de la Escuela de Ciencias del Mar de la Universidad Católica de Valparaíso, publicó en la revista Nature en 2005. Según su teoría, los sismos gigantes, como el de Valdivia, suceden cada 400 años. Sobre la catástrofe del 27 de febrero, advierte que si bien era esperado, no encaja en la categoría de gigante, y que el fuerte remezón no habría liberado toda la energía acumulada en la zona.

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terremoto300Otros estudios son más precisos. Es el caso del trabajo publicado en marzo del 2009, que plantea la posibilidad de un enorme sismo entre Concepción y Constitución. En la proyección participaron expertos de Francia, Bulgaria y Chile, y en él se establecía que el movimiento de 68 milímetros anuales que se producen en las placas, se traducía en un desplazamiento acumulado de diez metros en los últimos 170 años. Por eso los investigadores concluyeron que el terremoto, que sería entre 8 y 8.5 grados, se produciría “en un futuro cercano”. El sismólogo Jaime Campos —uno de los autores del documento—, declaró al diario El Sur de Concepción, en diciembre del 2009, la urgente necesidad de mitigar lo que ahora, lamentablemente, ya es una realidad: “Se requiere instrumentalizar sísmicamente el país para que la autoridad tenga información en tiempo casi real de lo que está pasando. Si no tenemos monitoreo, en el caso de un terremoto a las 4 de la mañana de un domingo, la autoridad desconocerá el epicentro, lo que retardará la toma de medidas para ayudar a los afectados”. Así fue.

¿Por qué el país entero hizo oídos sordos a las advertencias de los científicos sobre un posible terremoto? ¿Por qué la Onemi no pudo cumplir con un protocolo supuestamente establecido para estos casos? ¿Chile depende sólo del Servicio Hidrográfico y Oceanográfico de la Armada (SHOA) para saber si se incuba un tsunami en la costa? ¿Con qué recursos cuenta un país que está en la primera línea del Cinturón de fuego del Pacífico?

ONCE MINUTOS DESPUÉS DEL TERREMOTO, el Centro de Alerta de Tsunamis del Pacífico (NOAA) recibió la alerta y la reenvió a Chile. Así lo aclara Gerard Fryer, el geofísico de este centro en Hawai, quien habló en entrevista exclusiva con CARAS. “En la madrugada del 27 de febrero recibimos la alerta, que inicialmente sólo afectaba las costas de Chile y Perú. A los pocos minutos nos comunicamos con el SHOA y nos confirmaron que habían recibido nuestro mensaje. Una hora más tarde observamos los indicadores de la costa chilena y nos dimos cuenta de que se había producido un tsunami y enviamos un nuevo comunicado, que incluía esa información”, explica el experto.

infografia-chile-3Mientras la primera ola ya había azotado la zona penquista, llegaba a la Onemi el polémico fax del SHOA con “información confusa”. Eran las 04:07. Hace unos días, Carmen Fernández reconoció que a esa hora estaba incomunicada y recién camino al organismo. No por desidia, sino porque las calles estaban atochadas y su teléfono, como el de todos los chilenos, no funcionaba. Eventualidad que no figuraba en ningún plan de contingencia. Incluso afirmó: “Mientras pedíamos información al SHOA para clarificar su confuso mensaje, vemos que se produce el tsunami en Juan Fernández, entonces alguien del SHOA le indicó al subsecretario (del Interior): tuvimos algunos problemas con algunos equipos”. El relato concuerda con las declaraciones de Gerard Fryer: “Nos dimos cuenta de que algunos indicadores se habían dañado como consecuencia del movimiento en el mar, por lo que no podíamos tener certeza de la real magnitud de la ola. Sin embargo, unas horas más tarde el medidor DART confirmó una variación de importantes centímetros, lo que en el océano profundo se considera un gran tsunami. En ese momento ampliamos nuestra advertencia a todo el Pacífico”.

Miwako Miyakuni, Administrative Assistant de la PTWC (Pacific Tsunami Warning Center), clarifica: “El indicador de San Antonio estaba caído, por lo que no pudo medir el tsunami, probablemente fue dañado por el terremoto. El de Talcahuano, en tanto, mostró una recesión inicial a las 06:35 UTC (03:35 hora chilena) y la primera onda positiva comenzó a las 06:54 UTC; midió una ola de 1.81 metro. Después de eso falló. El medidor de Juan Fernández mostró una pequeña variación en el oleaje a las 06:42 UTC, pero diez minutos después medía olas de sólo doce centímetros, lo que significa que también falló”. Por lo tanto, no existen datos completos y confiables para conocer el recorrido de la ola devastadora.

Una Contradicción monumental, tanto o más fuerte que el terremoto del 27 de febrero, resulta que en el país más sísmico del mundo, los encargados de estudiar estos fenómenos sean un grupo minúsculo. “En esta facultad tenemos unos 5.500 estudiantes y apenas 15 estudian sismología. ¿La razón? Es una carrera que, comparada con otras ingenierías, no tiene buenos sueldos”, explica con algo de resignación Mario Pardo, sismólogo del departamento de Geofísica de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile. Una antítesis tan fuerte como la que se observa al revisar la dotación técnica que existe en Chile para enfrentar su amenaza natural más mortífera. Repartidos por el territorio nacional, hay un centenar de instrumentos para medir temblores. ¿Suficiente? Para nada. En Japón disponen de unos cinco mil aparatos, y eso que ese país tiene una superficie mucho menor. Esto confirma que la información que manejan las autoridades es imprecisa e inoportuna. Así sucedió en la reciente catástrofe, cuando la magnitud del sismo y el epicentro demoraron largas horas en ser confirmados. Con una moderna y extensa red sismológica se sabría de inmediato cuáles son las zonas más dañadas.

Durante el gobierno de Bachelet se aprobó una mejora significativa en la ampliación de la envejecida red sismográfica. Sin embargo, el problema es que el proceso —que aumentará el instrumental a unos 400 sensores, con una inversión de 15 millones de dólares— aún está en licitación; es decir, que los especialistas podrán disponer de ella recién en unos tres a cinco años.

“EL TERREMOTO ES LA ALERTA DE TSUNAMI”. Es la primera dura crítica a la gente y a la reacción de las autoridades de parte de Mario Pardo. “No hay necesidad de que llegue una advertencia para escapar. Ante un sismo como el del 27, deben huir, por lo menos a 30 metros de altura y por varias horas”, dice el sismólogo.

Hay voces que han llamado a no buscar culpables todavía, sin embargo, el director del SHOA ya fue relevado de su puesto. Alberto Maturana, ex director de Onemi, no perdona. “Lo más grave fue la falta de alerta de tsunami y peor aún haberla levantado. Faltó coraje para tomar la decisión. Si se pidió la cabeza del SHOA, habrá que pedir también la de la Onemi”. A 10 días del sismo, Carmen Fernández se defendió: “No tenemos un órgano suficientemente capaz para enfrentar un evento como este”. Admitió que las críticas de Maturana le duelen, pero “el modelo que falló fue diseñado por él”.

La raya para la suma viene desde el NOAA: “La lección es que además de la población, los funcionarios públicos deben estar capacitados para enfrentar estas situaciones. Me han llegado rumores de que le dijeron a la gente que se quedara en su casa. Si resultan ciertos, significa que las personas que debían velar por la seguridad de los chilenos, no sabían qué hacer”, reflexiona Fryer desde Estados Unidos.

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