Un gruñón en París
Jorge Edwards, l’ambassadeur
Fotos Diego Bernales.

Más segura habría estado en la feria de San Fermín que entrevistándolo. Toreado y premiado en las grandes plazas, este escritor y diplomático arremete sin afeites cuando lo exasperan o, solito, se exaspera. Eso puede suceder 15 veces al día. Pero nadie más ameno cuando recobra la calma. Y eso puede ser otras 15 veces…
Para empezar se olvidó que tenía entrevista. Así es que terminé abriéndole la puerta de su departamento, para su sorpresa y espanto pues venía listo para darle una mirada a la novela sobre Montaigne que está a punto de publicar. Resignado, más no delirante con el cambio de planes, se despojó del elegante abrigo azul con que fue a celebrar el 14 de julio en la Embajada de Francia y mientras flashes iban y venían, cuenta:
“Hoy pasó una cosa rarísima. Me vienen a ver dos amigos y me dicen: ¿Has escrito un artículo en internet defendiendo locamente a José Luis Rosasco por el Premio Nacional de Literatura? ‘‘No he escrito nada’’, contesté. ¿Tienes una página en la red? ‘‘No tengo nada’’, les insistí. Abrimos entonces una llamada Los buenos libros donde sale mi foto, pero no mi firma. O sea, muy tramposo el artículo porque cualquiera piensa que yo lo escribí. Es una cosa totalmente fascista, redactada por un tipo de ultraderecha que defiende a Rosasco —que es de derecha—, pero insulta groseramente a una cantidad de personas que son amigas mías, como Diamela Eltit, Isabel Allende. Eso es un delito.
—¿Qué piensa hacer?
—Decir que es mentira. No tengo tiempo para dedicarme a esto.
—Puede usar su página en La Segunda para desmentirlo.
—A lo mejor. Pero también puedo hacerlo a través de CARAS.
—¿Escribiría a favor de José Luis Rosasco para el premio?
—No lo hago ni a favor ni en contra de nadie. No soy miembro del jurado. Que se arreglen ellos.
—Pero ha dicho públicamente que apoya la candidatura de Isabel Allende.
—No. Eso lo afirmaron los periodistas que siempre lo hacen mentir a uno, el gremio suyo (primer puntazo del toro sin mediar aviso). He manifestado otra cosa y la puse, además, por escrito: estoy en desacuerdo con excluir a una persona porque ha tenido éxito comercial y de lectores. Ni la dificultad de Diamela ni la facilidad de Isabel son motivos para no darles el premio. Tiene que haber jurados que analicen el asunto. No soy un estudioso de la literatura chilena.
—Igual dio un giro. Antes del 2010 no le parecía mérito suficiente para acceder al premio el hecho de que Isabel Allende fuera un fenómeno de ventas.
—¿Es que usted me tiene registrado hasta los suspiros que he pegado?
—Me gustó lo del registro. Ha reconocido que siempre votó por la Concertación; ahora, sin embargo, lo hizo por Piñera. ¿Significa que de ser una persona ligada a la centroizquierda hoy se siente más afín con la centroderecha?
—No soy afín ni con la una ni con la otra, pero me cansé con la Concertación; consideré que había mucha cosa decepcionante y me pareció que si eran los únicos que podían tener el poder en Chile, sería como el PRI (de México)… y eso es una peste autoritaria que se ha extendido mucho en el mundo latinoamericano. Así que pienso, todavía, que la alternancia ha sido buena. Y necesaria.
—¿A cuánto estamos de su partida a Francia como embajador?
—A pocos días.
—No vaya a ser que se le contagie el síndrome Somerville y se baje ya concedido el beneplácito.
—Yo no soy Somerville. Hago las cosas de acuerdo con mi criterio. Desde que acepté el cargo no me hice ilusiones de que las cosas iban a ser perfectas; que tendría todo el dinero que se necesita; que haría una fiesta con 200 personas el 18… Pero algo inventaré. Voy a sacrificar mucho tiempo, energía y, tal vez, dinero mío porque a veces las cosas son así. En fin, espero hacerlo medianamente bien. Si ya cuando estuve como embajador en la Unesco era difícil atender todo porque ésa es una institución donde se manejan temas muy importantes —ciencia, educación, cultura—, calcule cuando tenga Francia más la Unesco.
Y agrega: “Además, en ese entonces vivía en un departamento muy agradable, elegido por mí si bien me lo pagaba el gobierno, donde trabajaba bastante tranquilo. Lo de ahora es un caserón muy lujoso e imponente, que está un poco descuidado, digamos. No sé si eso es tan cómodo.
—¿Va a hacer algo por mejorarlo?
—Estoy en eso. Vengo de pedir cosas.
—¿Y cómo hace uno para pedir y que le den?
—No hablo de un millón de dólares. Explico, por ejemplo, que vamos a quedar mal si invitamos a un lugar donde hay un hoyo en un muro a través del cual se ve la calle. He planteado cosas razonables del ítem de reparaciones mayores.
—Hablemos de platas…
—No, son latas.
—¿Por qué ha sido tan lento y complicado el proceso de nombramiento de los embajadores en la era Piñera? Aún hay varias sedes importantes vacías — Inglaterra, Italia, Israel— y ni mencionar las otras donde se han suscitado problemillas: Argentina, Brasil y, ahora, China.
—No es fácil esto de llenar los cargos. Antes existían en Chile unos tipos que eran aspirantes eternos. Se vestían como tales y, al final, los designaban. No voy a mencionar a nadie, pero había muchos así. Eso ya pasó. El mundo anda por otros lados. En Londres, por ejemplo, nombraría a alguien como Arturo Fontaine, pero como dijo que Piñera no tenía corazón, está perdido. Creo que se lo ofrecieron a David Gallagher y no quiso. ¿Para qué va a ser embajador si él pasa allá? Tiene departamento o casa en Londres. Si yo tuviera un gran departamento en París sobre el Sena, me reiría si me ofrecieran la embajada.
—Por ahí pienso que va el problema con que se han topado los nombramientos. Que algunos de los posibles candidatos de derecha no están dispuestos a cambiar su cómodo ritmo de vida.
—Puede ser. No lo había pensado, aunque hay muchos que votaron por Piñera, que no son de derecha, y que podrían ser embajadores.
—¿No teme que sus amigos intelectuales franceses de izquierda lo puedan declarar, como lo hizo Castro en Cuba, persona non grata, por llegar representando a un gobierno de centroderecha?
—El mundo no está en eso. El castrismo de los intelectuales franceses de izquierda terminó hace mucho. No es que hayan pasado a ser anticastristas, sino totalmente indiferentes a toda esa problemática. Así, el que yo sea nombrado por este gobierno no creo que importe mucho.
—¿Y entre sus amigos españoles?
—No, ellos son gente como Vargas Llosa o como…
—Ah, no. Vargas Llosa no es ejemplo: él fue unos de los adalides de la campaña de Piñera.
—Además, para los intelectuales más duros de la izquierda española yo era un momio desde que escribí Persona non grata. Lo de ahora viene a confirmar eso (se ríe con sorna).
—En una entrevista para Capital usted dijo que el Presidente “admira y respeta mucho a Vargas Llosa. (…) Lo que respeta es la fama de Vargas Llosa; no creo que conozca su obra. (…) Puedo olfatear que al mandatario los intelectuales entre que lo desconciertan y no le gustan”. ¿Qué lo hace pensar eso?
—No sé. A mí me preguntó Piñera cómo se hacía para ser intelectual, que si había que inscribirse en alguna parte. En broma, naturalmente. Le respondí que no sabía, que iba a averiguar. ¿Pero usted viene a qué?, me pregunta, de súbito, levantando de manera amenazadora la cerviz.
—¿Yo? A presentarle mis respetos y conocer sus opiniones como embajador, para lo cual he leído todo lo que ha dicho en los últimos meses.
—Mire, no voy a seguir la conversación en ese tono. Las entrevistas no son para joder al entrevistado, para tratar de hacerlo pelear con el Presidente.
—Entendámosnos. Aquí nadie quiere joder a nadie. Y así como tengo pleno derecho a pedir que me aclaren ciertos puntos, usted tiene la libertad de negarse a responder.
—No estoy para que me estén refregando en la nariz lo que dije una vez. Déjese de bromas. Es una lata esto.
—Veamos si esta pregunta le parece digna de interés: a la luz de la reciente liberación de los presos de conciencia de Cuba, ¿sigue pensando que el retorno a la democracia en la isla sólo podrá empezar muerto Fidel?
—No, la liberación es un hito dentro de la historia cubana de los últimos 50 años. El que se le haya hecho caso a la Iglesia, al gobierno español, constituye un matiz nuevo y no sé si totalmente aceptado por Fidel. Resulta evidente que a Raúl Castro se le creó una situación muy complicada con estas huelgas de hambre que fueron un arma feroz. Y si a eso se agregan la bloguera Yoani Sánchez y las Damas de Blanco —por las cuales existe una simpatía natural en el mundo—, algo pasó. Esto no hubiera sucedido cinco años atrás.
—Como embajador en Cuba que fue, ¿cree que Raúl pudo tomar esa decisión sin que Fidel le haya dicho “lárgalos”?
—No tengo idea, es posible que esté logrando una cierta autonomía. Tiene sectores del poder que son fuertes. Por ejemplo, cuenta con respaldo del Ejército. No es serio aventurar razones, pero aquí hay un hecho diferente.
—Pensándolo bien, tendrá que desempeñarse por tres: embajador, dueño de casa y representante de la cultura.
—Como le dije antes, no soy sólo embajador en París sino también en la Unesco. Ya eso es un compromiso extenso y diario. Representante de la cultura, nada. Sin embargo, siempre me las arreglo para robar algunas horas y escribir. Tengo un libro terminado, va a salir en Europa en febrero.
—Grande la casa para un hombre viudo… ¿O hay novedades?
—Ninguna —responde riéndose—. Me gustan los espacios grandes.
—¿Y las mujeres grandes?
—Medianas, más bien.
—Ya que no podemos hablar de política, hablemos de amores. Sumando y restando, ¿Pilar Fernández de Castro, su mujer, ha sido la más importante hasta ahora?
—Seguramente sí. Era inteligente, discreta, con una gracia especial: tenía historias muy buenas. En muchos de mis cuentos y en fragmentos de novelas hay, sin que se note, algunas de esas cosas que ella me contó.
—Hagamos la maleta: ¿qué lleva, qué deja?
—Llevo pocas cosas. Diccionarios: de la Real Academia de la Lengua Española, uno de francés, otro de italiano, de inglés. Algunos clásicos que siempre leo: El Quijote, Montaigne, Proust. Voy a comprar muchos libros. Eso es una de las cosas que más me gusta de estar en París.
—Dijo que continuaría sí o sí con su columna semanal en La Segunda: “Voy a seguir escribiendo y eso significa que seguiré opinando”. Me imagino que lo hará teniendo en cuenta lo que dijo el vicecanciller Fernando Schmidt, después del Caso Otero: los embajadores no tienen opiniones personales.
—No obstante lo que dijo Schmidt, sí las tenemos, pero hay que saber callar en el momento oportuno y no hablar demasiado porque por la boca muere el pez.
—¿Y por la pluma?
—También.
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