‘Me frustra e indigna no poder prohibir las marchas’
Intendenta Cecilia Pérez, la ‘madre superiora’ de Santiago
Fotos Rodrigo López porcile Producción Anahí Miralles Maquillaje y pelo Rosario Valenzuela
Entre movilizaciones, encapuchados y barras bravas, uno de los rostros políticos del gobierno se sincera: “Los derechos de los vecinos son hasta más relevantes que los de los manifestantes”. Por eso dice que el tiempo de las marchas se agotó y critica la debilidad de la justicia frente a quienes provocan destrozos.
Faltan pocos minutos para las nueve de la mañana y en la Intendencia de la Región Metropolitana, el vetusto edificio vecino de La Moneda, apenas se visualizan algunas figuras circulando. Mezcla de recinto monástico escasamente iluminado y residencia con tono señorial de antaño, la casa del gobierno de Santiago hace retumbar con fuerza los pasos de quienes se mueven por sus pasillos. Como los de Cecilia Pérez Jara, la intendenta, que con su figura más bien menuda, pelo azabache y zapatos grandototes, va dejando una estela de ecos camino a su oficina.
En el amplio despacho, entre otros papeles, un documento la espera cada mañana: el informe que detalla con precisión el número de detenidos en la urbe durante las últimas horas y las razones.
Pérez (37 años, casada, dos hijos) nació en la comuna de Santiago y fue la mayor de tres hermanos. Sus padres, Luis y Ana —que bordean los 60 años— tienen una historia de amor sorprendente: empezaron a pololear cuando Ana apenas tenía doce años y se casaron a los 21. La vida para ambos no había sido sencilla hasta entonces: ella era huérfana de padre y él, de madre.
Los Pérez Jara primero vivieron en los alrededores de la Posta Central. En esos tiempos la niña Cecilia la llevaban al cine Santa Lucía a ver Superman. Cuando tenía siete años, se mudaron a La Florida. La intendenta estudiaba en San Miguel, en el Colegio Corazón de María.
Era una chiquilla inquieta, opinante y participativa, sentada en el primer asiento de la sala.
—Parece que fue pintamonos…
—No, nunca. Sí hiperactiva. Debería haber tenido ritalín.
Vivió la contradicción de ser deportista (gimnasia artística y vóleibol), pero muy enfermiza. “Siempre tuve problemas en el riñón izquierdo. He pasado por nueve hospitalizaciones”, explica.
Chichi —una estudiante profundamente católica— en enero, en vez de salir de vacaciones, solía ir con un grupo de compañeras y algunas monjas del colegio a la población La Bandera a organizar colonias de verano. Y en febrero partía en una suerte de labor misionera al Chaco en Paraguay.
—¿Pensó ser monja?
—Sí, me habría encantado. Lo comenté con una madre catalana, ella se rió y dijo: Tú eres una servidora, pero desde la civilidad. No te veo como monja.
—¿Qué tipo de religiosa habría sido?
—Como el cura Berríos: opinante y disonante.
Cecilia fue lejana del carrete y la juerga. Nada de alcohol, menos un pito. Más amiga del canturreo parroquial y de repartir comida en la noche a los indigentes, prefería los asados en las casas de los amigos que ir a bailar. De hecho, su primer pololo apareció cuando cursaba tercero medio. Obviamente, también era del ámbito parroquial. “Duré como seis años”. Cuatro meses después de ese quiebre conoció a su marido (diez años mayor, separado y con un hijo).
NO SE CONSIDERA GUAPA, SÍ ATRACTIVA. Entonces, con esa personalidad potente que deja ver, reconoce que a los hombres “la personalidad es lo que más les llama la atención: soy inteligente y de carácter fuerte”.
Estudió Derecho en la Universidad Andrés Bello —donde alguna vez marchó por demandas estudiantiles con Julio César Rodríguez y Sergio Lagos— y en medio de la carrera comenzó a colaborar con la campaña parlamentaria de Lily Pérez (RN). Así entró a la política: durante ocho años fue jefa de gabinete de la actual senadora. No sólo eso: a los 24 años se convirtió en concejal de La Florida. Y fue reelecta en tres elecciones municipales seguidas.
—¿Su marido, que es de izquierda, se siente cómodo entre sus amistades de derecha?
—Para él fue difícil pololear con una momia, ya que tiene una historia muy dura en relación con el tema de los derechos humanos.
—¿Fue él o sus parientes los que se vieron afectados en dictadura?
—Su primo es detenido desaparecido… (señala con pena evidente y silencio prolongado para no seguir profundizando en el asunto).
—¿Evita hablar de política con su marido?
—Al contrario, hablamos mucho. Es súper crítico, pero en un sentido constructivo.
Firme partidaria de una mayor presencia femenina en política, la jefa regional —justo antes de embarcarse a un viaje a Europa— explica: “Podría existir una ley de cuotas, por ejemplo, a un plazo de diez años. Algo que sea una suerte de señal. Pero más que ser número, lo relevante es que tengamos mayor participación en las tomas de decisiones”.
—¿Y le parece satisfactoria la presencia de mujeres en el gobierno?
—A una le gustaría que fuera más, pero ésa es decisión del Presidente y la respeto.
SU REFUGIO PREDILECTO ESTÁ EN UNA PARCELA que los padres tienen en Tunquén. Allá suelen reunirse 30 parientes y organizar campeonatos de tenis. Pero sólo ha podido ir un par de veces este 2011. Es que después de medio año de movilizaciones estudiantiles, la intendenta Pérez —que asumió en julio— ha debido dedicar mucho tiempo a mantener a raya las sucesivas protestas de la Confech.
—¿Se imaginó que buena parte de su gestión sería consumida por las movilizaciones?
—Cuando asumí había un quiebre entre los estudiantes y la Intendencia. Sabía que se venía complicado. Lo que nunca visualicé es que sería tan fuerte, en el sentido de penetrar la agenda y perpetuarse en el tiempo.
—Muchos ven al gobierno sobrepasado por las protestas.
—Es que no tenemos una legislación que permita a los violentistas cumplir una condena o, al menos, medidas cautelares. La mayoría queda libre. Como Intendencia presentamos pruebas, pero a los jueces no les han bastado. Me parece que debe haber un endurecimiento de las penas para delitos relacionados con la vulneración del orden público.
—¿Qué tan difícil ha resultado llegar a acuerdos con los estudiantes para las marchas?
—Complicado. Las reuniones más cortas han durado dos horas; las más largas, seis. Y no es fácil porque habitualmente somos 15 personas en la mesa.
—El punto es que, en Santiago, buena parte de los vecinos no aguantan más y exigen que no autoricen recorridos por sus barrios…
—Y a mí es algo que me provoca gran impotencia. Siento que el tiempo de las marchas hace rato se agotó. Y se agotó porque un derecho constitucional terminó abriendo la posibilidad de que participaran delincuentes, violentistas y agresivos bajo la figura de ‘encapuchados’. Fíjate que en las únicas marchas donde se hacen parte son en las estudiantiles. No están en otras. Me frustra e indigna no poder prohibir las marchas, pero no tengo la facultad legal para eso. Sólo puedo cambiar trazados. El problema es que éstos, en más de 108 movilizaciones, ya están agotados. Pero creo que hoy los derechos de los vecinos son hasta más relevantes que el de los manifestantes, ya que han sido vulnerados sistemáticamente.
Lea la entrevista completa en CARAS del 25 de noviembre.
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