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‘Hoy soy un conservador liberal’

Alcalde Zalaquett después de su divorcio

Por: Rodrigo Barría

Fotos Claudio Doenitz

Está decepcionado y dolido. De los legionarios que le dieron la espalda tras su separación y de Kramer que ni siquiera le preguntó antes de incluirlo en un comercial. Califica a Piñera de brillante y el mejor líder para Chile después del terremoto, pero su candidato para el 2014 es Lavín.

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Es extraño ver a Pablo Antonio Zalaquett Said en calma. Cuesta creer, pero el hombre que es un torbellino permanente, un sinónimo de ritalín y una máquina que nunca pareciera estar en off, también puede ubicarse en el sosiego.

Así está —al menos durante más de una hora de conversación— en su enorme oficina del segundo piso de la terremoteada Municipalidad de Santiago. Instalado en su sillón regalón, Zalaquett se relaja, toma sorbos largos de té, habla calmado y casi no tartamudea.

Su padre Antonio era chileno y su mamá Beatriz peruana. Pese a esta mezcla, lo árabe se impuso en la casa. Fueron tres hermanos —dos mujeres y él— que vivieron primero en la calle La Gloria en Las Condes y después en el sector de Nueva Costanera con Espoz.

Zalaquett —47 años, separado, cuatro hijos— fue un niño inquieto, aunque con menos personalidad de la que hoy exhibe.

Como único hombre, era el preferido.

—¿Regalón o mamón?
—Nunca fui apollerado. Al contrario, era bien independiente. Pero sí mimado en la comida, tenía mi pieza, una rica casa donde invitaba a mis amigos y chofer desde chico. Hasta cierta edad fue una vida bastante fácil.

—Era una familia rica entonces…

—Rica no, pero sí de buena situación. Por ejemplo, no teníamos casa en la playa ni refugio en la nieve. Por supuesto, he sido muy afortunado en mi vida y por eso soy un agradecido de Dios.

Estudió en el Grange, le gustaba matemáticas e historia y le decían zalaca o twetty (por piolín). “Me trataron bien comparado con otros sobrenombres”, aclara.
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Estudió ingeniería comercial en la UC. Porque sabía que su camino natural era convertirse en el gerente general de Importadora Zalaquett, la empresa del abuelo que había pasado a su padre y que, supuestamente, sería suya.

Pero una serie de hechos cambiaron su destino: la muerte de una amiga en un accidente en moto, la pérdida de su madre en una tragedia automovilística en Bolivia y la quiebra de la compañía familiar…

El dolor lo acercó a los Legionarios de Cristo. Se involucró de manera fuerte y comprometida con la fe.

“Estuve 22 años en el movimiento. No hay cargo que no haya ocupado. Les di la mitad de mi vida. Por eso lo del padre Maciel me dolió muchísimo”.

—Hay legionarios que todavía no lo creen…
—Yo lo creí de inmediato. Además, era un tema que venía comentándose desde hace años. Ya había escuchado acusaciones. Creo en Dios y para mí nunca un sacerdote, una consagrada (mujeres dedicadas a la formación educativa) ni el fundador de un movimiento puede ser considerado un fin. Es algo que me duele, pero no me hace cuestionar mi fe.

Y el hombre sabe de decepciones eclesiásticas: solía ir a las misas del padre Tato y la primera comunión la hizo con el cura Fernando Karadima. Hoy, el alcalde está fuera, pero tiene a sus hijos en colegios de los Legionarios y va a misa oficiada por un cura del movimiento.

—¿Cómo se portaron los legionarios durante su separación?
—Los sacerdotes y consagradas, del uno al diez, un doce. Otros, muy mal. Mi experiencia ha sido que los laicos son más intolerantes y menos inteligentes que los religiosos. No se trata de que los amigos te aplaudan después de una separación, pero tampoco que se conviertan en inquisidores.

Zalaquett llegó a la política como encargado del comando juvenil de la candidatura de Hernán Büchi. Luego, Jaime Guzmán lo persiguió para que firmara su militancia en la UDI. Fue un 25 de diciembre.

Hizo un magister en Navarra. Tras su regreso se dedicó a trabajar y sólo en 1999 se involucró de nuevo en política con su primera carrera alcaldicia en La Florida. Ya lleva una década ganando elecciones.

—¿Sigue tan conservador?
—Hoy soy un conservador-liberal. Alguna vez fui contrario a la ley de divorcio, pero comprendí que a veces no queda otra que separarse. Ahora me da pena que gente fanatizada con la religión sea tan poco misericordiosa. También he cambiado respecto de la píldora del día después. No es que ahora crea que sea buena, pero sí aprendí que no debo juzgar a quienes decidan usarla.

Con mamá y ex mujer peruanas, los encontrones de Zalaquett con los inmigrantes en la comuna lo han afectado de manera especial.

“Tener conflictos con el pueblo peruano no es sencillo para mí. Pero hay una cosa clara: la Plaza de Armas no puede tener cocinerías. Podrían haber sido de comida suiza, pero no deben existir ahí nomás. Otro tema son los resquemores en algunos chilenos. Muchos quieren que los saquemos. Hay xenofobia.

zalaquett301—También están los casinos ilegales, el comercio ambulante, la prostitución.
—Son todos temas muy complicados. Los casinos crecieron, la gente se volcó al vicio y perdía su plata. Hemos decidido darles la guerra y me odian por eso. Lo mismo con la prostitución. Pero la ley no nos ampara. Tenemos que pillarlos in fraganti. Imagínate que yo como alcalde, mirando desde mi oficina, debo llamar a Carabineros para que saque a las prostitutas que andan acá en el Paseo 21 de Mayo. Por eso creo que debiéramos juntarnos todos los municipios y ponernos de acuerdo para instalar en alguna parte de la ciudad un barrio rojo y controlar de mejor manera esta realidad.

SIGUE SIENDO MÁS LAVINISTA QUE PIÑERISTA. “Apoyo la gestión del Presidente. Es una persona eficiente, trabajador y ciento por ciento dedicado. Chile tuvo suerte: no podríamos haber tenido un mejor líder después del terremoto. No conozco a nadie que sea más brillante. A Lavín le tocará su momento. Creo que será el próximo presidente. Pero habrá otras opciones…”.

—¿Como usted por ejemplo?
—En el corto plazo, no.

—¿Y en el largo?
—Nunca se sabe…

Fuera de las complicaciones del municipio y el mundo político, Pablo Zalaquett ha logrado un estrellato inesperado gracias a la parodia que hace de él Stefan Kramer. Basta que el edil camine por la calle para que algún peatón le lance un ¡guena Kramer!

—¿Le molesta la imitación?
—Quiero ser franco y directo. Tengo humor y hasta lo contraté una vez para que hiciera un show en la Plaza de Armas. Incluso me imitó en esa ocasión. Pero hubo una actuación que me molestó: cuando se sacó la ropa y usó el símbolo municipal. Lo encontré burdo. Lo conversé con él cara a cara y le dije que se había pasado del límite. A mí no me hace daño porque soy un hombre hecho y derecho, pero tengo niños y para ellos no es justo. Tampoco puede aparecer con el logo municipal en un calzoncillo. Le pedí que se riera de mí, pero no de la municipalidad. Se lo comenté a Kramer, a Camiroaga y al presidente de TVN.

—¿También lo afecta que lo imite en un comercial?
—Yo habría preguntado antes a la persona involucrada. Deben existir límites de deferencia. No me importa que Kramer me imite, ¿pero por qué estar asociado a una marca con la cual uno no tiene ningún interés?

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