‘Me alarma la frivolidad y el morbo de la prensa’
Mariano Fernández, canciller de Bachelet
No más majaderías —como eso de decir que, tras el terremoto, rechazó la ayuda internacional— ni información sensacionalista. Eso es lo que quería el hasta ayer canciller, cuando analiza la cara más triste y amarga del “terremoto bíblico”. ¿Su gran decepción? Los medios, que actuaron “como si estuvieran en Irak o en un festival catastrófico”.

Lo vivió solo en el piso once de su departamento. El entonces ministro de Relaciones Exteriores, Mariano Fernández, apenas se había acostado después de llegar de madrugada a Chile y empezaba a dormir cuando todo empezó…
En las alturas, aguantó el horror como pudo mientras varios de sus queridos objetos acumulados durante años de misiones fuera del país se venían abajo y despedazaban.
Cuando paró el terremoto, hizo un recorrido por casa de familiares e hijos para chequear cómo estaban. Ya a las seis de la mañana estaba coordinando la respuesta que tendría el país ante los ofrecimientos internacionales de ayuda por el sismo.
La conversación transcurre en un ministerio aporreado que muestra en varias partes algunos rápidos arreglos que intentan disimular la fuerza con que el ex Hotel Carrera aguantó el remezón.
—Ministro, me puede comentar el impacto que el terremoto ha tenido en el mundo…
—Ha sido profundo porque se trata de un sismo catastrófico, diría que ‘‘bíblico’’. Y lo que se ha visto es una espontánea voluntad de cooperar y solidarizar, muy emocionante e impresionante. Quienes han venido a Chile no ha sido para ponerse en la fotografía, sino de corazón abierto.
—Muchos se sorprendieron de que algo así sucediera aquí…
—Es que como le iba tan bien al país, la gente como que no registra que tenemos una geografía. También otros se sorprendieron por el tema del malestar en los damnificados durante las primeras horas después del terremoto. Y hay algunos convencidos de que nadie podría haber reaccionado mejor ante una catástrofe de estas dimensiones.
—Algo que se contradice con los duros comentarios internos respecto de ese manejo gubernamental…
—Lo que pasa es que casi nos hemos ensañado con la situación. Muchos periodistas han estado compitiendo por mostrar la mayor desgracia o la mayor falta de ayuda. Y de manera morbosa. Existe una gran contradicción entre esta competencia de los medios de comunicación y los que observan los hechos con mínima serenidad. La gente que entiende ha sido extraordinariamente admirativa con la situación de recuperación del país.
—Hubo muchos cuestionamientos porque, en un primer momento, se desechó la idea de ayuda internacional.
—¡No quiero escuchar más esa majadería! Están las transcripciones y pienso que fue una falta de capacidad profesional del periodismo… No soy un orador perfecto, pero creo hablar más o menos claro: lo que dije es que no queríamos solicitar nada hasta que no tuviéramos una lista bien preparada por la Onemi, que se demoró cuatro horas en definir esas necesidades. Y la comunidad internacional agradeció la precisión del pedido. Incluso nos hemos anticipado, por ejemplo, con el envío de albergues de invierno que han llegado desde Rusia.
—¿Por cuánto tiempo se requerirá ayuda de otras naciones?
—Bueno, está claro que hacen falta albergues. Los muertos son menos, pero los damnificados más. Esa es una focalización fuerte. Quedarán, eso sí, temas pendientes de reconstrucción, no de alimentación o vestuario.
—Canciller, ¿cuánto daño a la imagen-país generó el vandalismo que siguió al terremoto?
—Espero que sea algo muy coyuntural. Mire, la impunidad, desde la época del Antiguo Testamento, ha sido una fuente de tentación para el delito. Hay un impacto, pero se trata de cuestiones fugaces, incidentes que no tienen gran permanencia en la opinión pública, salvo que sean confirmatorios de una situación. Resulta difícil de comprender, pero desaparecerá porque la marcha general de Chile no confirma el vandalismo como una cultura nacional.
—¿Tampoco daña la imagen la descoordinación entre las entidades encargadas de dar la alerta de tsunami?
—Es grave desde el punto de vista de las pérdidas de vida. Pero la verdad es que si uno revisa lo que ha sucedido en otros países, los errores de descoordinación en Chile son mínimos. Por eso hago una crítica al mundo de las comunicaciones. La exacerbación del sensacionalismo… Es como si estuvieran en Irak o en un festival catastrófico. He quedado muy alarmado de las tendencias ligeras a la frivolidad y el morbo de los medios. Creo que, como promedio, no han cumplido.
—Otro atentado a la imagen-país fue lo del aeropuerto, principal nexo con el exterior…
—Uno se pregunta: ¿y las empresas constructoras? Lo de Arturo Merino Benítez es de reparación sencilla. Claramente complica cerrarlo, pero fue porque no se podía garantizar la seguridad a las líneas respecto de los pasajeros que se embarcaban. Como sea, y le reitero, estoy muy lejos de pensar que exista una mala imagen de Chile.
—¿Y habla bien o mal de nosotros que la zona de la catástrofe haya necesitado resguardo militar y extensos toques de queda?
—No sé si bien o mal, pero fue una medida acertada. Una catástrofe tan grande se presta para cualquier cosa. Como le decía, la impunidad completa favorece los malos instintos.
—Hay visitas de gobernantes que han sorprendido, como la de Alan García…
—Bueno, le estoy escribiendo una carta al canciller peruano. Ha sido un gesto impresionante e inolvidable.
—También el de Evo Morales, que donó la mitad de su sueldo…
—Muy generoso. Creo que envuelve un cierto mensaje para Chile. Ha sido muy emocionante la solidaridad latinoamericana, ya que es de mayor esfuerzo que la de otras grandes naciones, que igualmente la agradecemos. Y agrego que Estados Unidos ha sido extraordinariamente generoso y colaborador.
—¿Se imagina qué habría sido este terremoto en otro país?
—Prefiero no imaginarlo. Creo que hay muy pocos capaces de resistir un sismo 8.8. Uno ha visto lo que ha sucedido en otras partes. Hemos pasado momentos muy negativos en la vida y los superamos.

