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Felipe Lamarca, confesiones de un insolente

'Soy chorito... pero tengo mis trancas'

Por: Lenka Carvallo

Fotos Diego Bernales

Dice que es como los actores: bajo los reflectores es disparador y osado, inmune al bullying de los empresarios. Fuera de escenario, es “piolita”. Pero los duros golpes de la vida, como la muerte de su hijo, lo obligaron a encarar sus dolores: “Vivo recriminándome, ¿por qué no expreso todo lo que mi corazón siente?”.

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El Felipe Lamarca que llega a esta entrevista no es el mismo que muchos conocen. Ni tan alto, ni tan avasallador, ni tan mal genio como lo pintan. Tiene ojos pequeños, manos gorditas, dedos cortos. Distante al comienzo, sonríe poco, fiel a su fama de duro, de personaje campechano criado en la cuna del clan de los Subercaseaux y los Claro. Ahí, era amigo de los hijos de trabajadores (“por eso me quedó esta sensibilidad por lo social”), aunque fue en los almuerzos familiares, y en especial a través de su abuelo materno, que se armó una impresión de la sociedad, del mundo de los negocios “y de quién era quién en los recovecos del poder”.

“¿Te diste cuenta que estoy medio tuerto?”, dice a la hora de las fotos. Nos explica que tuvo un desprendimiento de retina en el ojo izquierdo. Días después de esta entrevista, fue operado nuevamente de urgencia. “Ya no puedo hacer deporte ni cabalgar, que me encanta. Así es que, después de ocho años, volví a fumar…”, reconoce culpable.

Para el lanzamiento de sus memorias, Las prisas pasan, las cagadas quedan , título que hace justicia a su estilo provocador e insolente, asistieron más de quinientas personas, muchos economistas, politólogos, directores de medios, que lo seguían como si fuera un rockstar. Empresarios y políticos se vieron pocos: en su libro ataca la desigualdad social como la gran deuda de la Concertación y culpa a las complicidades que se dan en ambos sectores. “Pero nadie está muy interesado en romper los empates. Al contrario, han ido operando con gran impunidad”.

Claramente no es de lo más querido. Viejas frases suyas como “ya es hora de que los empresarios suelten la teta”, irritaron a quienes entonces lo veían como el díscolo presidente de Copec y brazo derecho de Anacleto Angelini. “Con don Cleto tuve una excelente relación. Hasta que la compañía comenzó a meterse en los problemas medioambientales de Celulosa Arauco, empezaron las peleas con el gobierno. La cosa se puso cada vez más difícil hasta que un día le dije: ¿sabe qué?, le dejo la pista libre. Cuando se enojaba se ponía bravo…”.

Asesor favorito de Pinochet, dirigió el Servicio de Impuestos Internos, pero fue destituido en 1974 porque no cedió ante las presiones para bajar un juicio por evasión tributaria contra Rafael Cumsille. “Y para que veas las cosas divertidas de esta sociedad: me llamaron miles de personas diciendo no te preocupes, tienes pega en cualquier lado. Pasaron los días y no encontraba trabajo. El mundo político estaba operando en mi contra”.

Algo similar sucedió al dejar Copec, hace cuatro años. “Me pasé un buen tiempo sin nada. Un golpe durísimo al ego. Me habían bajado del Olimpo y tenía que ir a pagar solito las cuentas”, admite este padre de seis hijos, casado en segunda vuelta con Anita Holuigue, ingeniera comercial. Juntos, emprendieron la tarea de crear radio Duna, “me encantaba la idea de vender aire”.

Hombre de pocas amistades, odia la conversación frívola y los grupos muy grandes, el griterío y la dispersión… “Pero si me junto con un par de amigos a tomar unos tragos, conversar y me voy a acostar medio caramboleado, yo feliz”.

Hoy, este economista sigue calificándose de centroderecha, pese a que su amistad con Lagos, Bachelet y Marco Enríquez-Ominami se percibe como un viraje a la izquierda. “¿Ve? —dice mientras nos trasladamos con el fotógrafo hasta su escritorio— mi oficina sigue estando a la derecha”.

Al debate organizado por TVN lo invitó Karen Doggenweiler. Ganas tuvo, sin embargo, no fue. Acusó bullying organizado contra él y su círculo íntimo.

¿Y de dónde viene más duro el hostigamiento?
—Del empresariado, sin duda. Desde que hablé de la teta ¡se organizaron! En El Mercurio aparecieron a página completa veintisiete personajes de la Sofofa hablando en mi contra. Ni me entrevistaron. Desde entonces estoy curtido. Prefiero moverme desde el mundo de las ideas, tratar de mejorar el debate, hacer que las cosas se muevan. Puedo estar loco, pero tengo una misión. Y si tiene costos personales, es parte del tema. Y, claro, duele, se sufre, pero ¡ésta es mi batalla! Y mientras más dura, más la peleo.

DISPARA MUY SUELTO DE CUERPO, DESDE EL PISO 17 DE SU OFICINA EN EL GOLF, epicentro del poder empresarial… “También tengo que ganarme la vida, lo que no significa que deba ser un castrado político, un hombre sin ideas. Mientras haga bien mi pega, excelente, nadie con plata puede comprar mi conciencia”.

—No deja de ser contradictorio que desde su púlpito critique a las empresas y resulta que preside Ripley…
—Me siento bien capitaneando barcos grandes, y si pensaron en mí para este cargo, no me voy a negar. Es una empresa familiar (los Calderón), saben mucho más que yo y mi aporte es marginal. El día que me digan que tengo que pensar de tal o cual forma… no.

—Lo han tentado con la carrera política, ¿le tienta La Moneda?
—No. Y no niego que sea atractivo, pero no veo a un huaso como yo en una reunión con Obama. Además, el 2014 tendré más de 60… ¿Vamos a seguir con generaciones castradas que no toman el mando? Ya les toca a otros.

—¿Por eso simpatiza con la candidatura de Enríquez-Ominami?
—No estoy detrás suyo, ni de Frei ni de nadie. Creo en la diversidad de la política, en la representatividad y en la competencia. Me alegra que haya cuatro candidatos para que rompamos el sopor del empate. Porque cuando todo está parejito, todos calentitos, entonces nunca habrá renovación. ¡Déjense de cosas! Kennedy, Clinton, Obama fueron presidentes jóvenes, todos cuarentones. Acá en cambio son todos sesentones.

—¿De dónde viene esta amistad con MEO?
—Siempre he tenido empatía hacia él: los dos perdimos a nuestro padre cuando éramos niños. Eso me costó; te deja una cosita aquí, cercana y afectiva que se activa altiro. Además, Anita es muy amiga de Esperanza Cueto, presidenta de Comunidad Mujer. Así conocí a Max Marambio, a Karen y Marco.

—¿Votará por él?
—No tengo por qué decirlo. Tendría que estar muy convencido… Quizás el candidato que más me tienta es don Nulo Blanco. Tampoco sería la primera vez; también he votado por don Garabato…

—La visión que hay es que usted se está desderechizando.
—A pesar de que parezca duro, frontal, porque eso le pone un poquito de ají al cuento, tengo una buena relación con las personas; así fue con Pinochet, Frei, Lagos y Bachelet. A ella la ayudé durante la campaña. Le dieron bastante duro en los primeros días de gobierno, pero el país la ha reconocido. Me siento su amigo. Cuando murió mi hijo, estuvo muy presente.

lamarcaEN 2001 ENFRENTÓ UNO DE SUS MÁS GRANDES REMEZONES: la meningitis que lo tuvo al borde de la muerte. “Debí estar absolutamente loco para que mi primera pregunta al despertar, tras doce días inconsciente, fuera: qué día es hoy, tengo que hacer la junta de Copec… Trabajólico a tal punto que eso era para mí lo más importante”.

El segundo gran dolor ocurrió el 18 de diciembre de 2008, con la muerte de su hijo mayor, en un accidente en auto. A él le dedica su libro: A Felipe, que me enseñó lo que yo no supe enseñarle… “Aprendí de su sencillez, de su facilidad para hacer amigos, de su buena onda. Era encantador donde lo pusieras. Y yo estoy lejos de serlo… Fue el único hijo que vivió conmigo cuando me separé, éramos partners, me enseñó mucho, la verdad es que lo echo tanto de menos”.

—¿Cómo lo cambió su muerte?
—Uno queda lesionado a perpetuidad, con el alma herida. Nunca estás preparado para estas cosas y quedan cuentas pendientes; pude haberle dado más, haber hecho más por él. No le dije las suficientes veces todo lo que lo quería ni le mostré mi amor a diario; quizá cometí errores que no pude reparar y ya no hay cómo… Tendré que vivir con esos remordimientos.

—¿No era capaz de mostrar sus afectos?
—(Piensa emocionado) La palabra se me da más fácil que los gestos… Ahí estoy más aprisionado; lo resiento y digo: ¿por qué no le dije más a esta persona, por qué no la abracé o le di un beso? Quizás en eso soy más trancado, pudoroso… Es mi gran defecto.

—¿Eso es lo que más se reprocha?
—Claro (suspira). ¿Por qué no le di todo lo que le tenía que dar?, ¿por qué no se lo dije? Vivimos en la cotidianidad y el mundo te lleva. Felipe tenía siempre la palabra oportuna, mostraba su cariño; yo, en cambio, estoy más lesionado. Un problema bastante grande porque vives recriminándote: ¿por qué no expreso lo que mi corazón siente en toda su intensidad?
Se compró un campo en Leyda porque, más que los sicólogos, andar por sus predios es su única terapia… “Cabalgar tres horas solo, mirando flores, vacas, encontrarme con el campero y conversar un rato, me desconecta. Lástima que ahora no pueda, por lo del ojo…”, comenta con resignación.

—Por lo visto, hay dos Lamarca: uno público, choro, que golpea la mesa. Y otro que se guarda los sentimientos para no incomodar…
—Es cierto, soy chorito, pero tengo mis trancas. Seguramente tengo una veta actoral. En la vida personal soy piolita, tranquilo, pero sobre el escenario cambio, me convierto. Dicen que parte del talento teatral tiene que ver con la esquizofrenia y a lo mejor lo soy un poco… Puedo representar muchas obras… Y está el corazoncito, que se siente un poco censurado y pide a gritos una liberación. Quizás algún día lo logre…

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