Los top secret de Pilar Vergara
Sus 30 años en La Segunda
Por Pamela Aravena Bolívar Fotos Diego Bernales
Dejó el vespertino hace dos meses y prepara las historias desconocidas durante el régimen militar. Entre ellas, el “exilio” de su ex director y las maneras en que sortearon ideas “maquiavélicas” de algunos personajes de La Moneda. Tras su retiro, cuenta secretos comunicacionales de los últimos gobiernos, analiza la actualidad política y comenta sus planes personales.
Treinta años en un mismo medio de comunicación y con sólo dos cargos: 25 años fue subdirectora y cinco, directora de La Segunda. Pilar Vergara Tagle (periodista de la UC, separada, dos hijos, 11 nietos) creyó ver en estos números redondos, que se sumaron a los 80 años del vespertino, señales potentes que le indicaban que era el momento del retiro.
Esta mujer deslumbró durante décadas al edificio mercurial con su ropa “linda y bien hecha”, como la llama ella. “Me visto mucho de negro para disimular lo disimulable y en verano, de blanco. Pero mi color es el rojo. Siempre lo ha sido y lo uso para todas las efemérides importantes. A los estampados les hago más bien el quite, a menos que sea animal print, una debilidad muy criticada por mi hija Pilar”, reconoce.
Antes de La Segunda tuvo un breve paso por Canal 13, y luego en El Mercurio, como reportera de Espectáculos y como parte de la antigua sección de Reportajes Dominicales. Tenía tanto potencial que en el diario le pidieron crear un nuevo espacio político y lo hizo con el Cuerpo D, el mismo Reportajes que sale cada domingo hasta hoy.
“No quería cumplir yo mis 80 años estando en La Segunda”, se dijo. Y se retiró dos meses atrás. Pero hasta hoy hace un esfuerzo mental para no levantarse y partir al diario, que le queda a escasos cinco minutos de su moderno y acogedor departamento en Santa María de Manquehue.
Su historia en el vespertino comenzó en 1981; el 30 de marzo, recuerda con precisión. “A Cristián Zegers lo nombraron director y le permitieron llevarse sólo a dos personas”, recuerda. Una de ellas fue Pilar.
Eran tiempos complejos, de dictadura, y donde el mandato fue hacer un diario político. Hoy, junto a Zegers, Marta Sánchez y Jaime Martínez, otros pioneros de ese equipo, preparan un set de historias desclasificadas de esos años, que Pilar califica como “los más adrenalíticos” de su carrera y los que recuerda con más cariño.
—En esa época hubo dos apuestas en periodismo, ambas legítimas: nacen medios de oposición como Cauce, Análisis y Fortín Mapocho, que son frontalmente críticos al gobierno militar. Nosotros optamos por apurar la normalización con un debate de ideas, dando tribuna a personas de distintas ideologías y pensamientos, y reivindicando la actividad política, que no sólo estaba proscrita, sino que había caído en el mayor descrédito.
Al gobierno militar no le gustó el nombre de la sección. “Se llamaba ‘Política’; la cambiamos por ‘Política y sociedad’, y pasó”, recuerda.
—El vespertino venía de antes con un estigma tras el famoso título de 1975, cuando La Segunda ‘se compró’ la tesis del régimen, respecto de que había una lucha interna en el MIR. “Los miristas se matan como ratas”, titularon y quedó como uno de los peores momentos del periodismo chileno. ¿Qué consecuencias les trajo después a ustedes?
—El diario estaba a punto de cumplir 50 años y cargaba con su propia historia: había tenido un director, Mario Carneyro, que abiertamente estuvo contra la Unidad Popular apoyando el golpe militar. Después, vino ese titular innecesario, equivocado, penoso. Luego llegó la dirección transitoria de Hermógenes Pérez de Arce, y con nosotros partió una nueva etapa, con otro diseño, número de páginas y espíritu.
“CUANDO EL TITULAR (DE LAS RATAS) CUMPLIÓ 30 AÑOS, EL 24 DE JULIO DE 2005, VINO CARLOS OMINAMI a pedirnos a mí y a Cristián, que todavía era director, que hiciéramos un mea culpa. Yo le dije: ‘¿Por qué? Si no tenemos arte ni parte en esto’. Fue una desgracia enorme, pero nosotros no tuvimos nada que ver”.
—¿Todavía sigue pensando lo mismo?
—Todavía.
—Fernando Paulsen hace poco emplazó a Agustín Edwards a hacer un mea culpa, porque aunque hayan cambiado los directores de sus diarios, él sigue siendo el dueño.
—Fernando Paulsen no ha trabajado nunca en El Mercurio, en cambio quienes sí lo hemos hecho sabemos que durante la propiedad de Agustín Edwards Eastman, él no se ha metido en nada, en ninguno de sus diarios.
—Paulsen dio el argumento: es el dueño.
—Sí, y le dejó la responsabilidad del diario a Carneyro, quien hizo la ‘tremenda burrada’.
—¿Qué viene en sus desclasificados?
—Un error: apoyamos la Constitución de 1980, en la lógica de que era un camino a la normalidad, pero no criticamos las disposiciones transitorias, porque nunca creímos que se iban a aplicar. “¿En qué país se aceptaría que si el régimen pierde el Plebiscito, su líder —en este caso Pinochet— siga como comandante en jefe ocho años más? Eso no va a pasar”, decíamos. Y nos equivocamos.
—¿Cuál fue el aporte a la discusión política?
—En ese camino de recuperar la normalidad, convocamos a columnistas, que en ese momento no existían, pidiéndoles que se atrevieran a defender puntos de vista. Conseguimos por la izquierda a Angel Flisfisch y José Joaquín Brunner; por la DC a Jorge Rodríguez Grossi, Luis Ortiz Quiroga y Gutenberg Martínez; y a Fernando Léniz, Alfredo Etcheberry, Pablo Baraona y Jaime Guzmán por la derecha. Mención especial hago de Gonzalo Vial que publicó los más magníficos artículos históricos recientes en nuestras páginas, aparte de sus columnas de todos los martes, y de don Raúl Rettig que publicó con nosotros sus memorias.
—¿Cayeron ustedes en las trampas orquestadas desde La Moneda a los medios?
—Hubo alguien del gobierno que tuvo la maquiavélica idea de hacer llegar fotos trucadas a los diarios, para ver si algún periodista de turno era sorprendido y las publicaba. Tras los desórdenes en la misa del Papa Juan Pablo II, nos ofrecieron las fotos de los supuestos autores, que luego se supo que eran falsas. También una de Carmen Gloria Quintana (la estudiante quemada por una patrulla militar), en que se la veía antes de salir a protestar con una mochila, donde supuestamente llevaba bombas molotov. El telefonazo desde La Moneda lo hacían al filo del cierre, cerca de las 12 y media del día. Luego, llegaba el sobre blanco con fotos adentro. La tentación era enorme; pero las normas eran claras y nunca las publicamos.
Sí lo hizo El Mercurio con un caso que tuvo enfrentados en los tribunales al diario con el entonces ministro secretario general de Gobierno, Francisco Javier Cuadra.
“El casi exilio del director para capear el temporal”. Así titula ella el episodio que vivieron en 1986, cuando el director recibió un llamado de un ministro, quien le dijo: La situación es imposible, tienes que dejar el diario. “El cargo era que La Segunda seguía dando información política y sobre los partidos, a pesar de estar proscritos. El director se fue del país, anduvo rumbeando por el mundo alrededor de un mes y volvió a ponerse al frente del diario —pasara lo que pasara— en cuanto se decretó estado de sitio en el país en noviembre del ’86. Comenzaron a regir medidas extraordinarias y cerraron Análisis, Pluma y Pincel, Apsi, La Bicicleta, Cauce, Fortín Mapocho, le pusieron censura previa a la revista Hoy… y de nosotros nadie más se acordó”.
La periodista recuerda que inventaron una sección diaria en la página editorial que se llamaba “Revista de prensa” y que recogía artículos de los medios en el mundo. “Aprovechábamos de dar cuenta de las denuncias de violaciones a los derechos humamos que muchas veces se hacían en el extranjero a través de diarios y revistas”. Y remarca: “Nuestra línea editorial tuvo tres tipos de contenido: impulso a la democracia y sus prácticas; condena a las violaciones de derechos humanos, y a los organismos y agentes de seguridad, y apoyo a la política económica de libre mercado. En esos años todo era un avanzar y un retroceder, un vivir cada día con el alma en un hilo, pero con la certeza de que el proyecto valía con creces la pena… Con ese diario yo me casé”.
Lea la entrevista completa en la edición del 9 de diciembre.
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