Vocera en tiempos de caos
Ena von Baer
Devastada por el terremoto, asumió la tarea de ser voz del ‘gobierno de la reconstrucción’, como lo define el Presidente. Metódica, firme y profundamente reservada, es la cara del gabinete político.
Fotos Diego Bernales

“Estoy con cinco incendios a la vez”, dice Ena von Baer, la nueva ministra secretaria general de Gobierno, una de las tantas veces que abandona la sala para hablar en privado. El sonido sutil de su celular no para. La vocera da instrucciones con firmeza y buenas maneras. Esta mañana fue la ceremonia de nombramiento de intendentes y anda con un sobrio vestido negro, sin mangas, de diseño geométrico en el escote, corte imperio y zapatos bajos de charol. Sobre una cajonera descansa su ya clásica mochilita de cuero café, la misma con la que fue a la ceremonia de designación de los subsecretarios, semanas atrás.
—¿Cómo se encuentra?
—La casa donde viven mis papás en el sur se vino abajo. Si no hubieran estado con nosotros en una reunión familiar, en este momento yo no tendría papás—, cuenta visiblemente conmovida.
Dos encuentros conforman esta entrevista y fueron divididos en el tiempo por el terremoto: el primero, horas antes del sismo y el segundo, pocos días después. Y claramente hubo un gran cambio en ella. Se ve abatida. Devastada. No le gusta hablar de su mundo privado, pero el sismo le remece todo. No sólo es la casa paterna en su Temuco natal, es la suerte de amigos y familiares en Concepción y, especialmente, la muerte de su amigo Pablo Desbordes, ex presidente de la Juventud de la UDI, quien perdió la vida junto a otras cinco personas al estrellarse la avioneta en la que viajaban al sur.
La mezcla entre severidad y pudor en que oscila a la hora de abrir tímidamente las puertas de su intimidad se ha diluido un poco, pero sólo un poco… Ena no se quiebra.
“HAY TRISTEZA EN TODO EL GABINETE, como que nos cambió el ánimo. Han sido días súper duros. Lo que uno primero piensa es que hay tanta gente sufriendo. Pero esto le da aún más sentido a lo que estamos haciendo, seremos el gobierno de la reconstrucción, en eso trabajamos. Desde el día del terremoto, los ministros estamos en eso”.
—¿Estuvo en la zona de la catástrofe?
—No. El Presidente fue y llegó muy impactado. Nos transmitió lo que había visto en la reunión que tuvimos el sábado en la noche. Comentó que era un país totalmente distinto. Estuvo en el edificio que cayó en Concepción y escuchó los gritos de auxilio, vio lo que sucedía en la costa, donde no quedaba nada… Ahora vamos a tener que trabajar el doble, ya que el escenario cambió completamente, nos dijo.
—Hasta ese momento, usted afirmaba que éste iba a ser el gobierno que superaría la pobreza. Cambió el naipe.
—Verdad. Pero las características que queremos imprimirle al proyecto de Sebastián Piñera se hacen mucho más necesarias hoy: un gobierno con sentido de urgencia, con ganas de hacer las cosas bien, honesto. El Presidente ha delineado un poco los pilares de su programa respecto de cómo encarar la catástrofe. Primero, enfrentar la emergencia ciudadana: darle consuelo a quienes perdieron a sus seres queridos, ir en ayuda de aquellos que se quedaron sin casa, proteger a los enfermos donde los hospitales se cayeron y, también, restablecer el orden público, que es sumamente importante. Luego, recuperar la normalidad productiva, el funcionamiento de los caminos, las carreteras, la electricidad; eso significa un tema económico relevante. Y lo tercero: la reconstrucción. Vamos a ser el gobierno de la reconstrucción y para ello estamos en el plan Levantemos Chile. Sebastián Piñera nos ha pedido que lo hagamos y no solamente como estaba el país, sino mejor.
—Buena parte del territorio está en el suelo…
—Es un tremendo desafío, de una alta responsabilidad. Si el servicio público yo lo hacía con una convicción profunda, ahora más. Llegué a Santiago el sábado 27, me costó mucho entender lo que estaba pasando por los problemas con las comunicaciones. Me vine directamente al comando a escuchar el reporte del Presidente. Es una cosa muy difícil de digerir. Después fui a mi casa y ¡se habían roto sólo tres floreros! Entonces mi marido me dijo: Ena, esto tiene mucho más sentido todavía. Es mucho más difícil, claro. No he visto a mis niños con calma desde el día del terremoto. Pero cada vez que siento que es triste, pienso en los que están pasándolo mucho peor. Por esa gente tenemos que trabajar todos, todos los chilenos”.
La convicción política con la que habla Ena Anglein von Baer Jahn (35, casada con el ingeniero Eduardo Fröhlich, dos hijos) es épica. Posee una energía profunda y constante que la hace marchar a paso firme. Articula muy bien sus ideas, se expresa de manera clara, sus ojos caídos se encienden y gesticula con las manos para enfatizar sus ideas. Hasta que se le pregunta por su vida privada. Eso sí que no le gusta. Cruza los brazos, a veces hasta las piernas, y contesta muy amable, entre tímida e incómoda, pero hermética. A pesar de eso, hizo algunas concesiones…
“LA QUE SE METIÓ EN ESTO SOY YO, NO ELLOS”, dice respecto de su familia. Las instrucciones para la entrevista son claras: no habrá fotos del marido ni de sus hijos. Ni siquiera se publicarán los nombres de los pequeños.
Ena era una figura poco conocida para muchos hasta el momento de su fallida campaña senatorial por la Araucanía que perdió por 588 votos. Educada en el Colegio Alemán de Temuco, periodista UC y doctorada en Ciencias Políticas en Alemania, su vinculación a la derecha empezó en Libertad y Desarrollo y como académica de la Universidad Adolfo Ibáñez. Luego fue panelista en el programa político Estado Nacional. Tras su derrota senatorial se inscribió en la UDI, la llamaron a apoyar la segunda vuelta y no alcanzó a descansar cuando fue nombrada vocera del gobierno. “Yo pensaba que sería siempre del backstage”, bromea. Su abuela materna, muerta el 25 de diciembre, resultó clave para dar el paso en la política de primera línea.

—¿Era un pilar muy importante para usted?
—Sí, siempre lo ha sido—, mira hacia arriba, ríe nerviosa y corrige— siempre lo fue. Nos decía a todos los primos que Dios les regaló muchos talentos y ésos hay que multiplicarlos y devolverlos.
Pertenece a un clan sureño bien de campo. La familia de su madre llegó a Angol con los colonos en el siglo XIX; la de su padre, poco después de la Segunda Guerra Mundial. Reconoce tener rasgos alemanes —como ser matea, ordenada, trabajadora—, y también cuenta chistes de Don Otto. Es luterana practicante, creyente, ligada a la Iglesia y al trabajo de jóvenes. “Para mí es un pilar de apoyo muy importante la creencia en Dios, que me acompaña y me guía”, confiesa.
Se siente profundamente chilena y ligada a la Araucanía, aunque con sus padres e hijos habla en alemán. “Nos educaron así para no perder la cultura. Yo le hablo en alemán a mis niños para que tengan el idioma, es un regalo que me hicieron mis padres y que quiero tengan ellos”, cuenta.
NO ESPEREMOS SALIDAS DE MADRE DE LA VOCERA. Sus convicciones son dogmas. Es juiciosa, obediente, leal y tajante en lo que no quiere hablar.
—¿Siempre ha votado por Sebastián Piñera?
—Siempre fui de la Coalición por el Cambio.
—¿Y era pinochetista?
—Años ’80… yo nací en 1974. Ni siquiera voté.
—¿En su familia no se hablaba de política?
—Yo soy parte de una nueva generación política. Nací el año ’74.
—¿Hay algo que le dé miedo?
—No, son desafíos. Soy muy realista. Muy fría en el análisis. Me siento honrada por la confianza que depositó el Presidente en mí. Además, confío en todo lo que he aprendido, desde el punto de vista técnico, académico, por haber hecho una campaña, el apoyo que tuve de la UDI, las redes con RN y redes transversales con la Concertación y con los ministros políticos. La única cosa que me complica más son los niños. Si algo me hace ruido es cómo lo voy a hacer como mamá. El punto profesional siempre lo sacas adelante, pero lo otro es lo que más me inquieta. Habrá que encontrar una forma cómo hacerlo.

