‘Lamento que el gobierno haya caído en esas vulgaridades’
Historiador Sergio Villalobos critica cambios en educación
Fotos Diego Bernales
El Premio Nacional de Historia dice que el Presidente Piñera ha tenido suerte de iniciar su periodo en medio de tanta catástrofe. Critica a los “llorones y sensibleros” que apoyan la causa mapuche y, ante la reducción de las horas de historia, lanza: “Se está reblandeciendo el sentimiento nacional”.

Sergio Villalobos Rivera vive en una casa-parcela en Chicureo rodeado por cinco mil metros cuadrados de un jardín tan extenso como frondoso. El lugar parece ser la escenografía ideal para que el Premio Nacional de Historia 1992 se lance a diario en un viaje interminable por los libros que siempre lo han acompañado.
Villalobos todavía escribe sus documentos a mano. Para él resulta esencial el viaje de las ideas desde la mente hasta los dedos que toman el lápiz. Nada de computadores y menos e-mail. Si necesita buscar algún dato, un ayudante se dedica a rastrearlo en la red. Apenas usa el celular. “Trato de contaminarme lo menos posible”, explica.
Aficionado a la fotografía de paisajes —pero con máquinas de rollo, no digitales—, su verdadera pasión son los autos. Aún recuerda con cariño el feroz Mustang con motor V8 que tuvo alguna vez. O un par de fieles camionetas americanas que lo acompañaron en sus estudios de campo por el país. Y todavía sueña con estar tras el volante de un Mercedes deportivo…
Con su barba alba y modales correctos, Sergio Villalobos tendrá apariencia de abuelo bonachón, pero basta que desenfunde algunos conceptos para que quede clara la severidad de sus argumentaciones. Cuando le preguntamos si ve las noticias en televisión, nos responde: “Sólo el enunciado. ¿Para qué escuchar a viejas lloriqueando?”. Pero lo más polémico —pese a haber nacido en La Araucanía— ha derivado de sus opiniones respecto del conflicto mapuche. “Los dominadores españoles, y luego los chilenos, entregaron todos los beneficios materiales y morales de una cultura superior y en lugar de agradecimiento hoy reciben denuestos y fechorías”, planteó hace poco en una carta enviada a El Mercurio.
Varias generaciones se han educado con sus textos. Hoy, el profesor hace un par de clases en la semana y luego parte a su refugio en Chicureo. Ahí, mirando su rosaleda, el académico se encarga de desmitificar el 2010.
—¿Qué evaluación histórica hace de este año?
—Mire, todos los años son iguales. Lo que ocurre en un lapso tan breve de tiempo no es más que un episodio. Lo que de verdad importa en la historia son las grandes corrientes o, lo que yo he denominado, ‘los grandes procesos’.
—Pero la gente siente que ha vivido un año muy especial, sobre todo por las catástrofes…
—Lo que le puedo decir es que el gobierno ha tenido suerte en tenerlas.
—¿Suerte de tener catástrofes…?
—Sí, buena suerte. Es así como la gente adhiere a la autoridad. Además, de esta manera se pueden realizar distintas labores, programas y trabajar en áreas donde se pudo haber estado adormecido.
—Pero entre el terremoto, la asunción de Piñera, los mineros y el incendio en la cárcel, ¿cuál le parece el hecho más relevante del 2010?
—El terremoto y maremoto han sido desastres enormes. De hecho, creo que aún no nos damos cuenta de su real dimensión. El problema es que miramos Santiago y es como si no hubiera pasado nada. Y si uno va a Concepción, salvo algunos edificios a maltraer y unos puentes deteriorados, piensa que la ciudad está igual que antes. Pero se engaña, ya que en la periferia hay muchos daños. Como sea, quedó demostrado que la construcción asísmica en Chile es bastante notable. Al final, lo que se ha caído es lo antiguo. Los terremotos suelen ser los mejores urbanistas, ya que se encargan de echar abajo lo malo.
—¿Qué cree que dirán los libros de historia del episodio de los mineros?
—Absolutamente nada. No es más que una situación anecdótica. Todos los días hay accidentes. Hechos tan específicos como ése pasan inadvertidos. La historia futura pondrá énfasis en las malas condiciones del trabajo minero, la falta de seguridad y de ética por parte de las empresas.
—¿No se leerá con atención cómo fueron esos días y cómo se desarrollaron las labores de rescate?
—Para nada. Tome hoy un libro de historia y vea el incendio de la Compañía. Fue tremendo, con dos mil muertos, mucha gente de la aristocracia, surgió el Cuerpo de Bomberos… ¿Pero el hecho mismo? No es necesario entrar en los detalles. Lo que pasa es que los contemporáneos siempre creen vivir episodios enormes. Los inflan. Y la prensa hace de lugar de resonancia.
—Muchos se han espantado por la situación en las cárceles después del incendio en el penal de San Miguel. ¿Es para sorprenderse o una posición histórica de la sociedad chilena hacia sus presos?
—Siempre la situación carcelaria en el país ha sido muy precaria. En general, las personas piensan que los reclusos ‘son malos, así que no importa lo que les pase’. El problema es que somos un país pobre. No se trata sólo de las cárceles. Las escuelas están en muy mala situación y los hospitales, pésimo. En cualquier momento puede producirse una catástrofe. Vea además el común vivir de la gente en las poblaciones…
Villalobos se interna también en política e intenta escudriñar a qué personaje de la historia chilena se asemeja el estilo de Sebastián Piñera. “Se parece a Pedro de Valdivia. Animoso, activo, luchador, siempre velando por su imagen. Tiene mucho de novedoso, pero también es una cosa estudiada”.
—¿Estudiada en qué sentido?
—Yendo para allá, para acá, disfrazándose y todas esas cosas populacheras. No son malas, pero evidentemente tienen una intención política. Piense en el gobierno de Ricardo Lagos: qué sobriedad, qué mesura. Siempre hablando como desde el monumento. Acá no, el Presidente es un ciudadano común que se anda codeando con todos.
—¿Ese estilo es una casualidad o representa una sintonía con la forma de ser del chileno actual?
—En gran parte es una moda. Chile, pese a que ha sido más moderado que otros países de América Latina, está más abierto. Pero también es algo que viene de antes. Recuerde a la señora Bachelet con su afán populista y exhibicionista.
—Veamos otro tema. Usted ha sido crítico de las reivindicaciones mapuches...
—Yo prefiero hablar de araucanos. Esa es la designación real. Y lo que hoy existen son mestizos, no indios puros. Son tan chilenos como yo.
—¿Y qué le parece la actitud asumida por el nuevo gobierno ante el conflicto?
—No se ha variado mucho. Hay una tendencia mapuchista exagerada e históricamente muy mal enfocada. Se explota una situación especial bajo unos supuestos ancestrales. De eso se aprovechan algunos líderes de esta comunidad, antropólogos y políticos en búsqueda de votos.
—El discurso que se oye es que la sociedad chilena mantiene una deuda con ellos…
—La opinión pública es manejada. Se ha logrado crear una sensación a favor de estos mestizos-araucanos. Pero lo cierto es que ellos se han incorporado a nuestra sociedad: han sido ministros, parlamentarios, profesionales. Otros trabajan en Santiago como jardineros, panaderos, repartidores… Y lo hacen muy bien, porque es gente seria, inteligente y trabajadora.
—Igual el gobierno terminó cediendo ante la presión de la huelga de hambre llevada adelante por varios comuneros…
—Mire, nadie se muere de hambre. Se usan todos estos artificios para atraer la atención pública, lo que repercute en el extranjero. Yo mañana podría declararme en huelga de hambre porque los historiadores estamos mal pagados y me encadeno a la estatua de Andrés Bello. ¿Resultado? Gran repercusión y capaz que me mejoren los sueldos.
—¿Lo que pasa ahora con los rapa nui en Isla de Pascua es distinto?
—Es más o menos parecido. Sin lo que Chile ha gastado en Isla de Pascua, la realidad económica allí sería desastrosa. Se ha mejorado notablemente la situación de los pascuenses. Si cuando el país se hizo cargo de la isla, por allá en 1884, vivían desnudos, a pie descalzo, se comían unos a otros… Esas son las partes de la historia que suelen olvidarse.
—¿Comparten los historiadores sus planteamientos?
—Estamos divididos. Hay algunos llorones y sensibleros, en busca de prestigio fácil, que apoyan estas quejas. Pero entre bueyes no se dan cornadas.
—¿Qué le parece la disminución de las horas de historia anunciada por el Ministerio de Educación?
—Horroroso. Me extraña que un gobierno, que debiera ser de gente culta, tome este tipo de medidas. Lo que se está haciendo es reblandecer el sentimiento nacional. La conciencia de lo que hemos sido y cómo nos hemos construido tiende a borrarse. Se quiere permanecer sólo en lo actual, la bochinchería política y la vulgaridad. La historia permite pensar el futuro. Al anular el pasado quedamos sin raíces y puede ocurrir cualquier cosa. Lamento que el gobierno haya caído en estas vulgaridades.
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