‘Con el Presidente no hay que carrilearse’
Ministro de Hacienda, Felipe Larraín
Fotos Ari.
Bendito él: por primera vez tiene jefe… ¡y qué jefe! La cantidad de trabajo es inmensa, le quita horas de familia y deporte pero, aun así, lo pasa bien. ¿Las críticas? Se las toma con humor. En este puesto, aclara, uno no puede picarse.

Dicen que tiene un eguito a toda prueba. Todos los que han pasado por esa oficina —que yo me acuerde— lo han tenido. Pero Felipe Larraín (52, casado con la profesora Francisca Cisternas, cinco hijos) logra hacerlo invisible gracias a lo distendido que es. Sólo corcoveó un poco cuando se sintió ligeramente acosado por la longitud del lente de nuestro gráfico… A lo mejor si hubiera sido ‘gráfica’ ni se mosquea… Eso motivó para que le preguntara si era tan buenito como parecía. Respondió riéndose, sin vacilar, igual que lo hizo durante toda la entrevista: “Todo el mundo tiene tentaciones”.
—¿Pero con este ritmo de trabajo, aún le quedan?
—Tentaciones sí; tiempo para ellas, no.
Sigue la sesión de fotos. Entre disparo y disparo, avanzamos.
—A usted, acostumbrado a estar con gente de primer nivel, ¿quién le ha impresionado o enseñado algo, desde que está en Hacienda?
—De mis pares tengo particular cercanía con la ministra de Francia, Christine Lagarde. Hemos coincidido en reuniones oficiales y se ha desarrollado una manera común de aproximarnos a distintos temas.
—Mi marido, el economista, le preguntaría si es muy preparada.
—Muy. Ahora, ella viene del mundo de las leyes, más que del mundo de la economía.
—Yo, en cambio, le pregunto si es buenamoza porque al Presidente Sarkozy hasta las ministras le gustan bonitas.
—Es interesante. Tiene ya sus años, de pelo blanco.
—¡Cuidado ministro con ese tema en esta sala! ¿Qué es para usted ‘interesante’?
—Una mujer que tiene algo más allá de su físico; expresión, sentido del humor, simpatía, desplante.
—¿Encontró todo eso junto en alguna?
—Sí, la tengo en mi casa.
—¿Que, de lo que le ha tocado vivir, no se lo había esperado, cuando alguna vez se imaginó como titular de Hacienda?
—En primer lugar, siempre he trabajado mucho porque me apasiona lo que hago y la economía. Consideraba que mi vida académica era privilegiada: hacía clases, escribía libros, columnas, papers; daba y me invitaban a conferencias, tenía directorios. Muy variada. Trabajaba diez, once horas diarias. Y los fines de semana, salvo excepciones, estaban dedicados a la familia. Hoy la jornada —que parte muy temprano— es de trece o catorce horas, rara vez llego a mi casa antes de las diez. El punto fundamental es que esas tres horas significan menos tiempo para el deporte, la familia, para un buen libro. Lo que sí trato de leer en forma religiosa es The Economist.
El ejercicio lo trasladó para las siete de la mañana, siguiendo el consejo de su antecesor Andrés Velasco, porque en las tardes… ¡imposible! Se declara tenista ciento por ciento.
—Me imagino que juega para ganar. A lo Felipe Larraín…
—En la medida de lo posible, pero me gusta jugar también con gente que me gana. Con gallos buenos no tengo problema en perder, pero me vendo lo más caro posible en la cancha.
Ya en el despacho, bajo la atenta mirada del ex ministro de Hacienda, Manuel Rengifo —el “organizador de la Hacienda Pública de Chile”, cuyo retrato queda justo en frente del escritorio de Larraín—, la economía se apodera de la conversación.
—¿Cómo ha sido el tránsito desde la serenidad de la academia y los análisis reservados de los directorios, al implacable mundo de la contienda política? ¿Cuánto aplica el refrán de que otra cosa es con guitarra?
—Bastante. Uno no sospecha exactamente lo que es este cargo, hasta que lo ocupa. Primero, porque la cantidad de trabajo es inmensa. Entre otras cosas, a consecuencia del terremoto hubo que hacer espacio a todo el análisis del financiamiento de reconstrucción, dentro del programa que teníamos pensado realizar. Segundo, porque tengo un jefe con quien me llevo muy bien, pero que es exigente. Como debe ser. Y que entiende mucho. Yo, la verdad, es primera vez que tengo jefe. Siempre he sido profesor, estoy acostumbrado a la libertad de la academia. Aquí no.
—Y respecto al cambio de butaca: de espectador a actor.
—Esta es una ocupación muy expuesta. No es que antes tuviera cero exposición, pero es ¡mucho más expuesto! La otra diferencia es el sentido de la responsabilidad. Dicho esto, mi evaluación es que me encanta este trabajo. Lo paso bien, no obstante la cantidad enorme de problemas que hay todos los días para solucionar.
—¿Qué tan bueno es para las críticas?
—Si uno está en este puesto tiene que aceptarlas. No puede picarse. Me las tomo con humor. Por supuesto que a hombres y mujeres les gusta, de repente, un cariñito. En la naturaleza humana no está que a uno le peguen sino que, ojalá, le reconozcan lo que hace, pero hay que entender que existe gente que tiene perspectivas legítimamente distintas. Y, otros, que están buscando cómo pegarle a uno.
Lea la entrevista completa en CARAS Ego del 3 de diciembre.
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