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Narco beauties

Miss Narco

Por: Rodrigo Barría

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Andan armadas, manejan negocios ilícitos y, algunas, son reinas de belleza… Javier Valdez, autor de Miss Narco: Belleza, poder y violencia cuenta cómo ellas se han tomado espacios en el mundo de la droga: “Son cabronas y corajudas”.

Culiacán, capital del estado de Sinaloa. México. En un elegante salón de belleza una mujer de posición acomodada critica con dureza a otra que se arregla el pelo. La vilipendiada es una chica joven, atractiva. Y su marido, un conocido narcotraficante, tipo peligroso y, por lo tanto, respetado y evitado.

Hastiada con los malos comentarios, la narcoesposa le ordena a una de las dependientes que tome unas tijeras y rape a la mujer que la insulta. Aterrada, la empleada obedece sin más. Nadie, aparte de la afectada, alega. El silencio y la resignación inundan el lugar. En estas tierras, palabra-narco, palabra-ley…

Así son las cosas en Sinaloa, el estado mexicano ‘reino’ del narcotráfico en el país azteca y residencia de algunos de los carteles más temidos y sanguinarios.

La historia de la peluquería no hace más que reflejar el poder que han alcanzado las mujeres al interior del millonario e ilícito negocio de los estupefacientes. Ahora ellas son tan perversas como ellos. Pasó el tiempo en que las acompañantes de narcos eran como ‘trofeos’ silenciosos que estaban a cargo de los hijos en las casas. Y cada vez tienen mayor injerencia en las organizaciones. Más aún: las capturas de Sandra Avila —apodada La reina del Pacífico— y de la soberana de belleza Laura Zúñiga le ha agregado glamour y hermosura al comercio ilícito de droga.

Esto es lo que plantea Javier Arturo Valdez Cárdenas en su reciente y polémico libro Miss Narco. Belleza, poder y violencia . Corresponsal del diario La Jornada en Sinaloa, este periodista mexicano —casado, 42 años— sabe bien lo que es convivir con el delito, el narcotráfico y los asesinatos en Culiacán, ciudad de 800 mil habitantes, al noroeste del país, donde las temperaturas en verano andan por los 45 grados.

Impactado por la nueva realidad, Valdez relata la historia de 22 mujeres, desde prostitutas hasta madres de narcos, que avalan la idea de que ellas entraron con todo en los carteles.

—Años atrás, las que se vinculaban a traficantes eran simples objetos de compañía. Hoy, ¿qué tipo de responsabilidades asumen?
—Muchas están involucradas directamente en las operaciones… Andan armadas y hasta comandan operaciones de lavado de dinero.

—Sin embargo, todavía no se sabe de mujeres que lideren organizaciones importantes…
—Es cierto. En realidad, el único caso conocido es el de Enedina Arellano en el cartel de Tijuana. Pero no hay que desconocer el hecho de que sí están al mando de ‘células’. No comandarán grandes organizaciones criminales, pero ascienden de manera progresiva. Lo que pasa es que al interior del narcotráfico impera con mucha fuerza el machismo. Más todavía en esta parte de México.

—¿Entran al negocio voluntariamente?
—Hay de todo. Muchas desean aprovechar los beneficios que entrega el dinero fácil. Y otras son obligadas a permanecer por lo que saben del funcionamiento y composición interna de los grupos delictivos. Entrevisté a una que se casó enamorada, pero el marido, al tiempo, se convirtió en narcotraficante. Quiso dejarlo en varias ocasiones, sin embargo, fue maltratada y obligada a seguir en el cartel. Después de mucho esfuerzo pudo librarse. Vive con sus hijos, tiene trabajo y una vida normal.
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—Usted dice que las mujeres-narco son fáciles de identificar. ¿Qué las caracteriza?
—La estridencia con que se desenvuelven, la ropa cara que usan, los bolsos de marca que llevan colgando y los accesorios de oro y diamantes. Hasta sus celulares llevan piedras preciosas. Gritan en vez de hablar y van arriba de camionetas enormes. Es impresionante la cantidad de Hummer que se ven por acá. Muchas viajan a Europa. No saben muy bien los lugares en que estuvieron, pero aprovechan de traer ropa cara. Por supuesto, la mayoría se ha hecho cirugías estéticas. Existe por acá un boom de la industria quirúrgica.

—Muchos narcos influyen en concursos de belleza para que sus parejas o familiares obtengan las coronas. ¿Por qué esa obsesión de los traficantes con los certámenes de belleza?
—Es parte del ejercicio del poder. Todos ellos quieren verse rodeados de mujeres hermosas. Bueno, y si no las pueden conseguir por medios lícitos, entonces las compran. Así de fácil. Y es un tema que ha hecho que buena parte de los concursos en muchos lugares de México estén bajo sospecha por la injerencia de los jefes de los carteles.

—En Culiacán, ya uno de cada cuatro presos es mujer y la mayoría está ahí por drogas…
—Efectivamente. Muchas han optado por convertirse en narcomenuditas (vendedoras al por menor), que es uno de los eslabones más bajos de la organización. Hablaba hace un tiempo con el jefe de la fuerza dedicada a la persecución de los narcos acá y me contaba que ellas, a diferencia de los hombres, son mucho más cabronas y corajudas. Tienen un potencial que es aprovechado por los carteles.

—También la violencia contra ellas creció. En Sinaloa, cada semana el crimen organizado asesina al menos a una…
—Y el drama es que se trata de jóvenes, muchas menores de 20 años. Todo esto da cuenta de una descomposición enorme. Existe una mezcla de frivolidad y valores trastocados.

—Y un grave problema de desarme familiar…
—Así es. Por eso es que uno ve una cantidad cada vez mayor de hogares incompletos: porque el padre fue muerto por algún cartel, la madre intenta sobrevivir en el subempleo y los niños, para salir de esa miseria, ingresan al narcotráfico como alguna vez lo hizo el papá. Todo resulta muy triste.

—En su libro también habla del calvario de las inocentes —como el de la madre del narco Amado Carrillo— por recuperar el cuerpo de su hijo…
—Lo que pasa es que opté por contar historias que estuvieran lejos de ser una mirada policial. El mío es un relato humano, desde la realidad frívola de la mujer que se opera los senos hasta la que busca el cadáver de un familiar.

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