Vivir para preguntar
Frontal y rebelde desde pequeña, jamás ha confesado su edad. Estuvo en una lista para ser enviada al exilio y en su primer encuentro con Pinochet lo dejó descolocado. Decepcionada de los políticos actuales, la reportera siente vergüenza de ver colegas convertidas en rostros comerciales. El autor de su recién lanzada biografía alterna para CARAS preguntas de hoy con extractos del libro.

Fue cerca de medio año de conversaciones. Casi todos los días martes, tipo 19.00 horas en el departamento del noveno piso que la periodista tiene en Las Condes. Siempre había café, jugo y galletas. En las charlas finales, la bandeja fue reemplazada por quesos y copas de pisco sour. También hubo algunos almuerzos en restoranes. En esas ocasiones se turnaron carnes y pastas. El pisco sour, eso sí, se mantuvo inalterable.
Ella misma podría haber relatado sus memorias, pero su humildad se lo impidió. “Lo pensé alguna vez, pero no lo habría hecho si alguien no me hubiese empujado. La verdad es que me da pudor. Jamás lo hubiese hecho sola. Nunca escribiría sobre mí misma”, reconoce.
Desde la compleja relación con su papá hasta su decepción por el periodismo que hoy ve y lee. Desde su ambición de actriz amateur hasta su aversión por las colegas “rostros comerciales”. Desde los años de dura cesantía a los entretelones de sus encuentros periodísticos más notables. Eso es ‘Raquel Correa off the record’, el libro recién publicado por Editorial El Mercurio-Aguilar.
Sólo cerca de los 15 años Raquel pudo hacer sus primeras, aunque poco escuchadas, intervenciones. Fue en medio de ese ambiente estricto y de solapada represión que la adolescente comenzó a exhibir una postura contestataria que escapaba del silencio consentidor de los hermanos. La chiquilla, poco a poco, comenzó a construir una personalidad osada, frontal y atrevida. Casi temeraria en medio de ese ambiente dominado por el autoritarismo paternal.
—Parece que en su carrera esa personalidad fuerte resultó ser una ventaja…
—Creo que sí. Siempre me supe poner en el lugar que me correspondía y atreverme a cosas que parecían muy difíciles. Sirvió para sentir un poder, no como persona, sino como periodista.
Raquel fue una adolescente seria y poco coqueta. Nada de risas fáciles y menos de mostrarse sugerente a los ojos varoniles. Quizá por eso es que una de las cosas que siempre ha detestado son las mujeres que van por la vida en actitud de femme fatale. Peor si es que la frivolidad va acompañada de una sensualidad tan exagerada como falsa. Parece contradictorio, eso sí, para una mujer que se muestra poco vanidosa, jamás haber confesado su edad y preocuparse de mantener el secreto celosamente guardado.
—¿Qué hay detrás en esa obsesión por no revelar su edad?
—No sé… Es algo heredado de mi madre. Ella ni siquiera la decía cuando se lo preguntaban en el Censo. Es una cosa tonta, pero me produce un tremendo pudor y vergüenza. Por eso, cuando me lo consultan, respondo: Eso no se pregunta…
Cuando mira atrás, Raquel Correa Prats tiene sentimientos encontrados respecto del gobierno de la Unidad Popular. Su crítica más dura tiene que ver con el proceso de expropiaciones de tierras, aunque también ve con buenos ojos algunas de las mejoras sociales que se impulsaron en esos breves tres años. Pero como buena parte del país, la periodista también debió sufrir la escasez de alimentos y bienes básicos. Por eso, en más de una ocasión, debió escudriñar en los baños de revista Vea buscando papel higiénico que sacar para llevarlo a su casa.
—¿Se imagina que la actual situación que enfrenta el país pueda terminar en algo parecido a la violencia política de los ’70?
—Me da susto lo que está pasando y en lo que pueda terminar. No creo que exista otro Pinochet, pero me da miedo el populismo. Temo a las dictaduras y los populismos.
—¿Qué sensación tiene cuando ve hoy la clase política chilena?
—No los meto a todos en el mismo saco, pero sí recuerdo a los viejos políticos. Hoy no hay ninguno a ese nivel, ni cultural ni político. No se trata de añorar el pasado, pero creo que es así. ¿O qué senador de hoy se puede comparar a lo que fueron, por ejemplo, Gabriel Valdés o Eduardo Frei Montalva? Hoy, cuando un senador habla, todos se retiran de la sala.
La cesantía de la profesional (a mediados de los ’70) se vivía con angustia en un hogar donde las restricciones eran la norma para pasar el día a día. Mientras su marido (Eduardo Amenábar) manejaba un taxi, ella iba a pie rumbo al hospital Luis Calvo Mackenna para que atendieran gratis al hijo enfermo (Juan Eduardo, que estaba diagnosticado con sicosis epiléptica). Fue una época en que la mujer, que llegó a ser la periodista más respetada del país, entrevistaba a modo de esporádico pituto, a algún actor para la revista del supermercado mientras su hijo dormía en un sillón a su lado mientras ella conversaba con los personajes.
El diario de Agustín Edwards jamás estableció reglas o limitaciones a su labor. De alguna manera se generó un pacto tácito en que ambos —diario y reportera— se aceptaban tal cual eran. Nadie pidió más o menos del otro. Sin embargo, algunas amistades de la periodista no comprendieron que hubiese llegado a un medio identificado con la derecha. Particularmente doloroso fue el alejamiento que le expresó sin titubeos una colega de izquierda. “Raquel, disculpa, pero he perdido la confianza en ti”, le planteó cara a cara antes de terminar alejándose para siempre.
—¿Se distanció usted de alguna amiga periodista por temas políticos?
—Nunca. Creo que tener amplitud de criterio es algo fundamental en la vida. Especialmente en el periodismo, donde es muy importante entender a los demás y respetar sus decisiones, aunque uno no las comparta. Por eso, cuando me dijeron que ya no serían amigas mías por trabajar en El Mercurio, para mí fue un puntapié en la cara.
No fueron fáciles los encuentros con el general Pinochet. El primero de ellos se produjo en medio de una recepción militar en los años ’80 y ahí quedó claro el carácter frontal de la reportera: El capitán general saludaba como estrella de cine a los asistentes al evento, cuando se percató de la presencia de la periodista de El Mercurio. Entonces, fue donde ella. Se ubicó a corta distancia y el grupo que acompañaba a la reportera guardó silencio ante la presencia del militar. “Yo nunca le he dado una entrevista”, le dijo él en un tono irónico, mientras el comentario sacaba carcajadas cómplices entre el resto de los oficiales que lo acompañaban. “Lo que pasa, general, es que yo nunca le he pedido una entrevista”, lanzó como misil justo al centro del orgullo del hombre de las cinco estrellas.
—¿Extraña algo del régimen militar?
—Hay cosas que el país le debe, como el tema económico. Pero la verdad es que no extraño nada. Quizá sólo el carácter heroico que tuvo el periodismo en esos años. Como alguien me dijo alguna vez: la democracia es aburrida.
Raquel Correa no entiende y se distancia —con particular repulsa— de las profesionales instaladas como animadoras de festivales, de las que hacen de conductoras en eventos empresariales y de las que se atreven como improvisadas modelos de pasarela, pero muy especialmente de las que ponen su credibilidad al servicio de una marca comercial o un producto.
—¿Por algún dinero aceptaría ser rostro de una marca comercial?
—¡Por ningún motivo! Alguna vez estuve en una situación así, pero se trata de una cuestión de principios. Estoy segura de que exagero, pero no lo haría ni por todo el oro del mundo. Uno no se puede vender. Me da vergüenza y pena ver periodistas haciendo propaganda. Están enajenando su principal valor: la credibilidad.
Envíe su opinión sobre este artículo a actualidadcaras@televisa.cl

