Los Novios… de Alba
Por Mariola Montosa
Hace una semana la imagen de Cayetana Fitz-James Stuart y Silva, duquesa de Alba, y su novio Alfonso Díez, entrando en una tienda de lencería impactaba a los españoles. No es para menos, no todos los días se ve a una anciana de 85 años comprando ropa interior sexy para su noche nupcial, junto a un hombre 24 años más joven. Ante las atónitas clientas, la pareja se instaló a elegir varios modelos que no tenían nada de tradicionales, más bien eran juveniles, coquetos y atrevidos. Muy acorde con la liberal duquesa que desde que conoció a Alfonso (2009) renovó su estilo. Ahora es común verla usando minifalda, bikini, atuendos coloridos y algo hippies. “A veces Alfonso me regala vestidos demasiado cortos”, declaró risueña en una reciente entrevista.

Todo esto porque la mujer con más títulos nobiliarios del mundo se casa por tercera vez. La fecha no ha sido confirmada, pero sus cercanos aseguran que será en septiembre. Todo está listo: las capitulaciones matrimoniales fueron firmadas en febrero, los certificados obligatorios para casarse, solicitados. Y lo más importante: la herencia, repartida con antelación. Requisito obligado para que los hijos de Cayetana —nacidos de su primer matrimonio con Luis Martínez de Irujo, un noble que murió en 1972— la acompañen aunque luego miren hacia otro lado cuando el cura bendiga a los novios.
El noviazgo levantó sospechas desde el principio. Los hijos y hasta la reina Sofía le pedían entrar en razón. Nadie cree que un solterón de 70 años, funcionario público esté enamorado de una de las octogenarias más ricas de España. De nada sirve que el castellano diga que no busca el estatus ni el dinero o repita hasta el cansancio: “la quiero muchísimo”. La prensa tampoco se ha quedado callada. “Aprovechado” o “embaucador” son algunos de los adjetivos que le han dedicado a este hombre que confiesa su gusto por la buena ropa, la comida, el vino e Italia.
Y es que puede que Alfonso no quiera el dinero en metálico de su futura mujer, pero lo cierto es que ya goza con los numerosos viajes (Egipto, París, Sicilia…), la estada en las casas que ella tiene por toda España o las comidas en restoranes famosos. Se suma además, el rumor de que el galán sería homosexual. A lo que él afirma que estuvo a punto de casarse pero que no lo hizo por miedo a perder su independencia. Cayetana también ha explicado que antes de empezar a salir, él llevaba ocho años con otra mujer y que la dejó por ella.
Y para dar fe de que esto es puro amor, en febrero reunió a sus seis hijos, al novio y a los abogados de ambas partes. Allí, Alfonso renunció, voluntariamente, a cualquier derecho que podría corresponderle como marido de una duquesa con 45 títulos nobiliarios, descendiente de un influyente linaje que se remonta al siglo XIV, cuya fortuna está calculada en 3.000 millones de euros (más de dos billones de pesos).
NO ES PRIMERA VEZ QUE CAYETANA LEVANTA POLÉMICA. A finales de los ’70 se casó con Jesús Aguirre, a quien le llevaba once años, provocando un shock en la sociedad. Aguirre era ex sacerdote jesuita con ideas socialistas. Bien relacionado, se codeaba con los políticos de izquierda de los albores de la democracia. Estaba considerado como un gran intelectual. Su trabajo en la Fundación Casa de Alba fue muy valorado, hasta que murió en 2001.
Con todo lo material aclarado y al ver que sus hijos han llegado a un acuerdo con su madre, la aristocracia apoya la relación. Ahora queda ver cómo funcionará en la práctica la pareja. Ella vive la mayoría del año en Sevilla y él trabaja en Madrid. Su puesto en la Seguridad Social, a diferencia de otros trabajadores, le impide jubilarse anticipadamente, de modo que aún le restan cinco años. Pero como sería muy raro que un duque consorte de Alba trabaje de ocho a tres, por muy moderna que sea Cayetana, puede que se retire para estar juntos los años que les quedan.
Por ahora Cayetana está ocupadísima dando los últimos toques a su vestido, diseñado por Victorio & Lucchino. El resto del ajuar ya fue elegido en conjunto con Alfonso. Sin hacer caso a la superstición que dice que el novio no puede ver la ropa de su mujerantes del casamiento.
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