Anárquica, intensa, liberal
Patricia Arancibia Clavel
Fotos Pía Vergara
Convertida en una máquina de hacer libros, la historiadora habla de su apoyo irrestricto al aborto terapéutico, devela su “tapado” para las presidenciales 2013 y admite tal adicción al cigarrillo que no descarta morir joven… Orgullosa de sus apellidos, no reniega de su hermano condenado por el asesinato del general Prats ni de la pasada por Patria y Libertad.
Ahí, en la buhardilla de su casa en el corazón de Ñuñoa, Patricia Arancibia Clavel golpea las teclas de su computador y fuma. Viceroy Light. Dos cajetillas al día. Es una sala atestada de libros, a la que se llega subiendo por una escalera caracol. Aquí, la historiadora parece estar en otro mundo. Como Alicia atraviesa el espejo y cruza no al País de las maravillas sino a otro tiempo que puede ser el de los días de la Guerra del Pacífico o el de los primeros inmigrantes en suelo patrio o la época dorada de los Chicago Boys. Si Rosario Girondo, protagonista de ‘El mal de Montano’ (de Enrique Vila-Matas), enfermó de literatura, bien podría decirse que Patricia Arancibia Clavel está enferma de historia.
Conductora de un programa de culto a estas alturas (Cita con la historia), entrevistadora de ‘El Diario Financiero’ y panelista de ‘El primer café’, en radio Cooperativa, está convertida en una máquina de hacer libros. Es que la apasiona. Acaba de lanzar ‘Tras la huella’ de los árabes en Chile y dos publicaciones institucionales —una con la historia de Nestlé y otra con la del Banco Chile—, a lo que se suma un libro de la transición a la democracia, las memorias de monseñor Valech, y varias biografías de empresarios y políticos que cubren el arco partidista.
“Para muchos, la historia es una lata. Para mí, lo más entretenido del mundo. Hace ocho años convencí a Eduardo Tironi de hacer entrevistas a personajes de la política. Luego me di cuenta de que había un nicho no cubierto: el empresariado. Formé una sociedad que hace cinco años se dedica a escribir la vida de las empresas. A la fecha, lleva más de treinta títulos. La historia vista desde todos los ámbitos es mi vocación. Algo que, de alguna manera, te ayuda a vivir y entender el mundo con muchísima más lucidez”, dice.
—Y con esa claridad, ¿qué aspectos le han gustado del gobierno de Sebastián Piñera?
—Su personalidad, pese a todo lo que se dice de él. Tener un presidente competitivo y ambicioso resulta muy bueno porque impulsa, se atreve, arriesga. Es muy distinto a los otros mandatarios nuestros. Posee ese sesgo autoritario, pero más que eso da la impresión de tener la papa misma, sabe qué hacer. Me gusta que hable bien, más allá de sus condoros. Viajé con él a Madrid y me impresionó cómo lo recibían. Claro, lo escucharon una vez, nosotros ¡diez veces la misma cantinela! Es uno de los presidentes más inteligentes que ha tenido Chile.
—¿Más que cualquiera?
—Para mí, Frei Montalva y Lagos son de una cultura e intelectualidad superior. El perfil de Piñera no es el del intelectual ni del señor culto. Está leyendo para saber qué decir… pero es hombre de acción.
Cree que hay una nueva derecha, no a la manera de Hinzpeter, sí a la de Allamand. “Surge cuando deja de ser contestataria, cuando tiene un nuevo proyecto de sociedad. Nació con Andrés en los ’80, en tiempos del Acuerdo Nacional. Una derecha más pragmática”, sintetiza. A esa coalición le ve futuro en La Moneda, aun admitiendo que éste es un país de centroizquierda.
—El gobierno de Piñera, más allá de los errores, consiguió instalar una forma diferente de hacer las cosas. Hoy, tenemos una mirada distinta de la nación. Existe mucho voluntarismo del propio mandatario. Por naturaleza, es un winner. Creo que hará hasta lo inhumano por traspasar su gobierno a otro representante de la coalición.
En sus años mozos fue activa dirigente de Patria y Libertad. “Entrando a la universidad, en el Campus Oriente, me tocaron enfrentamientos y hasta fui presa en la UP. Soy de la generación del ’73, marcada por el golpe. Claro que con mis compañeros —Sofía Correa, Cristián Gazmuri, Pepe Larraín, Nicolás Cruz, Sol Serrano, por nombrar a algunos—, seguimos siendo amigos. La amistad estaba por encima de cualquier diferencia ideológica que, en unos casos, era clarísima. Con la Sol (entonces del MAPU) y la Sofía peleábamos harto en los debates. Y cuando en el régimen militar quisieron echar a Gazmuri, no tuve problemas en hablar con el secretario general de la universidad y plantearle: “¡Oiga, ¿cómo es esto?”.
No se arrepiente de ese pasado. “Era apasionada, creía todo lo que me decían”, admite. Desde muy joven está alejada de la Iglesia Católica y la fe parece que ya no le llegó nomás. “O la tienes o no la tienes. Muero por tenerla, pero mi razón es superior. Hay amigos que rezan para que me llegue, yo les pido que se apuren porque ya cumplí 58 y se me está acabando el tiempo”.
—¿Por qué lo dice?
—Creo que me voy a morir joven porque soy muy fumadora. Trabajo mucho, no hago ejercicio, me gusta vivir a concho.
Esa intensidad la llevó a casarse tres veces. Tiene una sola hija, Nicole. A sus 33 años es dulce y le gustan cosas simples: ver dibujos animados, acariciar un bonito pelo, sonreír. Su diagnóstico: limítrofe. “Tiene diez años de desarrollo intelectual, pero es muy independiente. Somos compinches, nos acompañamos. Es exquisita. Con Pancho formamos una bonita familia”, cuenta Patricia.
Pancho es Francisco Balart, abogado, historiador, cientista político y el tercer marido de la escritora. Se casaron a fines de 2007. “No teníamos ninguna obligación. Llevábamos ocho años juntos. Fue como un acto de reforzamiento de nuestra buena relación de pareja”, dice.
No ha sido fácil. A los pocos meses de casarse, Francisco sufrió un infarto. “Quedó muerto, se le reventó el corazón. La única forma de mantenerlo con vida era un trasplante. Afortunadamente, en la clínica Las Condes apareció un corazón. Fue un susto grande que ya quedó atrás”, explica.
“TENGO SANGRE ANÁRQUICA. NO SOPORTO QUE ME IMPONGAN nada, voy siempre contra las reglas”, admite Patricia. Así se entiende la posición liberal que ha asumido con los años y que es distinta, casi antagónica, a la mirada nacionalista y corporativista que tuvo en su primera juventud.
—Soy liberal a la manera de Isaiah Berlin y muy influida tras mi paso por la Finis Terrae, donde no sólo trabajé en la formación del CIDOC, sino que conocí el mundo liberal desde una perspectiva económica. De ahí rescato mi amistad y conversaciones con Alvaro Bardón, Sergio de Castro, Pablo Baraona y Alvaro Vial. Sin quererlo, me hicieron entender que la forma real de ayudar al otro para superar la pobreza no era el populismo, ni el papito Estado, sino generar oportunidades para que crezcas…
—En otros ámbitos, ¿sigue siendo liberal? ¿Apoya el matrimonio entre homosexuales?
—Soy absolutamente partidaria de las uniones homosexuales, pero no de que se use el término “matrimonio” por un asunto de lenguaje. El matrimonio es entre un hombre y una mujer. Pero que cada quien haga lo que quiera.
—¿Incluso en el aborto terapéutico?
—Estoy de acuerdo. Nadie puede imponerle a la mujer, y menos los hombres, qué hacer frente a una situación tan dramática como quedarse esperando guagua sin desearlo. Yo no soy nadie para decirle que aborte. Es una decisión y una responsabilidad individual.
Cada vez que oye la palabra dictadura “corrige”: gobierno militar. Y es ya una muletilla, tal como no olvidar su segundo apellido cada vez que se presenta, aunque la relación con su hermano Enrique, sentenciado a cadena perpetua por el asesinato del general Carlos Prats, salte a la vista. A casi once años de la condena, ella sigue creyéndolo inocente. Sólo que en el transcurso se convirtió en una escéptica del sistema: “Sé que hay una justicia inmanente, pero ese concepto no se acopla con lo que los tribunales han decidido”.
—¿Nunca dudó de su inocencia?
—Jamás… Perdón, si dudé. Y entonces lo primero que hice fue conversar con mi hermano.
—¿Qué la llevó a dudar?
—Mi formación. Uno nunca puede decir nunca ni siempre debe decir siempre. Nadie conoce a fondo la naturaleza humana. Sin embargo, tengo la intuición de que mi hermano es inocente. Se crió en una familia que puede tener muchos defectos, pero con un mínimo común valórico.
—¿Cómo lo sobrelleva?
—Con mucho dolor. Es un tema difícil para mi madre, mis hermanos y para mí. Pero lo llevo con mucha prestancia. Jamás he renegado de mi apellido. Yo no soy Patricia Arancibia, soy Patricia Arancibia Clavel. Siento que cuando uno tiene la conciencia tranquila, debe transmitirlo de alguna manera.
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