Natascha Kampusch vuelve a la casa del horror
Impactante documental
Un estremecedor documental de la televisión alemana, al que CARAS tuvo acceso exclusivo antes de su estreno, la joven austríaca revive por primera vez, y en la mismísima casa del terror, su escalofriante encierro de 3.069 días. Para algunos protagonistas de esta investigación, ella aún guardaría secretos…

“Yo no soy una víctima. No quiero serlo. Si te portas como tal, no te aceptan. Espero algún día llegar a tener una relación más o menos normal con los demás”. Tres años después de su huida, Natascha Kampusch, la joven austríaca que fue secuestrada por un maníaco cuando tenía diez años y que permaneció encerrada durante ocho, volvió por primera vez a la casa maldita. La acompañó un equipo del canal alemán ARD, dirigido por el periodista Peter Reichard, quien la convenció de contar su dramática historia.
“No podía mirar alrededor, sólo hacia el suelo o directamente a sus ojos. Me amenazaba…”, cuenta con algo de rabia. Está perfectamente peinada y maquillada, cuida mucho su aspecto ahora. Lleva una camiseta azul y un collar con flores. Sus declaraciones se cruzan con los recuerdos de su madre, Brigitta Sirny, y con el testimonio de Ernst Holzapfel, el amigo del captor Wolfgang Priklopil que sigue siendo investigado por su posible complicidad en el secuestro.
Natascha Kampusch decidió conceder esta entrevista —donde cuenta detalles no revelados hasta ahora— a un canal alemán y no de su país porque se sintió acosada por la prensa austríaca. Morbosas teorías rondaron sobre posibles mafias organizadas, traficantes de pornografía infantil, redes sadomasoquistas y otras hipótesis escalofriantes, no confirmadas hasta ahora, como la que involucra a su madre en su encierro. “No entiendo por qué la gente y la prensa quisieron añadir un nivel mayor de terror a lo sucedido. ¿No es ya suficientemente terrible?”, se pregunta Kampusch.
Desde su liberación, y con ayuda de varios expertos, creó una empresa de comunicación, de la que vive. A través de ella vendió algunas entrevistas a cambio de un departamento de lujo en Viena y un contrato de trabajo, entre otras cosas. Percibe los derechos de las ventas de sus entrevistas al exterior, hace donaciones benéficas y se ha involucrado en numerosas iniciativas en defensa de los animales. En la web natascha-kampusch.at publica noticias acerca de su vida y algunas fotos. Durante meses fue conductora de un programa de televisión en el canal austríaco Plus 4, Natascha encuentra…, en el que conversaba con personajes de su país como el ex piloto Niki Lauda.
La prensa sensacionalista no la deja en paz y el actual objetivo es atribuirle alguna relación sentimental. Una foto publicada por el británico Daily Mail la mostró junto a un joven que le acariciaba la cara en un club exclusivo de Viena. El es nada menos que David Lansky, hijo del abogado de Natascha, Gabriel Lansky, dueño del estudio legal más grande del país. David, de la misma edad de Natascha, la iba a ayudar a reinsertarse, pero fuentes citadas por el diario aseguran que su relación va más allá.
Como una mala broma, además, Natascha hoy es dueña de la casa donde estuvo cautiva: un tribunal se la asignó. Por ahora no quiere venderla, no quiere que el lugar se transforme en un Disneyland.
“NATASCHA NO ACOSTUMBRABA A IR SOLA A LA ESCUELA”, relata en el documental su madre, Brigitta. “Ese día, sin embargo, insistió en caminar sin mí”. La observó desde la ventana, preocupada, pero jamás imaginó que su peor pesadilla empezaría en pocas horas.
“Vi a un hombre en una furgoneta blanca con la puerta abierta. Pensé cruzar, pero no lo hice”, recuerda Kampusch. “Cuando pasaba a su lado me agarró y empujó hacia adentro. Quería gritar, pero las cuerdas vocales no emitían sonidos. No tenía idea de que mi vida se acababa ahí”.
Llevaba un abrigo rojo, su foto y los detalles de cómo iba vestida habían sido publicados por los canales y periódicos locales y la búsqueda de la policía empezó en el pueblo de Donaustadt. Una joven de doce años les informó que había visto a dos hombres (para la policía, el número de involucrados es un misterio) que empujaban a una niña con abrigo rojo en una furgoneta blanca.
Mientras, Natascha había sido llevada a un escondite preparado cuidadosamente. Se trataba de un zulo, a 2.5 metros de profundidad y de sólo 5 metros cuadrados, en el sótano. Sin ventanas, tenía una puerta de acero a la que se llegaba desde otra puerta de 90 centímetros, oculta detrás de varios instrumentos en su garaje.
“El primer día quemó mis zapatos, dijo que ya no me hacían falta”, revela Natascha. Justo después la dejó sola, con 10 años, en la oscuridad total. “Me quedaba por las noches pensando qué pasaría si él moría o no podía regresar por mí y nadie me buscaba”.
La policía empezó a rastrear la furgoneta blanca. Revisaron unos 600 vehículos y, entre ellos, también el del secuestrador. Lo interrogaron, pero el hombre aseguró que esa mañana se encontraba en casa y que el furgón le servía para su trabajo de albañil. Abrió las puertas y enseñó los escombros de una obra. Los oficiales quedaron conformes con la explicación y no volvieron.
Ernst Holzer, el amigo de Priklopil que está bajo investigación por su posible papel de cómplice, relata: “Entonces yo tenía un negocio de construcción y él trabajaba para mí de vez en cuando. Recuerdo que un día me pidió insonorizar una habitación de manera que ni se escuchara el ruido de un destornillador eléctrico”.
Natascha agrega en el documental: “Un reloj encendía y apagaba la luz para marcar días y noches. La falta de aire causaba la proliferación de la mugre en el escondite. En invierno hacía mucho frío. Para dejar entrar el aire, Priklopil instaló un pequeño sistema de ventilación. “Me volvía loca, toc, toc, toc… sin parar”.
Los años pasaron sin que su madre encontrara paz. “Cada día agarraba sus fotos, las besaba y decía: ¡Natascha aguanta, eres una niña fuerte! Nunca creí que estuviera muerta… Cada cumpleaños preparé una torta para decirle que pensaba en ella, para establecer algún tipo de telepatía”, confiesa Brigitta.
El captor también le habría dicho a Holzapfel que, como era muy tímido para encontrar pareja, pretendía “criar” una, como sucedía en la novela de John Fowles, El coleccionista. Después de tres mil días de encierro, la dejó salir al jardín entre 5 y 10 minutos. Natascha había crecido y él, a veces, la llevaba consigo algunas veces.
Una vez fueron al supermercado y un policía, en control de rutina, detuvo el auto. El secuestrador amenazó a la joven de matarla si intentaba huir o, simplemente, si pedía ayuda con la mirada. Aun así, ella buscó los ojos del uniformado, según relata, pero éste se limitó a una sonrisa, devolvió los papeles al conductor y partieron.
La cautiva empezó a estudiar en su encierro. Pidió al secuestrador libros de matemática, filosofía, gramática y enciclopedias. De hecho, se expresa de manera muy correcta y culta. Y una forma rara de empatía se establece entre los dos: “De a poco, pude ver que era enfermo mental y tuve un sentimiento de compasión… El veía el secuestro como una solución para todos sus problemas”, recuerda Natascha.
Pero ella ni siquiera podía comer cuando le daba la gana. A veces pensaba que moriría de hambre. “Un sentimiento de lucha me mantuvo en vida contra las injusticias de este hombre”.
Su captor era obsesivo del aseo, limpiaba todas las superficies que su víctima tocaba. “Me hacía andar con el pelo tomado y una gorra de goma para no dejar pelos en el piso de arriba, donde él vivía… También me obligó a raparme entera por razones de higiene… Me tenía prohibido llorar para que no hubiera rastros de sal, tenía miedo del ADN. Y cuando no podía evitarlo y lloraba, me tomaba del cuello… Metía mi cabeza dentro de un recipiente con agua si dejaba una huella digital en un vidrio o en un picaporte”.
El secuestrador la presentó a su amigo Holzapfel. Ella, según dice, se preguntó en este momento si podía ser un cómplice. El justifica el encuentro: “Llegó con retraso, venía con ella. Le estreché la mano. Luego tuve que irme porque tenía poco tiempo”.
El día que Kampusch volvió a ser libre, habían salido ambos al jardín, ella estaba limpiando el auto con la aspiradora, él se alejó para buscar algo, sin darse cuenta de que había dejado la reja abierta. Natascha empezó a correr, “tanto cuanto me permitieron mis pies”. Era el 26 de agosto a las 13:00 horas. Fue a la policía y se identificó. Poco después supo que Wolfgang Priklopil se había suicidado.
Entre todos los profesionales interesados en rodar este documental, la mujer eligió a Peter Reichard, alemán de Hamburgo, un periodista especial, con un pasado como policía y una experiencia en dos casos de secuestros internacionales. “Mi vivencia como policía era lo que podía ofrecer a Natascha”, dice Reichard; “también me acompañó mi mujer, Evelyne que, como austríaca, tenía más acceso a la mentalidad de nuestro país vecino”.
Varios encuentros preliminares prepararon el regreso de Natascha a la casa del espanto. “Fuimos y ahí rodamos, como primer equipo de televisión en el mundo. Estuvimos con ella en la cocina, donde debió cocinar para su carcelero. Observamos el comedor, ahí donde le estuvo permitido mirar la luz del sol detrás de las cortinas. Bajamos al escondite, cuya mugre, frío y angustia nos quitó el respiro”, relata Reichard.
Natascha necesitaba tiempo para contestar, no soporta los perfumes y las personas que se mueven de manera nerviosa. “Tras sentarse frente a la cámara para responder mis preguntas, hablaba en voz baja y siempre con el mismo tono, como si leyera una fórmula. De repente pedía una pausa, se alejaba y volvía minutos más tarde para seguir con la conversación”, afirma el periodista.
El documental deja todavía muchas preguntas. “Natascha nos contó lo que nos quería contar y no ha sido difícil para ella y para todos nosotros”, afirma Reichard.






