EL calvario de Michelle
Fotos Zuma Press/EFE
Conflictos entre Michelle y el poder de quienes rodean a su marido en la Casa Blanca revela el libro The Obamas, a diez meses de las presidenciales. Ella quiere “vender” mejor la imagen del mandatario, pero sus asesores la eluden, la aislan. La Primera Dama incluso ha debido enfrentar reacciones groseras. No lo está pasando nada bien…
“Las fortalezas y los desafíos de nuestro matrimonio no van a cambiar porque nos traslademos a otra casa”, se atrevió a decir Michelle Obama ocho meses después de mudarse a la Casa Blanca, en una entrevista con Jodi Kantor, corresponsal política de The New York Times. La periodista creyó sentir cierta tensión en la respuesta, suficiente estímulo para escribir un libro que intenta responder a las dudas sobre cómo el poder ha transformado a ambos, y cómo las relaciones de la pareja han repercutido en la política del Presidente. Publicado, ya provoca disgustos en el gobierno de Estados Unidos.
The Obamas, a la venta desde enero, es un resumen casi cotidiano de los primeros mil días de mandato. Y aunque concluye que el matrimonio ha salido fortalecido, también desnuda cierto aislamiento de la Primera Dama, el choque entre su personalidad y objetivos con el poder funcionario de la casa de gobierno, y una afirmación atrevida de la autora: “Sin ella, Obama no sería presidente”.
Michelle aparece en el texto como su mejor manager y embajadora, a partir de declaraciones de unas doscientas fuentes, entre ellas miembros de la Casa Blanca, familiares, amigos, vecinos y colegas. Gracias a su facilidad para conectar con el público y describir las virtudes de su marido, ha logrado convencer a los donantes de fondos para todas las campañas eleccionarias. Cuando él se queja de tener que posar ante los medios, ella dice en voz baja: “Es tu trabajo”. Y cuando su mente se desvía en elucubraciones, ella es la única que puede hacerlo volver al camino. “¡Siente, no pienses!” o “esto a la gente no le importa”, le ha llegado a comentar cuando lo ha visto en apuros. Obama la quiere mucho y busca su aprobación desde los días tempranos en que trabajaba a sus órdenes en una firma de abogados.
Además, el libro deja ver un dato paradójico: la poca confianza del matrimonio en la política. Defensores de los servicios a la comunidad, a esta pareja de abogados de Harvard nunca les ha gustado el negocio de contactos y favores alrededor de la política. Pero mientras que ella simplemente lo rechaza, Obama piensa que la mejor manera de cambiar el sistema es hacerlo desde dentro. Y puesto que su objetivo es resolver los problemas de la sociedad, su obligación ineludible era meterse en política. Cuando le dijo que quería ser candidato a senador por Illinois, Michelle reaccionó de la peor manera: “Me casé contigo porque eres guapo e inteligente, pero esto es lo más tonto que podrías pedirme”.
No sólo le preocupaba que su marido entrara al mundo que ella tanto criticaba: pensaba que no estaba capacitado para el juego sucio.
“ES DEMASIADO BUEN HOMBRE PARA LA BRUTALIDAD DE LA POLÍTICA”, dijo pero decidió apoyarlo por amor y porque siempre ha tenido fe ciega de que su marido es especial y puede cambiar la historia de su tiempo. Es más, haría lo que hiciera falta para ayudarlo, pues si iba a dedicarse a los asuntos públicos, tendría que llegar a la cima para así compensar los sacrificios que ello exigiría. Y bien sabe Michelle que para lograrlo haría falta su intervención, pues el libro retrata a un Obama solitario, que no sabe venderse a sí mismo.
Buena parte del libro se centra en el temor de la pareja de ser afectados por la Casa Blanca. La entrada de Obama en política ya había causado un conato de crisis matrimonial entre el 2000 y 2003, y no estaban dispuestos a correr riesgos. De modo que llegaron a Washington en enero de 2009 decididos a que nada afectara su relación y armonía familiar. Casi ingenua, Michelle pensó vivir los primeros meses de mandato en Chicago, para no entorpecer la rutina de sus hijas. También creyeron posible regresar a su casa una vez al mes como ciudadanos anónimos o llevar a las niñas al colegio en las mañanas. Todo imposible, naturalmente, por seguridad y trabajo.
La Casa Blanca no les ha dañado, pero sí cambiado. Su perro, Bob, es una celebridad; sus amigos trabajan para ellos; su entrenador personal en Chicago se desplaza todas las semanas a Washington para atenderla; Johnny Deep ha sido su entretenedor en Halloween; famosos como Jay-Z cantaron Happy Birthday Mr. President en su 50 cumpleaños, y Michelle, que al principio se negó a posar en la portada de Vogue con diseños de marcas de lujo, se compró unas zapatillas de Lanvin de 500 dólares para un acto de caridad.
Por supuesto, la maquinaria de la Casa Blanca influye sobre ellos como pareja. Cuando Obama era senador obedecía sin quejarse si su mujer le pedía que comprara leche antes de volver a casa. Ahora, cuando no le gusta alguna propuesta suya, a veces ni siquiera se lo puede decir personalmente, por razones de trabajo, y le manda una respuesta a través de alguien de su equipo.
La mayoría de los cambios no han sido del agrado de Michelle. Eso, al menos, deja ver en el libro. Los primeros años se sintió aislada en una casa donde se supone que ella manda, pero sobre la que tiene muy poco control. Mitad oficina, mitad museo, ella y sus hijas viven bastante restringidas a los sectores privados —ni siquiera se les ha visto pasear de día por el jardín—, para evitar las miradas y fotografías de turistas.
Pero lo peor de todo sería para Michelle enfrentar una cierta indiferencia del ala oeste de la Casa Blanca, donde trabaja su esposo. Aunque no aspira a convertirse en la nueva y empoderada Hillary Clinton, ella quiere ayudar, y no interpretar el papel de mera acompañante. Ella es quien mejor conoce al presidente y sabe promoverlo. Este gran activo no puede ser desaprovechado, dice Kantor, la autora del libro. Pero en el ala oeste preferirían ver lo más lejos posible a las primeras damas. Incluso Obama quiso mantenerla “fuera de la línea de riesgos”, pues sabe que las reglas del juego no le iban a gustar.
Es el realismo del jefe de Estado contra el idealismo de su mujer. A ella, estar fuera la martirizaba. Perfeccionista y obsesionada con que los ciudadanos vean a Barack como un líder especial, le preocupa que el equipo de él parezca más centrado en el día a día de la política que en ofrecer la imagen del hombre comprometido a transformar el país. Ya desde tiempos de campaña presidencial, Michelle opinaba que las estrategias diseñadas habían estado “llenas de improvisación”, que las decisiones salían siempre de un mismo y pequeño círculo y que “algunos de los consejeros no prestan suficiente apoyo” a su marido.
Luego, Michelle no estaba dispuesta a quedarse de brazos cruzados mientras bajaba la popularidad de Obama. Y aquí es donde llega otro mensaje importante del libro: es una mujer “apasionada y leal” pero, también, muy exigente aunque “sus expectativas a veces sean poco realistas”. La vida la ha hecho así. Criada en una casa muy humilde, ella y su hermano consiguieron ir a las universidades privadas más elitistas gracias al trabajo duro de unos padres que tenían que dormir en el living, aunque él sufría esclerosis múltiple. En su hogar no había espacio para errores. Si tenían una oportunidad, debían aprovecharla al máximo. Esto la ha convertido en una mujer fuerte, a veces poco tolerante, que no oculta su enojo cuando la gente la defrauda. “Toda la familia le tiene miedo”, bromea su hermano.
Quienes no bromean tanto son los que rodean al mandatario. Durante la campaña, Michelle solía incomodarlos con emails cuando algo no le gustaba. “¿Quién se está encargando de esto?”. “Sus misivas eran una pesadilla”, ha confesado un asesor no identificado en el libro, como muchos otros informantes reales o supuestos de la autora. Al final, agrega, terminaron por evitarla. Instalada en la Casa Blanca, mantiene el método de los correos electrónicos, aunque indirectamente: se los envía a Valerie Jarrett, consejera superior de Obama y su mayor aliada, quien lo reenvía al ala oeste eliminando el nombre de la Primera Dama, aunque todos saben que proviene de ella.
Lea el reportaje completo en la edición del 17 de febrero.
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