‘Un muchacho de 17 años sabe lo que hace’
El Caso Karadima bajo la mirada del cardenal Jorge Medina
Fotos Diego Bernales
Su sospecha: “Veo una acción de Satanás porque hay falta de verdad”. Apoyo al cardenal Errázuriz: “Ante la duda, abstente”. Llamado a los fieles: “La fragilidad humana hace sus picardías”. Controvertido y frontal, ésta es palabra de Medina.
—¿Cuánto pedalea?
—Dos rosarios.
El cardenal Jorge Medina Estévez tiene una curiosa manera de medir el tiempo. Al lado de su sencilla cama de una plaza, una bicicleta estática sirve para que el hombre que anunció la elección de Benedicto XVI al mundo se ejercite cada mañana apenas se levanta, pasadas las siete. Varios rosarios cuelgan del manubrio. Son los que toma mientras pedalea los casi 10 kilómetros diarios.
Sigue igual de activo. Lee, escribe, recopila refranes (lleva más de mil), contesta su correspondencia, confiesa los domingos y cada día oficia misa en el oratorio de su departamento. Ahí, en una minicapilla que ha ido armando con velas de miel que fabrican unas monjas, más artículos antiguos comprados en plazas de Valparaíso y locales de antigüedades, oficia la ceremonia en compañía de una nana que “es una señorita muy piadosa”.
Foco preferente de su atención, eso sí, son los envíos que cada semana llegan a su departamento desde Roma.
“Un sacerdote está ordenando todo lo que he escrito en mi vida, así es que lo debo revisar”. Por supuesto, los
documentos llegan a Las Condes bien resguardados, en valija diplomática.
Sin secretaria ni computador, sus armas de comunicación predilectas son sobres, estampillas y un timbre con sus datos como remitente.
—¿Por qué no tiene mail?
—No estoy dispuesto a que me tapen con recados y tonteras.
Toma una pequeña libreta, la lee y dice: “Este año, al día de hoy, he enviado 413 cartas”. La cierra, levanta la vista, mirando con la seguridad del que pareciera tener todo bajo control.
Todos los días lee El Mercurio. “Cuando hay algo especial compro La Tercera”, aclara.
—¿Y The Clinic?
—¡Por ningún motivo!
También ve noticias, especialmente CNN. Y se divierte sintonizando canales donde descubre aspectos insólitos de los animales salvajes.
—¿Qué edad tiene?
—84 años y tres meses. Ayer se cumplieron los tres meses.
Así de preciso es el Eminentísimo Príncipe de la Iglesia. Casi tanto como la balanza que tiene en su escritorio y en la cual pone cada sobre que envía con tal de saber lo que pesan. Entonces, abre una carpeta para elegir las estampillas que den el importe preciso. “Hágame un favor: levante la segunda guía telefónica. Eso. Ahora ponga la carta ahí. Así se pegan mejor las estampillas”, comenta.
Mientras la defensa de Karadima prepara la apelación ante la Santa Sede y nuevos testimonios llegan hasta la ministra en visita Jessica González, el cardenal Medina, una vez más dice lo que piensa, sin importarle el escozor que genere, ni el peso del contrincante o los retos que le puedan llegar.
—¿Qué tan profundo es el daño que ha causado el Caso Karadima a la Iglesia?
—El daño indiscutiblemente existe. Pero se produce porque hay gente que tiene una fe poco madura o frágil, que se olvidan de que la Iglesia está construida sobre personas. Jesús, entre sus doce apóstoles, tuvo uno que lo traicionó, otro que lo negó y los demás, menos uno, arrancaron. Fallaron. Un cristiano bien formado sabe que la fragilidad humana hace sus picardías. Han existido muchos Papas santos, pero también otros no santos. Cuando un catótico se portaba mal y otro creyente decía entonces ya no soy más católico, mi madre solía comentar, aunque no sea muy elegante: ¡Tendría la fe pegada con moco!
—El padre Karadima ha sido sentenciado por la Santa Sede a una vida de oración y penitencia. ¿Suficiente sanción para un abusador de menores?
—Es que en el derecho canónico existe una norma que invita al juez al no extremar la severidad, especialmente cuando se trata de una persona anciana o con reconocidos méritos.
—No parece ser una medida dura en relación a la gravedad del delito.
—Es bastante dura. Prohibir celebrar sacramentos en público, tener contacto con su ex parroquia y estar en un lugar quitado de bulla no me parece algo menor. Piense que sólo existe una sanción peor: expulsarlo canónicamente del estado sacerdotal. Pero es algo muy extremo y a la Santa Sede no le pareció del caso.
—Se le prohibió el ejercicio público de cualquier acto del ministerio. Pero privadamente…
—Puede celebrar misa. Y seguramente lo hace todos los días, es un sacerdote piadoso.
—¿Cómo, alguien que ha sido castigado por la Santa Sede por abuso de menores, puede seguir consagrando el cuerpo de Cristo?
—Es un consuelo y un aliento, ya que para todo sacerdote el momento más importante de nuestras vidas es cuando celebramos la santa misa.
—La Corte Suprema designó ministra en visita de la causa. ¿Le parece bien que la justicia civil se haga parte en el proceso o basta con el pronunciamiento vaticano?
—Bueno, primero hay que tener en cuenta que la decisión definitiva de la Santa Sede será cuando se falle en segunda instancia. Ahora, la justicia civil y eclesiástica son jurisdicciones distintas. Si la civil estima que existen circunstancias que no están suficientemente aclaradas, está en todo su derecho de investigarlas.
—¿Cree que la conducta del padre Karadima debiera tener una sanción penal?
—Lo que pasa es que en la justicia civil los delitos están tipificados de manera distinta a la justicia eclesiástica. Por ejemplo, en la civil los actos de homosexualidad no son penados. Y en la eclesiástica, sí.
—Pero la justicia civil es muy clara respecto de abusos contra menores.
—Efectivamente. Ahora, menor es alguien que no haya cumplido los 18 años. Sin embargo, y con el debido respeto a las leyes de mi país, es muy distinto un niño de ocho o nueve años que uno de 17.
—¿Qué piensa entonces si la víctima de abuso es adolescente?
—Me cuesta pensar que se trate de un abuso de la misma categoría.
—¿Y qué es?
—Un acto de homosexualidad. Un muchacho de 17 años sabe lo que está haciendo.
—¿Se imagina al padre Karadima en la cárcel?
—No sería el primero… Pero no creo que vaya a suceder. Los jueces propenden a ser benévolos.
Medina muestra su oratorio, una pieza adaptada como capilla. Precavido, pide que no fotografíen cuadros. “No quiero tentar a los cacos”, aclara.
—¿Influyó en la “prudencia” del cardenal el poder e influencias del padre Karadima?
—No creo. Lo que sí importó fue el hecho que desde la parroquia de El Bosque han salido 50 sacerdotes. Entonces, uno dice aquí no está todo malo. Hay algo que resulta meritorio.
—¿Habría sido igual de “prudente” con un cura de población?
—Me parece que sí.
—¿Cree que se ha actuado con rigor en las acusaciones contra sacerdotes o percibe cierta intención de causar daño a la Iglesia?
—Hay gente que se aprovecha de cualquier cosa para atacar. Como si la Iglesia estuviera hecha por arcángeles y no por seres humanos que pueden equivocarse. Creo que ha existido una cierta exageración en la publicidad que se ha dado a estos hechos. No digo que se oculten, pero cuando tienen la misma cobertura que la invasión a Libia, ¡hombre! no estamos en una posición ecuánime. Detrás de todo esto veo al Demonio.
—¿En qué: en el abuso de los sacerdotes o en la publicidad?
—El Demonio, donde puede, se mete. Los sacerdotes no están exentos de sus insidias. Hay una acción de Satanás por la falta de verdad.
Medina se levanta, camina a pasitos cortos y se despide. Antes, eso sí, pide levantar las guías telefónicas y recuperar la aplastada carta. Las estampillas ahora sí están bien pegadas.
—¿Comprende que uno de los implicados del Caso Karadima haya dicho que el cardenal Errázuriz era un “criminal”?
—No he leído esas declaraciones de manera completa. Lo que puedo decir es que el cardenal actuó correctamente. Fue en extremo prudente porque no llegó a la convicción de que se estaba frente a hechos objetivamente probados. Y hay un viejo refrán: ante la duda, abstente. Evitó tomar decisiones que pudieran ser injustas.
—¿Actuó bien, entonces?
—Santo Tomás dice que la virtud del gobernante es la prudencia. Ahora, puede ser que, con otros criterios, alguien podría haber dicho que existían suficientes antecedentes para llevar las cosas más adelante.
—¿Se puede acusar de algo?
—No existe motivo para ello. Que haya personas, también entre los obispos, más proclives a la acción inmediata, bueno, eso corresponde a las distintas formas de ser. Lo mismo sucede con la justicia civil: la Corte de Apelaciones apoyó el sobreseimiento, mientras que la Suprema lo rechazó y nombró una ministra en visita.
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