Mujeres trágicas de los dictadores
Cultura
Fotos: Getty Images / Latinstock / EFE
Muertas, locas o ajusticiadas, así terminaron muchas de las que amaron a dictadores. El amor incondicional parece la causa más común. Revelaciones de Las mujeres de los dictadores, de la francesa Diane Ducret, un libro que escarba en el lado sexual de famosos tiranos, y la personalidad de quienes los amaron entre celebraciones y atrocidades.
Safiya Gadafi se encontraba en Viena en plena sesión de compras cuando las protestas estallaron en Libia a principios de año. Mientras su marido, Muamar al Gadafi —más tarde apresado y muerto— buscaba escondite tras la caída del régimen, ella negociaba la compra de un hotel en la turística Croacia, cerca de su tierra natal. Peor suerte corrió Fatiha, la primera esposa del dictador, detenida por las fuerzas que expulsaron del poder a su ex marido.
El final disparejo de las parejas de los tiranos está bien representando en el caso de las mujeres de Gadafi. Algunas sobreviven en la abundancia; la mayoría acaba como víctimas, a veces en forma dramática, como en el caso de la joven que acompañó hasta la muerte al capo fascista Benito Mussolini, a orillas del lago di Como. El libro Las mujeres de los dictadores, de Diane Ducret, que en esta primera parte no entra en detalles de los dictadores latinoamericanos, hace notar que entre sus mujeres las hay humildes, de buenos sentimientos, y algunas muy ambiciosas, y hasta más atroces que ellos, si es posible. Muchas tienen en común la entrega hasta la muerte.
Hitler tuvo la gama completa de amores. Todas las conocidas recurrieron al suicidio por un amor no siempre correspondido. El asesino de millones de mujeres en campos de exterminio, en su vida de pareja demostró tener un imán fuerte que atraía a las jóvenes. Recibió más cartas de seguidoras femeninas que Mick Jagger y The Beatles… juntos. Pero él, sin embargo, no era un seductor en sus inicios. A los 16 se enamoró obsesivamente de una compañera de colegio. Pero por considerarse indigno de ser correspondido, jamás le hizo saber de sus sentimientos. Más tarde se dio cuenta de que necesitaba saber seducir a las mujeres si quería ganarse a las masas. Se quitó sus ropas de provinciano austríaco de Braunau, le enseñaron a posar, y se convirtió en un hombre capaz de conseguir que miles de mujeres financiaran al partido, llenas de alegría. Fue el comienzo de una saga trágica.
PRIMERO FUE MARÍA, DE 17 AÑOS, QUE INTENTÓ AHORCARse CUANDO ÉL, QUE ENTONCES TENÍA 37, LA RECHAZÓ POR SER MENOR DE EDAD. En esa época él ya vivía con una muchacha de 19, sobrina suya, Angelika “Geli” Raubal, quien se había ido a Munchen por él. Se enamoró de ella. Es probable que tuvieran vida en común, pues Geli solía posar desnuda para que él, con cierta torpeza, la retratara. Niña caprichosa, conseguía de él casi todo. Un día que le negó un vestido y un viaje juntos, y mostraba cierta indiferencia en medio de sus afanes de poder, la niña se suicidó de un balazo. Hitler estuvo un tiempo viviendo como viudo doliente: “Me lo han quitado todo”, se lamentaba. Dijo que nunca más amaría a una mujer. Sin embargo, demostró que al menos podía compartir su vida y su intimidad con varias otras. Así lo hizo con Eva Braun, una joven aspirante a actriz. Su relación siempre fue clandestina, pues la consideraba un estorbo y no apta para ser la primera dama. Ya en el poder, la humilló concediéndole una habitación en la casa de gobierno, la Cancillería, a la cual —dicen que dicen— sólo podía acceder por la puerta de servicio. Ella, consciente de que Hitler seguía atormentado por la muerte de Geli, simuló un par de intentos de suicidio para retenerlo. Aunque siempre se mantuvo al margen de las decisiones políticas, durante el sitio a Berlín, en 1945, lo acompañó en el búnker. Finalmente, como recompensa a 16 años de fidelidad, en una situación límite, se casó con ella. El matrimonio duró un día y medio. El 30 de abril Hitler se pegó un tiro. Ella, “siguiendo su propio deseo, me seguirá en la muerte”, dijo el dictador alemán en un comunicado horas antes.
Un día después, tomó el mismo camino trágico Magda Goebbels. Había estado enamorada de Hitler desde la distancia, y al conocerlo supo que él jamás superaría la muerte de su amada sobrina. Entonces se casó con un hombre fiel a Hitler, Josep Goebbels, para estar cerca de su amado. Su media docena de hijos llevaron nombres que se inician con H, como el apellido de Hitler. Ella estaba en el búnker donde murieran Hitler y Eva Braun, y suministró una dosis letal a sus seis hijos para que los vencedores de la guerra no se vengaran de ellos, y planeó que su marido la matara antes de que él también se autoeliminara. Magda cumplió con su promesa de quince años antes: “Por Hitler estaría dispuesta a dar la vida”.
En el área comunista de Europa las mujeres de los dictadores también daban sus vidas. Primero fue Inessa, la amante de Lenin. El padre de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, mantuvo una relación casi bígama, durante años: con su esposa, Nadia, y con Inessa, que le amaba. Con Inessa no mantenía relaciones sexuales, según parece, pero les unía una lealtad muy profunda, propia del amor. Por ello, cuando la mujer legal quiso dejarles el camino libre, él se negó a esa solución. Las dos aceptaron el triángulo, y hasta fueron buenas amigas, como si de un harem soviético se tratara.
Lenin e Inessa tenían a su vez otros amantes y ambos lo consentían. Pero cuando se hizo más fuerte en el poder, Inessa no pudo soportar perder el favoritismo y un par de años después se quitó la vida. Nadia, su mujer, tampoco tuvo un final feliz. Murió envenenada al cumplir 70 años con una torta que le habría mandado de regalo Stalin, un enemigo más cruel que evidente hasta ese momento.
ESTE SUPUESTO ASESINO A DISTANCIA, STALIN, VIVIÓ EXPERIENCIAS SEMEJANTES. SU MUJER, TAMBIÉN LLAMADA NADIA, COMETIÓ SUICIDIO CON VIOLENCIA. Stalin, al igual que Hitler, era un imán sexual para las mujeres, aunque no tuvo un cuerpo ni un rostro bellos. Era violento con la mujer. Según la familia de Nadia, la forzó cuando tenía 16 años y él 40. Para evitar la muerte a manos del padre de la joven, Stalin accedió a casarse. Nadia era una mujer con problemas emocionales, a quien no le gustaba el poder, ni su marido ni los crueles métodos que empleaba. Aseguran que un día le reprochó: “Eres un verdugo. Atormentas a tu mujer, a tu propio hijo y a todo el pueblo ruso”. Ella a los 29 años se quitó la vida con un revólver, en medio de las aventuras amorosas de Stalin y la hambruna que vivía Rusia. Como consuelo, a Stalin le quedó la cuñada de su mujer muerta, Genia. Eran buenos amigos y, providencialmente, su marido murió de manera misteriosa. Ella no lo aceptó como amante, y terminó en una cárcel insoportable, que le hizo perder la razón.
Otro mandatario violento con las mujeres fue el excéntrico y temido Jean-Bedel Bokassa, presidente de la República Centroáfrica en los años 60 y 70. Autoproclamado emperador, lo que hizo divertirse mucho a una racista prensa occidental, acostumbrada a rendir culto sólo a los emperadores blancos, se le acusó de todos los excesos imaginables, incluyendo canibalismo tribal. Su éxito entre las mujeres sólo puede medirse por las veces que se casó, 17, y el medio centenar de hijos que tuvo. Su preferida era la luego emperatriz Catherine. Cuando la conoció todavía no había llegado al poder. Ella tenía 15 años; él 43. Para conseguir el beneplácito de los padres de la joven, la mandó secuestrar. Estos no se opusieron al matrimonio. Pero para Catherine fue un tormento. Bokassa no quería que nadie se acercase a ella y debía pedirle permiso para todo. Y aunque no le gustaba compartir a su marido, sus únicos momentos de libertad se daban cuando él estaba con las otras mujeres o ella se marchaba a la casa que tenía en Francia. Derrotado por la influencia del presidente Valéry Giscard d’Estaing, el dictador centroafricano siempre explicó su salida del poder por el amor que el mandatario francés habría tenido por su esposa… La “amante” habría conseguido un certificado médico francés que le indicaba el riesgo de tener sexo, por alguna razón que no trascendió. Así, ella pudo sacarse de encima a su emperador. Poco después se asiló en Suiza.
Lea el reportaje completo en la edición del 16 de diciembre

