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“Si le encuentras algo bueno a Piñera te dicen fascista …”

Matías del Río

Por: Rodrigo Barría

Fotos: Rodrigo López Porcile

Será hijo de la elite, pero aborrece la cultura de condominios. Dispara con dureza a la izquierda y derecha… a pesar de que, además de periodista, quiere ser diputado. Cree que Piñera va mejor de lo que la gente piensa y alega contra quienes están por no reprimir los desórdenes de estudiantes
e incendios provocados por mapuches.

Wp-Matias-600Le habría gustado tener unos siete u ocho hijos, pero llegó a cinco y ahí se quedará. Ningún otro retoño se sumará a la ya extensa prole de un tipo que no es Opus Dei, que apenas está en los 42 años y que simplemente quería ser el líder de un familión entretenido y memorable.
¿Por qué no más? “El reloj biológico no sólo es para las mujeres, sino también para los hombres. Mi último hijo de once meses ha probado mis límites físicos”, dice con honestidad mientras da sorbos rápidos a un café express.
Casado con una paisajista, Matías del Río Covarrubias confiesa: “Ella sí que trabaja mucho”.
—¿No como usted?
—Es que mi trabajo de verdad duro está en la casa. Hago turnos, parto a ver doctores… Mi pega como periodista es en la radio de 12 a 14 horas y después en la noche en Ultima mirada.

HIJO DE MADRE HISTORIADORA, PINTORA Y FALANGISTA, Del Río se recrimina: “Siento que ella se postergó por mí. Lo hizo porque era el último de los hijos y, además, un cacho. Y es una carga que llevo”. Su padre era un agrónomo que después de cumplir 50 años se dedicó a estudiar ciencias políticas. “Un momio agrario”, lo define el vástago.
Creció en medio de la seguridad de una familia liderada por padres profesionales y en un barrio cercano al Club de Polo en Vitacura. Sin embargo, fueron opositores a Pinochet, escuchaban radio Cooperativa y el padre tenía gestos que lo marcaron, como cuando lo llevó para participar en una velatón frente a la casa de Alejandro Hales en Ñuñoa después de que secuestraran a su hija.

Wp-Matias-200—Debe haber sido raro ver a vecinos del Club de Polo tocar cacerolas en años de dictadura…
—Bueno, y por eso los vecinos nos gritaban ¡Sáquenles las langostas que no se escuchan! Me acuerdo que nos tiraban gatos muertos y rayaban la casa acusándonos de comunistas.
—¿Habría preferido nacer en San Miguel?
—¡Noooo…! No reniego de la elite donde crecí, estoy orgulloso de ella. Me encanta que mi abuelo haya sido terrateniente de caballos. Cero amargura. Pero creo que el mundo del condominio es el gran cáncer de la gente con oportunidades que, apenas llega a cierto nivel, se mete a uno de ellos. El problema es que de ahí pasan al colegio y la universidad que están al lado.
Coco era un muchacho componedor, con cierto liderazgo, amigo del ritalín —hasta hoy— y no muy exitoso entre las mujeres.
—¿Tenía poco verso?
—Lo que pasa es que me tocó una época muy politizada y me tomé muy en serio las cosas. Era más bien adusto. Me chocaba ver en mi entorno social caritas felices cuando sabía que en el país había desaparecidos.
Su linaje queda claro —además de sus vacaciones en el campo y Cachagua— cuando, al salir del colegio, el papá decidió enviarlo a Cambridge para estudiar inglés. No estuvo mucho tiempo en Inglaterra y al volver partió a Valdivia como alumno de antropología en la Universidad Austral. “Era la escuela más zurda y anárquica del mundo”, recuerda.
—¿Tiene pasado como encapuchado?
—No. Mi pelea era estar en las tomas, que duraron como tres meses, pero sin violencia. De hecho, nunca ni siquiera me he agarrado a combos en mi vida.
—¿Y qué identificación política tenía entonces?
—Es que en esa época había sólo dos opciones: sí o no a Pinochet. Me atraían personajes como Ricardo Lagos y Andrés Allamand.
Apenas un año estuvo en la Universidad Austral. De vuelta entró a periodismo. ¿La razón? Ni él mismo la sabe bien, ya que más de alguna vez soñó con ser abogado litigante.
—Su paso por Valdivia debe haberlo acercado emocionalmente al movimiento estudiantil.
—A ver… Racionalmente no les encuentro mucha razón, pero emocionalmente sí. Tengo empatía con ellos, pero me cargan los que se sienten dueños de la verdad. Por eso me molestan los pontificados del tipo O se acaba el lucro o no volvemos más a clases. Perdón, ¿pero quién te dijo que el lucro es el tema? Está bien, será lo que crees, pero no me estás diciendo un oráculo.

HABLA CON ENTUSIASMO DE EDUCACIÓN. Y con conocimiento de causa. De hecho, hace algunos años ya lidera una fundación que se encarga de sostener dos colegios en zonas de pobreza. “Me doy cuenta de cómo la enseñanza puede cambiar la vida de una persona. También cuando estás en la administración de una escuela te das cuenta qué cosas son discurso y cuáles verdad”, explica.
El periodista de rostro afilado —que apenas rozaba el cinco en el colegio, que se la pasaba en sicopedagogas y que maduró a los 18 al aterrarse ante la posibilidad de convertirse en un pastel— ha trabajado en La Segunda, La Hora y revista Capital. En televisión, ha estado en TVN, Vía X y CHV. Hoy es panelista-conductor de Tolerancia cero, encabeza Ultima mirada y en radio lidera Mediodía en ADN.
—Algunos sienten que sus intervenciones en Tolerancia cero no son objetivas, que se abanderiza y que es majadero en reiterar sus preguntas…
—Y debe ser una crítica justa. Sólo puedo decir que es lo que tengo, no hay más. No poseo la templanza de Bofill por ejemplo. Soy atolondrado, apurete. Me gustaría ser más calmado. Bueno, también me habría gustado tener una nariz más linda pero… ¡es lo que hay!

Lea la entrevista completa en la edición del 20 de enero.

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